Crónicas de los hijos de Apolo

Poco antes de morir, Arthur C. Clarke escribió lo que se considera su último gran manifiesto por el poder de la imaginación aplicada a la ciencia: “Que la humanidad reciba alguna evidencia de la vida extraterrestre, que abandone su adicción al petróleo a favor de otras energías más limpias, y que el conflicto que divide Sri Lanka llegue a su fin y se imponga la paz”, un deseo que tiene algo de humilde reflexión sobre el futuro. Lo curioso de la frase — y sus implicaciones — es que el autor de novelas como Cita en Rama o La ciudad y las estrellas siempre estuvo convencido que restaba muy poco para ese primer contacto, esa primera gran conversación con el porvenir y sus posibilidades.

Se trata de una contradicción que, por años, se debatió para intentar comprender la forma como el escritor comprendía los alcances del género al que dedicó la mayor parte de su vida. Clarke creía en la ciencia ficción como un diálogo acerca y desde la incertidumbre, de modo que esa súplica postrera de introspección colectiva, resulta desconcertante. Pero el escritor, siempre analizo el mundo desde esa perspectiva dual. De hecho, parte de esa certeza, ya está en su cuento corto El Centinela, que analiza el hecho de la experiencia del ser humano al comprender sus límites y asombro por el infinito que le rodea. También el peligro que entraña esa experiencia. Publicado en 1951, el cuento es una revisión sobre todos los tópicos habituales del género de ciencia ficción, pero además, hay algo más: un raro pesimismo que se adivina entre líneas. Una extrañísima visión sobre esa esperanza difusa impulsa al ser humano a creer que no está completamente sólo, que más allá de los confines de su imaginación, hay algo más.

El cuento no llega a responder preguntas — no lo intenta — y esa incertidumbre difusa fue lo que hizo que se le catalogara como “pretencioso y arrogante”, una crítica que soportó por décadas. No es algo sorprendente: el género de ciencia ficción siempre ha estado en entredicho, quizás por los desiguales resultados de las propuestas o por esa insistencia en los clichés y lugares comunes que en ocasiones. Pero Clarke fue más allá y profundizó en la ciencia ficción como terreno del asombro basado en la curiosidad intelectual. Una interpretación científica del arte — o en todo caso, esa percepción de lo científico interpretado desde el cariz de la imaginación humana — que le brinda símbolos y metáforas propias. En especial, al asumir que buena parte de nuestra mirada hacia el futuro está basada en la incertidumbre: “no sabemos que vendrá, hacia dónde nos conducirá o qué encontraremos al llegar. Esa es la constante del futuro” escribió Clarke en 1960, en uno de sus artículos publicados en la revista Playboy.

Algo parecido teorizó el Científico húngaro Zoltán Galántai, que durante buena parte de su vida analizó la posibilidad que cualquier inteligencia extraterrestre, sea por completo inexplicable para nuestra percepción del hombre y por el hombre. En otras palabras, que sea una incógnita incierta. Galántai asumió el hecho de la existencia — la versión del bien y del mal, la incertidumbre de lo desconocido y sobre todo, la concepción sobre la identidad — como una serie de elementos angulares hipotéticos que se basan en la percepción del hombre sobre lo que le rodea. De modo que un indicio de vida que no pudiéramos explicar según nuestros límites, sería de hecho inconcebible. Una mirada hacia lo imposible y lo indefinible basada en nuestra imaginación y nuestro intento por explicar lo inefable. Una forma de magia, quizás.

Lo mismo pensaba Clarke, que insistió en sus célebres leyes que una tecnología muy avanzada es indistinguible de la magia y que sin duda, podría resumir la forma en que la ciencia ficción entra en dialogo con la fenomenología del hombre como ser racional. El escritor meditó sobre el hecho que el hombre asume la realidad desde lo primitivo, por lo que en esencia, elaboramos ideas complejas a partir de lo que comprendemos de forma progresiva como realidad. Tal y como insistía el gran filósofo ocultista Robert Fludd, la imagen del infinito y el vacío insistente es la mera ausencia de cualquier idea que pueda conceptualizar la realidad. Fludd también insistió que, incluso, fenómenos físicos y naturales por completo medibles, pueden analizarse desde cierta óptica de la maravilla. En eso que coincide con Clark, que llegó a decir que una tecnología aún más avanzada de la que podemos imaginar — y en su momento, podía predecir a través de la literatura — era una predisposición a pensamientoa asombroso, indistinguible de las propias leyes de la naturaleza (e incluso manipularlas de forma imperceptible). Una noción que abarca desde lo que creemos es la realidad (o en el mejor de los casos, lo que asumimos como una idea perenne sobre la individualidad) y el hecho básico del futuro a través de una hipótesis incierta.

La ciencia ficción se basa, en esencia, en predecir y explicar la incertidumbre acerca de lo que podemos esperar, cuando todo lo que podemos explicar desaparezca. Eso hace de lo especulativo en medio de una formidable disyuntiva: ¿Cómo asimilamos el hecho de la finitud de la mente humana en contraposición con las promesas de lo científico? Una vida más larga, cuerpos más fuertes, exploraciones espaciales, viajes en el tiempo. La ciencia ficción responde a todas nuestras preguntas sobre las posibilidades — intenta hacerlo — a la vez, que sostiene un recorrido profundo por los temores que alientan su existencia. Desde el pesimismo hasta el asombro por la posibilidad de entender qué ocurrirá, la finitud del hombre dota al género de un especial significado.

Isaac Asimov también creía que el núcleo de la ciencia ficción, era consolar esa ausencia de parámetros claros para imaginar un mundo más allá de lo humano. En su colosal Saga Fundaciones (que nació como una trilogía y terminó extendiéndose como una gran nomenclatura fantástica a través de toda su obra) el autor imaginó a la Galaxia como una especie de terreno inexplorado, a mitad de camino entre el asombro mágico y la anuencia de lo ponderable como científico a través de la curiosidad humana. En los mundos de Asimov, la belleza se asimila a través de la tecnología y de la misma manera que para el astrofísico ruso Nikolái Kardashov — que creó la famosa escala de Kardashov como método para medir el grado de evolución tecnológica de una civilización — asume el hecho de la mirada hacia el infinito como parte de la interpretación pragmática de la identidad colectiva. Para Asimov, la psicohistoria es una percepción sobre la realidad que va desde la tecnología al tiempo, la percepción sobre el devenir de la historia y la osadía de la imaginación. Por tanto y según la perspectiva del escritor, el comportamiento de lo que somos y deseamos ser como cultura y sociedad puede ser predecible, lo que convierte a la ciencia ficción en un manifiesto extraordinario y de un enorme valor como documento intelectual.

Ursula K. Le Guin, decana el género de Ciencia Ficción, solía insistir que la literatura del género es una manera de construir el futuro. Lo hizo, luego de de asumir el poder de la palabra como no sólo una de crear, sino también de comprender las diversas transformaciones que la mente humana atraviesa. En especial, Le Guin se hizo preguntas sobre la percepción del tiempo, el hombre como criatura, la posibilidad de una nueva frontera en la concepción de lo real. La obra de la escritora logra traducir y reconstruir la visión que el hombre tiene sobre sí mismo y sobre todo, el cómo las transformaciones del mundo y su historia. Según la autora, más que un género literario, la ciencia ficción es un espejo en el que se refleja los temores y esperanzas del espíritu humano trascendencia.

¿Qué es la ciencia ficción? Más que un subgénero literario, es una búsqueda consciente de construir un espacio en que la fantasía — el vehículo por excelencia para reimaginar la realidad -, puede fundir su valor con la cualidad de lo científico para forzar límites. Para explorar el poder de la mente del hombre para crecer y contemplar el infinito desde sus medios, en ocasiones rudimentarios, otras veces más poderosos. Para bien o para mal, la ciencia ficción existe porque el temor y la esperanza no son suficientes para consolar los viejos anhelos del hombre sobre su historia y lo que le espera. Y ese es su mayor legado.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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