El espejo siniestro:

Cuando fotografiar es un lenguaje privado.

¿Qué intentamos encontrar al fotografiar?

Crecí admirando las imágenes de Cartier Bresson. Es decir, no por decisión, sino por inevitable. E inevitablemente, me enamoré de su estética, de su cuidada simetría, de esa aparente espontaneidad de lo hermoso que sin duda era obra de un ojo fotográfico privilegiado. Por allí, a eso de los doce, descubrí a Erwitt y fue como si el asombro que siempre me causó Bresson se transformara en algo más. En poder y belleza. En descubrir en lo cotidiano, esa enigmática estética que nacía de las cosas más sencillas. Con Capa descubrí la violencia, el documento, el valor de mirar el mundo en toda su crudeza. Con Robert Doisneau , sentí un arrobador amor por ese gran drama súbito del mundo a mi alrededor. Con Brassai amé la noche. Con Margaret Burke -White aprendí que cada imagen es parte de tu memoria, de tu capacidad para tomar tus propia historia y recrearla en imágenes. Un sentido del valor de lo anecdótico, quizá. Después llegó Francesca Woodman y me enamoré de su dolor. Y también Sally Mann y me enamoré de esa infancia atemporal que documentó con fruición, fotografía a fotografía. Un mundo provocador, una especie de silencio con olor a hojas frescas, a humedad de lluvia, a carcajadas de niños.

Una especie de dolor pequeño, en el ojo que crea y en la voz imaginaria que desea hablar.

Con quince años, pocos ahorros y muchas ganas de aprender fotografía sin saber donde podría hacerlo, me hice asidua a la Biblioteca Nacional. Por extraño que parezca y siendo el lugar menos artístico que pueda imaginarse, encontré allí muchísimo más de lo que esperé en cuanto a fotografía se refiere. Allí conocí por primera vez las fotografías de Luis Brito — en viejas copias de catálogos destartalados que me asombraron — y también a Sergio Larraín. Y escuché por primera vez el término estrafalario y absolutamente maravilloso de la “estética de lo feo”, nacido de la mente insólita de Nelson Garrido. Investigué mucho, por horas, en tardes muertas que me escapaba del colegio solo por el placer de mirar y mirar fotografías. De pensar que hacer con esa pasión que estaba en todos los momentos de mi vida, si era que debía hacer algo. También en la Biblioteca Nacional sufrí mi crisis de angustia sobre si lo que hacía era fotografía o no, y quien me respondió no fue un encumbrando bibliotecario o uno de los archivos que hacían vida en los pasillos y que solían mirarme con indiferencia sino uno de los pasantes, un ser tan anónimo como yo en aquel lugar enorme y a quien parecía intrigarle aquella niña delgaducha que pedía solo libros de fotografías. Así decía mi ficha, la cual por cierto encontré hace poco.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta