Diez días en el desierto

Pequeñas crónicas del COVID

Comenzó por el dolor de cabeza. El médico se burló un poco de mi mal humor. “Al menos, estás furiosa” dijo mientras esperaba los resultados del PCR (Polymerase Chain Reaction por sus siglas en inglés). No supe si debía tomarlo como un halago. En realidad, estaba más furiosa que asustada, aturdida por los escalofríos y el sabor amargo en la lengua. “¿Puede ser muy grave?” pregunté cuando por último, recibí el diagnóstico. Solo entonces noté que temblaba, por los escalofríos y un miedo muy antiguo, casi infantil. El miedo a las camas de hospital, al olor de la enfermedad, a los diagnósticos de bata blanca. Me dedicó una mirada amable.

— Solo te voy a pedir una cosa — dijo.
— ¿Cuál?
— Quédate tranquila.
— Estoy tranquila — dije, casi demasiado rápido.
— Tranquila, de no estar furiosa por estar enferma. Tampoco de querer contárselo al mundo y que te expliquen cuántos muertos hay, los síntomas horribles. Quédate lejos de eso.

Estornudé. Una sacudida seca, que me hizo doler la espalda, el pecho. Tuve la sensación que la nariz era más grande que el resto de mi cuerpo. Ya no estaba furiosa, ahora tenía miedo. Uno real, de haber enfermado y ya no volver a mejorar.

— Tranquila, entonces.
— Tranquila, ve películas, televisión, lee libros.
— Hago eso siempre.
— Sin que sea una obligación — me recordó — a descansar.

Descansar, me dije unas horas después. La fiebre había llegado a 39 grados, sólo para volver a bajar. Y subir otra vez. Todo eso, en medio de nauseas, la tos seca que tanto me habían descrito por casi dos años. Ahora tienes COVID. Pensé en un folleto, en uno como el de Beetlejuice de Tim Burton, en el que te hablaran de qué pasa ahora que el virus llegó. A pesar de jamás dejar de llevar la mascarilla, las dos vacunas, la buena alimentación, lavar las manos con tanta frecuencia que resultaba un poco incómodo. “Es Omicron, eso no es malo” dijo una de mis primas por el grupo de mensajería instantánea familiar. “Imagina que hubiese sido los primeros días”. Un emoticón verde. “Quizás ni la cuentas”.

¡Gracias, familia!

La fiebre no cede. No importa cual de los medicamentos recomendados tome. O sí, lo hace, pero de inmediato, vuelve a subir. Me duelen las articulaciones, también la cabeza, la garganta y la nariz. Este último es un dolor singular, que va de la punta hasta la frente. Me recuerda la vez a los doce años, cuando alguien me golpeó en la cara en un salto durante la clase de Ballet. Un elegante movimiento en mallas rosas que terminó con el puño de una aventaja compañera en la mitad de mi rostro.

Siento el mismo dolor ahora. Una especie de tensión que estira la piel y se hace un hormigueo incómodo. Lo provocan los estornudos. Son violentos, corrientes de aire que me hacen sacudir la cabeza. Y la tos, claro. Seca y sin flema. Intento no pensar en los cientos de video que me enviaron por dos años sobre esa tos.

Mientras intento descansar — cosa que no he hecho por voluntad propia en más de cinco años — y todo resulta más incómodo. La verdad, no quiero descansar, quiero ponerme en pie, llorar. Pero no tengo fuerzas para nada que no sea estar tendida de medio lado. El cuerpo duele, la piel duele, respirar duele, la conciencia de lo vulnerable que soy, duele. Tal vez debería escribir esto, pienso. Pero la idea de deshace cuando la fiebre vuelve a subir. Me castañean los dientes. Todo se ve borroso. “Por una vez, hay que darse por vencida” dice un personaje en la pantalla de la televisión. Despierto de súbito. El aparato está apagado.

Comienzo a leer Nightmare Alley de William Lindsay Gresham y me obsesiono con Carlisle, el personaje central. Es malvado, triste, está lleno de odio. Es capaz de matar. Pero en realidad, es capaz de matar como cualquier persona. Me sobresalta la frase. Sé que Gresham estuvo en la guerra y tenía miedo a los estragos del trauma en su mente. Uno de ellos, el poco aprecio a la experiencia de vivir o así lo escribió. Por supuesto, es un caso de estrés postraumático, leo después y me parece casi amargo, que la máscara de dolor del escritor pueda esquematizarse en términos pulcros y médicos.

— ¿Para qué lees eso? — me pregunta mi mamá.
— Porque vi la película y la adoré.
— Es deprimente leer a personajes malvados.
— Las personas no son buenas.
— Las personas tampoco son malas, siempre.

La cabeza me da vueltas. Conversamos por una video llamada. La veo caminar por su bonito apartamento, fresco, amplio y lleno de plantas. Al contraste, mi habitación llena de almohadas, afiches de película y libros, me parece caótica y de pronto, claustrofóbica. Mi mamá sacude la cabeza y me contempla, como si la pantalla fuera una ventana.

— Tienes fiebre — dice.
— No tengo nada.
— Claro que sí. Se te ponen los cachetes rojos, te pasa así de chiquita.

Tiene razón pero no lo admitiré. Al final, cuelgo la llamada y me quedo tendida, con el libro en la almohada. Cada capítulo tiene el nombre de un arcano del Tarot. Me quedé en muerte. Cuando me pongo el termómetro, me hace reír la ironía, tan pedestre y temible. ¿Pensamiento mágico en estado puro?

Mi prima es mi roommate hace más de quince años y es la primera vez, que la veo realmente preocupada por mi salud. Me preparó sopa, pan con mantequilla y ajo, jugo de melón. Menos el pan, jamás comería lo demás sino estuviera tan débil como para negarme. Lo como. Y entonces hago algo que no he hecho en años. Llorar por cansancio. Llorar, como una niña, entre toses, la espalda dolorida. Tengo miedo, de verdad, mucho miedo. ¿Y si dejo de respirar? ¿y si en realidad me estoy asfixiando y no lo sé? Mi prima me muestra mis niveles de oxígeno: 97. ¿No es muy bajo? Tienes fiebre, me recuerda. Y vuelvo a llorar, porque quiero ya dejar de sentir que mi cuerpo no es mío, que este sabor plano en la lengua y el mundo sin olores es un mal sueño.

La fiebre baja y me quedo tendida. Quiero darme un baño, quiero dormir. Quiero leer qué ocurrió con Carlisle, si al final logrará escapar de la doctora maligna. Tengo tanto miedo, tanto miedo. Tengo tanto miedo.

Primer día sin fiebre. Son las seis de la tarde y por primera vez desde que todo esto empezó, el día ha sido tranquilo y fresco. Estoy sentada, con el cabello trenzado, me acabo de bañar con agua tibia y…supongo que debo oler bien. O mal. ¿O…? No lo sé. No pensé que perder el olfato me trajera problemas estupidos como no saber si mi olor corporal es una desgracia, o si la sopa que me tomo está bien aliñada. A los efectos, soy una criatura sin aroma y la sopa es agua caliente. El mundo ha perdido dimensiones y se ha vuelto solo lo que puedo ver y tocar. Escribo la frase, hacerlo me produce una puntada en la ceja izquierda. El COVID no quiere que nadie narre lo que pasa detrás de sus exigencias, supongo.

De nuevo, sin fiebre. Me levanto, camino por la casa. Una de mis gatas me sigue a todas partes. ¿Creerá me caeré en algún momento? Tiene inmensos ojos verdes y un antifaz de pelo negro que la hace ver misteriosa. Se lame una pata cuando me detengo en el balcón y me siento en el sillón. Bueno, no perdí el aliento. Mi prima me mira desde la cocina.

— ¿Ya no te mueres?
— Ríete, sólo porque eres asintomática — me burlo.
— Hay que reírse, sino ¿que más se puede hacer?

Asintomática, es una palabra curiosa. Elegante y curiosa. También una que me provoca envidia. Mi prima, que ha de haber heredado el indestructible sistema inmunológico de nuestros ancestros italianos, no sólo pasó la prueba del contagio, sino que ahora, es uno de esos raros pacientes que ha pasado el COVID en forma discreta. Un par de síntomas, una jaqueca leve el primer día. Y después, nada. ¿Qué hace que algunos enfermen y otros no? Es una lotería siniestra, como los síntomas extraños del COVID. La comezón en los dedos de las manos, el cutis que se enrojece, el hilo de dolor que va desde los riñones a la nuca. ¿Qué hace el virus en un cuerpo que no hace en el otro? Suspiro, aterrorizada de nuevo. No dejas de tener miedo. Tomo una larga bocanada de aire. El mundo sigue sin olores, limpio, plácido, irreal.

Veo otra vez The Matrix Resurrections (2021) de Lana Wachowsky. La mayoría la odió — mi amigo C. la encontró deplorable y es un gran crítico de cine — pero por razones caprichosas, la amo. La amo en su desorden, en su ritmo apresurado y medio sin sentido, en su versión del amor cursi. Keanu Reeves envejecido, amable, el abuelito de una generación de nerds. Carrie — Anne Moss más bella que nunca. Ambos vuelan por los aires distópicos del futuro, mientras un personaje murmura: “¿La vida no es una pequeña argucia sin sentido?”. Me mido el oxígeno, la temperatura. Todo el orden. Tengo un poco de menos miedo.

En “Peacemaker”, la serie de James Gunn que se transmite en HBOMax, la música es un personaje más. Y de hecho, por ese motivo, la disfruto tanto. Glam puro de los ochenta, que no viví pero que mi mamá me heredó casi por osmosis. ¿Esa es la palabra? Cualquiera sea, es la perfecta para describir la sensación de bienestar que me produce escuchar Do Ya Wanna Taste It de Wig Wam. No sé dónde viene o por qué ocurre, pero me asombra la forma en que la canción me consuela.

Y con el consuelo, viene la primera ráfaga de sabor. ¿Es casualidad? Bebo un poco de té que me preparó mi primera y de pronto, el jengibre está ahí. ¡Es sabor! No solo el picor sin sentido, es sabor ¡es real! Me pongo en pie y bailo como puedo, la última estrofa de la canción ¡claro que lo quiero probar! Me quedó sin aliento, las rodillas se me doblan, pero estoy riendo. ¡El té tiene sabor! ¿No es increíble eso? Un prodigio, pienso de pronto. Y me parece que es una palabra dulce para una ráfaga de sensaciones. Hay tantos prodigios — así, tan exagerado como suena — en las pequeñas cosas.

Tuve una recaída. Fiebre alta de nuevo y el inevitable dolor de cabeza. Apenas me puedo mover y tengo miedo que esta vez, si haya llegado el momento…de ¿qué? Estoy temblando de miedo otra vez, eso es todo. Bebo agua, té que tiene un poco de sabor. La sensación es que algo ocurre en las sombras. La habitación vuelve a estar tranquila. La fiebre baja poco a poco. Mi mamá quiere venir. No, no vengas, le escribo como puedo en la mensajería instantánea. ¿Y si te enfermas?

Pero tú estás enferma
Solo yo, eso está bien.
Ahora eres una héroe.

Me hace reír. Le debe haber costado usar la palabra. La odia, por motivos que no entiendo del todo. Aun así, tiene su efecto. ¿Héroe? ¿El miedo te hace héroe? Lo que no deseo es que es alguien más pase por esto. Este malestar sin confín, extraño, el cuerpo blando, el extraño sudor de la fiebre. Eso no es heroísmo, es experiencia, nada más.

El médico dice que a pesar del malestar, los dolores y el mal humor, ya no hay rastros del virus en mi cuerpo. Y es ese día, de buenas noticias, que celebro en una clase con mi club de lectura. Leemos La biblioteca de la medianoche de Matt Haig, una historia a mitad entre la ciencia ficción y el drama, sobre el arrepentimiento, el perdón y la maravilla de vivir. Estoy llorando, estoy riendo. No quiero interrumpir sus opiniones felices, para explicar que finalmente, di un paso adelante del COVID. Que el miedo, empieza a ser un enemigo que puedo vencer, como la Nora de la novela, que viaja vida tras vida, en busca de la respuesta de por qué deseamos vivir. ¿Sabes que los saltamontes se suicidan? dice alguien del grupo y me encuentro riendo. También, hemos descubierto que en el momento en que más temes morir, estás viva. Tan viva. La piel que vibra, la sensación de esperanza que no puedes definir del todo, pero está ahí.

Una vida a la vez, dice Nora, la del libro. Una vida a la vez, repito, cansada, curada, un poco aturdida de alivio.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta