Crónicas de los hijos de Apophis

El escritor John Reed nació y murió en épocas de ruptura. Fue el hijo de una acomodada familia a finales del 1800, décadas que crearon una nueva perspectiva sobre el mundo, en un continente recién nacido, en un país que comenzaba a construir su identidad, paso a paso, idea sobre idea. Y murió en plena grieta histórica: en la Rusia que aún se sacudía con el ardor revolucionario. Una coyuntura de la que fue testigo y narrador. Con toda probabilidad, gracias a esa específica e irrepetible circunstancia, la obra de Reed tiene el valor de la interpretación de la circunstancia como elemento fundamental de lo que se crea y más aún, se expresa. Y es que el escritor comprendió el momento histórico que le tocó vivir con una claridad meridiana que aún sorprende por su precisión. Para Reed el oficio de contar historias no se limitó simplemente al hecho que asume real, sino la manera como esa realidad — la narrativa, la que construyó a partir de una percepción esencial sobre el mundo — construye una interpretación de si misma. Un riesgo medido pero fructífero que le permitió reflexionar sobre la historia desde cierta distancia intelectual y sobre todo intelectual.

En una ocasión, se le preguntó a Reed como podría describir su obra. El autor se tomó unos minutos para responder. “La asumo como una pieza de resistencia, un reflejo de como vivo, más que cualquier otra cosa”. Una percepción que parece abarcar su propia historia: durante la niñez, Reed fue un niño enfermizo que permaneció durante largas temporadas recluido en la casa paterna. Comenzó a leer y a escribir por mero tedio y después, se obsesionó con la palabra escrita tanto como para considerarla su tabla de salvación, el método a través del cual logró sobrevivir a sus prolongadas ausencias del mundo real. Finalmente, el autor reconocería que fue esa extraña infancia enfermiza lo que le proporcionó el primer impulso como escritor: Una búsqueda de la realidad desde la periferia, una comprensión elemental del mundo que llegó a serle desconocido a fuerza de ausencia.

Conservó esa percepción privilegiada de la realidad al hacerse adulto. Dedicó buena parte de sus primeros viajes juveniles a Europa a escribir algunos artículos cortos sobre la situación política con un estilo crítico desconocido por entonces. Una y otra vez, analizó las incipientes transformaciones culturales y sociales del viejo continente con una sorprendente objetividad. Luego, apenas con veinte años se estableció en Nueva York, donde el periodista Lincoln Steffens le ayudó a conseguir sus primeras publicaciones como articulista. A pesar de su juventud, ya sus textos reflexionaban sobre la realidad y la historia con una dureza atípica y una capacidad de análisis que cimentaron su posterior obra literaria.

El primer atisbo de lo que sería la poderosa narrativa de Reed se vislumbra en su reportaje sobre La huelga de Paterson, Nueva Jersey, ocurrida en 1913. El reportaje no sólo describió con meticuloso detalle el suceso sino además, le brindó una profundidad histórica inédita en productos literarios semejante: Para Reed la historia no era sólo la mera confluencia de los sucesos que le dieron forma, sino algo mucho más sustancioso y amplio. Una percepción que le acompañaría en lo que sería uno de sus libros más complejos México Insurgente, publicado en 1914. En su larga investigación durante el México en plena guerra civil, el periodista encontró no sólo una manera de mostrar todos los rostros del conflicto, sino de además, elaborar un contexto muy claro sobre la circunstancia. De nuevo, Reed demostró su implacable olfato para encontrar los elementos esenciales que sostienen todo suceso histórico . Además, desmenuzar sus elementos constitutivos bajo el cariz de la narración periodística.

Parte de esa noción sobre la historia que se construye a partir de los elementos disparen que la sostienen, fue la que le permitió elaborar la que se considera la perspectiva más poderosa sobre los conflictos políticos europeos en la primera mitad del siglo XX. Luego de su estadía en México, Reed partió hacia el frente Europeo, como corresponsal americano en plena Gran Guerra Mundial. Sus artículos, un compendio de análisis, narraciones independientes y crónicas periodísticas de hechos específicos, fueron el primer acercamiento para muchos estadounidenses del conflicto que comenzaba a fraguarse en el viejo continente. Publicados bajo el titulo La Guerra en Europa Oriental la colección muestra el mejor estilo de Reed: desde sus concienzudas descripciones sobre los incipientes frentes de batalla y las circunstancias que los rodean, hasta sus durísimas reflexiones sobre las implicaciones del conflicto. Una visión renovada sobre el periodismo de guerra y sobre todo, la capacidad del periodista para la reconstrucción del hecho en favor de la historia que analiza.

En 1917, Reed viaja a Rusia como corresponsal y testigo de excepción sobre los primeros años de la Revolución en el país. El resultado es el libro que aún continúa considerándose como una obra maestra de la obra periodística: Los Diez Días que Conmovieron al Mundo. No sólo se trata de la versión periodística más exacta y objetiva sobre los sucesos que cambiaron la historia soviética para siempre, sino que además, un reflejo de invaluable valor sobre la transformación definitiva del poder como se le conocía hasta entonces. Porque Reed no sólo captó el hecho y la realidad inmediata, sino la trascendencia del suceso histórico del que fue un testigo de excepción.

En más de una ocasión, se ha dicho que el texto de Reed pierde consistencia en favor de la fidelidad de la historia, lo cual no deja de ser cierto. La historia, que avanza con dificultad entre cientos de sucesos distintos y sus numerosas implicaciones, resulta confuso y hasta abrumador en medio de detalles, fechas y datos de cuestionable importancia. Aún así, Reed logra avanzar más allá de la mera enumeración de la circunstancia y crea un cuidadoso mosaico que finalmente reconstruye la historia brindándole además un necesario contexto. Reed no sólo cuenta la historia, sino que además, muestra el peso y la importancia de los hechos que la conforman. Transita desde la perspectiva individual hasta crear un panorama que intenta integrar las acciones, visiones y consecuencias que brindaron sentido no sólo a la Revolución Rusa, sino a una ruptura histórica de imprevisibles consecuencias.

Tal vez por todo lo anterior, resulte inevitable idealizar a Reed como la quintaesencia del periodista: esa concepción del oficio desde el punto de vista de la pulcritud y el compromiso con la objetividad en estado puro. Y es que a pesar de las recurrentes críticas que le acusan de propagandístico e incluso amarillista, Reed estuvo muy cerca de serlo. Con una dedicación casi monacal por la investigación y un punto de vista escrupulosamente objetivo, logró reconstruir la historia no sólo para el lector de su época sino como una pieza trascendente dentro de la necesidad de la reconstruir lo que ocurre como un legado permanente. Una visión elemental sobre la historia que se crea a diario y finalmente sostiene el futuro desde una interpretación esencial.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

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