Dos rostros en el espejo: de la maternidad, las palabras heridas y otras historias sin retorno.

Hace unos seis años, mi madre viajó a Jordania y visitó las historias ruinas de la ciudad de Petra. Recorrió la ciudad arqueológica en compañía de un grupo de turistas de diferentes nacionalidades y al final, pudo asombrarse con las maravillas conservadas en piedra del monumento. Un par de días, me telefoneó y me habló de su aventura en un tono levemente aburrido.

— La verdad, esperaba algo más.
— ¿Algo más? ¡Estabas en Petra!
— Sí, lo sé. Pero creo que no es el tipo de recorridos que me apasionen.

Me contuve estallar en un sermón sobre la sensibilidad hacia la historia y sobre todo, sobre el hecho que Petra no era solamente una curiosidad arquitectónica, sino los últimos vestigios de un tiempo de pensamiento muy antiguo y preciado. Petra metaforiza el afán de permanencia del pensamiento del hombre, esa necesidad insistente de sobrevivir al tiempo a pesar de la posibilidad de no hacerlo. Quise preguntarle sobre el monte Hor y como había sido la experiencia de contemplar el Monasterio, una reliquia de una visión sobre la eternidad que en la actualidad resulta y desconocida. En cambio, escuché a mi madre contar el emocionante recorrido hasta la joya histórica a lomos de un camello, la curiosidad del grupo de excursión por la novedad del recorrido y por último, el regreso hacia la moderna Amán, capital de Jordania, que la cautivó por su serena belleza. Ni una palabra sobre el misterio de Petra, su soledad cautiva, el misterio de su mera existencia.

— Estás decepcionada — dijo por último. Suspiré.
— Un poco, pensé que te emocionaría.
— Que sentiría lo mismo que tu de estar en mi lugar, quieres decir.

No supe que responder. La primera vez que mi madre me había hablado del viaje que se disponía a realizar (un imprevisible periplo que la llevó de Jerusalén hasta Estambul) me emocionó la idea que podría ver con sus propios ojos, buena parte de los escenarios que poblaban mi imaginación. Como devota lectora y amante de la historia, la aventura de mi madre tenía mucho de un sueño cumplido…que en realidad no lo era. Después de todo, ella miraría de frente a las espléndidas Pirámides, entraría a Hagia Sofía, deambularía por la explanada del Templo de Jerusalén, mientras yo seguiría en Caracas, soñando con cada una de esas grandes maravillas. Era una situación casi risible: mi madre, a la que no apasionaba en especial la historia, había escogido un destino turístico que parecía trazado para complacer mi imaginación y curiosidad.

— Más o menos — admití. Mi madre soltó una carcajada.
— No puedo disculparme por no sentir lo que crees apropiado.
— No te pido que lo hagas.
— No, pero también parece que no estás del todo feliz porque Petra no me haya impactado.

Estuve a punto de soltarle justo lo que pensaba en ese momento: “¿Cómo es que no lo hace? ¿Realmente sólo te pareció un gran monumento? ¿No te provocó escalofríos la precisión de la roca cortada? ¿Del Siq que conduce a un lugar más profundo enterrado en la roca misma?” Estuve muy cerca de estallar y preguntar por qué había escogido aquel viaje el primer lugar, si no tenía mayor atracción por las maravillas que descubriría. Y entonces, me pregunté si mi reacción emocional — estaba tan disgustada que apretaba el teléfono entre las manos hasta tener los nudillos en blanco — no era una forma de envidia. El pensamiento me produjo un escalofrío y tomé una bocanada de aire. ¿Estaba envidiosa de mi madre? ¿De su osadía? ¿De su temperamento juvenil? ¿De su capacidad para asumir una aventura a una edad en la mayoría de las personas escoge guarecerse de las grandes emociones? Pero mi Madre, con sus cincuenta y muchos cumplidos, había decidido que su temprana jubilación era el momento idóneo para recorrer el mundo. Me lo había dicho el día en que la despedí en el Aeropuerto con un abrazo rápido y ansioso: “¿Vas estar bien?” le pregunté afligida, con la seguridad que debía protegerla de sí misma, de sus decisiones un poco disparadas. Ella sonrío “Mejor que bien”.

Y lo estaba sin duda. De pronto mi madre, a cientos de kilómetros de distancia se había convertido en una mujer intrépida muy diferente a la que conocía. Mi madre había pasado buena parte de su vida siendo una ejecutiva de una empresa transnacional, obsesionada con el trabajo y de hecho, nuestra relación había terminado irremediablemente dañada por las ausencias, las evasivas y las prioridades laborales. De adultas, las cosas habían mejorado. O al menos lo suficiente para comprendernos mejor. Entonces llegó la jubilación y mi Madre tomó la decisión de viajar. Así, sin más. Viajar.

— ¿Vas a ir a Israel? — le pregunté el día en que me habló de su proyectos a mediano plazo.
— A todo el oriente medio, en realidad — sacó un montón de revistas de una agencia de viajes y me mostró los Tours que había contratado — viajaré y me divertiré como jamás lo hice en mi juventud.

No supe que responder a eso. Mi madre tenía veintitrés cuando nací y veinticuatro cuando abandonó a mi padre. A los veintiocho culminó la Universidad y a los treinta, ya era Jefe de Recursos humanos de una empresa norteamericana con sede en una Venezuela muy lejana y muy próspera que yo no había conocido. Por último, fue contratada como Gerente de área de una empresa aún más importante y fue entonces cuando nuestras relaciones — ese hilo rojo conductor entre madre e hija — desapareció. La absorbió su vida profesional, la devoró hasta el fondo de todas las cosas. Mi madre se convirtió en una extraña que me visitaba cada fin de semana en la casa de mi abuela, en una mujer que no comprendía y que en algún punto de mi adolescencia, terminé aborreciendo de manera muy melodramática. Pero al final y una vez que ambas pudimos mirarnos cara a cara como dos adultas, recuperé el amor — maltrecho, aplastado por cientos de sentimientos distintos — y también, la confianza hacia ella. No la suficiente, nunca plena, pero sí un sentimiento cálido que me hacía sentir cómoda a su lado.

— Esta llamada es muy costosa y pasas la mitad del tiempo callada — dijo de pronto, entre exasperada y divertida. Su voz me hizo parpadear — ¿Tanto te molesta que sea quien soy?
— No me molesta, mamá — suspiré — de pronto sentí…ese rencor de cuando era niña.
— Pensé que lo habíamos superado — carraspeó, incómoda. Me pregunté si de pronto, el teléfono se quedaría en silencio, sin respuesta. Una distancia infinita — Siempre que lo creo, pasa algo como esto.
— Mamá, si lo superamos — suspiré — supongo que intento comprenderte otra vez. Una y otra vez. No sé, a veces es como conocerte un poco cada día. No sé a cuánta gente le pase eso con su madre.

Se echó a reír. Mi madre tiene una risa elegante y cálida, me gusta oírla reír. Pero en esta ocasión me hizo sentir incómoda porque no sabía por qué lo hacía.

— ¿Ya me entiendes? Me pasé media vida en un intento de saber quien eras.
— ¿Yo?
— Sí. La hija que me odiaba, me quería. Que dejó una carrera universitaria por otra sin otro motivo que el “amor a las letras”. La que se hizo fotógrafa, la que no quiere esposo ni tampoco hijos. La que le gusta la soledad. No ha sido fácil para mí tampoco.

Me recorrió un escalofrío de pura incomodidad. Mi madre no solía ser tan abierta ni mucho menos comunicativa. Nuestras conversaciones eran grandes debates sobre temas Universales, que la mayoría de las veces terminaban en silencios irritados. Mi psiquiatra solía decir que había heredado de mi madre la habilidad para pasar de los temas importantes con frases ingeniosas y un extraño sentido del humor. En realidad, se trató de un método de supervivencia. Las conversaciones con mi madre nunca fueron especialmente fructíferas ni tampoco elocuentes: ambas avanzamos muy despacio y con movimientos precavidos entre las lagunas de silencio, incomprensión y miedo que nos separaban a considerable distancia. Me sentí de nuevo con dieciseis años, Universitaria prematura, aterrorizada por la mirada de mi madre sobre mi vida académica. La suya había sido perfecta, todo honores. Recordé la presión, el sufrimiento mudo, algo a mitad de camino entre la angustia y algo semejante a la amargura.

— No sabía que había sido tan difícil — dije por último, por decir cualquier cosa.
— Lo fue, pero no me quejo.
— ¿Debo decir gracias?
— No debes decir nada.
— Mamá, mira, entre nosotras siempre habrá un espacio tenso — me atreví a decir — tenso y que me duele. Pero no lo sé…
— ¿Es más fácil hablar ahora que estoy lejos?

La imaginé en su hotel de Amán. Me había dicho que la ciudad era pulcra, con fachadas encaladas y preciosos portones de madera. Que había mucha gente joven, elegante y feliz en las calles. Que aunque había un fuerte acento musulmán, se trataba de una sociedad radiante. Me gustó ese pensamiento. La imaginé a medianoche, en la habitación pequeña del hotel que compartía con una de sus amigas de toda la vida, sentada en la cama mientras contemplaba la ciudad brillante de cúpulas color plata y techos bajos. Quizás no era así — sólo había que consultar google para saberlo — pero la imagen me reconfortó.

— Ahora que te entiendo mejor — dije entonces — es mucho más fácil conversar contigo ahora que somos dos adultas.

Y siento envidia, aunque no entiendo por qué y puedo comprenderte, aunque no sé que tan emocional sea eso, ahora que el tiempo ha transcurrido. Quise decirle eso, hablarle sobre lo sorprendente que me resultaba su comportamiento de los últimos meses, lo desconcertante que era comprender que no la conocía ni la conocería como se suponía que una hija conoce a su madre. Pero no se lo dije. En lugar de eso, suspiré y volví a mi imagen de ella sentada frente a la ventana. Una única lámpara encendida. El cabello rubio recogido en una coleta a la altura de la nuca. Los ojos verdes un poco oscurecidos por el cansancio.

— Nunca serás adulta para mí — dijo en voz baja — eres mi niña, antes o después.

Sería bonito decir que respondí “Y tu mi madre, siempre”. Pero en realidad me quedé callada, con el teléfono tan apretado entre los dedos que creí escuchar el plástico crujir. Al final, le di las buenas noches y le dije que me iría a dormir. Ella suspiró.

— Intenta descansar.
— Disfruta mañana a dónde sea que vayas.

No me quedé dormida de inmediato. La recordé en una ocasión en que me había llevado al cine, en uno de sus escasos días libres. Una mujer tan hermosa que me hacía sentir un poco torpe y fuera de lugar, el cabello rubio cayéndole alrededor de los hombros, los ojos entrecerrados y miopes. Recuerdo que me sentí incómoda, distraída. Ella me tomaba de la mano con firmeza utilitaria. Una especie de ¿qué? ¿apretón nervioso? No lo sé. Tengo una imagen de mi misma sentada en la butaca, muy rígida y nerviosa, mientras ella miraba la película con impaciencia. ¿Quería irse? me pregunté. Al cabo, mi madre notó que la miraba y me dedicó una sonrisa misteriosa. O que al menos a mi, me lo pareció.

Recuerdo esa extraña conversación (la distancia como confidente) al despertar. Mi madre ya no viaja — el país no lo permite, la euforia del descubrimiento pasó — pero seguimos sin ser unidas. Quizás un poco más cercana que antes pero nunca confidentes. ¿Cómplices? No lo sé. Durante la noche, soñé con Petra, con las fotografías que mi madre hizo enmarcar para obsequiarme y que fueron a parar a alguna caja olvidada. En el sueño, volvía a colgarlas en la pared, las contemplaba con cansancio. Desperté aturdida, sin saber por qué esa imagen me provocaba semejante sobresalto.

Me volví para mirar por la ventana. Una mañana opaca, un poco grisácea. Amenaza con llover en algún momento del día, aunque el bochorno habitual del verano eterno de Caracas continúa haciendo de las suyas: padezco de una extraña sensación de claustrofobia y aunque abro todas las ventanas de mi departamento e intento controlar ese impulso insoportable y amargo de caer en pánico. Apenas lo logro. De manera que me siento en mi pequeña terraza — todo un lujo en esta ciudad — y observo al mundo pasar: una danza anecdótica, sublime y diminuta carente de nombre, de voz, de tiempo e incluso de identidad. Las mismas figuras presurosas caminando de un lado a otro de la ciudad, con ese aire cansino y desconcierto de quienes no necesitan una justificación para continuar su propia experiencia como sujetos perennes de pura experiencia diaria. Con un suspiro, tomo un sorbo de buen café, agrio, amargo, delicioso. Una fugaz sensación de bienestar me recorre, palpita por un segundo en mi cuerpo como un ramalazo de energía inusitado. Luego desaparece y me quedo a solas de nuevo, acurrucada contra las rosas pequeñas y quebradizas que planté — y aun espero que puedan crecer — y la albahaca, con su exquisito y fuerte olor danzando alrededor de mis pensamientos. Y siento una desesperada necesidad de paz: Vuelvo a pensar en mi madre, en nuestra distancia. En esta soledad diminuta que lleva su nombre. No ese pensamiento sencillo y dulce que se evoca en el idealismo, sino esa capacidad irrestricta de continuar buscando respuestas hasta encontrar una que me satisfaga o al menos otorgue sentido a esta necesidad, voraz y casi enloquecedora, de comprenderme, de contradecirme, de construirme todas las veces que sea posible hasta encontrar tantos reflejos de mi misma como habitaciones vacías en mi mente existan. Un día por vida, una vida por una miríada de pensamientos voraces.

¿Paz? ¿O simplemente la búsqueda del sentido último? ¿Quién podría decirlo? Yo no, por supuesto. Y siento una tristeza simple, por hacerme preguntas, simplemente por creer en el poder de la evocación y la memoria. Por vivir.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta