De los terrores culturales y otros demonios: la culpa y otros pesares.

Ayer leía las declaraciones de Fidel Herráez Vegas — arzobispo de Burgos — en las que insistía en “toda mujer debe defender su castidad hasta la muerte” , refiriéndose a los casos de violación en que la víctima no resulta herida de gravedad o muere. Lo dijo además, haciendo hincapié en el hecho que buena parte de las Santas de la Iglesia católica, fueron asesinadas en situaciones en que “se esforzaron por defender su virginidad”. Para finalizar semejante reflexión sobre la violencia sexual, el sacerdote afirmó que oponer resistencia a una violación es “una virtud de la que raramente se habla”.

Culpa, pienso cuando leo la misiva publicada en un periódico eclesiástico y que forma parte de los intentos para beatificar a Marta Obregón, una joven de 22 años asesinada en Burgos en 1992 por Pedro Luis Gallego, conocido como el El Violador del Ascensor. Marta recibió catorce puñaladas por resistirse a la violencia sexual que sufrió, por lo que la Iglesia católica la considera digna de los altares. Culpa, sin más. Una retorcida visión del cuerpo y la sexualidad de la mujer como una forma de presionar sobre una abstracta responsabilidad enfermiza. ¿Qué ocurre con las víctimas sobrevivientes? ¿Qué ocurre con todas las mujeres que lucharon por su vida y que fueron rebasadas en fuerza, por dolor o por violencia? ¿Qué ocurre con todas las víctimas desfiguradas, mutiladas, destrozadas por un tipo de violencia inclasificable? ¿O las que estaban aterrorizadas, paralizadas por el miedo, por el uso de drogas y manipulación? ¿Las mujeres y hombres de todo el mundo que han sufrido el abuso de padres, familiares, parejas? ¿Son pocos dignos del aprecio moral de la Iglesia católica?

— Para la Iglesia católica, sólo existen dos extremos: ser virgen o impura. La mujer no tiene ninguna otra opción — me explica mi psiquiatra cuando le hablo sobre el artículo — así que no me extraña en absoluto, que se juzgue de semejante manera el abuso sexual.

La idea me provoca escalofríos. Por lo general, las leyes de los países latinoamericanos, tienen una relación muy poco disimulada con la moral eclesiástica, por lo que me pregunto cuántos de los matices sobre la violación que se incluyen en códigos civiles y penales, se basan en semejante interpretación. Es una perspectiva atemorizante: hay una considerable cantidad de víctimas que deben enfrentar un sistema que las culpabiliza antes de protegerlas y de hecho, analiza el abuso sexual sobre la posibilidad de la castidad. En Venezuela por ejemplo, la ley era mucho más severa cuando la víctima era una “doncella”, a diferencia de cualquier otra mujer. El leve matiz — que ya en la universidad me produjo malestar — toma ahora un nueva y dolorosa proporción.

— O sea que tener sexo es una puerta abierta para la violencia — dijo enfurecida — una invitación para cualquier monstruosidad.
— Es algo más complejo que eso. El sexo es una forma de libertad que la Iglesia no tolera, mucho menos en la mujer. Cualquier dogma religioso está reñido con el peso de la independencia intelectual. En realidad, como bien has dicho, se trata de la culpa. La manera en el dogma eclesiástico maneja un sentimiento atroz para presionar sobre el comportamiento de los fieles.

De niña, estudié en un colegio de monjas francesas, para quienes la culpa era de capital importancia. Con frecuencia, nos recordaban que “ el pecado en el Paraíso” había provocado todos los males de la tierra, una forma eufemística de responsabilizar a las mujeres de todo tipo de desmanes morales y espirituales. En más de una ocasión me pregunté si aquellas mujeres de hábito, que dedicaban su vida al servicio de otros y que renunciaron a cualquier tipo de aspiración personal por la fe, sentían en realidad el peso ingrato de esa culpa heredada que la Iglesia católica inculca a través de todo tipo de argumentos.

— Para la Iglesia, la culpa es la forma de mantener a las ovejas dentro del redil — dice mi psiquiatra con cierta tristeza — y siendo que la cultura occidental se basa en mayor o en menos medida en el pensamiento religioso, mucho de lo que analizamos como dolores morales, es un reflejo de esa culpabilización insistente.

No sé qué responder sobre el tema. Después de todo, he pasado la mayor parte de mi vida haciéndome pregunta sobre la culpa y no sólo, por las que nos achaca la Iglesia o cualquier otro sistema religioso. Cuando vives en un país en crisis como el mío, la crisis se refracta en interminables matices. Tienes la insistente sensación que no haces lo suficiente o lo correcto para soslayar lo que vives, ayudar a quienes se encuentran en una situación más dura que la soportas. La culpa gravita en todas partes para recordarte que el mero hecho de sobrevivir en mejores condiciones que otros, es un motivo el juicio y el estigma. La culpa está allí para recordarte tu torpeza espiritual e intelectual, la forma como que ninguno de tus esfuerzos parecen ser suficientes para abarcar el crisol de situaciones a las cuales debes enfrentarte.

— La culpa es la forma más inmediata en que reaccionamos a situaciones insostenibles — me explica entonces mi psiquiatra — es mucho más sencillo culpabilizarse que admitir perdimos el control o que la situación en general nos rebasó por completo. Eso es parte de esa herencia invisible de lo religioso en el colectivo.

No es una idea que me sorprenda, claro. Uno de mis amigos suele decir que el pecado original que el catolicismo entero lleva a cuestas, no es la desobediencia de Eva, sino la culpa que engendró el conocimiento que obtuvo. Una idea que resulta un poco inquietante, si tratas de encajar en algún lugar y bajo algún sentido, en un mundo en el que siempre parece existir un chivo expiatorio. Hace años, esa idea me atormentó un buen rato, sobre todo cuando la crisis del país comenzó a hacerse cada vez más dolorosa e imparable, por lo que buena parte de los Venezolanos comenzamos a intentar encontrar un “culpable” a quién señalar por todo lo que ocurría. Al principio, el país entero volvió los ojos hacia los años previos a la llegada del chavismo la poder, a los presidentes que habían cometido errores imperdonables que allanaron el camino al radicalismo. Después a la inactividad, indiferencia e incluso, confusión del ciudadano como colectivo y por último, al simple hecho que nadie parecía preparado para enfrentarse al miedo en medio de una situación política caótica. Cualquiera sea el caso, buscar un “culpable” de la situación del país, se convirtió en una obsesión nacional, en un forma de catarsis misteriosa y persistente sin el más mínimo objetivo. Tal vez porque un “culpable” nos redime de responsabilidad, nos permite mirar a otra parte, nos alivia de la perenne sensación de luchar contra el desasosiego, el temor y la desdicha de situaciones insalvables.

No lo encontramos jamás. Mejor dicho, la culpa se fragmentó en miles de ideas contradictorias que me demostraron que la “culpa” es una idea abstracta que carece de valor. O parece carecer en todo caso. En Venezuela, la culpa se transformó en una especie de temor iniciático, que llevamos a cuestas con cierta sensación de urgencia, con el miedo convertido en algo más denso, insoportable y doloroso. La culpa del horror de la violencia, el hambre y la escasez la tiene los pudientes, los muy pobres, los muy poderosos, los sumisos, los que luchan en desorden. Al final del día, la culpa es una colección de dolores que se integran a un concepto más amplio y angustioso. Como todas las culpas, pienso con cierta angustia privada. Como todas las veces en que intenté convencerme que no se trataba de mi “culpa”, la lenta erosión de derechos ciudadanos que sufría mi país. O mucho menos, el hecho del lento desplome de la historia presente y personal que conocía como vida cotidiana. La noción de “la culpa” fue de las situaciones más duras que tuve que soportar — y lidiar — luego de casi veinte años de régimen chavista. Y claro está, una experiencia semejante te deja varios aprendizajes. Dispersos, sin demasiado sentido en ocasiones, pero lo suficientemente firmes para consolar los momentos más duros de un trayecto emocional que tiene mucho de batalla moral personalísima.

Los Venezolanos “nos culpamos” de lo que hemos vivido durante una de las crisis más atípicas y violentas de nuestra historia. Pero también, porque esa “culpa país” (esa responsabilidad del ser y estar, de sostener y construir una idea sobre el gentilicio) me hizo comprender mejor la culpa que cualquier otra circunstancia. Después de todo, sentir que eres “culpable” de lo que ocurre al lugar donde vives, de un conglomerado colosal y de una situación imprevisible, te deja heridas dolorosas e invisibles, con las que difícilmente puedes lidiar con facilidad.

— La culpa es una idea judía — me explica mi amigo J., sociólogo y especialmente interesado en la idea de como transitamos la responsabilidad individual y colectiva — o mejor dicho, es una idea bíblica. La mítica “Eva” tuvo la culpa de todos los dolores del mundo por su curiosidad y Adán por su pasividad. Por tanto, la culpa se hereda a un mundo que está expuesto a las mismas condiciones por las cuales ambos fueron condenados. Todos podemos ser víctimas de nuestra curiosidad, malicia e inactividad. Por tanto, para las Antiguas Escrituras, la culpabilidad es un tema inherente a la naturaleza humana.
— El pecado original.
— Ni tanto así — mi amigo sonríe de buen humor — la tentación original. La Biblia fue un libro escrito como un compilado de leyendas orales de tribus a quienes de manera inherente, les unía la creencia en el bien y el mal. También, era una forma de asumir la idea que debía existir un orden. Si lo notas, la Bíblia es una manera de analizar el comportamiento urbano y rural, de reglar y de restringuir el comportamiento, además de sostener la historia. Por eso se le consideraban “Divinas”, era un orden sobre el orden humano. Una forma de sujetar el comportamiento violento de la naturaleza del hombre hacia algo más fructífero y sin duda “sagrado”.

Una vez leí que la Talmud era una recopilación de reglas básicas de supervivencia entre tribus y que la culpa (el Temor a Dios) había sido utilizada como una percepción elemental sobre un castigo extraordinario en caso de romper alguna de las duras exigencias de los libros tribales. La idea tiene su sentido: buena parte de las tribus judaicas carecían de orden e incluso, estructura social hasta que finalmente, se volvieron sedentarias y comenzaron a construir una vida en común basada en la convivencia forzosa. De allí quizás, el mito de Caín y Abel; uno agricultor y el otro pastor, parecían representan las dos vertientes de una sociedad primitiva que intentaba sostenerse sobre una mirada mucho más organizada acerca de si misma. Una idea interesante, si la analizamos desde el punto de vista, que ya desde entonces, la culpa era un tema de particular importancia dentro de la percepción del orden y la religión. Cada percepción sobre el ordenamiento territorial, privado e incluso doméstico dictado por el primitivo Talmud, utilizaba la culpa como una manera de elaborar percepciones sobre el colectivo. Si alguien fallaba en sus deber (en sus ofrendas, rezos, en la forma de adoración al Dios único) lo más probable es que su comportamiento tuviera una recuperación colectiva. La culpa como estigma, tal y como la llevaba Caín luego de matar a Abel, en medio de una disputa de pura furia reconvertida en envidia territorial e incluso, emocional. El primer asesinato pasional de la historia. Con su considerable añadido de culpa, claro.

— Todos los libros Sagrados son reflejos de la cultura que los escribió pero más allá de eso, son formas de elucubrar sobre la culpa como fenómeno colectivo. El catolicismo incluso lo incluye en sus ritos — dice J. y se lleva la mano al pecho — “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” ¿No es eso lo que dice el ritual litúrgico de la Iglesia? Para la religión la culpa es esencial y más allá de eso, es imprescindible para la obediencia.

El pensamiento me provoca escalofríos. Como pagana, la idea cristiana y católica acerca de la culpa me produce angustia y desconcierto. Es una contradicción ideológica con las creencias que me educaron. La responsabilidad moral que tomo por mi comportamiento y mis acciones es totalmente personal, íntima y sin posibilidades de conceptualizar un imaginario “chivo expiatorio” sobre quien descargar las consecuencias. Considero un facilismo teológico incongruente, la filosofía judeo Cristiana que sostiene que energía independiente a la racionalidad social, es quién sostiene la posibilidad del “mal”. El sufrimiento, el miedo, la violencia, no son obra de la omisión o la acción de una creación sofista, sino de una estructura ajena a cualquier dominio o comprensión humana. Una idea perturbadora, sin lugar a dudas y sobre todo, carente de coherencia y valor. En otras palabras, la “culpa” es el reflejo de esa maldad insistente y perturbadora, que existe en algún estrato de la realidad. El Mal existe como ente y como tal, se analiza dentro de una percepción mucho más amplia y preocupante. Porque “la culpa” traduce esa noción sobre lo “maligno” que podemos provocar o al menos, que ocurre de manera persistente como una forma de expresión del yo colectivo.

En una ocasión, me pregunté si la preciosa obra “El despertar de la tristeza” de William-Adolphe Bouguereau tenía mucho más relación con la culpa que con la idea del dolor. En la obra (que retrata con enorme y trágica belleza la escena en que Eva y Adán descubren el cadáver de su hijo Abel) ambos padres lloran con el cuerpo del muchacho fallecido tendido sobre sus rodillas. Hay una rara belleza en los gestos de dolor, en la angustia abrumadora que se trasluce de la pintura, pero también un detalle que me ha hecho preguntarme más de una vez si la pintura tiene una relación más directa con el sufrimiento de la culpa que con el emocional. Adan levanta la mano derecha y la apoya en el corazón, un gesto habitual en los motivos Pastorales del siglo XVII para expresar la culpa moral. ¿Por mi culpa, se pregunta este Adán barbudo y tan joven? ¿Por mi culpa acaece esta pequeña muerte? ¿Este horror insoportable? ¿Esta angustia fuera de todo sentido?

Es una idea dolorosa, aunque por supuesto, sé que la metáfora judeocristiana sobre la creación tiene más relación con las relaciones entre nómadas y recolectores, además de un enfrentamiento tribal constante. Tal vez por ese motivo, continuamente, releo “El dios sádico” de François Varone, debido a que los argumentos que se exponen en sus páginas son congruentes con la liberalidad de mis ideas más íntimas. O al menos parecen serlo, pienso en mis momentos más festivos. La última vez que lo releí, Venezuela se encontraba traducida por una ola de protestas tan violenta que temí que que desembocara en una confrontación imprevisible. Pero por supuesto, no sucedió y sólo quedó la culpa, la sensación de haber podido hacer un poco más, de quizás haber luchado contra la idea de la indiferencia que parece sustentar al poder. Esa culpa colectiva tan parecida a la religiosa. Con todo, creo firmemente en la recreación de un mesianismo humano,basado en liberación del deseo. Varone elabora una especie de evangelio del Reino de las ideas, sin dudas. A grandes rasgos, esta es la tesis que propone:

1. El sufrimiento humano no es consecuencia del pecado original.
2. El sufrimiento humano no tiene para Dios ningún valor compensatorio ni reparador: no constituye placer ni exigencia jurídica de Dios.
3. El sufrimiento humano no le alcanza al hombre como si fuera efecto de una disposición divina o algo permitido concretamente por Dios a modo de prueba, advertencia o de castigo para tal o cual persona o grupo.
4. El sufrimiento humano es la consecuencia normal de la fragilidad física y moral de la humanidad y del mundo. El sentido de tal o cual sufrimiento es, pues, puramente inmanente al acontecimiento y a sus causas concretas, en principio reconocibles.
5. A esta primera causa que es la fragilidad se añaden, por desgracia, la maldad, la violencia y la injusticia del hombre.
6. La condición humana de fragilidad y de vulnerabilidad representa una provocación y un escándalo para el deseo ilimitado del hombre y provoca en él reacciones, activas o pasivas, que sólo consiguen agravar aún más el sufrimiento y la falta de sentido.
7. Aún sin ser querido ni enviado ni organizado por Dios en tal o cual acontecimiento para tal o cual persona, el sufrimiento en general forma parte del mundo material “en devenir”.
8. Esta condición de fragilidad y de vulnerabilidad son instrumentos del “devenir” histórico y personal de la humanidad.
9. El sufrimiento en sí mismo no es portador de valor. Su verdadera eficacia es que provoca el deseo y la libertad y es ocasión de fe y de perseverancia.

Pensar en algo semejante siempre resulta doloroso. Después de todo Galileo ya nos despojó del heliocentrismo y Darwin del orden primigenio, por lo que la culpa cósmica es quizás el último hilo que nos une a una idea enorme sobre lo sagrado. Hay algo de infantil arrogancia, pienso mientras imagino a las multitudes en el medioevo, convencidas que sus pecados — acciones u omisiones — creaban algo más elaborado que la mera idea sobre lo que consideramos transgresor. En otras palabras: la culpa del hambre, el dolor, las grandes y pequeñas desgracias cotidianas, provenía por supuesto de faltas a la moral cósmica, como faltar al ayuno, fornicar con tu mujer en fechas fuera del calendario eclesiástico o no acudir al servicio religioso. Tiene algo de belleza, pienso con tristeza, esa megalomanía casi ingenua. Somos “culpables” del devenir de las cosas, de ese gran mecanismo del dolor y la belleza que es el mundo que nos rodea. Un nudo gordiano, donde el hombro lobo de Hobbes tiene la forma del rostro que vemos al espejo. La recreación moral de la culpa es por tanto, nuestra manera más primita de expresar el temor al vacío, el temor cenital en el infinito rayano en la locura que se alza entre las ideas más veniales.

— Ah, por supuesto, nos encanta creer que somos tan importantes como influir en el orden del Universo — dice mi amigo J. con sonrisa traviesa — es mucho más interesante eso que pensar que hagamos lo que hagamos, el Universo es un accidente fortuito y todos vivimos en medio de consecuencias de hechos que ni siquiera llegamos a adivinar. Pero ya sabemos, la especie humana es arrogante, inocente y creativa.

“Primates con alto nivel de discernimiento” diría el fallecido Hawking, pienso recordando la conversación. Lo pienso, mientras encuentro de nuevo la noticia sobre las declaraciones del Arzobispo de Burgos y todas las reacciones que ha provocado. Hay un considerable número de críticas, pero también un número importante de palabras de apoyo. “La virtud debe defenderse, sino ¿qué se puede esperar de lo que somos?” razona alguien, en lo que supongo es un esforzado argumento en favor de la culpa y sus consecuencias. ¿No es mejor morir que transgredir un dictamen arcaico sobre la sexualidad? parece sugerir la frase y me aterroriza la posibilidad que buena parte de la feligresía cristiana — y la que no lo es — esté convencida que algo semejante es cierto. ¿Hasta qué punto la culpa nos acompaña en todas partes? ¿forma parte de nuestra forma de vivir?

La culpa y todos sus rostros. La culpa que transforma un delito en un acto de fe o en el caso de mi país, un recorrido histórico en busca de huellas históricas que puedan explicar el cataclismo que soportamos en la actualidad. La culpa de los que permanecen en el país, en los que lo abandonan. No es una idea sencilla y tampoco, fácil de rechazar.

Claro, despojarnos de la culpa no es consuelo; pero por lo menos esto me ayuda a repensar, si no la verdadera razón del sufrimiento, todos los sermones con los que me llenaron la cabeza en el colegio de monjas bigotonas en el que me eduqué, diciéndome que todo el dolor era consecuencia de mis malas acciones, que hemos venido a este valle de lágrimas a sufrir y cargar nuestra cruz; y sobre todo que tengo el derecho de cuestionar y de cuestionarme. Mis preguntas no tienen respuesta, no se si acaso algún día la tendrán, sin embargo hay aún dentro de mí un ser que quiere creer a pesar de todo. Una idea que se multiplica en todas direcciones como una refracción interminable. Como si la culpa fuera una idea inherente al género humano o sólo, a nuestra propia arrogancia venial.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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