Crónicas de los hijos de Eros

Lo erótico, lo carnal y lo voluptuoso (Parte III)

Con frecuencia, las relaciones homosexuales suelen reflejarse en la literatura desde el dolor, el desencuentro, el desarraigo y la tragedia. Una combinación que parece llevar implícita cierta angustia existencial y, sobre todo, una velada censura sobre relaciones que, la mayoría de las veces, reciben el incómodo epíteto de «imposibles». No obstante, la novela Call by your name, del escritor André Aciman (gemelo en tinta de la película del mismo hombre dirigida por Luca Guadagnino), parece mucho más interesada en reflexionar sobre temas universales como el dolor, la soledad, el tránsito de la juventud a la definitiva madurez y la pérdida, a través de una historia en apariencia sencilla pero llena de capas modulares y dimensiones desconocidas que asombra por su conmovedora efectividad. La historia de Aciman es, de hecho, una meditación muy cercana a las elaboradas reflexiones de Marcel Proust sobre el tiempo y el deseo. Una invocación al comienzo de todo despertar sexual y amoroso y un epitafio a esa primera visión sobre el amor que termina desplomándose en el cinismo de la vida cotidiana. Con un punto de vista excepcionalmente hermoso sobre el deseo, el poder de la emoción y sobre todo, de la necesidad de lo romántico — englobado en lo sexual y lo perenne — como parte de las experiencias capitales de cualquier hombre y mujer. La novela contempla el abismo de la soledad y la maravilla del amor transformado en un lenguaje catalizador desde una evidente perspectiva crepuscular.

Quizás lo que más sorprende de la novela de Aciman es que, a pesar de su toque sutil y su reflexión intelectual sobre el amor, se trata de una narración hedonista y muy consciente del valor de lo sexual como elemento que sostiene una presunción clara sobre la identidad. Con una elegante prosa, el autor pondera sobre el sentido del amor contemporáneo con una enorme sutileza, una visión sobre todo lo inasible de lo inalcanzable. Con la misma visión de Vladimir Nabokov sobre Lolita — esa aspiración carnal ambigua, indulgente y peligrosa — pero sin el perturbador ingrediente de lo perverso, Aciman asume la labor de retratar el primer amor desde la perspectiva de cierta celebración espiritual que evade cualquier explicación sencilla. No solo se trata de un recorrido por los hechos y situaciones que crean el amor como una vertiente sobre la fe y la comprensión de la necesidad insatisfecha, sino que, además, lo dota de sentido y de significado. Del paraíso hedonista — esa abierta sensualidad que Aciman describe con un profundo abandono físico y espiritual — hasta el paraíso perdido — el dolor de la ausencia, lo inevitable y el mundo real — la novela es un compendio de angustia contenida y enervado deseo hasta que avanza a una comprensión total sobre la ruptura de cierta belleza cristalina e idílica. El calor del amor se transforma de anticipación a un fragmento de memoria que se elabora como una idea persistente, compleja y peligrosa que al final, se sostiene sobre la necesidad de comprender la propia capacidad para el anhelo y el miedo.

La historia transcurre en medio de un evidente aire onírico. En el verano de 1980, un jovencísimo Elio disfruta de unas idílicas vacaciones en el norte de Italia, en la que descubre no solo los placeres y amarguras del despertar sexual, sino también el sentido del dolor y la incertidumbre progresiva de lo finito. Y es es ese fragmento de su historia, la que Elio cuenta con asombroso detalle y un definitivo abandono emocional. Aciman dota a su personaje de una sensibilidad dolorosa y precisa, lo que hace del relato una comprensión aciaga y perpetua sobre el sufrimiento íntimo y profundamente personal del amor como una demostración de fe y de poder individual. Además, Elio atraviesa los últimos albores de la adolescencia por medio de una mirada inteligente y potente sobre el poder del deseo, la transformación intelectual y una percepción muy profunda y sugerente sobre las delicias y terrores de la cercana adultez. Con una naturalidad que desarma pero, también, una incisiva concepción sobre el mundo emocional en el cual se debate, la voz de Elio elabora un mapa de ruta a través de la sorpresa íntima, el autodescubrimiento, la evolución consciente y potente de su sexualidad. Pero también, de una ternura magnífica que evade cualquier cliché o romanticismo excesivo. Elio desea contar su historia y lo hace, a través de la inquietud, de la incomodidad y del poder de reflejar la angustia existencial en un elemental diálogo interno sin conclusión ni término. Elio narra sus propios dolores, el romance y la necesidad insatisfecha con una sinceridad que desarma pero que, además, brinda una notoria profundidad a la narración. Es entonces cuando Aciman encuentra el ritmo y el sentido de la historia como un conjunto de experiencias emocionales: Call me by your name es un maravilloso recorrido sobre las emociones pero, también, los recovecos de la memoria. De lo que recordemos y la forma en como sostiene nuestra vida como parte de una experiencia sensorial. Con una prosa inteligente, rápida y enérgica, Aciman brinda a Elio una mirada amplia y dúctil sobre su vida, sus temores y sus desarraigos, pero, sobre todo, de su capacidad para asumir el riesgo de reinterpretar sus recuerdos a través de la distancia.

A través de un ponderado juego de argumento y reflexión íntima, Aciman logra una inmediata empatía con el lector: lo lleva dentro de la mente de Elio, sus dudas, sus persistentes cuestionamientos. Lo hace, además, con una ternura y una sutileza que abarca no solo la historia como un todo argumental, sino también de las pequeñas escenas dispersas que sostienen la belleza del amor, el temor convertido en algo más determinado e individual. El texto palpita de brillante voracidad pero a la vez, de un anhelo mal contenido que tiene un definitivo regusto adolescente. De los momentos fugaces a las descripciones más sensuales, toda la novela de Aciman está llena de una furiosa vitalidad que deslumbra por su buen hacer y precisión.

Aciman apuesta a una engañosa sencillez: la historia del adolescente Elio — precoz, inteligente, nervioso, ingenuo, asombrado por su despertar sexual — y su amor por Oliver, un profesor de Columbia de veinticuatro años, brillante erudito y tan lejano a su mundo que, de inmediato, se transforma en una promesa, en el misterio y por supuesto, en un exaltado objeto de deseo. Pero Aciman evade la narración lineal y construye una concepción sobre el recuerdo basado en la melancolía como piedra angular de la belleza, el tiempo que transcurre y los dolores que trae aparejado. «Cerré los ojos, pronuncié la palabra y volví a Italia», escribe Elio desde algún lugar futuro, innombrado e impreciso. Con una sola frase, Aciman ya deja claro no solo el transcurrir del tiempo sino que, además, lo elabora desde cierta mirada triste y consciente del transcurrir de la vejez espiritual y de cierta madurez atípica.

El joven Elio, aparentemente, ha sido más o menos heterosexual hasta que Oliver llega, pero en menos de 15 páginas ya se encuentra en un estado que él llama «el desmayo». Se acuesta en su cama en las largas tardes del Mediterráneo con la esperanza de que Oliver entre, sintiendo «fuego como el miedo, como el pánico, como un minuto más de esto y moriré si él no llama a mi puerta, pero preferiría que nunca golpeara que tocar ahora. Había aprendido a dejar mis ventanas francesas entreabiertas, y me acostaba en mi cama con solo mi bañador, todo mi cuerpo en llamas. Fuego como una súplica que dice: Por favor, por favor, dime que estoy equivocado, dime que he imaginado todo esto, porque posiblemente tampoco sea cierto para ti, y si también es cierto para ti, entonces tú es el hombre más cruel con vida».

Aciman se obsesiona con los detalles para crear una hiperrealidad que elabora un sentido del absurdo y la emoción de asombrosa perspicacia. Paso a paso, detalla la relación entre Oliver y Elio desde la periferia, desde las conversaciones más mundanas a los toques más leves, construyendo el tiempo y la noción del amor desde lo cotidiano. Aún así, no recurre al romanticismo sino a una vitalidad utópica, que analiza la desesperanza como elemento inevitable del amor. La novela avanza entonces por el transcurrir incierto de la identidad y cuando Elio y Oliver vuelven a encontrarse, la inocencia y la novedad del sentimiento recién descubierto, parece convertirse en simple sorpresa. El Elio adulto entonces comprende que el dolor y el sufrimiento pasajero del amor es, incluso, un fragmento de memoria, más que cualquier otra cosa. Y cierra, entonces, el ciclo de la primera página, la percepción evidente de la renuncia, el tiempo que es dolor y ternura, la comprensión profunda sobre la naturaleza humana. Esa visión sobre el hoy y el ayer convertidos en piezas de fantasías quebradizas que sostienen nuestra identidad como una expresión de fe y de sinceridad. Como diría el propio Aciman en uno de sus maravillosos ensayos, titulado Pensione Eolo: «En última instancia, el sitio real de la nostalgia no es el lugar que se perdió o el lugar que nunca tuvo absolutamente en primer lugar; es el texto el que debe registrar esa pérdida». Un eco extraordinario sobre lo que somos, seremos y quizás desde el amor, intentamos construir como futuro. Una forma de fe.

La ficción sobre las relaciones homosexuales, suele llevar a cuestas el prejuicio de lo clandestino y lo poco convencional, desde la perspectiva del tabú convertido en análisis sobre la identidad y lo privado. Tal vez por ese motivo, suelen reflejarse en la literatura desde el dolor, el desencuentro, el desarraigo y la tragedia. Una combinación que parece llevar implícita cierta angustia existencial y, sobre todo, una velada censura sobre relaciones que, la mayoría de las veces, reciben el incómodo epíteto de «imposibles». De hecho, la percepción sobre las relaciones románticas y sexuales entre hombres, suele asumirse desde el parámetro del miedo y la comprensión de su imposibilidad de origen, como si se tratara de una percepción a flor de piel sobre la posibilidad del desencanto. Una versión de la realidad al margen de una idea más profunda, pero sobre todo, de una concepción mucho más persistente sobre el prejuicio como valor secular.

Sorprende, que semejante criterio impere incluso en el trasfondo literario más refinado y académico. En 1999, el escritor John Updike realizó una crítica somera y muy poco benevolente sobre la novela de Alan Hollinghurst The Spell, en la que insistía que cualquier historia sobre el amor entre dos hombres debe enfrentar el inmediato handicap de encontrarse a la deriva entre géneros — ¿Cómo puede clasificarse una obra donde el amor no es más que una excusa para la lujuria pero no lo admite? se preguntaba el autor — sino que además, aseguraba que las historias de homosexuales no interesaba al público en general. “No se trata de nada que resulte especialmente interesante como objetivo narrativo” escribía Updike, sobre la maravillosa prosa de Hollinghurst y su recorrido por la poderosa capacidad del despertar sexual masculino. Resultó desconcertante que Updike, autor de varias novelas que utilizan el elemento sexual de manera directa y concreta, se haya quejado que en Hollinghurst utilizaba el sexo como “auto gratificación” y además, que convirtiera la historia en un juego “implacablemente gay” que carecía de todo aliciente “para cualquiera que no estuviera interesado en el tema”. Para Updike, la falta de consistencia en las historias homosexuales parecía radicar directamente sobre la imposibilidad y su completa inutilidad, al contrario de las heterosexiales, que “implican la perpetuación de la especie y las antiguas estructuras sacralizadas de la familia”.

A criticas semejantes tuvo que enfrentarse Aciman cuando Call me by your name fue considerada una “fantasía sexual levemente cursi” por buena parte de los críticos, que optaron por desdeñar la poesía nostálgica de la adolescencia convertida en un espacio de gracia extraordinaria que sostiene la obra del escritor. A cambio, el escritor contraatacó en un extraordinario ensayo y dejó claro que su novela “no pretende redefinir el amor sino convertirlo en una versión de la belleza inexplorada”, criterio que sostiene no sólo su obra posterior sino esencialmente, el punto de vista de Aciman sobre las relaciones homosexuales. Tanto para Aciman como para Hollinghurst, el amor entre hombres tiene un dejo de autodescubrimiento, osadía y finalmente, algo muy semejante a un expresión de profunda convicción sobre la individualidad convertida en un ardid erótico y sensorial de extraordinarias proporciones.

En un espacio intermedio entre la percepción de lo erótico como puente para el autodescubrimiento planteado por Aciman y la belleza voluptuosa casi icónica de Hollinghurst, se encuentra What Belongs to You, la extraordinaria novela debut del escritor Garth Greenwell. Como si se enfrentara la percepción de Updike sobre el “sexo por el sexo gratuito”, la novela es una magnífica exploración sobre la fenomenología de la lujuria y algo mucho más profundo que elabora una versión de la realidad extravagante y casi dolorosa. Ambientada en la Bulgaria de principios del siglo XXI, la novela utiliza el concepto del país que debe luchar contra su reciente pasado comunista — y sus prejuicios — para comprender la forma en que se comprende la sexualidad en una sociedad en la que el sexo sigue siendo considerado tabú y la homosexualidad una forma de pecado que puede convertirse en una idea fronteriza sobre el bien y el mal. En la novela de Greenwell, el deseo gay sigue siendo un prejuicio con el cual luchar y una forma de estigma, por lo que contradiciendo a Updike, se trata de una concepción del yo mucho más profunda que la “autogratificación” y más cercana a la búsqueda de la identidad a través del cuerpo y el sexo. Para el autor, el sexo se convierte en un vehículo de expresión, de conocimiento pero sobre todo, una profunda percepción de la belleza que plasma a través de una prosa casi poética, elaborada sobre la ternura de cierta melancolía quebradiza.

Claro está, la novela también es una forma de provocación: la historia comienza con un hombre en busca de sexo anónimo y desinhibido. No obstante, el anónimo narrador recorre la ciudad de Sofía con un nerviosa mirada sobre su propia disyuntiva — ¿el deseo o la percepción de lo erótico? — hasta encontrar satisfacción al impulso primario a través de una meditada óptica sobre el absurdo de la insatisfacción y la búsqueda del placer. Cuando el personaje finalmente encuentra la gratificación, también comienza una relación misteriosa, tensa y llena de matices con un hombre que no sólo es su reflejo distorsionado sino el enigma, en medio del silencio de una ciudad extraña. Como un extranjero entre extranjeros, el personaje de Greenwell avanza hasta encontrar una percepción sobre el bien y el mal recóndito y amoral, pero también, los matices de algo mucho más vívido del sexo casual. Entre ambas cosas, Greenwell crea una atmósfera exquisita, una concepción de la ternura que resulta profundamente existencialista y sobre todo, una limpia crítica a los tabúes como elemento desigual que rige el norte y el secreto personal.

El libro, dividido en tres partes, está lleno de vívidas escenas sexuales pero también de una reflexión ponderada, ideal y madura sobre la madurez erótica y la búsqueda de la individualidad. La primera parte — titulada Mitko y publicada como novela independiente en el 2011 — mira al personaje principal y los comienzos de su relación con un hombre misterioso desde la periferia y cierta inquietud existencialista. Hay algo doloroso y vívido en la percepción desigual de ambos sobre lo que comparten — una especie de affaire sexual de alto voltaje con cierta conexión intelectual no del todo definida — que convierte a la narración en una búsqueda algo escueta sobre símbolos y significados personales. Se trata de un comienzo prometedor por supuesto, pero en exceso blando y que parece de hecho, sostenerse sobre la premisa de Updike de “nada de interés para el público general”. No obstante, Greenwell no se detiene en su narración profunda y melancólica y avanza en la segunda parte para llegar a la verdadera intención del libro: esa comprensión humana, despiadada y dolorosamente bella sobre las raíces del miedo, la orfandad espiritual y la búsqueda del significado intelectual. Titulada Un Sepulcro es la respuesta contundente a la trivialización y a la banalización de la sexualidad gay: su narración sobre su vida, percepción sobre la lujuria y la melancolía de la juventud perdida, el autor crea un marco perfecto para exponer el proceso de la verguenza de la sexualidad convertida en dolor, prejuicio y humillación. La descripción del narrador sobre su natal Kentucky establece paralelismos inmediatos con sus vivencias en Bulgaria y de pronto, la novela adquiere una profundidad que asombra por su agudeza. Todos estamos condenados a repetir el pasado, todos estamos aplastados por los ciclos incompletos creados por el dolor y el sufrimiento anónimo.

Con Pox — la última parte y perfecto cierre de la novela — Greenwell logra encontrar el equilibrio entre ambas cosas y compensa la versión de la realidad con una búsqueda casi natural de lo cotidiano. De la pasión desenfrenada de Mitko al dolor de Un sepulcro, el autor crea una versión de la realidad sensitiva, refinada y sugerente que elabora una concepción del amor gay por completo nueva en la literatura actual. Con su prosa vitalista, llena de una belleza desconcertante y a la vez dura — casi dolorosa — Greenwell atraviesa con facilidad el páramo de la angustia hacia la sutileza de la madurez intelectual con la vívida sensación que el mundo interno se extrapola más allá de la piel, como una forma de ternura. Con la misma capacidad para el color local y la fuerza meditada de Ben Lerner y Karl Ove Knausgaard, What Belongs you es una búsqueda de una intrínseca interacción entre la ternura, lo brutal de los secretos y la necesidad de encontrar un punto común entre ambas cosas.

Por supuesto, habrá lectores que insistirán que la historia de Greenwell no es del todo universal y que Updike, después de todo tenía razón. Pero en la medida que se profundiza en la obra de Greenwell, la percepción universal sobre el amor, la belleza y la dulzura crea una concepción sobre la historia que trasciende los límites sobre lo que cuenta para crear algo más elaborado, sensitivo y audaz. Un enigma dentro de un enigma, que por supuesto, tiene poco o ninguna relación con lo que se espera de ella o lo que se supone puede ofrecer el epíteto de novela gay. Al final What belongs to you, es una narración que intenta analizar búsqueda de individualidad desde lo espiritual, una creación dolorosa sobre la sensibilidad y sobre todo, una crítica historia de amor. Una mezcla casi imposible que Greenwall logra con un éxito arrollador.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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