Crónicas de los hijos de Apollo.

El príncipe feliz y los dolores del misterio. (Parte III)

Jamie Campbell como Christopher Marlowe

(Puedes leer la parte II aquí)

El misterio y la oscuridad, el tiempo muerto.

En 1592, Christopher Marlowe llegó al pináculo de la fama. No sólo protagonizaba un sonado romance con una de las damas de la Corte de Elizabeth I — o eso se especuló — , venció en un duelo al amanecer a un acreedor — y se convirtió en un héroe para el mundo del teatro londinense , el mayor deudor del herido — sino que además, dos de sus obras de teatro más controvertidas, se exhibían a la vez.

Por un lado se encontraba la extraña, oscura e incómoda sátira El judío de Malta, que se burlaba a la vez del catolicismo, la fe protestante y el judaismo. Todo en medio de una serie de situaciones violentas que ponían al descubierto la corrupción en el seno de las creencias religiosas de cualquier credo. En el mundo de la obra, Barrabás, un judío prestamista se venga de los “cristianos comedores de cerdos” que lo defraudan; Marlowe no sólo hizo hincapié en la naturaleza corrompida de la fe sino que creó una muy pública -e incómoda discusión — sobre todo tipo de perversiones que ocurrían en el seno y a instancias de la fe. La obra levantó comentarios airados, protestas y de nuevo, Marlowe fue amenazado de terminar en la cárcel.

Marlowe respondió con una revisión aun más crítica de la obra, que hizo rugir al público de gusto y que llevó su nombre, de nuevo a los panfletos de chismes de la ciudad. Hubo debates, se creó una sociedad para ensalzar el valor de la fe en Londres, pero la fama de la historia de Marlowe era mucho más poderosa. Tanto, como para sustentarse en los debates callejeros y a las puertas de los teatros que se sucintaban en cada presentación. “Me gusta la rebelión y en especial, cuando las provoca la furia” escribió a uno de sus actores principales en el punto más álgido de la polémica. Marlowe recibió el espaldarazo de políticos, críticas de Universidades e incluso, una paliza de la que le llevó dos semanas recuperarse. Pero apenas pudo ponerse en pie, volvió a la carga: agregó varios diálogos a la obra y enfatizó su carácter de burla a todo lo que Londres consideraba sagrado. “El infierno me espera”.

Al mismo tiempo, también se escenificaba Eduardo II, un drama histórico con tintes de romance, en la que se relataba la historia del controvertido Monarca, conocido por su poca habilidad para la estrategia militar y su romance — muy público y peligroso — con Piers Gaveston. Todavía se considera a la obra centro de controversia y de hecho, ya dos siglos después de su estreno, se insistía en que era ‘la primera gran representación del amor entre personas del mismo sexo por el escenario’. Marlowe mostró la relación condenada entre Edward y Gaveston como una lucha de voluntades y pasiones, en lugar de una crítica al Rey por sus desafueros en el poder. Y mientras buena parte de Londres se escandalizaba por el tema, la otra mitad se conmovía por comprender, por primera vez, a sus gobernantes desde un lado mucho más humano. La descripción de la amistad entre los dos hombres — más parecida a un romance platónico que asombró a la audiencia en sus momentos más físicos — reflejó la propia vida sexual de Marlowe, que por entonces, ya había sido visto con al menos dos favoritos masculinos y de quien se rumoreaba, llevaba una doble vida con un amante sin nombre, miembro principal de una prestigiosa compañía de Teatro.

Y mientras Shakespeare era conocido por sus obras de alto calibre emocional, su carácter cuidadoso y su amable vida familiar, Marlowe se hacia cada más vez más reconocido por confrontar a Londres con todo tipo de debates a la sombra que sus obras llevó a la luz y a la discusión pública. Además, Marlowe en sí mismo era la contradicción de los avejentados y discretos dramaturgos de su época. Lucia las mejores galas de seda, se cubría de joyas de pies a cabeza y al llegar al final de la veintena, su celebrada belleza se hizo incluso más llamativa. Los rumores turbios sobre su vida le volvieron un símbolo de asombro y miedo: su mera llegada a bares y posadas causaba sensación y de hecho, se convirtió en una especie de figura misteriosa, con una larga colección de rumores a cuestas. “Soy un mito que escribo a diario” comentó a uno de sus amigos, luego de uno de sus estrenos. Era septiembre de de 1592. Con apenas meses de vida por delante, Christopher Marlowe la disfrutaba a plenitud.

La llegada de las sombras.

Para buena parte de los estudiosos alrededor de la figura de Marlowe, su obra es maestra es Doctor Fausto, que terminó principios de la década de 1590. La noción del pacto con el diablo ya era parte de algunos apuntes menores del escritor, pero la obra, en que narra una de las leyendas más conocidas de la ciudad alemana de Wittenberg, permitió a Marlowe analizar el bien y el mal de una forma por completo novedosa. La obra era con distancia, la más oscura y angustiosa de todas las que hasta entonces había llevado a las tablas al escritor, lo que provocó que buena parte de sus seguidores se sorprendieran por el carácter macabro de la historia. Marlowe además, utilizó todo tipo de simbología ocultista y lleno el escenario de telas oscuras y extrañas máscaras de cerámica. El resultado fue tan espectacular que de nuevo, el dramaturgo se convirtió en centro de habladurías y alabanzas por semanas.

Pero para entonces, su estrella comenzaba a declinar. Luego del estreno de Doctor Fausto, Marlowe regresó a la vida misteriosa que le mantenía fuera de Londres y en constante contacto con criminales y también, con el poder. La combinación de ambas cosas, provocó que en mayo de 1593, Marlowe fuera arrestado por causas no demasiado claras. Hubo rumores que se trataba de una lucha de poder en corte en la que había salido mal parado y también, que su vida licenciosa era ya imposible de ocultar. Durante el corto juicio, hubo todo tipo de evidencias de sus amantes masculinos, así como de sus proclamas sobre su ateísmo, algo que inclinó la balanza en medio de una disputa muy pública sobre la fe Anglicana. Incluso el dramaturgo Thomas Kyd, llegó a enviar testimonio por escrito, en el que aseguraba que Marlowe solía “bromear con las escrituras divinas, burlarse de las oraciones y luchar en discusiones para frustrar y refutar lo que se ha dicho o escrito por los profetas y tales hombres santos”. Las autoridades lo acusaron inmediatamente de herejía.

La vida de Marlowe se vino abajo. Sus obras fueron retiradas de los teatros, fue arrojado a la calle por la casera del ático en que había vivido por casi diez años y se encontró por semanas, durmiendo en las austeras calles de Londres. Se había convertido en un paria, en un hombre marcado por la justicia y en uno, que quizás sería ejecutado de manera pública. El 29 de mayo, un misterioso emisario de capucha le encontró vagando borracho por las calles y le puso en la mano una carta sin remitente. “Huya”. De nuevo, Marlowe decidió no obedecer y pasó la noche, tendido en una esquina de la ciudad, sin molestarse en tomar la decisión que quizás le salvaría la vida.

El 30 de mayo de 1593 terminó en una posada, en la que se encontraban los agentes de la corona Nicholas Skeres e Ingram Frizer. De pronto, estalló una discusión en la que Marlowe se tuvo que enfrentar al dúo en medio de una refriega que nadie pudo detener. El dramaturgo fue empujado al suelo y según el meticuloso informe que llegó a la Corte días después, Frizer le clavó una daga “del valor de 12 peniques” en el ojo derecho, que mató a Marlowe en el acto. Tenía 29 años, hasta seis meses atrás había sido uno de los hombres más famosos de Londres y apenas dos años antes, se le había considerado la más joven de las promesas del mundo literario inglés. Más tarde, un testigo diría que luego de su muerte, los presentes robaron sus ropas y algunas joyas. El cadáver de Marlowe permaneció por horas tendido en el suelo hasta que finalmente, un emisario de la corona llegó para reconocerlo.

Una epitafio para una estrella fugaz.

Por extraño que parezca, Marlowe nunca usó su nombre completo para firmar sus obras. En cada uno de sus manuscritos hay un nombre distinto: desde Marlow, Marly, Marley, Morely, Merly, Marlen, Marlyn, Marlin hasta Merling; De hecho, la única versión de su firma autógrafa que se conserva dice Cristofer Marley. En una ocasión, insistió en que deseaba “ser otro, en una época en que ser él mismo, no era entretenido”. Pero bajo la burla y la sátira, nace un mito que todavía sorprende por su imposibilidad de ser resuelto y analizado de inmediato.

Con el correr de los siglos, la figura de Marlowe se ha convertido en un enigma: se insiste que fue el autor de la mayoría de las obras de William Shakespeare, cuyas historias en ocasiones parecían directas respuestas a las de Marlowe. También hubo rumores que se extendieron por décadas, que había fingido su muerte para librarse de deudas y acusaciones, para luego viajar a Italia en dónde vivió en Florencia cuando le mató la peste. Se describió su palacio dorado en la ciudad, sus jóvenes amantes. Hubo quien insistió le había visto en más de una ocasión. Un hombre de excepcional belleza que reía a placer en bares y posadas. Quizás, la gran trascendencia de Marlowe sea el misterio. Su incapacidad para ser definido de forma sencilla o incluso, para analizarse desde un único punto de vista. En 1925, el académico Leslie Hotson publicó el informe de la corte de la muerte Christopher Marlowe, en la que se insistía en su muerte instantánea. Pero ni los detalles escabrosos ni las múltiples investigaciones acabaron con los rumores y mucho menos, con el dorado asombro que todavía envuelve a su figura. Para bien o para mal, Marlowe sobrevivió a su mito, a su muerte escandalosa, a sus misterios. Y lo hizo quizás de la manera que lo habría deseado: un acertijo sin responder.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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