Del miedo a otros dolores mínimos: La culpa silenciosa y otros fantasmas pesarosos.

Alguien grita en alguna lugar del edificio en el que vivo. Me despierto con un sobresalto y me quedo sentada en la cama, aturdida y confusa. ¿Es un grito de miedo? ¿De angustia? ¿De terror? El sonido no vuelve a repetirse y me quedo sentada entre las sábanas, la cabeza dándome vueltas por el vértigo del despertar súbito. Al final, me dejo caer de nuevo entre el capullo de almohadas y me quedo allí, con el pulso acelerado y la sensación extraña que debería hacer “alguna cosa” si escucho de nuevo aquel alarido.

¿Alguna cosa como qué? Me rebate una vocecita inquieta y cínica en mi mente. ¿Por qué consideras que es tu responsabilidad lo que pueda o no ocurrir a cualquier? El pensamiento me produce un escalofrío. Porque lo es ¿no es así? El mundo es un lugar caótico y ciego, en el que sólo contamos con la solidaridad y la idea de la conciencia compartida. ¿No es así? Mi vocecita interior parece reír, aunque por supuesto, sólo es mi imaginación. Pero en el silencio, esa sensación de regocijo absurdo tiene algo de tenebroso.

Al final no puedo volver a dormir, de modo que me levanto de la cama y me preparo un poco de café. Aún restan un par de horas para el amanecer y Caracas tiene un aspecto siniestro y levemente arrasado en la oscuridad púrpura. Contemplo la imagen a través del ventanal de mi estudio y recuerdo un viejo meme que en más de una ocasión me ha hecho sonreír: la imagen muestra a una ciudad caricaturizada a oscuras, en la que pende una única ventana iluminada. Una flecha señala: “Artista”. Ahora pienso: “Culpable”. ¿Culpable de qué cosa? me pregunto incómoda, envuelta en un suéter de lana que me va demasiado grande y los pies descalzos. ¿Qué me responsabiliza del grito, de quien sea necesite mi ayuda? Ah claro, somos responsables invisibles uno de otros, pienso con cansancio. Amad al prójimo. Bien, mi grupo de prójimos — a los que amo — están a buen resguardo, así que…¿Qué? Me tomo un sorbo de café a una temperatura asesina. Toso, con la lengua escaldada. Oh, la maldad moral no reditúa jamás, pienso. La frase me hace reír y después, me deja agotada y pensativa.

En ocasiones la linea entre lo moralmente admisible y lo que pareciera no serlo, es muy simple, casi imperceptible. Una especie de idea mimética, que puede resultar engañosa por el simple hecho que puede ser tanto personal como general, jurídica como empírica. De hecho, de vez en cuando me pregunto si la realidad es tan simple — o puede concebirse así en todo caso — como una prebenda intelectual: decidir que es lícito o que no lo es. Que es moral y socialmente consecuente con el espíritu de la equidad y que lo contradice. Somos criaturas sociales, es una teoría que se ha esgrimido hasta el cansancio para delimitar la perspectiva del “bien” y el “mal” como conceptos espirituales y humanistas. Sin embargo, la disyuntiva continúa resistiéndose a los debates más enconados, a las reflexiones más encumbradas. Al final, la moral existe solo como en un esfuerzo de imaginación del hombre.

Miro por la ventana. La plaza que se abre frente al edificio en el que vivo, está vacía. La calle y la esquina, también. ¿De dónde provino el grito? me pregunto inquieta y un poco abrumada por la sensación que debería hacer algo más que contemplar la oscuridad y hacerme pregunta pseudo existencialistas, al parecer por puro deporte. ¿Llamar a la policía? Vivo en el tercer país más peligroso del mundo y en la ciudad en la que mueren más ciudadanos sin un conflicto bélico de por medio, así que es bastante obvio que se trata de intentar buscar ayuda de la ley es cuando menos, absurdo. ¿Pedir al vigilante del lugar en el que vivo que esté atento? Me acerco al intercomunicador y sostengo la bocina contra la oreja. Pulso el botón de comunicación una, dos voces. La pantalla digital permanece sin respuesta. Imagino al hombre de uniforme, dormido con la boca entreabierta frente a la consola y el panel de cristal que lo separa de la calle. Cuelgo de nuevo. Bien ¿Ahora?

Ahora, nada, me digo casi enfurecida. Regreso a la cama, me cubro con las sábanas. Tengo los ojos bien abiertos en la penumbra. Recuerdo el grito — un alarido a toda regla, de dolor, terror o ambas cosas — y me pregunto quién puede gritar así a mitad de la noche. ¿Por miedo? ¿Un asalto? ¿Una cuchillada? Mi mente sobreexcitada y llena de todo tipo de referencias pop terroríficas imagina un escenario sangriento al detalle, la agonía de una mujer — porque era una mujer ¿verdad? ¡Vamos! ahora no lo sé — en mitad de algún rincón oscuro de la calle mientras permanezco tendida muy cómoda bajo mi colcha de retazos y entre mi cómodo nido de almohadas. ¿No decía Flusser que somos hermanos por el mero hecho de pertenecer al mundo de las desgracias? Me cubro con los brazos. Alguien más debió haber escuchado el grito. Alguien más…¿qué? Suspiro. Me vuelvo de lado. Me tiemblan las manos. El estomago se me encoje de miedo. ¿Y si realmente alguien ha muerto? ¿Si…? ¿Qué?

No me muevo de la cama. Enciendo la televisión. Zapeo con las manos rígidas, atentas a los sonidos más allá de la ventana. En una de las películas, una jovencísima Deneuve mira hacia una París transparente y magnífica, que gira a su alrededor desde una terraza de piedra y metal. El cabello rubio le cae sobre los hombros pero hay una tristeza enorme en sus ojos entrecerrados. “Somos lo que que somos” murmura en francés. Repito la frase en voz alta. Ah, no soy la Deneuve y mi francés no es tan bonito — aunque sí preciso — y la frase me provoca escalofríos. Suspiro, cansada. Apago de nuevo la televisión.

Intento conciliar el sueño. ¿Cuánto resta aún para el amanecer? No lo sé. Ahora el silencio tiene peso, me hace sentir levemente expuesta. Aprieto los ojos. Las manos aferrada a la tela. ¿Y si el grito se repite? ¡Que tontería! Si algo ocurrió — ¿lo dudas? insiste la vocecita cínica en mi mente — ya es demasiado tarde para cualquier acto heroico, sobre todo el de una mujer desarmada que no sabría que hacer en caso de tener que enfrentarse a ¿qué? De nuevo, mi imaginación completa los renglones. Imagino un hombre sin rostro, armado con cuchillo y pistola. Quizás dos, la sonrisa perversa, la ansiedad por hacer daño. La necesidad…

La extraña mezcla de pensamientos me hace recordar una extraña película finlandesa llamada “Sauna” del desconocido escritor Antti-Jussi Annila. Ambientada en una encrucijada histórica poco conocida — el trazo de la primera frontera entre Rusia y Finlandia durante el año 1595 — la película, estructurada a base de largos silencios y segundas lecturas sobre escenas sin verdadera resolución, otorga sentido al drama humano de la culpa, el deber moral, la idea de la redención y la simple búsqueda de un significado a la sinrazón del espíritu humano en busca de sentido para sus cuitas morales. Dos hermanos recorren los inhóspitos parajes de un país arrasado por la guerra y en su camino, asesinan en beneficio sobre su propia supervivencia. No existe un debate concreto sobre el valor de la esperanza ni tampoco la pérdida de la fe, pero a través de elementos puntuales — el fantasma de una de las Víctimas que aparece para atormentar a uno de los personajes principales y el Sauna, elemento tradicional de la cultura Finlandesa, símbolo de purificación — se elabora una concreta perspectiva sobre los debates tradicionales y más personales del alma humana: ¿Es mi decisión de crear el “bien” o de permitir al “mal” tentarme una forma de expresión espiritual? ¿Aspiro al “bien” o simplemente es una manera de consolar el temor a esa absoluta falta de humanidad y esperanza que subyace en nuestros peores temores?

La película acaba y durante el silencio que sigue a la última escena, una sensación de triste amargura palpita en algún lugar de esa conciencia íntima que muy pocas veces analizamos en su justa medida.

A veces, la idea del tiempo personal, nos inquieta un poco. También, la de esos espacios lóbregos y desconocidos de nuestra mente que no tienen demasiado sentido o al menos, no uno muy evidente. Nos otorga una nueva dimensión de las ideas más profundas, íntimas, quizá originarias, que construyen nuestra visión del mundo. Y sin embargo, esa primitiva consecuencia, esa idea del mundo como forma intelectual siempre termina sucumbiendo a esa oscuridad interior, esa búsqueda engañosa de redención que tal vez está destinada a repetirse una y otra vez, sin verdadera resolución.

De alguna manera me quedo profundamente dormida, a pesar de lo que creí imposible. Cuando despierto, la luz del amanecer entra radiante por la ventana y palpita entre el cristal para crear pequeños rombos y sombras triples sobre el suelo. El grito parece un mal sueño, la angustia también. Pero la culpabilidad continúa allí, agazapada y silenciosa en mitad de mi mente. ¿Qué ocurrió? ¿Qué pudiste haber hecho? Una idea del temor y la fe, entremezcladas en esa linea visceral del espíritu humano.

Los párpados se me cierran de puro cansancio, la luz del sol flota a mi alrededor esponjosa y nimbada de una belleza cristalina. A veces somos tan débiles, tan frágiles, tan simplemente inocentes en medio del miedo. No hay consuelo para un pensamiento semejante claro. Y dudo que yo lo deseara, en realidad.

C’ est la vie.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta