Crónicas de los hijos de Hermes:

El libertino que no creía que lo era. (Parte II)

A los veintidós años, Donatien-Alphonse-François Sade, mejor conocido como el marqués de Sade, insistió en contraer matrimonio por amor. Una revelación desconcertante para un hombre que sería conocido en el futuro como un hombre precedido por el escándalo, el peligro y directamente, por crear una visión de lo erótico que lleva su nombre. Pero a principio de sus veinte, era un soldado famoso por su valor, un hombre de llamativa belleza y un favorito de la corte, con buenas influencias, una extrañísima historia familiar y que había sido educado por un Abad libertino. De regreso a París luego que el 10 de febrero de 1763 se firmara el Tratado de París y pusiera fin a la Guerra de los 7 años, el jovencísimo Donatien sólo deseaba comenzar la vida prometida para un noble de su alcurnia.

Se había criado entre príncipes, se había educado junto lo más selecto de la aristocracia francesa, había protagonizado unos cuantos escándalos sin importancia debido a su juventud. “¿Qué deseo ahora?” escribió a su tío paterno Jacques François Paul Aldonce de Sade, el encargado de su cuidado por encomienda directa de su padre, el Conde Jean-Baptiste François Joseph de Sade, diplomático y sin el menor interés por su único hijo. Por otro lado, escribiría la primera de sus famosas cartas a su tutor legal Jacques Francois Amblet, nombrado por el mismo Abad para cuidar de su sobrino “cuando las fuerzas le fallaran para llevar a buen puerto semejante empresa”. Para Donatien, la vida era una promesa. “Sólo espero comenzar a vivir, sin preocupaciones, con todos los excesos naturales de mi condición y por supuesto, encontrar que París me abre sus brazos para todos los festines que guarda” escribió a Amblet. “Incluso, el amor” añadió.

Pero de todos los “grandes festines de los sentidos que soñaba”, el amor o al menos la manera en que lo idealizaba un noble de su alcurnia, estaba fuera de su alcance. Durante su ausencia, su padre había negociado una boda ventajosa con la hija mayor de los Montreuil, una familia con una cuantiosa fortuna gracias a diversas inversiones y una considerable herencia, además de una excelente posición en la corte. Para entonces, Donatien estaba enamorado de una noble de provincias y estaba dispuesto a contraer matrimonio con ella. “No entiendo por qué mi padre insiste, sin sentido ni tregua, en un matrimonio, que me hará infeliz” escribió a Amblet. “Nunca ha intervenido en mi vida, me odia, no encuentra placer ni interés en mi compañía” se quejó el futuro marqués. A vuelta de correo, su tutor le insistió en que sin duda, las “intenciones de vuestra padre son intachables”. A Donatien le llevó apenas unos días contestar. “No creo en sus intenciones, tanto como no creería en la sonrisa de una serpiente”.

Por supuesto, Donatien tenía razones para desconfiar. Su padre, el Conde Jean-Baptiste François Joseph de Sade, no sólo le había abandonado siendo todavía un niño pequeño, sino que además, había encerrado a su madre Marie Éléonore de Maillé en un convento, sin otra explicación “que una falta grave a la moral”. El hijo único de ambos había terminado por educarse en un monasterio, entre la educación extravagante de su tío y después, en el ejército. La experiencia le dejó escaldado, enfurecido y en especial, con un cinismo considerable con respecto a todo lo que provenía de su familia. De modo que había tomado por su cuenta, la decisión de contraer matrimonio. Jean-Baptiste abandonó todo pudor y amenazó a su hijo con desheredarle, además de presionar por todos los medios a su alcance para forzar la boda con la hija de los Montreuil. Por extraño que parezca, la historia de sus padres pareció repetirse en la vida de Donatien: fue citado a palacio para conversar con el Rey Luis XV, a cuya corte había pertenecido su madre y sólo entonces, el futuro escritor aceptó el matrimonio. Lo hizo bajo veladas amenazas de una baja deshonrosa, de que sus “indiscreciones” y escándalos se hicieran públicos (lo que le vedaría incluso de un matrimonio con una noble pobre como la que amaba) y la cárcel. Donatien abandonó toda resistencia y envió una carta a Amblet. “A veces, es mejor saber que hay batallas que no se pierden, porque jamás se llevan a cabo”.

El 1 de mayo de 1763, los reyes brindaron su consentimiento para el matrimonio de Donatien y una jovencísima Renèe-Pélagie Cordier de Launay de Montreuil. La joven pareja jamás se había visto y de hecho, no llegó a conocerse en esa primera gran ocasión. Donatien abandonó toda prudencia y no sólo no llegó a la cita real, sino que tampoco envió disculpas por su ausencia. ¿El motivo? Una colosal borrachera de la que no se recuperó en días enteros. “Fue una verguenza que jamás podré perdonarle” escribió su padre a su hermano el Abad. Pero los planes matrimoniales continuaron su lento avance, a pesar del escandaloso comportamiento del novio y de su evidente descontento. El 15 de mayo se firma el contrato matrimonial y finalmente, la pareja se conoce.

Pelagie escribiría después que “le emocionó” el aspecto aristocrático, caballerosidad y refinamiento de su marido, mientras que Donatien, callado y de nuevo, recuperándose de uno de sus estrafalarios bacanales, asistió a la ocasión con sus mejores galas, el rostro pálido “y con un aspecto tan cansado como si requiera todas sus fuerzas sólo estar de pie”. Dos días después, la pareja contrae matrimonio en la iglesia de Saint-Roch de París. Fue una ceremonia lóbrega, silenciosa y sin demasiada pompa. La novia estaba nerviosa y feliz, el novio parecía de nuevo ebrio. “Para el atardecer, sólo quería ir a la ciudad para beber y buscar una mujer que no se sonrojara con sólo mirarla” se quejó el joven noble con Amblet. Por su lado, Pelagie escribió a su madre “que nunca sintió tanto amor que al comprender que compartiría la vida con un hombre refinado y de valor”. La anciana, que ya debía haber escuchado algunos rumores sobre su hijo político se limitó a responder “Resignación, querida hija”.

Pelagie diría después a su madre, que le llevó años comprender el consejo, quizás el único que la joven novia recibió de una familia fría, en medio de frecuentes rencillas muy públicas debido a su considerable patrimonio. De hecho, Pelagie había llegado al matrimonio en medio de una disputa que había sido la comidilla de París por meses: uno de sus tíos maternos se enfrentó a su padre por la tenencia de varias propiedades lujosas y al final, el Rey tuvo que intervenir para evitar un peligroso rompimiento entre ambas familias, parte de su círculo privado de informantes. Pero no se trataba de una situación nueva. Durante años, la futura novia estuvo en el centro de discusiones, enfrentamientos físicos e incluso un duelo. La futura marquesa de Sade, se educó entre tutores y sobre todo, la presencia abrasiva y en ocasiones violenta de su madre.

Su abuelo Antoine Masson, escudero, consejero y secretario del rey Luis XV, era conocido por su “carácter enérgico y autoritario” y además, llevar las relaciones de la familia con mano de hierro. De modo que Pelagie, que no era “del todo fea”, fue escogida para ser una pieza conveniente en para un futuro matrimonio ventajoso. Mientras tanto, se le educó con dureza, se le negó cualquier tipo de contacto social (la familia temía perdiera “su pureza” en medio del comportamiento disoluto de la época) y por último, a los veintiún años, se le ordenó contraer matrimonio con un hombre desconocido del que apenas sabía dos cosas: era hijo de una mujer que había sido encerrada en un convento (un signo de verguenza) y que podía darle un título nobiliario que pudiera heredar. “No necesitas saber nada más” escribió Marie-Madeleine Masson de Plissa a su hija, dos semanas antes del acontecimiento. Por supuesto, la futura suegra de Donatien había escuchado unos cuantos rumores sobre el comportamiento del jovencísimo noble, pero los consideró parte “de la vida normal de un hombre sano”.

En realidad, para Marie-Madeleine, las habladurías sobre el comportamiento disoluto y extravagante de su yerno, no eran de especial preocupación. Sí lo era, el hecho concreto que los Sade pasaban por lo que parecía ser el momento ideal para aceptar una oferta de matrimonio con una clase social recién nacida, fruto de la codicia del Rey y no muy bien vista por la nobleza antigua del país. Los Montreuil, parte de la llamada “nueva nobleza” francesa, tenían a su disposición un patrimonio colosal que sobrepasaba con creces las de nobles de cuna y en momento especialmente incierto, la mano de la hija mayor (con una dote formidable), era un bien preciado. Jean — Baptiste había ofrecido a cambio su linaje de más de seis generaciones de aristócratas cercanos a la corona como un intercambio “conveniente” para ambas familias. Al final, tanto Pelagie como Donatien eran muy parecidos en lo básico: hijos criados en medio de una familia que les consideraba peones en medio de una estrategia más amplia sobre poder e influencia.

Pero al fin y al cabo, era una pareja muy joven. Tanto, como para que a pesar de las pragmáticas razones para su unión — Pelagie admitiría que sabía de la indiferencia de su marido hacia ella — , compartieran una indudable complicidad. Una vez en el castillo de Échaffars, residencia oficial del matrimonio, fue evidente que este par de solitarios decidieron crear una vida a su medida. La propiedad de tres pisos era de moderado lujo pero Pelagie se encargó de crear un espacio “radiante y opulento” sólo para complacer las extravagantes exigencias de Donatien. Eso, a pesar del relativamente poco dinero disponible para la manutención del tren de vida que el joven noble deseaba.

Pero Pelagie, que en realidad sentía una profunda fascinación por algún rasgo misterioso de la personalidad de su marido, era prioritario complacerle. O mejor dicho, encontró en él un refugio a la frialdad y distancia de su familia. “Donatien, es un hombre por el que puedo sentir ternura” dijo a su madre en una carta. De hecho, había un grupo de dependencias del castillo, al que sólo tenía acceso la pareja y a las que solo podían entrar los sirvientes, cuando la pareja no se encontraba. “Fue la única forma de encontrar un lugar para conversar sin temer ser escuchados” diría después Pelagie. Para entonces, su matrimonio y su vida era del dominio público, su marido un reo de la justicia y ella, el centro de murmuraciones y burlas. “Nadie debe entendernos” escribió a su madre, cuando esta escribió para reclamar los excesos de su marido y que ella parecía aceptar sin más.

En Otoño de 1763, Pelagie recibió una misiva de su marido, en la que le informaba que estaba en “graves problemas legales debido a una deuda”. En realidad, Donatien había terminado encarcelado por cometer con una prostituta lo que se describiría como “actos de blasfemia y sacrilegio”. Para entonces, ya era un secreto a voces que el futuro marqués tenía una conducta desordenada, “usualmente peligrosa” y que sin duda, era parte de algún tipo de conciencia sobre libertinaje que sorprendía incluso a hombres de mayor edad.

Dos meses después de su boda, corrió el rumor que había desflorado a la hermana menor que Pelagie, algo que su esposa se negó a creer. La supuesta “incorrección “ había ocurrido durante una visita de la pareja a la casa de la casa familiar de los Montreuil. La joven de apenas quince años insistió que Donatien le había seducido y que necesitaba ser “reivindicada”, aunque no supiera cuándo o de qué manera. Pelagie se negó a escuchar ninguna “infamia contra su marido” y entabló una batalla dialéctica en contra todos los que acusaban al futuro marqués de libertino. Su madre cuestionó “su ceguera” y el enfrentamiento familiar aumentó en gravedad y virulencia. Para cuando la primera denuncia formal contra Donatien se hizo pública, la pareja había roto todo lazo familiar. Pelagie había sido expulsada del seno de los Montreuil, Donatien había roto relaciones de manera definitiva con su padre y la correspondencia con su tío, se volvió un intercambio de amargas acusaciones.

Ya por entonces, el marqués escribía y publicaba con cierta frecuencia con seudónimo, pero en su mayoría, eran comentarios políticos sin mayor interés para el mundillo literario francés. Más llamativo era la vida licenciosa de Sade, recogida de forma puntillosa en los diarios del inspector Marais. El funcionario pertenecía al círculo del teniente general de policía Antoine de Sartine, encargado de seguir las actividades licenciosas de los miembros de la corte. La conducta de Sade, de inmediato fue motivo de asombro incluso para el grupo de investigadores, acostumbrados a los excesos. Había una cantidad asombrosa de enfrentamientos en prostíbulos, peleas en bares de baja alcurnia, acusaciones de sodomía contra hombres y mujeres, golpizas, torturas con “intención de la lujuria” y una larga lista de todo tipo de situaciones que involucran a Sade en circunstancias “grotescas”.

En una de sus prolijas entradas, Marais detalla que “el Sr. Marqués de Sade, por imposición de su familia, se ha visto absolutamente forzado a dejar a la señorita Colette, actriz en los Italianos. El Sr. Marqués de Sade, se encuentra muy turbado, ya que no es lo bastante rico como para sostener por sí solo la carga de una mujer del espectáculo”. El romance con la actriz se volvió todo un suceso de osadía y lo que parecía un acto de provocación directa contra su suegra, que luego del escándalo alrededor de su hija menor, se había convertido en una enemiga feroz para Donatien. “No se trata de lo que creas, sino lo que hace el hombre con quien vives” le reclamó su madre a Peragine. “¿No has sido tú la que me pediste que contrajera matrimonio con él?

De hecho, la situación entre los Montreuil y Donatien escaló a niveles cada vez más duros y agresivos, cuando en 1765 comienza una pública, escandalosa y tórrida relación con Beauvoisin, una de las cortesanas más cotizadas de la Corte. Es entonces cuando llega la ruptura definitiva entre la familia de su mujer y el futuro marqués. Donatien abandona la casa matrimonial y viaja a Lacoste, para pasar unos meses con su amante. Madame Montreuil decide acusar a su yerno directamente con su familia y escribe al tío paterno del futuro escritor para acusarle de “depravado” y “criatura sin freno”. No recibe respuesta de la familia Sade. “He ahí tu amado” escribió entonces a Pelagie “poniéndote al centro de todas las vergüenzas”. Aturdida y aterrada por el escándalo, la jovencísima esposa intentó convencer a Donatien de volver. “Ven a casa, no habrá reproches” suplicó. “¿Recuerdas tus cartas bajo la puerta?”. Donatien no contestó.

De hecho, el futuro escritor solo volverá a la vida familiar por un hecho muy lejos del amor y las suplicas de su esposa. El 24 de enero de 1767, recibió un mensaje urgente en que el Rey informaba la muerte del Conde de Sade y en la que además, se le informaba que había heredado varios feudos y el título de conde de Sade, que todos los hombres de la familia utilizaban en alternancia con el de marqués de generación en generación. Sólo había un requisito para hacer efectivo el cuantioso legado financiero y legal: volver junto a Pelagie. Y lo hizo. Ella le esperaba en la puerta, junto con un grupo de sirvientes. “No dije palabra, sólo le abracé” contaría después a una de sus cercanas. Por extraño que parezca, el flamante marqués de Sade no abandonó la casa luego del período de duelo. De hecho, el primer hijo de la pareja Louis-Marie, nació el 27 de agosto de ese año. “Somos felices, incluso en la desdicha de ser el centro de la curiosidad y la habladuría” diría Pelagie a su madre.

El domingo de Pascua 3 de abril de 1768, una mujer llamada Rose Keller llegó a la Place des Victoires aturdida, golpeada y sollozando. De inmediato fue llevada a la policía, en donde contó una historia escabrosa: un noble le había obligado a cometer actos “antinaturales” y de enorme “gravedad”. Los detalles fueron de tal minuciosidad y de semejante horror para incluso los curtidos policias que le escucharon. Horas después, se emitía una orden arresto contra el marqués de Sade, por actos “lascivos, de gravedad extrema” y que sin duda, requerían “la atención de la ley”.

En junio de 1768, el marqués de Sade es encontrado culpable y encerrado en el castillo de Saumur. Pasó en prisión siete meses y de hecho, toda su reputación de malévolo libertino, proviene en su mayor parte de la repercusión de un escándalo mayúsculo que sacudió a la corte, interesó al propio Rey y cubrió de verguenza a toda la familia Sade. En mitad de semejante oprobio, Donatien suplica perdón pero aun así, incluso la prensa Española e inglesa, analizan el incidente como una muestra de la perversión del poder monárquico francés. Una y otra vez, se le acusa de ser un símbolo de “la podredumbre” que cubre al poder en el país galo. La familia Sade es invitada a abandonar París por sus informantes en la corte, pero en especial, a cortar relaciones con la corona, apenas el marqués salga libre.

Para entonces, ya el marqués comienza lo que sería un legado considerable de escritura, análisis político y literatura erótica. Recluido junto a su esposa (embarazada de su segundo hijo) en Lacoste, comienza a redactar una obra de teatro sobre lo que llamó “la hipocresía del poder”. El marqués caído en desgracia, había sido repudiado por todos quienes le frecuentaron durante sus años en el ejército, sus familiares y amigos. “Comencé a escribir por rabia y seguí haciéndolo por satisfacción” contó después a Amblet, a quién envía sus primeros borradores. El antiguo tutor le sugiere enviar el texto a Holanda, en donde aun la reputación del marqués no es conocida. Logra su publicación y recibe por primera vez en su vida, dinero gracias a su talento. “Soy un escritor, aunque nadie lo sepa” escribió a Amblet. Un largo recorrido hacía un tipo curiosa de inmortalidad había comenzado. Uno que además, le llevaría a ser el símbolo de subversión y rebeldía que soñó ser, aunque jamás disfrutó de sus frutos o de su resonancia. “Soy un mártir de mi fervor por la carne” escribiría a Pelagie, años después, ya encerrado en la Bastilla. “Un juguete roto que no sabe que lo está”.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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