Crónicas de los hijos de Neftis

(Puedes leer parte I aquí)

“¿Cómo son las mujeres que sollozan en silencio con sus hijos en brazos?”, escribió una jovencísima Mary Shelley en 1814. La futura escritora, que llevaba detallados diarios desde su niñez, encontró en la hoja en blanco una pulcra forma de resumir las angustias existenciales de su época. “¿Cómo son las que lloran la muerte sin poder derramar una lágrima? ¿cómo son las que necesitan entender el miedo, la vida y la belleza en medio de sonrisas y palabras amables?”. Shelley no deseaba reivindicar ningún derecho, ni tampoco estaba obsesionada con la posibilidad de ser reconocida como escritora antes o después. Shelley se hacía ya preguntas sobre la vida y el miedo a lo incierto que la harían famosa posteriormente. La adolescente que deambulaba por cementerios para hablar con el espectro de su madre — o así lo aseguraba — , que perdió la virginidad sobre una lápida y que conservaba corazones de ratas disecados en delicadisimas copas de cristal, ya imaginaba una historia que pudiera resumir todas sus obsesiones. “Necesito contar lo que nadie cuenta” escribió en 1815.

Más tarde, Mary Shelley enfrentaba a la muerte y a la desgracia como una forma de impulso creativo. De hecho, la mayor parte de su vida estaba relacionada con el sufrimiento como una comprensión insular sobre la identidad y su capacidad como escritora, novelista y en especial, ensayista, todo englobado bajo la posibilidad de una reflexión profunda sobre los espacios oscuros de la mente humana. Su madre, Mary Wollstonecraft, murió once días después de dar a luz a su hija, entre grandes dolores y sin reconocer a nadie, en medio de lo que solía llamarse “la locura de las parturientas”. Con toda seguridad, se trataba de una de las frecuentes infecciones puerperales que solían ser fulminantes para las mujeres en trabajo de parto. De modo que Shelley jamás conoció a su madre ni tampoco tuvo el nombre con que ella pudiera haberle bautizado. “A veces creo que soy víctima de cierto desenfreno sin razón” escribiría, para describir el particular limbo en el que creció, huérfana y además, carente de historia.

La extraña paradoja que no debió pasarle desapercibida al ella misma perder un bebé recién nacido, el segundo hijo concebido con Percy Shelley y que la llevaría a un tipo de sufrimiento profundo del que después confesaría, no logró recuperarse jamás del todo. “Un día desperté sin madre. Otro, desperté sin un hijo” escribió en sus notas. “Ella no me puso nombre, mi bebé tampoco lo tenía” razonó más adelante. Para Shelley, en medio de la noción del miedo y la pérdida como una forma de influencia y en especial, de comprender las emociones que le obsesionaban, pasó buena parte de su adolescencia y primeros años de juventud, en una batalla directa e invisible, con su necesidad de ser comprendida y aceptada. Ya a los once años de edad, dijo a su padre que solamente deseaba “amar y escribir”. Y a esa edad, llevó a cabo una pequeña representación teatral doméstica, en la que se llamó a sí misma “Hera”, una anécdota que contaría después y que ella misma, juzgaría premonitoria. “Ya podía comprender el dolor de cierto tipo de desengaño” escribió luego de una crisis matrimonial, provocada por una de las constantes infidelidades de Percy Shelley, “Incluso las diosas, no son ajenas a ese sufrimiento”.

Mary Shelley había mostrado aptitudes para la escritura desde que era muy joven. Llevaba un diario meticuloso y para los quince, tenía un pequeño grupo de cuentos que no mostró a nadie, pero los que menciona con frecuencia en sus escritos posteriores. “La génesis de muchas cosas” escribió en enero de 1818. Ya por entonces Frankenstein o el moderno Prometeo era un texto robusto, definitivo y profundo, lo suficientemente interesante como para que la escritora se atreviera a considerar la idea de publicarlo. No obstante, debió enfrentar todo tipo de críticas y obstáculos, en especial por la naturaleza desconcertante de la historia y por el hecho simple, que no se trataba de una novela que podría esperarse de una mujer. “Un editor me ha comentado que soy madre y escribo sobre monstruos. ¿Qué clase de engendro ha convocado la hoja?”, escribió en los duros meses en que debió luchar contra la indiferencia editorial. “Me hace reír la idea que esperen comprender a quien escribe de manera sencilla, ¿únicamente por los secretos que guarda?”.

En realidad Frankenstein es todo un prodigio de la experimentación, en una época en que la novela tenía firmes parámetros y se comprendía de una manera muy rígida. Analizada desde la formalidad literaria, podría decirse que son cuatro historias en una, entremezcladas y entrecruzadas para sostener una idea sobre la naturaleza humana: lo fortuito, fugaz e inexplicable del misterio de la vida. Es una alegoría — sobre los peligros de la ciencia, los horrores inauditos que se esconden en ella -, una fábula — un monstruo que busca sus orígenes en medio de la ignorancia -, una novela epistolar — la forma en que Shelley estructuró la memoria y los dolores del misterioso Victor Frankenstein recuerda lo mejor del género — y al final, una autobiografía, en la que Mary Shelley analiza su vida, las restricciones y límites con los que vivió, lo que la convirtió el monstruo que toda mujer creativa en su época, estuvo condenada a ser. Entre semejante combinación, tuvo verdaderas dificultades para explicar de manera comprensible el centro de su obra, mientras los críticos le atacaban y se preguntaban en voz alta como el alma femenina había sido capaz de crear semejante y “horrible progenie”.

La presión para Shelley llegó a ser tan insoportable, que en una edición revisada en 1831, llegó a inventar una historia casi mística sobre cómo imaginó la obra y narró un supuesto “sueño”, en que “Vi, con los ojos cerrados, pero en una visión mental aguda a pálido estudiante de artes misteriosas y secretas, arrodillado junto a lo que había reunido. Un monstruo” y se aseguró de dejar muy claro que la novela, había sido una especie de enigmática inspiración para la que no tenía explicación. No obstante, sus puntillosos diarios le traicionaron y después de su muerte, fue obvio que la escritora dedicó tiempo, esfuerzo y una buena dosis de imaginación en crear la doble lectura de una novela extraordinaria que se eleva más allá de cualquier convención social. “Escribo a toda hora, el monstruo nace con una rapidez de pesadilla” comentó en 1817. Después aseguró “La primera versión necesita profundizarse, pero ya encontré la puerta abierta a los horrores”. Una y otra vez, Mary Shelley dejó claro que el monstruo sin nombre era una obra que le pertenecía a todo nivel, desde todos los ángulos. “Puebla mis pensamientos día y noche, como si se tratara de una nota de amor” escribió a finales de ese mismo año.

Claro está, en una época en que la creación femenina estaba supeditada a su personalidad, a la forma en que se le concebía y a la manera en que se le restringía, una mujer capaz de crear monstruos no podía confesar el real magma que había dado origen a su obra y visión del mundo. Hubo sospechas que Mary Shelley había “adaptado” textos de su marido — una idea ridícula, siento que Percy odiaba los temas morbosos — o de su padre, aunque Godwin jamás analizó ni ponderó sobre la naturaleza humana del bien y del mal desde sus símbolos ancestrales. “Indudablemente, la hija de Godwin no podía evitar filosofar”, escribió alrededor de 1890, tratando de explicar la doble lectura y múltiples dimensiones de la obra, “la esposa de Shelley también conocía los misteriosos encantos de lo mórbido, lo oculto, lo científicamente extraño”. Como si fuera impensable que Shelley, madre de cuatro, esposa y escritora discreta, pudiera construir una expresión sobre lo maligno, la bondad ilusoria y los dolores del cinismo sin necesidad de recurrir al consejo de los hombres de su vida.

Mary Shelley imaginó a una criatura sin nombre que es ella misma — y la representa a ella misma — sino que se enlaza con la forma en que el futuro, se concebiría el riesgo de la arrogancia cultural, un planteamiento que en la actualidad sigue pareciendo desconcertante y de hecho, lo es a un nivel tan asombroso, que cada año, la novela de Shelley parece encontrar una nueva interpretación, siempre desconcertante. Además, era una escritora que rompió las limitaciones de su época en más de una manera. Mientras la mayoría de las escritoras de su época solían ser consideradas “solteronas y alejadas del secreto de la maternidad” (una crítica que afectaba, de hecho, el modo en que se percibía su obra), Shelley era madre y esposa. Y había escrito una novela de asombrosa originalidad y fuerza mientras se encontraba embarazada, luego de la muerte de un bebé y amamantado a uno. La creadora de monstruos conocía los secretos entre la vida y la muerte, los enlazaba con un poder extraordinario y entre ellos, elaboró un poderoso manifiesto sobre el poder y la capacidad de crear.
“Soy madre de lo inconfesable” escribiría en su diario en 1825.

Un sobreviviente en medio del dolor

Quizás luego de la amarga experiencia con Frankenstein, Shelley asumió que su próxima obra debía reflejar, para bien o para mal, la cuestión dolorosa y evidente que el mundo se retrotraía a sus peores pesares. El desastre colosal que arrasaría con la raza humana, provenía para Shelley de la política, en su alcance, en su forma de reflejar el comportamiento colectivo y el hecho, en que antes o después, las decisiones del poder amenazaron a la civilización. Sin duda, se trataba de una mirada decepcionada sobre la connotación de la filosofía y los grandes temas.

Viuda con 28 años, madre de una niña que no sobrevivió a las dos semanas de nacida y de un hijo que murió de malaria, Mary Shelley decidió escribir sobre una tragedia humanitaria a gran escala, para con toda seguridad, abarcar los horrores íntimos a un nuevo nivel. Su obra no medita sobre la esperanza, la posibilidad de la reconciliación ni tampoco, una búsqueda esencial del bien y del mal como elementos más o menos congruentes con su visión sobre lo terrorífico. “Trato de encontrar esperanzas, en el amor a la escritura, el oscuro consuelo de contar lo temible” escribió a su editor. De hecho, “El último hombre”, es una epopeya en la que la humanidad desaparece por obra y destino de su poca capacidad comprender sus errores, dilemas y terrores. Un miedo esencial y subterráneo que la autora logra plasmar en una devastación total.

Si en Frankenstein Shelley meditó sobre los peligros de la ciencia, por encima de la moralidad, en El Último hombre, la búsqueda de significado de lo terrorífico y lo angustioso tiene una versión más crítica, una mirada al pasado y al presente del hombre desde una perspectiva formidable. De nuevo, Shelley juega con los símbolos y las pequeñas piezas de la oscuridad: la obra está llena de subterfugios, capas y una metáfora inquietante sobre el miedo y lo sobrenatural que se mezclan en una viva defensa al poder creativo. Pero más allá de todo, lo que rodea a la novela, es un aire de fascinación por la belleza de lo siniestro, por el poder inevitable del tiempo que se entrecruzan para sostener algo más profundo que la mera posibilidad de la identidad humana. “Estoy solo, puesto que la muerte no vendrá nunca por mí” dice el último sobreviviente de la raza humana, aturdido por la vida que recibió casi por accidente, perdido entre las sombras del terror que despierta a su creador y el oscuro milagro que representa.

Al final, el silencio

Mary Shelley hizo diseccionar el corazón de Percy, momificarlo y lo llevaba a todas partes, como una reliquia amorosa que aterrorizó por años a quienes le rodeaban. Al final, con la muerte de Lord Byron en 1826, no hubo nadie que se horrorizara y comenzó a sostener largos monólogos con el corazón muerto de su marido. “Nadie nos ha entendido nunca” escribió entre lágrimas. “La última reliquia de una raza querida. Mis compañeros se extinguieron antes que yo”. Al narrar la vida del único sobreviviente a una plaga que mató a todo hombre y mujer sobre la tierra. Shelley se miraba en un espejo deforme y tétrico. “Al final, todos estamos solos, como la cuna vacía de un bebé muerto” se lee en una de las escalofriantes líneas de la historia. Extraordinaria, implacable y potente, jamás olvidó ese primer gran trauma, el primer monstruo sin nombre en su vida. Enorme como la diosa que le obsesionaba y poderosa, como el dios que comprendía desde la fábula y el símbolo, la escritora creó un universo portentoso que, aun hoy, resulta inédito e insólito.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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