Dilemas contemporáneos y otras formas de lucha secreta: La Eva creadora.

Hará unos meses, alguien en el Máster de escritura creativa que llevo a cabo, comentó que “las mujeres creamos siempre desde las emociones más tiernas”. Me quedé un poco aturdida, sobre todo porque casi todo los textos que he presentado para lectura y debate, son de horror. Asesinatos, monstruos violentos, escenas de pesadillas. Me pregunté qué diría eso de mí — ¿ponía entredicho mi género? — y después, me eché a reír casi sin querer.

— ¿A qué llamas tiernas? pregunté.
— Una mujer ve el mundo de manera más intuitiva y delicada — explicó mi interlocutor — definitivamente la manera de escribir de una mujer está más relacionada con esos sentimientos.

Mi más reciente texto para clase, había sido la exhaustiva descripción de la larga agonía de la víctima de un asesino, que no dejó de mirar como se desangraba sobre el suelo de su habitación, mientras pensaba en las maravillas de las molduras del techo. Me pregunté si lo tierno allí era mi amor por la arquitectura por la regencia, mi conocimiento sobre los tonos de carmesí que manchaba la moqueta o el detalle — muy cariñoso, eso sí — con que describí el sufrimiento de la carne abierta, expuesta y aún viva. Pero supuse que no era el momento para comentar semejante cosa, por lo que intenté comprender el punto de vista de mi compañero. Al fin y al cabo, estamos allí para eso ¿no? me dije mientras me armaba de paciencia.

— ¿Qué te parece que es lo tierno en las cosas que has escuchado de las mujeres en esta clase? — dije — ¿Qué es lo que te hace pensar que las mujeres que somos tus compañeras nos conectamos con “delicadas emociones”?

Silencio en el foro. Los rostros del resto de los asistentes, parpadearon en la pantalla de la portátil. El facilitador escuchaba con tranquilidad, mientras el resto se movía con cierta incomodidad frente a la cámara. Otra de las mujeres del grupo — Española, obsesionada con la reconstrucción histórica de la ruta de migración de su familia judía a través de Europa — escuchaba con atención. También lo hacía la estudiante de leyes Atlanta de origen dominicano, que utilizaba el Máster para ordenar su apuntes sobre la pena de muerte y sobre todo (en especial), las formas más abruptas de morir. Mi interlocutor — Uruguayo y periodista — me miró con una sonrisa cansada.

— Esta no es una discusión feminista.
— No he dicho que lo sea, siento genuina curiosidad.
— Creo que puedes responder sin tocar el tema de la posición política de nadie — intervino el escritor con amabilidad — es una pregunta válida. ¿A que llamas “tiernas emociones”?

Mi compañero se restregó la cara y se quedó muy quieto, mirando hacia la cámara. Tuve la sensación inequívoca que el improvisado debate le había tomado desprevenido. No sé como podía haber ocurrido algo semejante — después de todo, el espacio para la contradicción y la discusión es de las cosas más importantes durante las sesiones de clase — pero tenía una buena idea de lo que podía significar. Ya lo había escuchado otras veces, claro.

— Lo que quiero decir, es que la mujer usa la emoción…
— Todos lo hacemos — intervino alguien más — Yo lo hago siempre que puedo.

Juan, panameño de treinta y tantos, padre de familia. Escribe sobre la muerte de su padre y el papel que de hermano mayor en mitad de una situación familiar deplorable. Sus pequeños relatos sobre la soledad, las privaciones y la humillación de la pobreza nos han hecho llorar a otros. Me gusta que describe con cierta sequedad la casa de su infancia, la tristeza de su madre viuda, el egoísmo infantil de sus hermanos. Pero el sentimiento siempre está allí, siempre de lo más profundo de lo que expresa. Uno muy genuino y sincero, además.

— Sí, pero con las mujeres es más…sencillo de entender, sienten más.

Cuando escribí sobre mi asesino sin nombre, capaz de matar y deleitarse con la belleza de la muerte, uno de los facilitadores me dijo que temía que la contención emocional de mi personaje afectara su credibilidad. “Incluso si son emociones negativas, todos sentimos algo por los actos de naturaleza imprevisible y salvaje” me explicó y me hizo rehacer el cuento, para incluir lo que podía haber experimentado mi personaje al acuchillar a alguien por el mero placer de hacerlo. Me llevó esfuerzos romper esa distancia que me había impuesto, pero el resultado me asombró. Me encontré asqueada, fascinada y desconcertada por la realidad física de la escena, por la forma en que me conecté con el furor físico y el estado mental alterado de un hombre que disfrutaba de matar casi con alegría. No le había descrito como un demente, tampoco como un horrorizado testigo de la violencia. A mi me personaje le gustaba matar y casi a regañadientes, llegué a entender el motivo.

— ¿Sienten qué? — insistió la estudiante de leyes.
— Bueno…cosas.
— No sólo las mujeres, te repito — se ufanó Juan.
— Bueno ¿qué quieren que les diga? No sé explicarlo, pero sé que las mujeres escriben distinto y sienten distintos.

Hice un buen intento de contener la risa. No es que sea algo novedoso, esa certeza masculina que puede comprender a la mujer sólo por desearlo, pero nunca deja de causarme curiosidad. Mi instructor asintió, se quedó un par de minutos en silencio y después, abrió el micrófono con uno de sus gestos campechanos.

— Vas a escribir sobre mujeres — dijo a mi interlocutor — Escribe el personaje de una mujer que no quiere hacer otra cosa en su vida que vivir como se supone vive un hombre. Y trata de hacerlo realista. Todos debatiremos contigo como mejorar ese texto.

Silencio otra vez. El opinador pareció incómodo, después disgustado y me pregunté qué le irritaba tanto, si al parecer el tema se le daba lo suficientemente bien como para disertar y tener opiniones muy concretas. Después me avergonzó mi poca caridad y me pregunté si todas las mujeres — escritoras o no, artistas o no — atraviesan esa percepción tan distorsionada sobre lo que hacen o no. La mirada de una cultura que está convencida puede definir la obra de arte creada por una mujer desde cierta simplificación inmediata. Cuando apagué la portátil, la idea siguió obsesionandome un buen rato.

***

Un artista casi siempre es un rebelde, un contrincante directo del deber ser, alguien que avanza por el camino menos transitado y quizás también, el más complicado. Cuando una mujer crea — o se define como artista — el camino es el doble de complicado, duro de seguir y la mayoría de las veces ingrato. Una mujer artista es a la vez, alguien que desea expresar todo tipo de ideas y mensajes complejos pero que a la vez, debe luchar contra esa firme pared de la indiferencia de la historia, la cultura, el dolor y el miedo que la figura femenina padeció por buena parte de la historia universal. Una mujer artista debe enfrentarse no sólo al hecho que debe vencer el prejuicio primario de género sino también el que todas las épocas y culturas muestran contra los mentalmente independientes, los autónomos, los que se atreven a contradecir la antigua y poderosa idea de la moral pública.

La madre de la escritora Mary Shelley fue una mujer trágica y la primera figura que recuerdo al pensar sobre esa invisible represión de la mujer artista. No sólo se trató que Mary Wollstonecraft fuera una libre pensadora adelantada a su tiempo, sino que de alguna manera, esa noción de la mujer con capacidad para comprenderse a través de la idea, la condenó a un tipo de ostracismo social del que nunca pudo zafarse. Murió marginada, destrozada por el prejuicio de su época y aplastada por el habitual anonimato al que la historia somete al sexo femenino. Unas décadas después, su hija crearía un monstruo literario espléndido tan solitario y aislado como ella, en una alegoría inquietante de la que quizá la brillante escritora no fue del todo consciente.

No es fácil para una mujer ser artista y además de todo, complacer el papel tradicional que se espera de ella. Bien lo sabe la controvertida Marina Abramović, que en una entrevista al periódico aleman Tagesspiegel, habló largo y tendido de lo confuso y complejo que resulta para una mujer debatir sobre su forma de percibir el arte, su cuerpo y sobre todo, la consciente decisión que una mujer debe toma para asumir el peso, la importancia y sobre todo, la responsabilidad del arte. Abramović, conocida por su trabajo de performance confesó que abortó hasta en tres ocasiones, porque decidió primar su trabajo sobre una posible familiar. Una aseveración que despertó polémica sino que además, provocó que Abramović tuviera que enfrentarse a todo tipo de críticas y estigmas.

“Hay muchas mujeres con talento, entonces ¿por qué son siempre los hombres los que ocupan las puestos importantes? Es sencillo: el amor, la familia, los hijos. Una mujer no quiere sacrificar todo eso” puntualizó Abramović, que siempre ha sido origen de polémica por su necesidad de combinar lo estético y la rebeldía contra la percepción de la sociedad sobre la mujer en el arte “Yo soy mi propia obra de arte. No puedo mandar un cuadro así que me mando a mí misma (…) No tengo marido ni familia. Soy completamente libre”.

Marina Abramović es historia artística. También es historia contemporánea en la manera como se relaciona con lo artístico, por lo que jamás cae simpática, siempre molesta, siempre hay motivo para el escándalo. Tal vez se deba a que la artista comenzó su carrera jugando con la frontera de lo admisible, al menos para una mujer. Y es que mientras un artista masculino puede darse el lujo de confundir, atacar e incluso mostrarse provocador, una mujer que hace lo mismo de inmediato es censurada o la mayoría de las veces relegada a un terreno polémico que resta valor a su visión artística y conceptual. Los performances de Abramović, siempre buscan una reacción directa con el público, una confrontación de ideas que rompe la imagen romántica de la mujer artista. Y eso le ha permitido un control absoluto de su obra, consciente del poder del arte que desintegra los cánones, que elabora nuestros límites sobre lo que consideramos conceptual y más allá de eso, coherente con nuestra percepción sobre la identidad. Para Abramović no hay un límite y quizás por eso su obra siempre despierta incomodidad.

Lo mismo le ha ocurrido a mujeres como Simone de Beauvoir y Virginia Woolf, para quienes el talento para escribir es una forma de vida y no una exaltación de una supuesta bondad que se le suele achacar a la mujer. No se trataba solo que ambas fueron escritores que lucharon contra restricciones formales y culturales de su época, sino que además creaban por necesidad, por egoísmo, por una profunda alegría hedonista basada en el arte que se opone pregón de la santidad inherente a la idea de la mujer que crea.

Virginia Woolf sobre todo, triunfó esa percepción de la mujer que crea como atormentada por los valores que la sociedad impone — la mujer abnegada contra la mujer creativa — y lo hizo con una capacidad enorme para vencer la ilusión de lo femenino siempre a mitad de camino entre su percepción de la cultura y lo que desea expresar. Woolf no era santa, amable ni mucho menos correcta. Era una mujer de su tiempo, llena de defectos y con pocas virtudes que destacar, a no ser su maravilloso talento. Clínica, obsesiva y sobre todo, profundamente carnal, a Virginia le gustaba fumar tabacos, jugar a los bolos y escribir a máquina. Nada de las largas estelas románticas a lo Bronte y a lo Austen. Virginia se inclinaba sobre la máquina de escribir y tecleaba por horas, un tac tac tac continuo que marcaba como un metrónomo el paso de sus pensamientos. Y es que Virginia era compleja en su humanidad, en su portentoso talento para contar el mundo. Para escribir por deseo, por furia. Por razones oscuras y obscenas que la hacían profunda y demoledora.

En el año 1917 la escritora y política feminista María Lejárraga, alter ego lúcido de su esposo Gregorio Martínez Sierra insistía en que toda mujer debe resistirse a la presión de la cultura de la identidad “Háganlo por la supervivencia de su mente y su capacidad para ser únicas” añadía, desde los labios de su esposo, que por décadas la había forzado a escribir ocultando su talento en su beneficio. Algo parecido debió reflexionar Aurora Dupin cuando se transformó en George Sand. Dupin, que desde niña fue rebelde y contradijo como pudo la moral que se le imponía, supo desde muy joven que la puerta abierta para libertarse de todo presión social, era el arte. La escritora fue una de las primeras en asumir que necesitaba encontrar un espacio en el mundo literario de su época — íntegramente masculino — a través de un juego de espejos de género que sorprendió y escandalizó en su época. Porque Aurora fue George, escribió nueve tomos de maravillosas novelas, impactó a la sociedad que la leía con avidez, habló de mujeres libres… pero fue hombre a todos los efectos de la presunción de su capacidad creativa. Quizás era la única manera en que podía haber escrito sobre héroes libres e independientes, sin resultar chocante, abrumadora, desconcertante. Y fue esa dualidad femenino y masculino lo que hizo de la figura de George Sand un símbolo de la restricción social de la mujer que expresa, la mujer artista, la mujer poderosa.

Hace poco, leía que María Fernanda Ampuero, escritora y periodista de Ecuador, ponderaba sobre el hecho que la mujer que escribe es un fenómeno reciente en nuestra patriarcal, machista y conservadora latinoamérica. Hasta hace muy poco, la mujer creativa de nuestro continente debió enfrentarse a esa dicotomía insistente entre lo que la historia requiere de ella y algo más abstracto. Y mucho más que sus contemporáneas en otras partes del mundo: Mientras Virginia Woolf ya se preguntaba por el año 1945 que necesitaba una mujer para escribir, en nuestros países, la idea continuaba siendo inquietante e incluso desagradable. Después de todo, la mujer estaba allí para completar el ciclo creativo, para acompañar y consolar. Como comenta Ampuero: “las que callaron a los niños porque papá estaba escribiendo, las que sirvieron litros y litros de té en silencio, las que mantuvieron el orden obsesivo del susodicho, las que organizaron veladas literarias en las que no podían ni debían opinar, las que hornearon tartas, asados, panes, las que vivieron pobrezas y sobresaltos… Es muy difícil hacer que la vida doméstica no irrumpa como un estruendo en el proceso creativo. Qué gusto debe de haber sido para estos señores nunca encargarse de nada de eso”. Y en la ligera crítica, en el dolor que subyace debajo, hay toda una inclemente visión de lo que debía enfrentarse la mujer creativa latina. Esa noción de la tradición que intenta abrumar el impulso de construir sólo por el mero hecho de favorecer la tradición.

Clarice Lispector (Chechelnik, 1920–Río de Janeiro, 1977) es toda una visión reivindicadora de esa percepción de la mujer que debía abandonar la necesidad en beneficio de lo que las exigencias de género. Se suele decir que Clarice no sabía freír un huevo ni tampoco tenía ninguna habilidad en los quehaceres domésticos, pero escribía. Y lo hacía tan bien como para que formara parte de su vida, su circunstancia, sin atenerse a ninguna idea cultural que pudiera constreñir su deseo de escribir. “La recuerdo con una máquina de escribir en su regazo, tecleando absorta en medio del salón principal de la casa entre los ruidos de los niños, el teléfono o la empleada. Por tanto, no tenía nada de escritora maldita que necesitaba aislarse del mundo para encontrar la inspiración”, cuenta su hijo Paulo Gurgel, quien no sólo admiraba el poder creativo de su madre, sino sabía — y probablemente comprendió desde la infancia — que era el principal impulso que la animaba. “Mi madre escribía por placer, trabajo y necesidad. Lo demás era subsidiario a esa necesidad”, concluye, dejando en claro que para Clarice cualquier otra compulsión además del arte — incluyendo la maternidad — parecía encontrarse fuera de toda consideración. Una contradicción a la idea sobre la mujer que crea en nuestro continente e incluso, de la cultura occidental.

En una ocasión, Susan Sontag comentó que nunca caía bien a nadie. Que todos quienes la conocían solían decir que era una mujer insoportable. “No soy alguien agradable” insistía con una cierta ferocidad acerada y sobre todo, muy consciente que contradecía esa imagen de lo femenino que impone la cultura. Una mujer introspectiva, dura e incluso severa, que no hacía el menor esfuerzo por agradar, resultar encantadora e incluso amable. Sus críticos tomaron su largos y empecinados silencios como una demostración de su soberbia. Pero en realidad Susan Sontag siempre fue una mujer que asumió el poder de la palabra como una parte indivisible de su personalidad: esa percepción de la palabra que crea, construye y elabora nuevas fronteras. La palabra como frontera entre el mundo personal y el mundo real. Y por ese motivo, quizás sufrió esa noción de la severidad y dureza que se le atribuye a la mujer que crea, que muy pocas veces se comprende. Que en ocasiones resulta desconcertante e incluso limitante. Una ruptura con el tópico de lo que la mujer debe ser a través de una idea recurrente sobre el género que resulta incompleta para definir a la mujer que crea.

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Mi buen amigo el opinador sentimental, jamás llegó a presentar su texto sobre las mujeres y sus sentimientos al completo. Aunque hizo memorables intentos. Escribió sobre su madre, su hija y su hermana, narrando una conversación ficticia en la que el trío discutía sobre lo “profundo de la vida” — así, en general — lo que le valió soportar las críticas de la mujeres del grupo: intentamos explicar lo mejor que pudimos por qué las mujeres no hablamos de nuestros sentimientos como quien describe peras y manzanas. “Dudo que haya alguien que hable sobre el amor como si se tratara de una colección de síntomas” dijo la estudiante de leyes, con seriedad. “El amor se vive, se teme, se aprende. Pero jamás es algo fuera de ti mismo”. Después, volvió a la carga con una larga disertación sobre el “misterio femenino”, basada en los textos de Susan Sontag, “que seguramente se habría sentido incómoda con semejante efusión de sentimientos” dijo el facilitador luego de leerle el pequeño ensayo, una serie de frases muy emotivas que tenían poca o ninguna relación con la objetiva mirada sobre la realidad de Sontag. Al final, el buen hombre se dio por vencido y admitió “necesitaba más tiempo e investigación, para expresa sus ideas con claridad”. El instructor le aseguro tenía todo el tiempo del mundo…que supongo es una frase literal. A seis meses de la conversación, aún el texto continúa sin terminarse.

A veces, tengo la impresión que no he hecho otra cosa en mi vida que fotografiar, escribir y leer. Y esa sensación en ocasiones es profundamente egoísta, visceral y primitiva. Lo hago porque lo deseo, porque me place y me satisface y no por ninguna visión romántica sobre la creación trágica. Aun así, sigo preguntándome cómo concibe la cultura donde nací a la mujer que crea — que construye — y si esa percepción comienza a evolucionar o en todo caso transformarse en algo mucho más profundo de lo que es. Por ahora, sigo intentando comprender el sentido de esa idea creativa femenina y sobre todo, la manera como concibe a un nuevo tipo de artista, que intenta de no definirse a través de una tradición cultural y mucho menos, una opinión cultural.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta