Del amor y otros demonios.
De Kramer vs Kramer de Robert Benton a Marriage Story de Noah Baumbach

La vida matrimonial suele retratarse en Hollywood de manera maniquea y la mayoría de las veces, simplista. Se mira desde la idealización extrema — grandes dramas edulcorados — o en obras de una crueldad dolorosa. En el centro de ambas cosas, la noción sobre la vida en común — el amor y el desamor, las heridas invisibles, la ruptura emocional — parece flotar en medio de un estereotipo no del todo realista y la mayoría de las veces, engañoso. Los matrimonios en la gran pantalla tienen un objetivo y su disolución, una lección. Pocas veces los argumentos giran alrededor de una idea más amplia sobre la convivencia, el dolor, las pequeñas grietas de lo cotidiano.

Quizás por ese motivo, Kramer vs Kramer (1979) de Robert Benton sea el referente inmediato cuando se trata de analizar la ruptura de esa normalidad aparente que encuadra lo doméstico. Alejada de los esquemas habituales del matrimonio en el cine la película elabora un discurso sobre algo mucho más sutil: el simple hecho de la naturaleza humana sobrepasada por el mundo emocional. El argumento, creado sin pontificar ni sermonear sobre las razones por las que una pareja se disuelve, analiza la connotación de dolor, el desarraigo y la soledad desde cierta distancia cruel. Los personajes de Benton no son culpables o inocentes: tampoco víctimas de las circunstancias. Se trata en realidad de un complicado juego de argumentos, que el director y el guionista compone como una búsqueda de sentido y forma sobre lo que delimita las pequeñas vivencias personales. Para beneficio del guion no hay dos extremos éticos, sino una lenta comprensión de la herida en el vínculo que une y sostiene cualquier relación humana. Y esa versión corriente, profundamente sentida de lo corriente, lo que convierte a Kramer vs Kramer en un recorrido vívido en medio de los pequeños sufrimientos ocultos y al final, las consecuencias de un conflicto imposible de comprender de manera sencilla.

En su desgarrador libro El hijo de las palabras, la escritora Iris Murdoch describe el matrimonio como una “conclusión dolorosa a dos soledades”. Algo semejante piensa el personaje de Dustin Hoffman en la película de Benton mientras prepara el desayuno a su hijo, luego que su esposa le abandonara, sin que el personaje comprenda muy bien el motivo. “Quizás siempre estuvimos en medio de una soledad enorme” dice en voz baja, más para sí mismo que para el niño que aguarda a su lado, medio dormido, un poco aturdido. Al final, la idea parece ser la misma: el matrimonio siempre está cerca del desastre, a pesar de las buenas intenciones, el esfuerzo y el amor.

La película Marriage Story de Noah Baumbach parte de esa premisa y quizás su mayor mérito, es hacerlo desde una concepción acerca de las relaciones de pareja más cercana a la melancolía que al drama. Para cuando la historia comienza, ya el matrimonio entre los protagonistas se derrumbó y el argumento trata de especular sobre lo que ocurrió en medio del tránsito hacia el desastre, con un delicado tono de tristeza que al principio, puede parecer en exceso pausado para una narración con tan pocas líneas narrativas. El guion deja claro desde sus primeros momentos, que lo que provocó la pequeña tragedia doméstica fue un colapso desordenado, realista y sin duda, corriente que contará desde una perspectiva neutra y angustiosa, difícil de digerir porque en realidad, no narra otra cosa que pequeñas vicisitudes cotidianas. Marriage Story no es una película que se sustente sobre el dolor vivo o una detallada mirada a las penurias. Como Benton, Baumbach parece más interesado en reflexionar sobre lo que ocurre en las vivencias que a menudo pasan desapercibidas en una pareja que simplemente deja de amarse, que en mostrarlas por completo. Y aunque parece lógico, profundamente sentido y por momentos agobiantes, su decisión elabora un contexto de profunda ternura a una narración que de otro modo, podría ser tópica.

Porque Marriage Story no cuenta nada que no se haya narrado antes — y quizás de maneras más imaginativas — en el cine. Desde Kramer vrs Kramer, hasta la durísima Blue Valentine (Derek Cianfrance -2010), la pérdida del amor, es un tema recurrente en la concepción de Hollywood sobre el drama íntimo. Pero en realidad, Marriage Story es algo más: Su forma de escenificar y profundizar los pequeños momentos que anteceden a la ruptura son de una belleza cristalina, una mezcla de arrepentimiento y pérdida. Poco a poco, la narración de la historia se entreteje entre pequeñas e importantes divagaciones sobre lo que sustenta la convivencia y las pequeñas desgracias cotidianas, hasta que por último logra profundizar en ese espacio sin nombre que antecede a la simple soledad.

Charlie (Adam Driver) y Nicole (Scarlett Johansson) viven en Brooklyn y para la primera escena, ya ambos enumeraron de manera cuidadosa los motivos por los cuales se enamoraron y llegaron a contraer matrimonio. Pero se trata de una travesía falsa hacia la raíz del amor. Lo que Charlie y Nicole hacen en realidad, no es una recopilación de vivencias, sino una manera de sostenerse en mitad de la debacle de la vida en común, que utiliza los pequeños recuerdos como una forma de supervivencia. Ambos son una pareja artística (él director, ella actriz) con un hijo de ocho años y entre todos, tratan de sobrevivir a la conmoción del divorcio, cuyas consecuencias no se muestran pero son evidentes en cierta emoción contenida y extrañamente mutable que el director muestra con cuidada intención de conmover.

Ambos personajes recuerdan a los interpretados por Meryl Streep y Dustin Hoffman, que lograron crear un mosaico de las emociones humanas desde cierta contención descorazonadora. Nada está bien o mal dentro de la estructura que se sostiene sobre pequeñas pérdidas invisibles. El matrimonio está roto por razones desconocidas o que se descubren con lentitud, lo que lleva a ambos personajes a enfrentar su cuota de responsabilidad sobre el sufrimiento que comparten y que llevan a cuestas como un peso por momentos insoportables.

En la película de Baumbach la noción sobre el sufrimiento se enlaza con algo más orgánico y poético, pero sin perder el cariz realista que es el triunfo de la película como expresión de algo más profundo que un drama familiar. Porque este matrimonio, que al parecer tomó una decisión madura, meditada y adulta, comienza a descubrir que la separación que enfrentan es en realidad la destrucción de la vida en común que ambos compartían, la historia en que les mantuvo en pie por casi una década e incluso, la noción sobre la identidad que tanto uno como el otro encuentran reflejada en la relación irremediablemente rota. Baumbach asimila la idea del divorcio no cómo un trámite de la vida en común o una nueva dimensión sobre las relaciones, sino como una pérdida profunda de un elemento roto y devastado. Y es esa erosión progresiva lo que la película refleja con una crudeza directa. La infelicidad de ambos se expresa como una soledad profunda, dolorosa y extraña, que les aísla y les somete a un dialogo interior del cual parecen surgir un sufrimiento que tanto Driver como Johannson expresan con una potencia sentida y sincera. La relación entre ambos personajes sigue siendo un vínculo de enorme potencia y Baumbach no deja de hacer hincapié en el hecho que tanto Nicole como Charlie se amaron profundamente hace no tanto tiempo. Una concepción que reflexiona sobre el hecho de la emoción como un misterio que puede abarcar algo más amplio, inexplicable y doloroso.

Pero esta no es una historia de amor y no está pensada para que lo sea. Baumbach de inmediato desestabiliza la idea de este supuesto tránsito civilizado hacia la soledad y lo convierte en un enfrentamiento descarnado a toda regla. Los personajes dedican buena parte del tiempo a rememorar la vida en común y a desmontar la mitología simple de lo doméstico. De pronto, la gran “narrativa” de la pareja (como insiste en llamar al matrimonio los abogados de la pareja), debe modificarse, recrearse, estructurarse en maneras por completo nueva, con la intención evidente de inclinar la balanza de la responsabilidad y la culpabilidad de un lado a otro. Es entonces cuando la película se hace más cruda, se sostiene sobre un recorrido hermético y duro sobre los hábitos, rutinas y secretos, convertidos ahora en armas de lucha y en una forma de dotar a la idea del divorcio (tan abstracta en medio de la vivencia en común) se convierta en una línea misteriosa que abarca tanto lo que ocurrió en el ámbito doméstico como lo que se esconde en él. Baumbach logra crear una tensión por momentos insoportable, un dolor genuino y vago, que a medida que la película avanza se convierte en un sufrimiento real que evade toda explicación sencilla. La devastación está allí, sus consecuencias también y en medio de la debacle, el amor es una promesa incumplida, un vinculo roto que termina por ser un recuerdo escindido que tiene toda la apariencia de ser dos historias distintas.

Pero incluso en los momentos más duros, la intimidad entre los personajes recuerda la intimidad que les sostuvo, a la vez que refuerza la sensación que la catástrofe que destruye su vida en común es la consecuencia de algo mucho más grande, desprovisto de nombre pero que gravita sobre ambos como una tensión insoportable. Charlie y Nicole siguen siendo amables entre sí a pesar de la batalla legal que sostienen y también, se demuestran mutuamente una ternura insospechada. El efecto es extraño, doloroso y realista. Las ocasiones en que ambos intercambian miradas cariñosas, usan apelativos íntimos y sostienen pequeños diálogo amorosos, elaboran un discurso sobre lo que ocurrió antes de la ruptura que brilla en medio de la densa y triste atmósfera del argumento. Uno de los grandes logros del director, es su capacidad para hablar de la historia que no cuenta, de la pequeña tragedia entre líneas, sostenida y elaborada a través de la comprensión que antes de cualquier herida, hubo un hilo de complejos sentimientos entre ambos, que incluso ahora, siguen existiendo.

Baumbach no toma partido por ninguno de los personajes, sino transita la historia a través de una contemplativa mirada sobre los pequeños mecanismos del desamor. En una cultura en la que el amor es un ideal inalcanzable y en la que el matrimonio a menudo es la conclusión de una serie de anhelos y esperanzas, el divorcio se percibe como un fracaso o al menos, una pérdida mayor que sacude las bases de la vida cotidiana, quizás hasta destruirla. Pero el director opta por el camino contrario y reflexionas sobre la separación como un vinculo que se establece desde la soledad para la soledad. Tanto Charlie como Nicole están solos en medio de su tragedia, batallando como pueden por conservar los últimos fragmentos de la historia que les une y el resultado, es una mirada compasiva sobre las pequeñas grandes luchas después de un sufrimiento atroz. Baumbach consigue de Driver y Johannson actuaciones brillantes, intensas, sutiles pero sobre todo, compasivas. Hay algo genuinamente humano en la forma en que los actores logran transmitir el dolor descarnado de una forma sutil, en gestos de duelo que los hacen más cercanos y sin duda, comprensibles. La magnitud de la tragedia rebasa las escenas y lo que queda frente a la cámara, es la sensación angustiosa y simple de un sufrimiento poderoso casi inexpresable en palabras.

Pero por encima de todo Marriage Story, narra las relaciones humanas desde la simplicidad. No pontifica ni tiene la intención de dar lección alguna sobre el amor o los fracasos emocionales. Con su aire contemporáneo y honesto, se trata de una mirada emocional sobre el argumento de aceptar que el amor — y lo que puede sustentarse sobre él — está destinado a cambiar, perder brillo y quizás, sólo desaparecer. ¿Se trata de un mensaje pesimista sobre el mundo emocional de nuestra época? Tal vez se trate sólo de una conclusión inevitable en medio de una noción sobre la vida adulta carente de todo tipo de artificios.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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