Desde el silencio, el don de la palabra.

La oscuridad y la belleza, la búsqueda del tiempo. (Parte II)

En el mes de julio de 1848, hacía un especial calor en Londres. Los cronistas dirían que en realidad, era el “año más curioso en décadas” y algunos insistieron en que incluso, el siglo jamás había conocido “temperaturas tan dolorosas y sofocantes”. Las calles estaban repletas de paseantes, los carruajes se apretaban entre sí en largas filas inmóviles. Hubo noticias de caballos que propinaron coces a desprevenidos transeúntes. “No es un buen lugar para las damas” sentenciaba con su aire melodramático y romántico el Pall Mall Gazette en la edición de la primera semana del mes. “El calor hace imposible que las más bellas flores de Londres, las que sonríen detrás de abanicos y sus magníficos trajes, puedan disfrutar a plenitud del clima radiante”. Nunca se vieron cielos más azules y amaneceres más luminosos. Londres se había convertido en una especie de resplandeciente imagen de belleza, en medio de una época extraña y de cambios trascendentales, no de todos visibles por entonces. “Es el clima de las grandes cosas por venir” diría el editorial del Gazette, inspirado por la extraña salvedad del aire cálido y la vegetación extraordinaria que estallaba por todas partes.

Tal vez por todo ese despliegue de color y vida, las dos mujeres que llegaron a la ciudad la última semana del mes a la ciudad, levantaron algunos comentarios burlones. Ambas vestían de negro, llevaban cofia y “tenían la piel requemada por el viento del campo” contaría después el editor George Smith, asombrado y desconcertado por el aspecto de las figuras sombrías que esperaban en el salón frente a su oficina privada. Una de ellas era más alta, decidida. Pero a pesar de su aspecto frágil, la otra tenía una singular cualidad de “profundo carácter” diría Smith. Fue esta mujer delgada, ansiosa, con los labios apretadas y anteojos de aumento, la que se acercó a él con una carta en la mano nada más verlo entrar. Smith se quedó desconcertado y después diría, que temió que “el miedo que el simple gesto había despertado en la mujer” pudiera haberle producido un sobresalto “peligroso”. El editor aguardó sin comprender qué ocurría o qué debía hacer a continuación. Al final, extendió la mano y tomó el sobre. Iba dirigido a Currer Bell, el escritor que había obtenido un moderado reconocimiento por su novela Jane Eyre. Smith abrió el sobre.

Era una carta con sugerencias sobre el texto con vistas a una posible reedición, un giro bancario para un viaje a Londres y las señas de la oficina. Smith se sobresaltó. “¿Cómo ha conseguido esto?” preguntó a la mujer y temió por la vida del escritor que confiaba, pudiera convertirse en un discreto éxito de su editorial estuviera amenazada de alguna manera. “¿Está el Señor Bell bien de salud?” y se preguntó si su misterioso escritor, con el que hasta entonces sólo había mantenido contacto a través de cartas y correcciones, hubiese sufrido algún percance. Las mujeres intercambiaron una rápida mirada. “Desde la oficina de correos”, dijo Charlotte Brontë. “Es para mí”. Smith contaría después, que le llevó unos minutos asimilar que la mujer que le hablaba, era en realidad el autor de una “novela que le había sorprendido desde la primera lectura” y que además le había sorprendido por “su poder. Un tipo de poder para cautivar que pocas veces puede leerse”.

Confundido y desconcertado, hizo varias preguntas a Charlotte que sólo Bell podría responder. Por últimos, Smith miró a la mujer y terminó por sonreír. “Es usted entonces, la Jane Eyre” y el editor diría que la frase fue una galantería amable, una forma de homenajearla en medio del nerviosismo a sus extrañas visitantes. “Lo soy” diría Charlotte, aunque era imposible que Smith supiera — y no lo sabría jamás — cuan acertado y preciso había sido su comentario.

El secreto de las hermanas Brontë de alguna forma, relativizó y brindó un nuevo sentido a la idea de la mujer en Inglaterra. No sólo por el hecho que su obra se tratara de novelas de considerable éxito y que habían recibido críticas favorables. También estaba la cuestión del tono y la forma en que tanto Emily como Charlotte habían abordado la “cuestión de la mujer” en una época en la que el debate se había reducido a una idea básica. La mujer no escribía ni tampoco estaba inclinada hacia la idea artística, porque su principal motor creativo era el hogar y todo lo relacionado con la maternidad, la devoción al marido y su deber histórico.

De hecho, la mera educación femenina era considerada una idea incómoda y que se debatía en voz baja, en especial por el hecho de enlazar algo más complejo y doloroso: la posibilidad que la mujer pudiera tener identidad. En una época en que la mujer dependía de la familia paterna o su esposo para subsistir, la mera posibilidad que una mujer pudiera ejercer un oficio que la emancipaba y además, le otorgaba una considerable independencia intelectual y emocional, era impensable. Había excepciones, pero se discutía sobre ellas como una forma especial de consideración sobre la naturaleza femenina. “Algunas no pueden sentir amor, de modo que escriben” dijo un crítico de la época al comentar el fenómeno de las Brontë.

De hecho, la primera imagen de Smith sobre su escritor estrella, fue una mezcla de lástima y prejuicios. “Era fea, provinciana, mal vestida” explicó después. En el imaginario popular, la idea de una escritora estaba emparentada con cierta seducción, el límite del pecado. De modo que Charlotte, delgada, pequeña, austera la desafiaba de origen. De hecho, el editor estuvo convencido por mucho tiempo que el seudónimo, estaba más relacionado con el “desagradable” aspecto físico de la autora, que con el hecho de salvaguardar su identidad de habladurías o chismes. “ Tenía la cabeza demasiado grande para su cuerpo; bien podría haber sido misionera o incluso cocinera” comentó en una carta a uno de sus socios, impresionado por el descubrimiento de la identidad del misterioso Bell y también, por el hecho que Charlotte fuera en realidad, una especie de espectro en medio de la Londres soleada de julio. “Ambas tenían una palidez espectral. Su hermana menor Anne tenía una manera curiosamente expresiva de mostrar un deseo de protección y aliento, una especie de preocupación constante por la mayor”.

Smith además hizo énfasis en la percepción general, que ambas parecían desconcertadas por el hecho de presentarse “sin un hombre a su lado”, como si el aspecto de ambas mujeres, fuera un atributo que pudiera explicar su talento. “Supe entonces que escribía por la necesidad de ser más visible, de no ser sólo una mujer que todos podrían olvidar” dijo Smith. El editor invitó a ambas mujeres a entrar en su oficina. Y se sorprendió que Charlotte tuviera verdaderas dificultades para caminar. “Frágil como una hoja”, diría desconcertado. “¿Cómo una mujer así había escrito una novela semejante?”

Para George Smith la cuestión era básica. ¿Podría ocultar la identidad de su escritor el suficiente tiempo como para conseguir la ansiada segunda edición? Charlotte se sentó frente a él y comentó como de pasada, que Emily, su hermana mediana, no había viajado desde Yorkshire porque debía “cuidar de todos y alimentar a los perros”. Smith insistió más tarde, que no comprendió la forma en que Charlotte hablaba de sus hermanas como si se tratara de sí misma, como si el hecho de su visita a Londres, fuera una decisión tomada entre las tres y que relacionaba a las tres de una forma u otra. “Tuve la impresión que tanto las hermanas en mi oficina, como la ausente, estaban convencidas que el trabajo, las ganancias, el secreto les pertenecía a todas” explicó Smith a uno de sus socios, por completo desconcertado.

Por supuesto, parte del mito que rodea al descubrimiento de Smith procede de la capacidad del escritor para novelar ese encuentro. Sin duda, las Brontë era provincianas, pálidas y sin duda, mujeres que en el Londres opulento de finales de 1840, desconcertaban por la mera sencillez de su aspecto. Pero no eran pequeñas y benévolas salvajes, como las describió el editor. Ni mucho menos “ignorantes y aturdidas por la enormidad de su logro”. En realidad, por más ansiosa que estuviera Charlotte por el viaje a Londres o la posibilidad de descubrir su identidad, la entrevista se desarrolló con toda firmeza. El mismo Smith reconocería a regañadientes que Charlotte le había dado precisas instrucciones de “no tocar en absoluto el texto de su novela” y que siendo así, prefería que la siguiente edición “no tuviera ningún añadido”. También fue una sorpresa para el editor, que la escritora pudiera debatir de ganancias, gastos y aspectos financieros. “Me ocupo de lo mismo en casa” contó Smith, cuando le preguntó por sus conocimientos sobre cálculos y presupuestos. Al final de la entrevista, Anne se puso en pie y aguardó. Charlotte extendió la mano y Smith se la estrechó con fuerza. “No fue un apretón como el que esperaba” explicaría después.

Por supuesto, George Smith no sabía que acababa de entrar a la historia, gracias a las mujeres a las acompañó a la puerta. Que ese día sería tan importante para la literatura inglesa como la muerte de Christopher Marlowe o el suicidio en apariencia inexplicable de Thomas Chatterton. La llegada de las Brontë al mundo de la literatura no sólo fue un recorrido hacia algo por completo novedoso que sorprendería después a la literatura del país, sino que además, abriría el debate sobre la permanencia de la memoria femenina en la forma de narrar historias. Hasta entonces, la gran dama del gótico Ann Radcliffe era el rostro de la literatura femenina. Pero a pesar de su aporte futuro, de su considerable influencia en los años venideros, su trabajo se encontraba en plena discusión al momento de su muerte. Se le llamó bruja, se fabuló su vida y llegó a insistir en la concepción de la escritora sobre la vida y la muerte, como síntomas de “locura o un dolor imperecedero”.

A eso habría que añadir que de hecho, Radcliffe era una mujer fuera de los cánones de la historia y en especial, de la forma de comprender la literatura. Más tarde se tendría que añadir el nombre de Mary Shelley (también en el género del terror) y el de Jane Austen, como narradora a mitad del camino entre el drama, el romance y cierta percepción sobre la crítica social a las grandes definiciones del talento literario femenino. Pero para 1848, Charlotte Brontë y de hecho, ninguna de sus hermanas, parecía encajar en la deficiente clasificación sobre la manera de comprender a la mujer que podía escribir. Para Smith, cuya sensibilidad literaria se equiparaba con dificultad a la financiera, por ahora sólo deseaba hacer famoso a su escritor — después sólo a su novela — y finalmente, encontrar la manera de hacer creíble el hecho que una mujer — una mujer cualquiera — había escrito la que quizás era la mejor novela que había leído durante sus largos años de regentar la pequeña editorial londinense.

Y lo encontró, creando un mito sobre las Brontë que aún se mantiene y que de hecho, hace complicado comprender la historia de las hermanas a cabalidad. A Smith le llevaría tres semanas, encontrar la manera de convencer a sus socios y en especial, a los diversos mecenas que mantenían en pie a la editorial, que Charlotte Brontë no era una rareza que podría poner en riesgo el de Jane Eyre, sino que en realidad, era justo esa cualidad de excepción lo que hacía extraordinaria a la escritora y a su obra. Es de George Smith la primera versión que se conoce sobre la trágica historia de tres hermanas con un asombroso talento, que tenían la prodigiosa cualidad de escribir libros “casi masculinos” casi sin instrucción. Tampoco había amor en su vida, recluidas en una casa familiar temible, aterradora y que además, debían soportar las injurias de un padre violento y un hermano aterrador. Para Smith, la historia podía sostener el hecho que las novelas fueran tan poderosas y conmovedoras, además de causar revuelo y compasión en los lectores.

La versión de inmediato se volvió motivo de asombro y desconcierto en Londres y después, en el resto de Inglaterra. Para Charlotte fue una especie de reconocimiento ingrato y jamás aceptó en vida, lo mismo que Emily, aterrorizada por la imagen que el mito a su alrededor reflejaba sobre su vida familiar. Porque aunque era cierto que el hogar de las Brontë era una rectoría helada a mitad de los paisajes más agrestes de Yorkshire, la idea que la violencia podía engendrar belleza — y obras magníficas — aterrorizaba a las hermanas. De hecho, unos meses después de sus primer encuentro con el editor, Charlotte escribió a una de sus amigas, quejándose con amargura sobre la forma en la admiración que antes causaba Jane Eyre se había convertido en algo más extraño y cercano a una morbosa maravilla por su capacidad de escribir “a pesar de todo el enorme sufrimiento que atravesaban”. Para la escritora y sus hermanas, la idea que su labor y en especial, su dedicación al hecho de la escritura tuviera relación con la posibilidad de la expiación del “sufrimiento” era “ridícula y sentimental”. En especial para Charlotte y Emily para quienes la escritura era una puerta abierta hacia una idea portentosa y poderosa sobre el poder de crear. “Es encontrar en las palabras, lo que no encuentro en la vida” contaría con amargura “No el temor de lo que se esconde en el sufrimiento convertido en literatura”.

No obstante, el mito sobre el dolor de las Brontë siguió siendo parte de la admiración que les rodeaba. En especial después de la muerte de las hermanas y luego que la escritora Elizabeth Gaskell resumiera la percepción sobre el tema en su trabajo biográfico. Gaskell, escritora obsesionada por el hecho que las Brontë hubiesen escrito quizás las obras más duras y hermosas del panorama británico en décadas, la idea que las “heridas de la vida común” era parte de su legado literario, era “la única explicación comprensible a tal expresión de talento”. Los excesos de Gaskell llegaron a un nivel preocupante, cuando llegó a afirmar que las hermanas eran “sufrimiento puro convertido en literatura”. Para entonces, la obra de las Brontë era respetada y admirada en buena parte de Europa y su herencia editorial, respetada como el ejemplo de un tipo de ruptura con un discurso doloroso sobre el tiempo y la belleza que hasta entonces había resultado desconocido. La biografía de Gaskell sobre Charlotte conmovió y se convirtió en un éxito de ventas, pero también provocó otro fenómeno: la necesidad de los investigadores de buscar la verdad sobre las Brontë.

“Me niego por completo a creer que obras de semejante calibre, sean obra sólo del sufrimiento” escribió el biógrafo Francis Leyland, antes de comenzar su periplo en busca de lo que llamó “el origen de todo el misterio” de las hermanas Brontë. “El poder de su legado supera cualquier sentimentalismo. Se trata de talento y quiero, necesito descubrir quienes eran las mujeres detrás de semejantes historias”. Corría el año 1885 y Leyland estaba dispuesto a desentrañar el enigma. Y lo lograría, un año después.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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