Crónicas de los hijos de Apollo

Océanos de estrellas, lirios azules y un gigante perdido. (Parte III)

Oscar Wilde murió el 30 de noviembre de 1900, entre terribles dolores. Ocupaba una destartalada y muy estrecha habitación en París. Tenía 46 años, había padecido una larga agonía en medio de la pobreza, perdido a buena parte de su familia y también, el prestigio que había obtenido en una meteórica, fulgurante y efímera carrera como escritor. El día de su muerte, permaneció por horas tendido en la cama. Robert Ross, su antiguo amante y amigo, le acompañó en las últimas horas. “Habló sobre la belleza de la luz” contaría después Ross. “Con una ternura y una emotividad que me hizo llorar, porque sabía era una forma de despedida”.

Wilde, que había deseado ser famoso durante toda su vida, logró su deseo. Pero como si tratara de una nueva dimensión de su nihilismo y burlón sentido de la sátira, la repercusión que había imaginado se transformó en una pesadilla moral que destrozó cada uno de los elementos que sostenían su personalidad y su vida. La aterradora visibilidad fruto que le brindó los juicios a los que se enfrentó, transformó el reconocimiento en un estigma. Años después, ambos procesos legales se recordarían como los más duros, públicos y recordados de la historia. Una travesía en cortes que había destrozado a Wilde emocional e intelectualmente, llevado a la verguenza a su familia y lo que le resultaba aún más incomprensible, a una especie de metódica venganza. Sólo “por amar”, diría a Robert Ross en 1899 “ese ha sido mi gran pecado”.

Pero 1890, el escritor acaba de publicar El retrato de Dorian Gray y era centro de un escándalo considerable. Uno que cruzó el Océano y le transformó en una controvertida figura. Por un lado, su primera y única novela avivó la discusión sobre “su vida secreta” y por otro lado, le convirtió en el personaje más celebrado, temido y admirado en una Londres victoriana en busca de alicientes. Oscar y su obra se volvió motivos de debates, en un tipo de escándalo en estado puro que avergonzó a su esposa Constance Lloyd — Wilde, despertó habladurías a lo largo y ancho de Inglaterra e incluso llegó a los oídos de su madre, que hasta entonces siempre le había apoyado. Jane Wilde, una poderosa poeta, le escribió preocupada por los rumores que llegaban en forma de consejos bien intencionados de amigos y cercanos del mundo literario. “Sólo soy famoso” escribió a su madre. En realidad, para finales de 1890, Oscar Wilde era una celebridad por el mero hecho de ser inclasificable. Alto, corpulento, vestido de terciopelo y encajes, con la mejor conversación de Londres “y la peor reputación”, los estudiantes, actores y literatos se disputaban su atención. Pero Wilde tenía tiempo y además, la energía tanto para los grandes debates, como para las opíparas cenas en clubes y restaurantes, en los que era reconocido por su capacidad para la dialéctica y su aguda inteligencia. Londres estaba asombrada por la capacidad del escritor para sobrevivir a la polémica, disfrutar de un aparente escarnio público y además, seguir escribiendo obras de éxito a un ritmo considerable y con una prosa privilegiada. “Era brillante, inconforme y asombroso” le describiría André Gide “Un amenaza en una época melancólica”.

Amenaza o no, sin duda Wilde disfrutaba de semejante atención. Desde Oxford era conocido por sus ocurrencias. La ya clásica frase “Cada día me resulta más difícil estar a la altura de mi porcelana azul”, hizo reír y maravillarse de asombro a los esteticistas, que le recibieron con los brazos abiertos. Wilde era un hombre que además, tenía un lado laborioso y meticuloso, que desmentía su aparente frivolidad. En Oxford logró los mayores honores, pero más que hizo, articuló una red de conexiones sociales que le convirtió en una diminuta celebridad. Cuando decidió establecerse en Londres, a finales de 1879, se hizo más extravagante y notorio. Llevaba bastón con punta de plata, largos abrigos neorrenacentistas y se atrevió a discutir en voz alta todo tipo de temas, en los que antes había mantenido una notoria discreción. Sus conocimientos sobre la vida griega, poesía y después, de esteticismo le hicieron una rara curiosidad. Era un académico de notorio talento, pero también un hombre capaz de entablar conversaciones ligeras con cierto sesgo mordaz. Eso le valió una reputación de hombre liberal, deslumbrante y sin duda, que inquietaba a la moral más rancia de Londres.

Además, ya se hablaba sobre él como una figura de trascendencia en ciernes. En 1881, recopiló todo lo que había escrito hasta entonces y publicó su primer libro titulado simplemente Poems. No fue un éxito, pero dejó claro que el joven escritor de 27 años de edad, tenía un talento considerable para el verso y una voz poética que podía hacerse más elevada. Pero para Wilde, la noción y la necesidad se basaban en la percepción de un futuro posible, basado “sólo en escribir poesía”. En realidad, la dramaturgia y la ficción, fueron accidentes en medio de su obra, pero le permitieron experimentar y crear algo por completo novedoso sobre la forma de narrar historias. Su sardónico sentido del humor estaba en todas partes, era parte de todo su trabajo, ya fuera poético o en prosa. Y la belleza estilística, en contraposición al subtexto conceptual, obraron maravillas con sus primeros trabajos.

El escritor estaba fascinado con la facilidad que resultaba crear polémica. Tanto, como para que durante su viaje a norteamérica en 1882, despertara discusiones y como no, admiración por sus trajes elaborados, la puesta en escena de sus conferencias y su sentido del humor. Se burló de estudiantes universitarios en Nueva York, pero fascinó — por extraño que parezca — a un grupo de mineros de Colorado, que escucharon con atención sus largas explicaciones sobre la “belleza de la oscuridad”. De vuelta a Inglaterra, siguió recorriendo el país con sus extrañas conferencias y se hizo reconocido como rareza académica, una especie de petulante de salón que terminaba por cautivar por su agudeza intelectual. En 1883, conoció a Constance y contaría que le deslumbró “el aspecto de Lirio” de su futura esposa, una celebrada belleza de la ciudad. El noviazgo fue motivo de sorpresa y algunas murmuraciones. Pero el 29 de mayo de 1884, contrajeron matrimonio en Paddington, Londres. “Fui genuinamente feliz” llegaría después a decir. “Incompleto, confundido, pero feliz”.

El primer hijo de la pareja nació al año siguiente: Cyril fue un bebé sano “que afortunadamente era hermoso como su madre”, escribió Wilde a su madre. Para entonces la pareja vivía en un piso cómodo y amplio gracias a la dote de la joven esposa y para cuando llegó el segundo bebé, Vyvyan, disfrutaban de un relativo lujo gracias al éxito de las conferencias de Wilde y el hecho, que su libro Poems, se vendía mejor de lo esperado. Era una época de relativa paz, que el escritor después idealizaría al recordar que quizás, fue la única época en la que pudo aspirar “a la belleza de las cosas triviales”. 1888 se publica El príncipe feliz y otros cuentos y lo que había sido un experimento familiar — cuentos de hadas escritos para sus hijos — se convirtió en un extraño e inusitado éxito editorial. Ya por la fecha, había algunas habladurías sobre su amistad con Robert Ross, a quién había conocido en 1886 y con quien mantuvo una estrecha amistad que provocó su primer escándalo real en Londres. Wilde actuó con cautela y aunque jamás dejó de ser cercano a Ross, se aseguró de dejar claro que lo que había entre ambos era una relación “más bien corriente”. Mientras tanto, dedicó tiempo y esfuerzo a pulir su ingenio, se convirtió en habitual de bares de académicos y club de caballeros. Para cuando El retrato de Dorian Gray se publicó, era una celebridad que utilizaba su reconocimiento como una forma de subversión.

“Nunca he ido más feliz y más odiado” escribiría a Ross en enero de 1891, el año que después como el principio de todos sus dolores y tragedias futuras.

Lord Alfred Douglas fue problemático desde la infancia y como hijo de John Sholto Douglas, 9.º marqués de Queensberry, su rebeldía temprana fue considerada además un motivo de enfrentamiento familiar. El marqués era un hombre desagradable y de hecho, en su entorno se le consideraba brutal y violento. Promotor del boxeo moderno, era un hombre que que solía golpear con frecuencia a sus hijos y a su esposa, Sybil. También era conocido por sus borracheras y su carácter pendenciero, la mayoría de las veces vulgar.

Para evitar que la influencia de padre afectara a los hijos, Sybil envió a todos a estudiar a universidades reconocidas apenas alcanzaron la adolescencia. Lord Alfred fue admitido en Winxenford School y en el Winchester College. Ya por entonces, era de una belleza “asombrosa”, pero a la vez, un hombre con problemas que era considerado a su modo “tan peligroso y tan grotesco como su padre”. Las peleas entre ambos eran públicas, terribles y siempre dolorosas. En especial, cuando los primeros rumores sobre la ambigua sexualidad de Alfred, llamado en Oxford Bosie” comenzaron a escucharse en los predios del marqués. Hubo peleas, disputas y varios escándalos. Incluso los rumores de una paliza en la que Alfred estuvo a punto de perder un dedo de la mano y que su madre ocultó de la policía para evitar una situación “más complicada”.

Corría el 1890 y Bosie era alcohólico, con tendencia al comportamiento agresivo y también, parte del submundo gay de Londres. Su vida desordenada era la comidilla de los círculos nobles de la ciudad y el marqués llevaba años tratando de acallar las habladurías, sin lograrlo. El mismo año en que Wilde se convirtió en el hombre del que todos hablaban debido a la novela El retrato de Dorian Gray, Bosie sufrió una crisis de alcoholismo tan considerable, que su padre le encerró en casa y le mantuvo vigilado hasta que “aceptó contener su comportamiento”. Pero para principios de 1891, Bosie volvió a frecuentar bares y los antros más siniestros de Londres. Y fue entonces cuando Wilde, el hombre de moda, la celebridad más frívola e inofensiva de Londres, se enamoró de él.

La atracción fue inmediata. Para Wilde, Bosie era la encarnación de sus ideales estéticos, de todas sus creencias de la belleza absoluta, ideal y etérea. Para Bosie, Wilde era el medio ideal para irritar aún más a su padre. La relación comenzó pronto y para 1892, todo Londres estaba sorprendido por “la poca discreción” del escritor y el joven Lord. Iban juntos a todas partes, llegaron a posar para fotografías e incluso hubo rumores de besos y otras muestras físicas de amor públicas, que escandalizó a la ciudad. La fama de Oscar Wilde creció, pero con un trasfondo oscuro. En medio de la polémica, una versión ampliada de El retrato de Dorian Gray fue publicada por Ward Lock & Co en abril de 1891. El libro se vendió con rapidez y se convirtió en un tardío éxito de temporada. El romance entre Wilde y Bosie se hizo más visible. Un desafío notorio a una sociedad cerrada, conservadora y reaccionaria. Pero Wilde confiaba en su fama, en su renombre y desatendió todo consejo y todas las voces que le advertían del inminente desastre. “Sólo es amor” escribió al preocupado Ross, cuando este le advirtió del riesgo que corría al insistir en su relación con Bosie.

A principios de 1892, Wilde estrenó El abanico de Lady Windermere y de hecho, todas sus siguientes obras, eran divertidos e ingeniosos argumentos de comedia social. La crítica adoró la nueva muestra de talento. No obstante, Wilde atravesaba la presión cada vez más dura de una ciudad que por un lado le admiraba y por otra, se hacía más hostil. Para cuando se estrenó The Importance of Being Earnest”, era evidente que el autor estaba al borde del abismo. La noche del estreno — un éxito clamoroso — lo llevó al pináculo de la fama, pero también le hizo más notorio y una figura de peso, que comenzaba a ser reconocida y además, a convertirse en motivo de preocupaciones para los extremos más conservadores del mundo literario londinense. Bosie, sentado entre las primeras butacas el día del estreno, saludó y se sonrojó ante una reverencia de Wilde. La anécdota apareció en varios periódicos al día siguiente. Wilde recibió varias cartas de amenaza e incluso, llegó a recibir una recomendación anónima de mantenerse “lejos de sus cercanos” por unos meses. El escritor desoyó cualquier consejo.

El 18 de febrero de 1895, el marqués de Queensberry envió una carta de visita a Wilde al club de caballeros que solía frecuentar con una nota escrita a mano. “Para Oscar Wilde, que presume de Sodomita”. Hasta entonces, las acusaciones contra Wilde habían sido veladas, rumores y habladurías. Pero esta vez era una acusación directa. Con todo, el primer impulso del escritor fue alejarse de Bosie o refugiarse en el seno familiar, pero su amante insistió días seguidos, hasta que Wilde tomó una decisión disparatada: demandar al marqués por difamación. El escritor estaba aterrado de lo que podía ocurrir y también, deseaba presentarse como “campeón de respetabilidad en la conducta, del puritanismo en la vida y de la moralidad en el arte”. De modo que decidió defenderse de la acusación en tribunales. Todo el círculo de cercanos y parientes de Wilde le recomendaron abandonar semejante empeño. Pero Wilde, alentado por Bosie y convencido de la necesidad de demostrar su completa inocencia, insistió. Por supuesto, no era una decisión del todo llevada por el idealismo. Si quería continuar una carrera literaria y como dramaturgo en Londres, necesitaba demostrar su inocencia. O al menos, dejar en claro, que no había una acusación real en su contra.

El marqués contraatacó y acusó a Wilde de “grave indecencia”, la forma a la que por entonces, se denominaba a homosexualidad pública o privada. El escritor se encontró de pronto en medio de todo tipo de testimonios de mucamas de hoteles, servidumbre y hombres a quienes había frecuentado antes o después. Edward Carson, el abogado del Marqués, hizo desfilar a toda una serie de desconocidos que hablaron sobre las visitas de Wilde a hoteles en compañía de jóvenes, de lavanderas que hablaron sobre “extrañas suciedades” en sábanas, de vigilantes que afirmaban haberle visto “tocar e incluso besar” a hombres de forma atrevida. Al final, fue El retrato de Dorian Gray el mayor testimonio en su contra. Carson leyó en el juzgado varios de los capítulos del libro y hizo, desde la copia original sin correcciones, que en norteamérica, no llegó a publicarse “Es bastante cierto que te he adorado con mucho más romance de sentimiento que el que un hombre suele dar a un amigo. . . . Admito que te adoré locamente, extravagantemente, absurdamente” leyó Carson en voz alta, un diálogo que aterrorizó al jurado. De inmediato, los detectives privados contratados por Queensberry hicieron pasar a todos los testigos, los jovencísimos “muchachos de alquiler”, los amantes anónimos de universidades. Todos señalaron a Wilde como culpable. Todos dieron detalles que horrorizaron a un público que deseaba odiar al chivo expiatorio de una moral provinciana y agonizante.

En el primer juicio, no hubo unanimidad. En el segundo, hubo el doble de testigos y testimonios. Finalmente, el veredicto fue de culpabilidad y el juez presidente Charles Frederick Gill declaró que declarar la pena, le satisfacía y le honraba. “Este es el peor de todos los casos que he enfrentado alguna vez”. Wilde fue condenado a dos años de cárcel, el marqués exculpado y Bosie protegido por las poderosas maquinaciones de su padre.

En 1906, el sexólogo, médico y activista social británico Henry Havelock Ellis, reflexionó en su libro Sexual Inversion, insistió que todo lo ocurrido con Wilde había sido “una muestra de la barbarie de la sociedad sin control del odio”, además de precisar que todo lo ocurrido dentro del juzgado “en general contribuyó a dar precisión a las manifestaciones de la homosexualidad”. El sexólogo analizó lo ocurrido como un juego de intereses y resumió su postura en una línea que pasó a la historia.“Estoy listo para dar un golpe, cuando llegue el momento, por lo que consideremos correcto, honorable y limpio “.

Luego de su muerte, Wilde se convirtió en un mártir. Un hombre admirado y que despertó la simpatía de todo tipo de escritores alrededor del mundo. Su obra comenzó a analizarse desde otra perspectiva y de hecho, se convirtió en un símbolo involuntario de la represión y la violencia contra la diferencia. En 1909, se llevó a cabo una reimpresión ilustrada de El retrato de Dorian Gray y en el prólogo sin firma, se incluía una anécdota que nadie pudo comprobar antes o después. Según la narración, en 1890 el escritor entró en un café de París y se acercó al director de la orquesta que por entonces tocaba en el pequeño local. Se trataba de algún antro desconocido, de esos tan de moda en las postrimeras del siglo, que disfrutaba de su sordidez como forma de rebeldía. Muy probablemente por ese motivo, Wilde entró y comenzó a explicar: “Estoy escribiendo una obra sobre una mujer que baila, con sus pies descalzos, sobre la sangre del hombre del que estaba desesperadamente enamorada y ha matado”. Nadie se sorprendió. A veces imagino al curtido director de orquesta, con la cara regordeta y un bigote a la moda de la época, escuchando con deleite las palabras de Wilde, la descripción de esa escena literaria a punto de nacer. Después Wilde agregó: ¿”Podrían tocar ustedes algo que se adecuara a eso?”. Los músicos, quizás permanecieron un momento en silencio paladeando la imagen y la petición, soñando con esa escena de pesadilla de extremada belleza: La mujer espléndida bailando descalza sobre un charco de sangre, los ojos llenos de lágrimas, la sonrisa triunfal y crispada. ¿La locura quizás? ¿Quién podría decirlo?. Entonces tocaron la pieza imaginaria, porque como buenos parisinos, a nadie sorprendió la solicitud del escritor. Se cuenta que fue una melodía terrible, inquietante y siniestra, tan hermosa como tenebrosa. E imagino también la sonrisa de Wilde, satisfecho, creando, paladeando la música con un tipo de sensualidad que nadie comprendería muy bien. Seguramente, Oscar Wilde regresó a su habitación para seguir escribiendo su obra Salome.

Oscar Wilde estaba convencido que la belleza redimía, por el solo hecho de elevarse sobre lo común, de construir ideales sobre lo real, lo rutinario y conocido. Y sus obras reflejan esa convicción, esa necesidad de meditar sobre el mundo y la circunstancia del hombre a través de símbolos estéticos, en una especie de filosofía de lo bello, de lo excelso, de lo extraordinario. Wilde, más allá de su fama de superficial, era un hombre tremendamente transcendental, que podía encontrar lo místico incluso en las cosas más simples. Desde sus cuentos para niños hasta su dolorosísima De Profundis, Wilde medita sobre la naturaleza humana despojándola de lo ordinario para brindarle algo de sublime, una ternura deliciosa, quizás un mirada cínica que no llega a ser burlona. Tal vez por ese motivo, para sus contemporáneos y mucho de los críticos a los que se enfrentó ferozmente durante toda su vida, Wilde era un hombre superficial, un fantasma de si mismo. Eran tiempos donde se ensalzaba la solemnidad, un tipo de profundidad sacralizada en el sufrimiento y la mezquindad del espíritu humano a la que Wilde se enfrentó siempre que pudo.

Era un conversador maravilloso e ingeniosísimo, y gracias a eso y sobre todo, al movimiento esteticista del que fue el mejor representante, ridiculizó a esa sociedad rígida, dura, que aún caminaba de puntillas en los primeros albores de un siglo que lo cambiaría todo. Decadente y extraordinario, Wilde predicó el difícil arte de enfrentarse a la sociedad con inteligencia, de crear una manera novedosa de ver el mundo a través de la originalidad, de los sueños idealizados como parte de un discurso literario que creció con los años. Un hombre que soñó con la utopía de la cultura por la cultura y que por muchos años, creyó que el mundo de su imaginación era posible. Un devoto de su propia creación.

En el prefacio de su única novela, “El retrato de Dorian Gray”, Oscar Wilde escribió “todo arte es bastante inútil”. André Gide en su inolvidable biografía sobre el escritor contó como después de su muerte, el escritor encontró un tipo de radiante fama que en vida, jamás habría imaginado “Oscar Wilde tenía la fortaleza del que se comprende en el mundo en su sutileza”. Quizás, su mayor herencia.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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