Crónicas de los hijos de Minerva

Hailee Steinfeld en “Dickinson” de Apple TV +

(Puedes leer la parte II aquí)

Hace unos años, hubo un extraño debate sobre el sentido del humor de algunas de las obras de Jane Austen, lo que provocó un renovado debate sobre sus libros más conocidos. De hecho, durante décadas, sus novelas se habían considerado más satíricas que burlonas — un matiz importante — y en especial a la escritora, como una mujer en busca de la libertad creativa, pero no con especial sensibilidad por la risa o por la capacidad de sus obras para hacer reír. Emma Thompson, que ha declarado a quien quiera escucharla su devoción por Austen, salió al paso de la discusión pública para zanjar el asunto: “Austen no necesitaba ser graciosa, sólo tenía que narrar su vida y encontrar, ese punto oscuro en el que no sabes si soltar una carcajada o llorar”. Se trató de una frase lapidaria que más tarde, la actriz profundizó al agregar que la escritora victoriana “era una mujer con un humor seco, porque no tenía más remedio que serlo”.

Tal vez por eso, en la primera escena de la película Sensatez y Sentimiento (1995) dirigida por Ang Lee y cuyo guion corrió por cuenta de Thompson, sorprendió el uso de los tonos pasteles, que brindó un aire pastoral a esa ya clásica secuencia, deudora de las obras clásicas del pintor inglés Luke Fildes. Después de todo, Lee trataba de mostrar un confuso período histórico inglés: entre 1811 y 1820, el rey Jorge III no fue considerado apto para llevar las riendas del Imperio, por lo que el príncipe Jorge IV las tomó durante la llamada Regencia, actuando aún como príncipe. Las complicadas vicisitudes de la corona afectaban a los súbditos y por lo tanto, Lee tuvo la acertada decisión de hacer un recorrido cinematográfico corto pero sustancioso sobre el asunto: El director no sólo detalla las peculiares condiciones sociales y culturales de la Londres de la época a través de la luz y la paleta de colores que escogió, sino que también, hace un recorrido emocional y profundamente sincero sobre la naturaleza femenina de la época. Algo que Austen había hecho en sus novelas y que fue el núcleo real de toda su obra. Para la escritora — mujer, soltera, no demasiado acaudalada y perteneciente a la llamada burguesía agraria — la idea de reivindicar las limitaciones del género femenino en su época, fue una empresa que llevó a cabo desde la discreción de lo literario. Escribía lo que vivía y de hecho, todos sus libros giran alrededor del amor. Pero no el amor como ideal, sino el amor que independiza, libera y brinda un lugar social. El amor como una teoría que borraba las líneas entre la mera necesidad fría — aspirar al siguiente escalón social — y el calor de una emoción más espiritual.

Austen era romántica aunque no especialmente inocente, de modo que jamás perdió el foco del recorrido hacia lo que deseaba mostrar: la forma en que la vida de una mujer como ella, dependía del hombre a su lado. ¿Se trataba de una crítica? ¿Una queja? ¿un manifiesto político? En realidad Austen sólo narraba lo que ocurría a su alrededor, mientras los grandes debates sociales se enfocaban en el hecho de la mujer que aceptaba y asumía su papel secundario. Una versión de la realidad contra lo que no pudo luchar pero, que mostró lo mejor que pudo en todas sus historias.

Ang Lee intentó mostrar ese mundo femenino en encarnizada lucha por la supervivencia. Todo en una única toma breve que muestra el ajetreo de lo doméstico, centro de buena parte del argumento. Es en esta primera gran secuencia en la que conocemos a las hermanas Dashwood y en la que podemos predecir su futura desgracia, la que marcará el tono y ritmo de la película. De la misma forma que la novela de Austen en la que está basada, la adaptación recorre con ojo crítico y un poco melancólico lo que parece un escenario amable pero con ciertos esquinas crueles; es la combinación de ambas cosas, lo que hace que el brillo de la inmensa casa que las hermanas y la madre deberán abandonar, sea más crepuscular y doloroso que lo que podríamos suponer.

El director chino imprime una rara elegancia a un drama de época que de otra forma, podría haber resultado almibarado, melodramático o cursi. De hecho, lo es en varios de sus momentos más lacrimógenos, pero aún así, el pulso sofisticado del realizador, logra crear una atmósfera exquisita que emula sin duda, la placidez pesarosa que imaginó Austen para la exclusión forzosa de sus personajes.

Tal vez se trate de una combinación de extraordinarios factores, lo que logra que una película es apariencia sencilla sea además una versión preciosista y meticulosa de una época a menudo caricaturizada, que no solo logra plasmar el espíritu de la obra que pretenden reflejar de manera fidedigna y honesta, sino también un recorrido sentido por una serie de símbolos de enorme poder evocador. Austen también lo hizo en sus novelas, en las que dedica una buena cantidad de esfuerzo y páginas en describir a detalle el mundo que le rodeaba. Para la escritora, era de considerable importancia que el lector pudiera mirar a través de los ojos del personaje, entender lo que sentía en esa experiencia sensorial. Y Lee logra el mismo efecto: cada escena, está llena de una pulcra recreación de espacios y lugares que guardan cierto aire pictórico.

El director de fotografía Michael Coulter, después diría que pasó más de un año antes de comenzar la filmación, viajando de un lado a otro de Inglaterra, para comprar en subastas y ventas privadas, objetos domésticos de la época. Pero que en especial, leyó con cuidado a Austen, cuya obra consideró hasta entonces “obra de señoritas”. Lo mismo con los trajes de las actrices, obra de bocetos y modelos originales cedidos por el Museo de Londres. Para el equipo de producción, era de considerable importancia la verosimilitud. “Es lo que Jane habría apreciado”, comentó Emma Thompson en una entrevista a Variety, a propósito de la promoción del film “Jane Austen estaba obsesionada por contar historias realistas. Quisimos respetar ese impulso”.

Una poeta adolescente en busca de su lugar en la historia

Otro ejemplo de cómo reflexionar sobre la ficción histórica en el cine y la televisión con resultados brillantes, es la serie Dickinson de Apple TV + . La premisa de su argumento intentó narrar la versión imaginaria y extrañamente inocente, sobre los años de juventud de la gran poeta norteamericana. Dotar a la enorme figura literaria — hierática y en alguna forma, cristalizada como elemento fundamental de la literatura del país — de una compleja humanidad. De modo, que la primera temporada de Dickinson sorprendió por mostrar a una mujer en plena ebullición de talento. Encarnada por Hailee Steinfeld, el personaje se alejaba de la imagen canónica de la escritora. Pero la Showrunner Alena Smith decidió reconstruir esa percepción sobre el talento en estado puro de la joven Emily. Para eso, tomó la audaz decisión de construir un personaje a la medida de una nueva generación. La Dickinson en pantalla es una mujer llena de un poder real. Talento y temperamento se unen para sostener un tipo de energía voluntariosa que convierten a la poeta en algo más que un mero nombre en la página de un libro.

En realidad, se trata de un tránsito de enorme valor argumental entre lo que Emily puede ser como figura histórica y el personaje que relata la historia, rodeada de un mundo del que resalta como un destello de ira y ferocidad deslumbrante. Por supuesto, con una premisa semejante, la segunda temporada era una incógnita para los devotos seguidores que convirtieron la primera en un éxito imprevisible. ¿Lograría Smith mantener el mismo tono fresco y desenfadado? ¿Llevaría a cabo la inevitable transición a un tono mucho más maduro y adulto? ¿Lo esencial de la serie podría sobrevivir al requisito inevitable de transitar una línea argumental por completo nueva? Sin duda, Dickinson tenía el complicado reto de lidiar con las expectativas de una audiencia fiel y el moderado fenómeno a su alrededor. Una situación que más de una serie no logra superar con facilidad.

No se trata de un reto sencillo y mucho menos, uno que pudiera lograrse sólo al analizar a la figura de la poeta desde el ámbito de lo literario. Emily Dickinson fue una autora obsesionada con el hecho real y físico de escribir. Sus poemas comenzaron como una colección de miniaturas apenas bosquejados en papel y después, en criptogramas que elaboraba a través de manchas de tinta en papelería casera, que usualmente, fabricaba con sus propias manos. Lo hacía además, a través de un largo proceso artesanal que incluía remojar la pupa en esencia florales y después, dejar para secar bajo el alfeizar de su estudio. Para la poeta, escribir era un oficio que comenzaba incluso antes de la primera palabra y lo era, en esencia, por la posibilidad que ofrecía la noción de crear el hecho de la escritura como una experiencia sensorial.

La Dickinson de Smith es una hábil artesana de su lenguaje y capacidad para crear. En la serie, se le muestra como una mujer en medio de la exclusión o mejor dicho, del desarraigo que provoca su excepcional cualidad intelectual. Para Dickinson, la soledad — esa cualidad de su carácter que después la definiría mejor que cualquier otra — era también una pieza esencial en la complicada estructura que sostenía la construcción de la obra poética. Y la serie lo intenta reflejar desde un mundo privado y fronterizo, que describe los largos períodos de laboriosidad en un espacio insular creativo de enorme valor espiritual.

Dickinson escribía, por supuesto, pero también, creaba alrededor de su obra una tensión ritual que quizás brindó a sus poemas la profunda noción sobre el dolor, el asombro intelectual y el valor emocional que les han convertido en pequeñas joyas de la literatura Universal. La serie intenta mostrar a la mujer joven que Dickinson fue alguna vez, imaginar los lugares emocionales e intelectuales que recorrió para crear su historia. Y lo hace, sin dejar a un lado un mimo más que evidente por el hecho de la vida de la poeta como escenario central de un argumento completo.

El mundo de la poeta comenzaba en su amplio dormitorio de la casa familiar. Era de hecho, la habitación más grande de la casa y la única, que contaba con ventanas de considerable tamaño que miraban a un jardín frutal, con árboles de más de cien años y unas cuantas yardas de hierba fresca y salvaje. “Un Paraíso, aunque en realidad, en ocasiones entre la belleza hay algo tenebroso”, escribió la poeta para describir su lugar favorito. Además de la cama — “enorme, cómoda, mucho más de lo que necesito” — , el mobiliario del lugar incluía una pequeña mesa en la que la escritora dedicaba dos horas a “crear”. No sólo se refería a escribir, sino también, al arduo, lento y complicado proceso de crear papel, tinta y por último, la obra en sí misma, que consumía la mayor parte de su tiempo. La misma escritora admitiría mucho después, que la mayor parte de su vida tenía la apariencia de un ritual “Despierto, apenas como, comienzo a batir la pupa del papel, continúo, sostengo la lágrima de cristal de la tinta. Escribir comienza antes que la palabra tome forme”.

Se trataba sin duda, de un juego de espejos en el que la escritora se veía reflejada. Para la serie Dickinson, el valor de la obra acabada tenía una directa relación con la capacidad del poema para abarcar cada fase del nacimiento de la palabra escrita, tal y como la imaginaba. No se trataba de escribir sino también, de sostener un discurso — “Un lenguaje, cada cosa tiene un idioma” — que dotara a la poesía de vida propia.

La segunda temporada demuestra que la serie pudo lograr una apreciable evolución y lograrlo, en sus propios términos. Además, Dickinson regresó con la evidente decisión de permitir a su personaje crecer y hacerse mucho más creíble, algo que había sido una de las críticas recurrentes durante la primera y en especial, a medida que el personaje encarnado por Steinfeld tomó vida propia. Para su nuevo trayecto, la actriz dota a Emily de una renovada necesidad de comprender los límites de su talento. Pero también de un recorrido tenaz por la oposición del mundo que le rodea. Juntas, ambas cosas elaboran un concienzudo análisis sobre el reconocimiento, la fama, pero en especial, la forma en que se comprende la creación como parte de la identidad.

De hecho, el personaje medita sobre el particular en varias de las escenas más relevantes de la temporada. La Emily que ahora toma en serio la poesía y se cuestiona sobre qué la separa del resto de quienes le rodean, se pregunta sobre su personalidad, espíritu y temperamento. Como si todo lo anterior fuera un conjunto de ideas con la que deberá lidiar para comprender a la mujer que es y en la que se está convirtiendo. Claro está, que las preguntas existenciales de Emily han sido buena parte de la columna vertebral del argumento de la serie. Desordenada, llena de vida, audaz y con un extrañísimo sentido del humor. Es una colección de extravíos y contradicciones que seduce y asombra.

La tercera temporada llevó el rasgo a una dimensión nueva y hace énfasis en la cualidad de la futura poeta de construirse a sí misma. En esta ocasión, la labor es doblemente importante, porque Emily decidió que quiere escribir — ya lo había decidido por supuesto, pero ahora es un pilar vital — y hacerlo desde el conocimiento de su mundo interior. Y es esa plenitud de artista en busca del sostén de su obra lo que hace de la segunda temporada de Dickinson una travesía brillante a través de todos los pequeños elementos que hacen a su personaje único. No obstante, la serie parece tener problemas para tomar todo ese entusiasmo y crear un argumento sólido que pueda sostenerlo. Hay muchos chistes, conversaciones con doble sentido, divertidas parodias del acto de escritura y en particular, la forma en que Emily comienza a recorrer el largo trayecto para encontrar su identidad literaria. No es sencillo y sin embargo, el programa parece más interesado en la actuación de su personaje principal que en profundizar en la historia.

En una época en que el reconocimiento es poco menos que vulgar, la Emily de Dickinson atraviesa los espacios incómodos de cuestionarse la necesidad que su poesía sea algo más que un vehículo artístico y se convierta en motivo de toda su existencia. O al menos, en una profesión. Pero Smith prefiere seguir con atención los tropezones, risotadas y alegre ferocidad de su personaje, que reflexionar sobre sus puntos oscuros. La madurez de Emily — notoria en algunos puntos, inexistente en otros — es solo una excusa para las preguntas acerca de la obra artística como espejo. Pero la serie no ofrece las respuestas, que el argumento podría necesitar. Quizás, la fractura de guion hace que su vuelta a pantalla sea una pequeña decepción, a pesar de conservar intacto su esplendoroso encanto.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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