Dos meses: un duelo sin nombre

Papá, en Italia. Polaroid del album familiar.

Mi papá murió hace dos meses. Ocurrió un lunes y supe la noticia el jueves, gracias a una de mis tías. Tenía más de quince años sin verle y más de cinco, sin intercambiar otra cosa que un par de llamadas telefónicas. Colgué el teléfono y no supe como describir un duelo hueco. La sensación de perder algo que en realidad, nunca fue parte de tu vida. Pero el dolor estaba ahí — a fragmentos, un poco vago, desigual — y pasé unos minutos de pie, muy quieta. La última vez que conversamos, me preguntó que leía.

— De profundis — le respondí.
— ¿El de Wilde?
— Ese.
— ¿Otra vez?

Me sorprendió que recordara que una vez le mencioné que De Profundis era uno de mis libros favoritos. Mi padre apenas sabía nada sobre mí. Pero en uno de los desagradables y tensos almuerzos que habíamos compartido, le conté que amaba el libro más triste, duro y realista de Wilde. No pensé que me escuchara en esa ocasión. Me pregunté si también, había escuchado el resto de la conversación. Tenía el hábito de distraerse con facilidad, pasar de un tema a otro con una rapidez incansable. ¿Entre todos sus comentarios extraños, algunos burlones, otros curiosos, había espacio para la pequeña confesión que le había hecho? No era algo relevante: el motivo por el cual amaba aquel relato devastador, desordenado y pesimista.

— ¿No es deprimente?
— Soy depresiva.

No lo recordaba, pero no me sorprendí. Le quité importancia al asunto. Se echó a reír. Me gustaba la risa de mi papá. Era la de un hombre joven, petulante. Como la de un muchacho que le importaba muy poco lo que usualmente debía importar a un adulto. Supongo que era mi forma de explicar nuestra relación. Era parte de mi vida sin serlo. Un viajero que atravesaba mi historia de un lado a otro, sin en realidad quedarse en ninguna parte. Mi papá jamás estuvo como un recuerdo y me aferraba a las pocas cosas que sabía de él, como símbolos. De modo que la voz era la de un muchacho, la risa escandalosa. Nasal, como la mía, que brota profunda y estrepitosa. Papá, el hombre invisible en todas las pequeñas narraciones de mi mundo. Un rostro que aparecía y desaparecía como una pieza desigual de un paisaje vanidoso.

— Tienes que ser feliz, Agla.
— ¿En serio? Como no se me ocurrió que la solución a la depresión era “ser” feliz. A la próxima me transformo en caballo y soy uno. ¿No tiene el mismo poder eso?

No dijo nada y al final, la conversación terminó con varios silencios incómodos. Y esa fue la última. Emigró, el vínculo se rompió, si es que hubo uno alguna vez. Me quedé al otro lado de todo lo que podía habernos unido o no. Una historia que nadie iba a contar, que no llegó a extenderse hacia ninguna parte. Que se rompió en dos, incluso antes de ser real. Ese día - el de la última vez que escuché su voz — abrí el libro y lo volví a cerrar, malhumorada. Una especie de diminuta rebeldía que no comprendí muy bien.

***

Cuando mi abuela murió, la pena me sumió en una especie de vacío insondable que no pude superar por meses. No solamente se trató del dolor paralizante que produce la muerte de cualquier ser querido, sino además la incertidumbre que me produjo asumir el hecho de su ausencia. Una especie de paisaje derruido sin frontera ni confín en el que tuve la sensación vagaba a ciegas. Recuerdo que por meses enteros, me desplomé en una amargura sorda que llevaba a todas partes. No hacía más que llorar, dejé de comer e incluso, perdí el ritmo de mi vida cotidiana. Finalmente, me encontré intentando avanzar más allá de ese lugar a fragmentos que me sofocaba y me aplastaba, sin lograrlo.

Entonces, tropecé con el libro De Profundis de Oscar Wilde. Recuerdo que en mi necesidad de consuelo, compraba docenas de libros semanales que iban a parar a la mesilla de noche y allí permanecían sin abrir. Y De Profundis no fue la excepción: lo arrojé en la pila siempre creciente y lo olvidé por el suficiente tiempo como para sorprenderme cuando volví a encontrarlo. Era casi la madrugada de una de mis largas noches de insomnio y miré el libro con un leve desconcierto. Nunca me había interesado demasiado aquella larguísima carta de dolor y sufrimiento que Wilde le había dedicado a su amante traicionero. Tenía la impresión era un documento un poco críptico, violentado por la angustia y el dolor de un hombre sorprendido por el horror, tan lejos de la obra previa de su autor que era toda una rareza literaria. Abrí la primera página con cierta desconfianza, preguntándome qué tendría que decirme Wilde sobre el sufrimiento que pudiera conmoverme en un momento tan duro de mi vida. Qué tanto podría aprender sobre sus reflexiones y delirios, tan poco comprensibles para mí.

Resultó que además de tener mucho que decir, gracias a De Profundis de alguna manera comencé a analizar mi dolor desde un nuevo punto de vista, algo que no siempre resulta sencillo y es probablemente el primer paso para toda curación espiritual. El libro, duro, descarnado, una visión profunda y descarnada sobre la decepción y el desconcierto existencial, me demostró que el sufrimiento es parte de la naturaleza humana y también, una etapa inevitable dentro de todo crecimiento intelectual. Eso, a pesar de que el tono derrotista de la novela y su profunda decepción sobre la belleza y el poder de la pasión describen la realidad del dolor humano desde un punto de vista desalentador. Pero a pesar de eso, reconocerme en la angustia profunda de Wilde, en su completa pérdida de esos elementos privados que construyen nuestra perspectiva íntima sobre el mundo, me alivió. Me reconfortó como no lo había hecho ninguna palabra, consuelo, la compañía de nadie más.

Lloré con el libro entre las manos, abrumada por esa pena compartida a través de hojas y siglos, de esa sensación de pérdida que Wilde describe con minucioso detalle. Y aunque él se enfrentaba a la desesperanza debido a una debacle emocional y yo al luto de la muerte de un ser querido, encontré que la tristeza tiene una línea en común que puede unirnos a todos, que se sostiene y se elabora a través de ideas consecuentes sobre el temor al olvido, la soledad y la angustia privada. Con su estilo preciosista, en ocasiones ampuloso, pero siempre extraordinario, Wilde me habló sobre la vida y la muerte, la pesadumbre y la capacidad para el dolor mejor de lo que nadie lo había hecho hasta entonces.

Por supuesto, no podría asegurar que recuperé la cordura y la tranquilidad espiritual debido a que leí De Profundis. Pero sí debo reconocer que su lectura me permitió plantearme interrogantes privadas gracias a las cuales, tome decisiones concretas sobre lo que deseaba hacer con mi vida a continuación. Poco a poco, superé el estado de completa postración en el que había estado hasta entonces y me permití la posibilidad de comprender mi duelo de una manera distinta. Al mirar hacia atrás, siempre estaré convencida de que el libro me dio el empujón que necesitaba para sobrevivir a mi sufrimiento.

***

Hace unos días, comencé a leer de nuevo De Profundis y esta vez, en honor a mi padre. Que nunca creyó en la tristeza, que estaba convencido de que el dolor era una excusa, una forma de perder el tiempo para hacerse preguntas. Buenas preguntas. Dos meses, sin que todavía tenga nombre el duelo. Que mi padre se convirtió en un espectro sin rostro que deambula en algún lugar de mi mente. Tal vez, este pequeño dolor solo esté destinado a ser algo anónimo. Sin un lugar real que ocupar. Un silencio extenso, que únicamente puedo atravesar cuando la herida que aún no encuentro, sane del todo.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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