El hambre y los terrores monstruosos:

Una aproximación a las mujeres y el poder de sus transgresiones. (Parte II)

(Puedes leer aquí la parte I)

El terror, la víctima y el miedo: Todos los rostros reflejados en la hoja del cuchillo.

Durante buena parte de su historia, el cine de terror dedicó su atención a las relaciones de poder y al miedo subvertido en una forma de dominación. Desde los primeros monstruos que atravesaban poblados para matar con las garras extendidas hasta los asesinos escondidos entre las sombras, la figura del mal subvertido en impulsos y deseos llevó a la pantalla grande un viejo tópico de la literatura: el de la tentación y el impulso homicida, rodeado por algo más duro de asimilar. La factoría Hammer, fue la primera en construir toda una industria basada en las viejas historias reconvertidas para un público ávido de emociones intensas y que encontraba placer en el miedo. Sus series de Drácula y otros monstruos terroríficos, iluminaron la pantalla hasta crear un lenguaje propio sobre lo que el miedo podía ser — y como podía concebirse — a través del vehículo extraordinario del cine. Después llegaron obras más elaboradas y concienzudas, concebidas para llevar al miedo a un nuevo terreno y una versión consistente sobre esa latente brutalidad intrínsecamente relacionada con el pensamiento del hombre en cualquier época. De nuevo, la víctima propiciatoria era una mujer joven, hermosa y físicamente atractiva, mientras que la sobreviviente, era el rostro vivo de la inocencia. Entre ambas cosas — y sus infinitas graduaciones — una moralidad atípica subvierte el orden de los cánones de terror en algo más esquemático. En una versión de la realidad convertida en una idea más elaborada y compleja.

Claro está, con el correr de las décadas, la fórmula de la joven tentadora sometida al deseo del asesino de turno, terminó por erosionar la raíz central de su planteamiento. Después de todo, la figura femenina atravesó una reinvención inédita a partir de la década de 1960, que culminó en una ruptura de paradigma que tuvo todo tipo de implicaciones. La víctima — pasiva, aterrorizada y la mayoría de las veces sujeta al brazo de su salvador — evolucionó hacia una mujer que podía salvar su vida gracias a su astucia y también, el suficiente valor para luchar contra el riesgo. Pero de nuevo, lo arquetípico pareció imponerse: The Final Girl continuaba encarnando a las virtudes de la virgen canónica de mitologías mucho más antiguas. La inocencia triunfando sobre la violencia. La castidad sobre la impunidad sexual. De pronto, la figura femenina podía enfrentarse al asesino — y lo hacía — pero sólo mientras pudiera conservar cierto acento virtuoso. La chica final — la sobreviviente — se transformó en emblema de todo tipo de prejuicios y también, de cierto mirada paternalista y condescendiente sobre la mujer.

En el año 1978, el director John Carpenter se atrevería a ir más allá y reconstruyó el género con Halloween, en donde la violencia continuaba siendo la principal protagonista, pero también, la forma en que la chica sobreviviente podía batallar contra sus implicaciones. Laurie Strode — encarnada por una jovencísima Jamie Lee Curtis — no sólo logra sobrevivir a la cadena de asesinatos, sino que encarna además a un nuevo tipo de heroína en ciernes que brindó sentido a toda una nueva generación de películas de terror. Con su mínimo presupuesto y su propuesta extravagante, Halloween encontró una forma de nuclear la fórmula del horror tradicional con algo más sustancioso. Laurie es una víctima propiciatoria al uso pero en realidad, no está dispuesta a permitir que el enmascarado Michael Myers la asesine. Su fortaleza reside en el miedo y sus intentos por sobrevivir son mucho más articulados que intuitivos, lo que permite al personaje convertirse en una contrincante real para el asesino. Al final, Carpenter es una mirada insistente y dura contra la versión de la mujer en peligro y sometida a la violencia, sin posibilidades de lucha.

En 1980, el director Sean S. Cunningham llevó la fórmula a una nueva dimensión, con su ya clásica Friday the 13th en la que Alice Hardy (Adrienne King), logra vencer finalmente a la temible Pamela Voorhees (Betsy Palmer) en medio de una larga sucesión de asesinatos violentos que dieron origen a la saga de Slasher más duradera y reconocida del cine. La película, que no sólo subvierte el género — el asesino es en esta ocasión una madre enfurecida y violenta que se enfrenta a la chica Virginal armada de un machete y un hacha — definió los esquemas que posteriormente, se repetirían hasta el cansancio o mejor dicho, hasta la simple extenuación de la percepción sobre la víctima y su permanencia. No sólo se trata del hecho que la exitosa fórmula de Cunningham fue repetida y reinventada al menos en un centenar de ocasiones con mayor o menor éxito, sino que la percepción de la mujer que sufre y al final triunfa en medio de una tragedia insólita, dejó de ser atrayente.

El director Wes Craven parecía saberlo y en 1984, elaboró de terror con Nightmare on Elm Street. Se trató de una combinación poco usual entre lo sobrenatural y el género slasher (emparentado, aunque no necesariamente vinculado entre sí) que devolvió el poder de lucha a su chica sobreviviente Nancy Thompson (Heather Langenkamp), que no sólo debe enfrentar los temores y asedios de un asesino inexplicable, sino, además, todos los clichés del género. Pero Nancy se sobrepone a la naturaleza de su personaje y además de gritar por salvar su vida, logra comprender la mecánica retorcida que es el motor esencial de la película. Con su extraña combinación de dolor y miedo, La Nancy Thompson de Wes Craven vinculó por primera vez a la chica que sobrevive con algo más denso y profundo que un mero accidente circunstancial. De la misma manera que Laurie Stroud, ambas logran conservar la vida gracias a tu inteligencia y su capacidad para comprender la amenaza que pende sobre ellas, una circunstancia que pone de relieve un nuevo tipo de poder y control hasta entonces inédito en el género.

En 1987, Clive Barker dirigió la que estaba destinada a convertirse en su obra más reconocida: Hellraiser llegó a las pantallas de cine mostrando los horrores del infierno con un tipo de sofisticación que cautivó de inmediato a los amantes del género. Baker innovó en su mirada a sus personajes femeninos: la pérfida Julia (Clare Higgins) es el centro de todo lo que acaece en el argumento, mientras que su hijastra Kirsty (Ashley Laurence) será la encargada de batallar contra las fuerzas malignas que la lujuria de Julia desató. El singular giro de tuerca ofrece una nueva versión sobre la chica sobreviviente y pondera sobre los papeles tutelares de las películas de terror. A medida que transcurre la trama, la espectacularidad del argumento y sus personajes sobrenaturales desborda cualquier otra percepción sobre el tema central, pero el acierto de Baker sigue allí: ambas mujeres representan dos extremos del mismo tema y también, una revisión al esquema canónigo de las películas de terror. Todo un logro que más tarde sería repetido en todo tipo de secuelas — de mayor o menor calidad — pero, sobre todo, en las subsiguientes imitaciones de baja calidad que la película trajo consigo.

Con el correr de décadas, la mujer víctima en las películas de terror se ha vuelto más aguerrida y mucho cercana a una concepción de los procesos internos de los personajes que convierten a la habitual sobreviviente en algo más profundo y pesaroso. Vera Farmiga pareció refundar el rostro de la víctima al convertirse en la poderosa Lorraine Warren en la aclamada The Conjuring de James Wan. El personaje no sólo es el nudo conductor de la trama, además del centro moral y espiritual del argumento. Junto a ella, Carolyn Perron (Lili Taylor) debe enfrentar a las fuerzas de Bathsheba, una víctima convertida en verdugo sobrenatural y proteger a su numerosa familia, compuesta por cuatro hijas. La fórmula de la chica final crece entonces para alcanzar un nuevo nivel y de hecho, la percepción sobre el poder de la mujer se retrotrae a la lucha del bien y del mal. Bathsheba se alza como la representación de todo lo maligno, mientras Carolyn de la fuerza de lo maternal, atributo típicamente femenino. Lorraine Warren por su parte, sostiene la percepción del poder definitivo, el punto de cruce entre lo sobrenatural y lo real. En medio del argumento, lo femenino se vuelve una idea predominante y poderosa. Lo mismo ocurre en la reciente Hereditary de Ari Aster, en la que Toni Collette se enfrenta al mal desde el dolor, la furia y la pérdida. Su personaje refleja los padecimientos de su familia entera y además, elabora una visión del dolor y el sufrimiento que permite al film reflexionar sobre todo tipo de percepciones sobre lo sobrenatural y lo ritual enfocado al control de la voluntad. Con su tono lúgubre y doloroso, Hereditary es el último escaño de un recorrido singular hacia una nueva percepción sobre la mujer como base y centro del terror nominal.

El hambre primigenia.

En unos de los primeros capítulos del libro La vegetariana de Han Kang, la protagonista sueña con devorar — de forma literal — a su familia. Imagina la forma de cocción que usará, los ingredientes que añadirá, la forma en que masticará los huesos de sus familiares más queridos. Lo hace con tanto detalle y de forma tan elaborada, que la noción sobre el canibalismo no atiene a límites ni tampoco a lugares comunes para contar una historia plagada de todo tipo de símbolos sobre los horrores ocultos en la imaginación. De pronto, el personaje parpadea y recuerda que la carne le está prohibida — es una mujer vegetariana — y por más…de una razón.

Desde incómodas escenas sobre purgas, agresiones sexuales y el uso de la metáfora de los trastornos alimenticios como una forma de violación, la autora Han Kang crea una mirada inusual sobre las relaciones de poder, los vínculos fraternos pero sobre todo, el miedo escondido en pequeños rituales cotidianos. Las sangrientas escenas — algunas tan duras que lleva esfuerzos leerlas — meditan desde la periferia sobre la vida, la redención frustrada y una singular perspectiva sobre el miedo y la brutalidad. Pero no se trata de una revisión meditada sobre la crueldad o el horror: la escritora parece mucho más interesada en revelar los monstruos internos de sus personajes y construir a través de ellos símbolos sobre lo inanimado e invisible en cada uno de nosotros. Y lo logra, por momentos con tanta precisión que resulta angustioso en su durísima belleza.

Sensorial y llena de detalles profundamente sensuales, la novela humaniza el miedo y además, lo dota de un lustre atractivo que hace aún más compleja su lectura. El lector se encuentra en la desconcertante disyuntiva de comprender la ultraviolencia y además, admirar sus límites como una forma de expresión de perpetúa vitalidad. Y es justo esa improbable combinación lo que hace que La Vegetariana un complejo mecanismo de relojería que se sostiene sobre sus virtudes y momentos bajos con un precario equilibrio. Desde las breves secuencias en cursivas que describen los pensamientos del personaje principal — monólogos inquietantes sobre la metamorfosis invisible hasta las afanosas descripciones de puños cerrados, la carne herida y la sangre, Han Kang logra una perfecta sincronía entre lo sugerido y lo evidente. Y entre ambas cosas, una historia tan retorcida que parece subvertir el orden de esa persistente sensación de urgencia y desazón que provoca la historia entera.

La novela es fruto de la insistente obsesión de su autora por el dolor, el sufrimiento, el placer y la belleza que se esconde bajo la crueldad, que ya había esbozado en el cuento The Fruit of My Woman publicado en su natal Corea en el 2007. No obstante, La vegetariana alcanza un nuevo nivel en la comprensión de las aristas del miedo y ese elemento indefinible entre la angustia existencial y la amargura que dotan a la narración de una personalidad única. En ambas narraciones, la escritora hace gala de una prosa distante y un horror glacial que lleva esfuerzos comprender de inmediato pero que resultan hipnóticos una vez que la lectura avanza y se profundiza. Con enorme inteligencia, Han Kang evade las trampas obvias del género y toma decisiones de gran valor estético para reflexionar sobre temas universales. Y lo hace además, sin perder el norte que su novela es un tapiz terrorífico sobre lo que el ser humano puede hacer. Los pequeños secretos temibles escondidos en las palabras que jamás se pronuncian en voz altas y los deseos inconfesables.

Han Kang además, utiliza el idioma como un puente entre lo notorio y lo invisible: el hecho que la novela original haya sido escrita en Coreano y traducida al inglés, crea una tensión inmediata. Las frases y el ritmo no son los anglosajones — y llega a ser notoria la tensión que se adivina bajo la percepción del idioma como una frontera que cruzar — pero la eventualidad no afecta el ritmo de la novela. En lugar de eso, hay una inmediata percepción de la diferencia pero sobre todo, de las grietas que sostienen este extraño híbrido entre lo que se lee y se imagina. Se trata además de una forma de rebeldía: Han Kang se involucró directamente en la traducción, de manera que los golpes de efecto y extraños cambios de valor y forma en lo que narra, son del todo intencionados. El resultado es chocante y por momentos enervante, pero también tan sustancioso que se convierte en un elemento indispensable para comprender no sólo la novela como entidad sino a la historia que narra cómo evento creativo.

No hay un sólo elemento que no resulte sorprendente en este extraño experimento verbal, lingüístico y estilístico. La percepción sobre cómo vivimos — y lo que se esconde en ese ritmo tardío y elocuente de la vida como una sucesión de escenas — sirve de perfecto telón de fondo para una aproximación temible sobre lo que no queremos mirar o solemos esconder con cierta urgencia. Así que la novela está llena de trampas de efectos, momentos de enorme tensión psicológica y también, una meditada capacidad para aterrorizar. Han Kang logró no sólo escribir una novela sobre terror sino también, un mosaico de elementos narrativos que convierten su obra en algo original, osado y brillante.

La novela sorprende por su corta extensión: 188 páginas divididas en tres partes narradas por diferentes personajes. Una experiencia coral que permite no sólo aglutinar la atención del lector sino además, enhebrar los hilos argumentales en una variación inmediata de lo que se percibe como un todo conceptual. De hecho, en Corea la novela fue publicada en tres partes independientes, que permitieron que la autora demostrara que su historia tiene la fuerza suficiente como para mostrarse como un todo creativo pero también, una especulación independiente de enorme poder alegórico.

Han Kang logró que la historia resulte adictiva a pesar de sus durísimas descripciones sangrientas, las escenas de insoportable violencia y el comportamiento maníaco de sus personajes. Con todo, la percepción sobre el horror es una equilibrada combinación de lo onírico — por momentos la narración parece ser parte de un conjunto de sueños lúcidos de dudosa veracidad — para después, transformarse en algo más sórdido, espantoso y brutal. La escritora avanza entre todos los aspectos del registro y se sume en una serie de puntillosas visiones sobre lo temible que incomodan pero también seducen, una combinación asombrosa que se convierte quizás en el mayor triunfo del libro.

En los espacios del hambre, el deseo y la necesidad, el terror parece haber alcanzado un nuevo y más tenebroso nivel ¿Se trata de una crítica sociológica a nuestra cultura, tan asombrada por los extremos y en ocasiones tan hipócrita sobre su significado? ¿O quizás de una parábola brutal sobre lo que se esconde bajo la imagen idílica de lo cotidiano? Cualquiera sea la respuesta, el terror basado en los excesos, explora de una manera nueva y sobre todo, provocativa el miedo como una forma de apetito inconfesable. Una aproximación directa a un tipo de horror sin nombre.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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