Crónicas de los hijos de Clío:

(Puedes leer la parte I aquí)

Para Charles Dickens, la enfermedad, el dolor y el sufrimiento estaban vinculados de manera indefectible a la naturaleza humana. Mucho más aún, cuando debía enfrentarse al hecho que la evolución moral y ética, no se encontraba a la par de los progresos industriales que ocurrían a su alrededor. El escritor se encontró en mitad de un suceso histórico de proporciones extraordinarias: la llegada de la una tecnología rudimentaria destinada a suplantar la mano de obra del hombre común, cambió a Inglaterra — y después al mundo — en sus bases constitutivas.

Dickens fue un hombre del siglo XIX que miró el mundo con la inteligencia y y dureza de nuestra época. Una extraña combinación que, sin embargo, parece definir mejor que cualquier otra cosa, la prosa inolvidable de un autor insigne e indispensable en la literatura universal. Tan poderoso como Honoré de Balzac, inquisitivo a la manera de Alejandro Dumas, heredero de la poderosa percepción de lo humano de Stendhal, Dickens brindó a la literatura no una renovada mirada sobre el género de la novela. También, de esa emoción cercana y turbia que brinda a sus historias una esencial belleza.

Dickens no sólo brindó una inestimable profundidad a cada una de sus creaciones literarias — no en vano a David Copperfield (1849) se le considera “la novela más novela de todas las novelas” — sino que, además, logró el prodigioso logro de atraer la atención del mundo hacia el dolor real, el de la calle y la insondable tristeza el corazón humano. El escritor mostró tragedias que hasta entonces eran invisibles — como la situación de niños en orfanatos — y también la crueldad del siglo XIX, además de crear una nueva manera de comprender a Inglaterra, por entonces, imperio Incontestable. Porque Dickens, además de escritor, fue un duro y crítico observador de su época.

Era un hombre complejo. Con una curiosa sensibilidad, reflexiona acerca de las vicisitudes de una época de ruptura con mucha más claridad que otras grandes plumas. A diferencia de la gran mayoría de sus contemporáneos, el escritor se negó a sucumbir al recurso fácil del cinismo. Dickens era un soñador, un hombre íntegro y ufano que miraba el mundo con una enorme y casi ingenua esperanza. Tal vez por ese motivo, uno de sus libros más recordados y el que confirmó su fama mundial, Un cuento de Navidad (1843) sea una oda al espíritu humano, una moraleja moral astuta disfrazada como un relato emocional.

Para Dickens, la navidad era mucho más que una celebración religiosa. El autor brindó un sentido emocional y espiritual a una fecha con la intentó simbolizar lo mejor y lo peor de un mundo desigual y también, definir esa visión optimista del un siglo de progreso. No es casual, que un buen número de historiadores están convencidos de que la publicación de la obra transformó por completo la manera como la Navidad se percibía en una Londres herida por la racionalidad y el positivismo.

Para el año 1843, la cultura inglesa se había vuelto árida y descreída y la narración de Dickens, tan humana como esencial, creó toda una dimensión novedosa acerca del espíritu del hombre. “No sé si la idea de las navidades blancas convenció a Scrooge, pero desde luego nos convenció a nosotros”, escribió G. K. Chesterton en una cita rescatada por la BBC para un reportaje titulado Seis cosas que Dickens dio al mundo moderno. Dickens conservó la inocencia y más de una vez, insistió en que esa necesidad de ver el mundo con sencillez — nunca con simplicidad — fue lo que le permitió sobrevivir al sufrimiento de una realidad agónica.

El futuro a través de los escritores

Los fantasmas de Dickens reflejos de la idea básica y profundamente existencialista sobre la huella del hombre sobre la tierra, a pesar incluso de la muerte. “Siempre he observado que se requiere una fuerte dosis de coraje, incluso entre las personas de mayor inteligencia y cultura, cuando de lo que se trata es de compartir las propias experiencias psicológicas, especialmente si estas adoptan un cariz extraño”. Así arranca su relato Juicio por asesinato, recogido en el volumen Para leer al anochecer (1852), uno de los tantas historias de la pluma del escritor que usaba lo sobrenatural como recurso y también como escudo de su propia mirada al temor.

Lo sobrenatural en la obra de Dickens siempre tiene algo moral y significativo que expresar, como cuitas del presente o premoniciones inquietantes, en una evidente necesidad por dejar abierta la aspiración del hombre y la verdad como un legado de la memoria. Los fantasmas de Dickens, como sus detalladas descripciones sobre el sufrimiento, la pobreza, la soledad y el abandono, encarnan historias de redención, que avisan lo que ocurrirá o incluso, son parte significativa de esa noción de verdad y justicia en el que escritor insiste en su obra.

Por ese motivo, el talento extraordinario de Dickens no puede separarse de su vida, su entorno, el contexto, su mirada y sobre todo, esa Londres indiferente, maravillosa, moderna y, pero aún, así árida, que tanto amó y observó con ojo crítico. Es imposible comprender a Dickens, sin las calles tormentosas de una ciudad que se contempla así misma como centro de la modernidad. Para comprender su obra y su trascendencia, Dickens debe ser analizado en el contexto de su época y de la cultura que le educó y le formó.

Londres y Dickens forman una única idea literaria. De hecho, Peter Ackroyd escritor y biógrafo del autor, sostiene en su libro Dickens publicado en 1990 que “Londres influyó tanto a Dickens que se puede decir que su genio dependió del entorno londinense, fue un gran visionario que vio en las calles de Londres un universo entero, de alegría, de sufrimiento. Los dos estaban profundamente conectados y entre los dos crearon el más maravilloso retrato de la humanidad en el siglo XIX”. Una parte esencial de la obra de Dickens no solamente se limita a mirar a Londres, sino que la transforma en un personaje, la recrea con un espíritu propio que sin duda la hace una parte esencial de la historia y la visión que asume como parte de sus historias. Quizás, con su inquebrantable optimismo, Dickens no pudo mostrar a la Londres real a plenitud. Escondió sus pequeños defectos, sus tristes trozos de mezquindad y angustia. Pero aun así, la Londres que surgió de la pluma de Dickens resulta una criatura extraordinaria e inolvidable. Ese fantasma anónimo que habita en cada obra del autor. La lección que se aprende, la mirada que se asume como real y hermosa.

Más allá de su magnífico legado literario, Dickens logró conjugar en un mismo espacio de letras y páginas, dos visiones yuxtapuestas de una misma idea metafórica: Londres como un personaje, la época victoriana como telón de fondo y la necesidad de reivindicación como aspiración elemental de todo espíritu ilustrado. Y en medio de esa inexplicable mezcla, el fantasma del sufrimiento, de los horrores que ocurren en la periferia. Como deja muy claro Steven Pinker en su ensayo The better angels of our nature: “Oliver Twist y Nicholas Nickleby abrieron los ojos de la sociedad sobre los malos tratos a los niños en los albergues y orfanatos”. Hasta entonces la pobreza era parte de la Londres desconocida, del rostro oculto de una sociedad que se mira así misma con un refinamiento engañoso e hipócrita. A través de la pluma de Dickens, la ciudad se redescubre, la belleza se transforma en algo más elemental y sustancioso y lo trascendente, en una huella perdurable de pura interpretación moral.

Dickens fue un hombre de su época. Vivió y escribió en una ciudad que se consideraba la capital del mundo. Y por si eso no fuera suficiente, fue testigo de las transformaciones de un siglo que cambió la historia y construyó el presente: Para 1851, la población urbana se convirtió en mayoritaria en el Reino Unido. Londres y de hecho, Inglaterra resurgió de su historia para convertirse en algo más fecundo, pero también destructor. La prosperidad — y la promesa de obtenerla — transformaron para siempre el rostro de la ciudad: con los cientos de desposeídos que viajaban de todas las regiones del país para vivir en condiciones muchas veces de una pobreza atroz. Justo en el epicentro de toda esa recreación y destrucción, de esa poderosa nueva mirada al futuro, Dickens se asombró y se horrorizó por lo que contaba la nueva visión del mundo, por el sufrimiento insoportable y las promesas enormes de milagros y portentos. Una Londres industrializada que extendió su influencia a toda Europa y creó a toda una nueva generación de escritores y visionarios. Los niños perdidos de una época de milagros desconcertante.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

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