Cultura Pop para dummies:

Todo lo que deberías saber y no sabes a quién preguntar sobre el tema (II Parte)

(Puedes leer la primera aquí)

La autopista de siete canales de la información:

En una de las escenas de la película “La red” dirigida por Irwin Winkler y protagonizada por una jovencísima Sandra Bullock, la pantalla de una computadora se ilumina con un programa capaz de vulnerar todos los sistemas de seguridad de las instituciones más importantes del mundo. Angela Bennett (Bullock) intenta contrarrestar lo que puede ser el ataque virtual más violento de la historia y lo hace con disquete 3 1/2, conectada a una conexión dial up en mitad de una convención de tecnología. Pero Angela necesita vencer a su enemigo invisible. Ya se lo ha dicho Devlin, su ex amante y ahora furioso enemigo: “La Internet nos da el control total del mundo. De todo. Nada existe sin que lo sepamos”.

Por supuesto, la buena de Ángela no tenía mayor idea de la aldea globalizada en la que se convertiría internet menos de cinco años después. Todavía faltaría algo más de un lustro para la llegada de la Fiber To The Home, las líneas de abonado digital y finalmente, la popularización de la banda ancha. Pero en su discreta mirada al futuro, “La Red” anunció un fenómeno que se desarrollaría con tanta velocidad que aún se analiza con cuidado. La cultura de la hipercomunicación, información y democratización del consumo, educación y accesibilidad de medios de conocimiento, no sólo convirtieron las fronteras geográficas en meros accidentes políticos y legales, sino que además, brindaron a los usuarios de todo el mundo la posibilidad de un tipo de interacción que superó con creces las más optimistas expectativas.

La noche en que finalmente pude utilizar la promesa de la banda ancha en mi computadora personal, no dormí. Tampoco lo hice en las noches siguientes: tenía la sensación que aquella prodigiosa ventana hacia el mundo era algo que me sobrepasaba, que absorbió toda mi atención y que con el correr del tiempo, se convirtió en una puerta abierta a algo que jamás había esperado encontrar: un lugar en el que mis gustos, obsesiones y pasiones eran parte de algo más grande, más interesante y mucho más vasto de lo que jamás imaginé. Durante los primeros días de mis exploraciones con internet de alta velocidad, descargué mucho más música de la que había comprado en cualquier año de mi vida. También encontré libros de los que sólo había oído hablar, películas en todo tipo de formatos que transformaron mi insomnio en un variado desfile de todo tipo de conocimientos inmediatos. Mi curiosidad natural, se convirtió entonces en un vinculo con ese otro mundo que se abría en la pantalla, que de alguna forma reconstruyó el mundo como lo conocía y dotó de especial significado a todas las pequeñas cosas que durante buena parte de mi vida habían sido cosa privada.

Porque el impacto de Internet en la cultura popular podía medirse no sólo en su capacidad para poner al alcance de la mano — y la mayoría de las veces, gratis — todo lo que antes debías investigar con cuidado y comprar, sino algo más que se convirtió en algo de inestimable valor: la comunicación con otros tantos fanáticos, la interminable conversación que unía a cualquiera — en cualquier parte del mundo — con otros tantos interesados por temas comunes, por Universos parecidos, por esa extraña conexión de los gustos y las pasiones similares. Como descubrí aquellos primeros meses sentada frente a mi computadora — y que se convertiría en una experiencia total años después — la cultura popular encontró en Internet la mejor plataforma para construir una noción global sobre su existencia. De pronto, la comunicación creó otro estrato de la cultura popular y lo llevó a otra una nueva dimensión: Desde el nacimiento de las redes sociales, el fenómeno transmedia, la conversación global convertida en símbolos hasta la compresión del impacto de la Internet como medio de difusión superior a cualquier otro, la Cultura Popular experimentó una definitiva transformación. La influencia de Internet llevó a a colección de expresiones del fandom y otras herramientas de difusión de la cultura popular a un nivel por completo nuevo, tan poderoso y contundente que la mera idea sobre la cultura de masas pareció reformularse. Una cultura que se comparte de mano en mano — o de pantalla en pantalla — para crear una idea casi inabarcable sobre los pormenores de lo que sustenta las principales obsesiones de la música, literatura, cine y televisión.

Para cuando empecé a utilizar banda ancha — y navegar se hizo tan sencillo como veloz — seguía escribiendo fanfictions de diferentes fandoms y también, participando en alguna que otra actividad sobre mis películas, libros y Universos favoritos. Pero la capacidad de encontrar todo tipo de recursos para ampliar lo que hacía — hacerlo mucho más pormenorizado, preciso y con mejor calidad — convirtió mi pasatiempo en algo mucho más orgánico y formidable. Unos años después y ya cursando mi segunda licenciatura — esta vez literatura — fue el Fandom el motivo ideal para analizar la conciencia Universal. Para mi trabajo final de Morfo Lingüística , elaboré un silabario funcional de Quenya y Sindarin. Para mi proyecto final en Literatura Universal, elaboré un árbol genealógico que emparentaba los grandes dioses del Olimpo con los superhéroes actuales. Para mi tesis de Literatura Latinoamericana, transformé a todos los personajes de “Pedro Páramo” del escritor Juan Rulfo en una tira cómica. Poco a poco, mi amor por la cultura popular se convirtió en piedra angular de mi profesión, mi manera de ver el mundo y también, de la manera en que concibo mi propia personal. Y los inagotables e interminables recursos de internet tuvieron que ver con esa lenta toma de conciencia: Del aquel primer pensamiento en clase de sociología sobre la amplitud de la cultura popular, había encontrado un mundo más amplio, complejo y satisfactorio del que soñé alguna vez. El patio de recreo de mi imaginación.

De viñeta en viñeta: Todo lo que el mundo del cómic ha hecho para salvar al mundo.

En la página 54 de “The Killing Joke” de Alan Moore, el Guasón pondera sobre el origen de la locura. O al menos, de la suya. “Sin duda, la completa demencia está tan cerca como tener un mal día” dice y suelta una carcajada- Su reflejo se repite mil veces en un juego de espejos en espiral y de pronto, la idea toma una nota siniestra. No se trata sólo de la perversión de la figura del héroe — una idea que se analizará en buena parte de la novela gráfica — sino que también, analiza lo que nos confronta con los ideales más privados. Depravado, malsano pero sobre todo, roto por una historia personal que se vislumbra, el Guasón de Moore parece el reflejo del cinismo de una sociedad angustiada y aplastada por el peso de cientos de temas morales distintos. Una retorcida expresión del bien y el mal.

¿Se trata de esa ruptura del bien moral y ético — que el Guasón representa de manera- lo que convierte al Guasón es un icono del cómic contemporáneo? ¿Es el asombro y admiración que provoca el Guasón un ejercicio catártico que expone las grietas y dolores de una cultura convencida de su propia ruptura histórica? Se ha dicho que la popularidad del Guasón tiene su origen en fenómenos parecidos a los que convirtieron en héroes a personajes moralmente ambiguos como la Madame Bovary de Flaubert, o ese Dante penitente que recorrió los infiernos para después contarlos como un paisaje de pesadilla. Y es que el Guasón, indefinible por momentos y casi siempre, reconvertido en un símbolo de la moral contemporánea, parece convertirse con el paso del tiempo en un arquetipo, en una idea con la cual identificarse con enorme facilidad. Despreciable, astuto y en ocasiones directamente absurdo, la cualidad del Guasón para representar el desenfreno seduce al público no sólo por el morbo que despierta sino por un elemento profundamente desconcertante: la posibilidad de un tiempo de libertad absoluta inimaginable. El Guasón, con su cara blanca y su sonrisa convertida en una mueca inquietante, no provoca tanto miedo como fascinación. A mitad de camino entre la ilusión borrosa sobre lo amoral y algo más perverso, el Guasón es quizás una de las figuras más tétricas de la cultura contemporánea.

No se trata de algo nuevo: los cómics son parte fundamental de la cultura pop desde sus inicios y con el correr de las décadas han demostrado su enorme importancia para reflejar la sociedad, sus cambios y sobre todo, la forma en que comprendemos las delicadas interacciones entre el tiempo, la personalidad, la sociedad como masa intelectual única y algo más complejo. Como elemento fundacional de un tipo de conexión entre el fanático y el producto, los cómics han meditado sobre la moral pública — sus cambios y transformaciones — con un particular interés. Desde “Mickey Rat” del Caricaturista Robert Armstrong hasta los derroteros intelectuales y morales de los personajes de DC y en menor medida, los de la editorial Marvel, Vertigo y otras, el comic alcanzó su cenit como una forma de expresión que además de valorizar la identidad humana, meditada sobre sus dolores existencialistas más profundos. En su libro “Entender el cómic: el arte invisible” de Scott McCloud, el autor insiste que la larga travesía de la viñeta como reflejo del mundo circundante le ha hecho más rico, pormenorizado pero sobre todo simbólico. Algo en lo que siempre coincidió el dibujante Jerry Robinson, quién analizó los teoremas sobre lo moral, lo ético y sus repercusiones a través de todas sus obras. En más de una ocasión, el artista insistió en que el Guasón fue concebido para “destruir los valores de Gotham”, de la misma en que Superman representa las virtudes de Metrópolis. Separadas por un río, ciudades hermanas destinadas a un inevitable paralelismo, ambas versiones de la realidad crearon una notoria versión sobre la bondad y la maldad moral que superaba con creces las primeras modestas aspiraciones del cómic como vehículo de diversión. Se habló de una arcaica contracultura para definirlo, de un discurso social que intentaba destruir la visión del héroe desde sus cimientos.

Para Georgia Higley, supervisora de la colección de cómics del Congreso de Estados Unidos, la percepción sobre la sociedad y sus movimientos, son uno de los aportes más perdurables del cómic como medio de comunicación, difusión y forma de arte. “Nos reflejan. Es la cultura popular más importante de Estados Unidos “, dice Higley, en una entrevista que recientemente concedió al escritor de la biblioteca del congreso Mark Hartsell. “Realmente documentan lo que nos ha interesado durante la mayor parte del siglo XX y más allá. También es un reflejo de lo bueno y lo malo de nuestra sociedad”. La colección, una de las más nutridas del país, incluye no sólo cómics impresos sino una asombrosa variedad de todo tipo de ediciones especiales, escaneos de primeras carátulas y también, sus correspondientes versiones cinematográficas. Para la investigadora, el cómic es algo más que una producción en masa de cierto tipo de aire minoritario “Es el rostro de nuestras décadas, convertidas en reclamo social. Son un gran reflejo de lo que está pasando. Y también hay cómics que representan las esperanzas que tenemos. En resumen se trata de una mirada global a nuestra historia” resumió Higley.

El planteamiento de Higley no es novedoso. De hecho se ha hecho más notorio a medida que la gran Era de las películas de Superhéroes se convirtió en un fenómeno de considerable importancia en la historia del cine. Muchas de las películas en cómics parecen mucho más simples y esquemáticas, que sus gemelos en viñeta. Un fenómeno que sin duda se deba a que durante buena parte del siglo XX fue el cómic el medio que mejor reflejó las lentas transformaciones sociales y culturales estadounidenses, para luego extender su alcance al resto del mundo. En la pantalla grande, la admisión del cambio parece ser más lenta y tal vez, por eso su versión de la cultura popular basada en el cómic sea siempre tan superficial en comparación con el material de Origen. Un ejemplo claro es Wonder Woman: la Amazona de Themyscira tenía más de sesenta años revolucionando los estereotipos del cómic cuando al fin llegó a la pantalla grande, en una breve aparición entre los dos superHéroes más conocidos de la editorial DC. Otro tanto ocurre con el caucásico Capitán América, cuya encarnación en los cómics ha tenido todo tipo de reinvenciones antes de llegar al cine con una tímida adaptación en que se le muestra como la encarnación de la belleza masculina, antes que un verdadero ideal. “Black Panther”, que no sólo tiene una buena cantidad de fanáticos sino además, durante mucho tiempo fue celebrado como un genuino héroe afroamericano, tuvo que esperar casi sesenta años para alcanzar su propia película. Mientras tanto, el héroe del cómic se hacía cada vez más elaborado, simbólico y metafórico, una reflexión sobre la pertenencia que desbordó el objetivo más primitivo de la publicación.

Los cómics no sólo actúan como columna vertebral de la capacidad de cambio de la cultura popular, sino también analizan sus diversos cambios con transformaciones que en otros estratos pueden resultar chocantes e incluso, directamente impensables. En el 2014, Thor dejó su lugar a una mujer, cuando el martillo Mjolnir escogió a Jane Foster del cómic como la nueva “Diosa del trueno”. El nuevo Iron Man, es de hecho también una mujer, además de afroamericana. Una adolescente superdotada que además de heredar el titulo y el traje, también encarna la intención de Marvel de captar un nuevo tipo de público. Porque el cómic — como herramienta y como producto — no sólo elabora una teoría sobre las diferentes evoluciones del pensamiento progresivo y la cultura como compendio de ideas colectivas, sino también lo cristaliza como un fenómeno por derecho propio.

Dime como te ves y te diré quién eres:

En la película 2006 “El Demonio viste de Prada” del director David Frankel, Miranda Priestly (Meryl Streep) revisa junto a su troupe de asistentes, los accesorios, colores y sin duda la ropa, que se llevará el año siguiente en cada pasarela del mundo occidental. Andrea Sachs (Anne Hathaway) pasante y descreída de las bondades del mundo de la moda, sonríe por lo bajo, como si el lento proceso de mirar colores, prendas y todo tipo de pequeños detalles, no fuera algo de real importancia. Es entonces cuando Priestly se vuelve para mirarla de arriba a abajo: “¿Qué es tan gracioso?” pregunta al personaje de Hathaway. “No, no, nada, sólo que los cinturones son exactamente iguales para mí. Todavía estoy aprendiendo sobre estas “cosas” balbucea Andrea incómoda y cierto deje condescendiente. Miranda entonces sonríe, un gesto malévolo que hace casi radiante su rostro frío y anguloso: “¿Estas “cosas”?
Oh, entiendo. TÚ crees que ésto no tiene nada que ver contigo. Tú… vas a tu armario y seleccionas… no sé, ese jersey azul deforme porque intentas decirle al mundo que te tomas demasiado en serio como para preocuparte por lo que te pondrás. Pero lo que no sabes es que ese jersey no es sólo azul, no es turquesa, ni es marino, en realidad es cerúleo.

Tampoco eres consciente del hecho de que en 2002 Óscar de la Renta presentó una colección de vestidos cerúleos. Y luego creo que fue, Yves Saint Laurent (¿no..?) el que presentó chaquetas militares cerúleas. Y luego el azul cerúleo apareció en las colecciones de ocho diseñadores distintos; y después se filtró a los grandes almacenes; y luego fue a parar hasta una deprimente tienda de ropa a precios asequibles, donde tú, sin duda, lo rescataste de alguna cesta de ofertas.

No obstante, ese azul representa millones de dólares, y muchos puestos de trabajo, y resulta cómico, que creas que elegiste algo que te exime de la industria de la moda, cuando, de hecho, llevas un jersey que fue seleccionado para tí, por personas como nosotros, entre un montón de “cosas” como esas” Mirada suspira, sacude la cabeza, enarca la ceja. “Este es el mundo en que vives”.

Es indudable que la cultura pop tiene un gran impacto sobre la moda, pero sobre todo, en la forma en como comprendemos la ropa como símbolo de estatus, pertenencia y algo más cercano a la identificación de grupos. Desde las teorías del Coolhunting, que sugieren que la moda es un proceso de la Cultura popular que influye definitivamente en nuestra forma de vida y la manera en que analizamos las relaciones de nuestra imagen con el mundo, hasta el hecho de que el cómo vestimos se ha convertido en una idea poderosa de un tipo de concepción social muy específica, la moda es un potente concepto que mezclado con la cultura pop ha creado algo más extraordinario, más poderoso y sobretodo perdurable de lo que podemos imaginar.

Claro está, la moda es una mirada a lo cultural desde todo tipo de dimensiones: No sólo regla los roles de género y de la identidad sexual, sino que además, mezcla lo cultural, lo simbólico y lo étnico para crear un único lenguaje. La cultura pop, con toda su cualidad de arraigo pero sobre todo, el enorme poder del cual dispone para expresar todo tipo de ideas sobre lo social, ha hecho que la moda además responda a las figuras e íconos que se convierten en una notoria forma de comprender como la Moda compite y rivaliza con ideas contradictorias, hasta que se amalgaman en una versión directa sobre la imagen personal.

Las prominentes figuras de la cultura popular son de hecho, vitrinas de la Moda casi de manera involuntaria y a la vez, percepciones sobre la manera como la identidad sexual e individual evoluciona con el transcurrir del tiempo. Las celebridades, cantantes, incluso personajes de la pantalla grande y chica, crean una percepción sobre la tendencia firmemente vinculada al hecho del mundo como un gran escenario mimético. Un buen ejemplo del fenómeno es como el personaje Rachel Green de la Serie “Friends” alcanzó la estatura de ícono de moda durante las diez temporadas de la serie. No sólo se trató que la chica rubia del grupo de amigos llevara la vanguardia sobre la forma en que una mujer triunfadora y joven a mediados de la treintena debería verse, sino que llevó el fenómeno más allá cuando su peinado se convirtió en el símbolo de la década por más de una razón. Lo mismo ocurrió aunque en menor medida con el resto de personajes de la serie y más tarde, el fenómeno se replicó en todo tipo de plataformas. Desde la tendencia que imponían los melodramas de Shonda Rhimes (sus bandas sonoras se hicieron famosas y poco a poco, la música se convirtió en parte de la noción sobre la trama en general) hasta el furor que causó la apariencia de actrices y actores en todo tipo de películas (por casi una década, el cabello de Meg Ryan fue referencia en estilo, como también la seductora caballera castaña de Cindy Crawford), la cultura popular transformó la idea sobre como lucimos y como debemos lucir en algo más poderoso, consistente y lleno de enormes implicaciones. El cine y la televisión — los grandes espejos convexos en los que el mundo se observa atentamente — reflejan la transformación de la masa pero también, la convicción de esa gran psiquis colectiva en su evolución. Una reflexión que se abre espacio en lugares inusitados de nuestra memoria histórica.

La cultura popular: Lo que somos y seremos.

Hace unos meses, me reuní con el profesor L. para almorzar. Seguimos en contacto y cada cierto tiempo, compartimos alguna memorable conversación sobre esa gran pasión que me inculcó y que nos une. Han transcurrido casi veinte años desde que fui su alumna: hace seis años se jubiló, su hijo adolescente ya es un hombre adulto con dos hijos y en realidad, los ecos de sus extraordinarias disertaciones sobre la cultura popular son parte de esos recuerdos un poco borrosos de la vida Universitaria. Al menos para gran parte de mis compañeros. Para mí, siguen siendo motor de algo tan privado como valioso. Una noción casi sacramental sobre lo que me rodea, mis influencias y sobre todo, los elementos que sustentan mi personalidad. El profesor suelta una de sus carcajadas casi malévolas cuando me escucha decir lo anterior.

— Es decir, te hice una conversa creyente de la cultura popular.
— Según usted, ya lo era.
— Todos los somos.

Un par de meses atrás, culminé con éxito un diplomado online sobre Cultura popular que atravesó en casi dos años, todos los tópicos que el profesor y yo habíamos tocado alguna vez. Por extraño que parezca, la última clase había sido un debate sobre la comunidad global. “Todos somos cultura popular” había dicho el facilitador para cerrar la última gran charla que sostuvimos “Nos pertenece a todos. La creamos todos. Evoluciona gracias a nosotros”.

— Más que eso, es una criatura que tiene tu rostro y el mio — añade el profesor — un monstruo que puede ser feroz pero a la vez hermoso. Todo a la vez. Una mirada única a los recovecos de la mente humana. La cultura popular es una herencia, lo que somos. Lo que creemos podemos ser.

En el libro “Pop Culture Now! A Geek Art Anthology”, el escritor Thomas Olivri asegura que la cultura popular es una expresión “camaleónica” sobre el espíritu creador humano, sino además, “su ilimitada capacidad para trascender los precisos límites de la imaginación que la razón marca”. Pienso en esa frase y sus implicaciones, mientras mi viejo profesor hace comentarios jocosos sobre mi camiseta de Star Wars, mi llavero de un personaje Marvelita y mi morral que copia la constelación de la saga “Eternos” de la editorial. ¿Quienes somos y quiénes queremos ser? me pregunto. Quizás sólo la cultura popular, en toda su vastedad inabarcable, sea la única respuesta a eso. O al menos, me gusta pensar que así puede ser.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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