Crónicas de los hijos de Apollo.

El frenesí de un jardín oscuro. (Parte II)

Por extraño que parezca y a pesar del desorden general que rodeaba su vida, Charles Baudelaire no dejaba de escribir. Lo hacía con método, disciplina y también, como compulsión. Lo hacía a toda hora y en todo momento. En pequeños papeles que luego olvidaba — “debe haber parte de mis obras por todo París — , por todos los motivos posibles, pero en especial, para expresar ese lento aprendizaje sobre el mal humano que su extrañísima predilección por el caos y el azar envenenado de miedo, dejaba a su paso. Su vida era una interminable sucesión de escándalos que le convirtieron antes de llegar a los treinta, en una hombre marcado. Pero también, en un escritor prolífico que publicó en menos de una década, ocho obras fundamentales para entender su entorno y en especial, la manera en que vivía.

Desde El Salón de 1845 hasta Exposition universelle publicado en 1855, Baudelaire dedicó buena parte de su capacidad para crear una ruptura con el romanticismo y además, una sólida reputación como un escritor en pleno crecimiento y en busca de una identidad. Una idea que causó profundo impacto en medio de las corrientes que atravesaban París de un lugar a otro. Tal parecía que en cada esquina, nacía un movimiento y un descubrimiento. Veinte años antes, el romanticismo se hizo una especulación estética que se extendió en todas direcciones desde el arte hasta la literatura. Lo mismo que el realismo, que procuró igualar el impacto de la experiencia humana a través de una idea poderosa sobre la naturaleza del hombre como criatura huérfana del significado. Con el impresionismo y postimpresionismo, la cualidad de la belleza, el tiempo y la construcción del individuo llegó a un nuevo nivel. Se hizo más elaborado, profundo y lleno de pequeñas condiciones mínimas que permitieron comprender a la mente humana en una proporción por completo nueva.

Con semejante evolución — cada vez más rápida, violenta, desconcertante — la historia de la pintura, las ciencias y la literatura cambiar a diario. Para cuando Baudelaire comenzó a escribir como oficio, parecía incapaz de seguir el ritmo. De hecho, sus conocidos diarios tienen docenas de páginas dedicada a su incapacidad de seguir el ritmo de una transformación académica profunda que le sobrepasaba en muchos niveles. Se llama a sí mismo “flojo, vago, perezoso” por no escribir a la velocidad o con la calidad de otros de sus contemporáneos. No obstante, la obsesión por la productividad, hacía menos escandalosa su vida pública. Al menos en dos ocasiones fue detenido en medio de grandes borracheras públicas en compañía de parroquianos en locales de París, sufría los estragos de las de drogas que cada vez usaba con más frecuencia. Se contagió de sífilis y el largo tratamiento por recuperar la salud, terminó por avejentarle y agotarle. Pero no le detuvo en su afán creativo.

En realidad, una de las características más desconcertantes de Baudelaire, era su necesidad de continuar escribiendo en medio del caos de su vida cotidiana. Hacerlo además, en mitad de situaciones que le sobrepasaban. Incluso luego de recuperarse — a medias — de la sífilis o sobrevivir de milagro a una intoxicación por Opio, seguía escribiendo con una voracidad intelectual que asombra además por su precisión. Era prolífico en notas, textos y referencias cruzadas. También un lector ávido y ordenado, que podía llevar la ropa echa harapos, en favor de comprar todo tipo de novedades literarias. Y publicaba. Pequeños poemarios, artículos y ensayos de los que no obtenía ganancia alguna pero que le permitían obtener el prestigio que deseaba.

Baudelaire se definía por su capacidad como escritor y lo hacía desde una violenta y estricta necesidad de demostrar su talento. Convertido en un mártir de sus principios (decidió vivir de escribir, sin importar las consecuencias) llegó a la treintena destrozado por un ritmo de vida que apenas podía sostener, abrumado y desconcertado por el hecho que la escritura podía consumirle “como un monstruo ciego”. El escritor se esforzaba por ser reconocido, aunque el reconocimiento en sí no era otra cosa que una noción acerca de su obsesión por el poder de la escritura para lograr un cambio real. Empobrecido, aplastado por su necesidad de convertir a la escritura en un refugio para su mente, siguió escribiendo incluso cuando el oficio le devoró. Al final, la pobreza, el miedo y la debilidad física le cercaron y convirtieron su vocación en algo peligroso. Aun así, perseveró. “Nadie me ha pagado jamás, en estima no más que en dinero, lo que me corresponde” escribió en una carta en 1865.

Las flores del mal empezó como un experimento. La unión de las docenas de poemas que Baudelaire escribía casi a diario, en una especie de diario elaborado y cada vez más profundo que le sorprendió por sus implicaciones. Después, decidió incluir todo lo que había escrito desde 1840 hasta construir un recorrido por su obra, que también, resumía su forma de comprender el mundo y en especial, su propia mente. “Estoy agotado, viejo, sin fuerzas, pero las flores viven” escribió a su editor en medio de la escritura del libro.

Para Baudelaire se trató de un ritual de paso, de la ruptura de todo lo que hasta entonces había hecho para crear algo nuevo. Nunca su vida fue más desordenada, sus momentos de delirio moral e intelectual más incontrolables que en el largo trayecto hacia una obra que sabría, sería la que podría definir todas su necesidad por la escritura. “No sé si será algo más que un poemario, pero sin duda, para mí será más que un libro”. Con treinta y cinco años cumplidos, Baudelaire dedicó sus últimas energías a construir un mapa de ruta a través de todo lo que creía, detestaba, amaba y le aterrorizaba. Las flores del Mal es una mirada angustiosa, dolorosa y de una belleza radiante acerca de la palabra como medio de expresión total. De pronto, los poemas de Baudelaire eran más que versos: eran también, un reflejo incidental del poder de crear y construir algo más amplio y duro de comprender que una obra literaria. Las Flores del Mal contenían su vida como hijo pródigo, como huérfano de una ciudad radiante, como un hombre pobre y talento, como la víctima de un sistema, de sí mismo. Todo era de un esplendor alucinante, de una belleza que sorprendió y desconcertó a sus editores. Poco a poco, el poder de la capacidad de Baudelaire para traducción la destrucción, el cinismo, la furia y el mal profundo en pura belleza convirtió a la obra en una pieza desconocida de algo más rotundo de lo que hasta entonces, había sido su trabajo.

El libro se divide en siete partes: Esplín e ideal, Cuadros parisinos, El vino, Flores del mal y Rebelión. La muerte es el gran cierre de una lucha a gran escala con lo que hasta entonces había sido la poesía o al menos, como el mismo Baudelaire había creído podía ser. Stéphane Mallarmé llamó al libro “poder puro”, a falta de mejores palabras para describir el extraño tránsito de una locura deslumbrante hacia una oscuridad lóbrega. Paul Verlaine insistió en que se trataba no sólo de un recorrido por “todos los miedos, todas las bellezas, todas las formas de ternura”, sino que admitió en varias ocasiones la influencia de la obra sobre la suya. El jovencísimo Arthur Rimbaud vio “infiernos desolados y cielos azules de marfil” en medio de las descripciones de Baudelaire sobre todo cada aspecto de su vida. Desde la estética nueva, la sublime voz poética que llega a algo más extraordinario, el libro exalta la poesía desde sus espacios más poderosos hasta una dolorosa confesión sobre la fragilidad de la belleza, el poder de las sombras. El goce de la vida en pleno. Como si se tratara de un acto de rebelión suprema, Las Flores del Mal construyó un destino portentoso sobre el objetivo de la palabra. “Cada día de mi vida me ha traído a una página que debe ser escrita” dijo Baudelaire en una carta a uno de sus amigos. “Este libro es lo que soy, el cuerpo que habito, la muerte que espera”.

Al principio, Baudelaire estaba decidido a convertir al libro en una proclama contra la moral puritana de la época. Lo imaginó como un recorrido por cada pecado capital, un insulto enajenado a la París radiante con alma provinciana que tanto amaba y odiaba. Intento llamarle Las lesbianas o El limbo, para expresar la disipación de los sentidos. Pero después, comprendió que tenía mucho más sentido, elaborar un conjunto que mostrara el mundo a través de la poesía y no, una provocación legítima y diminuta sobre el bien y el mal, como formas de expresión. De modo que comenzó a recopilar en orden cronológico todo lo que había creado hasta entonces. Además, le dio un sentido filosófico que resultaba desconcertante por entonces. El romanticismo era incapaz de abarcar la fuerza vital de Las Flores del Mal, su cualidad hipnótica y siniestra. Su deliciosa cualidad de provocación en medio de un tipo de formidable creación caleidoscópica que mostró toda la visión de Baudelaire sobre el mundo.

Por supuesto, un libro semejante (y con semejante poder), se convirtió en un objeto de culto y un escándalo inmediato. La primera edición tuvo apenas 1.300 ejemplares y llegó a las librerías el 25 de junio de 1857. Al principio, nadie parecía muy interesado en un libro que se consideró “incomprensible” pero con el correr de las semanas, la forma en que Las Flores del Mal mostraba una nueva forma de ensalzar el quehacer literario lo convirtió en un hito. No sólo se vendieron todas las copias y de pronto, en cada esquina de París se debatía sobre la desgarradora visión de Baudelaire sobre el bien y el mal moral, pero sobre todo, acerca de la pasión, la carne, el deseo, lo indescifrable de la necesidad de recorrer el mundo con un furor ritual que no tenía ninguna relación con lo que la poesía había logrado hasta entonces. Para las semanas finales de julio, el libro era un clamor, el debate central en cafés y universidades. Para la primera semana de Agosto, Baudelaire recibió una carta de uno de los editores “hay rumores preocupantes sobre el libro”.

El 20 de agosto de 1857, Charles Baudelaire fue acusado de ultraje a la moral pública, de indecencia y además, de utilizar su libro para vender “ideas decadentes”. Se le obligó a eliminar seis poemas y de hecho, estuvo a punto de terminar en la cárcel por su negativa en hacerlo. El libro se convirtió en motivo de polémica, discusión y escándalo. Muchos de los poemas contenidos en el libro (incluyendo los acusados de ser un atentado a las buenas costumbres) ya habían sido publicados en diversos fanzines y periódicos, sin que hubiese debate sobre la naturaleza profana — o no — de su contenido. Al final, Baudelaire fue condenado a pagar una multa — conmutada en su mayor parte por la emperatriz — y después, a eliminar de la obra los controvertidos versos. El escritor aceptó, aunque siempre sostuvo que se debió a la amenaza de la cárcel y no, por tener algo que reprochar a su obra.

Para Baudelaire, la censura sobre el libro al que había dedicado su vida fue un golpe del cual no se recuperó del todo. Los mismos críticos que alabaron el libro y lo consideraron una obra de arte, contribuyeron al alegato fiscal contra su integridad e insistieron en la censura. Incluso el fiscal del caso, tuvo acceso a información confidencial sobre el estado de salud de Baudelaire, que usó para demostrar que el escritor no había llevado a cabo una obra en pleno uso de sus cabales, sino que se trataba del desvarío de un loco. “El libro carece de sentido y no cuenta gran cosa. Se trata de su fiebre malsana que induce a los escritores a retratarlo todo, a describirlo todo, a decirlo todo”.

El dolor, la palabra, la oscuridad.
Para la segunda edición del libro, publicada en 1861 elimina los poemas señalados por el juzgado, pero incluye 30 nuevos, que a grandes rasgos expresan las mismas ideas y las mismas percepciones que tanta incomodidad habían causado en París. Para entonces, Baudelaire estaba consumido por los vicios, los estragos imparables de la sífilis y en plena decadencia. De hecho, la edición definitiva de Las Flores del Mal se publicará después de su muerte en el año 1868, con 151 poemas y un agregado cuidadoso de algunos más recopilados por los editores del autor.

Luego de la debacle del juicio y la censura inevitable, Baudelaire viaja a Bruselas, con la intención de abandonar París y el recuerdo de lo que ocurrido. Para entonces, el dinero de su cuantiosa herencia había desaparecido del todo y la familia materna, le había execrado del seno familiar, lo mismo que la de padrastro. Dependía apenas de unos escasísimos ahorros y la ayuda de sus amigos, que intentaron sin lograrlo, que encontrara alguna forma de manutención independiente. Baudelaire deseaba escribir, intentó hacerlo de nuevo, pero jamás logró alcanzar otra vez el nivel de disciplina y perseverancia de sus épocas más oscuras. Por contradictorio que parezca, la placidez de Bélgica pareció romper el delicado equilibrio entre la oscuridad y la luz en su interior, hasta dejarle derrotado y sin objetivo. El mismo escritor admitiría en medio de una de sus cada vez más frecuentes crisis de miedo y angustia, que la “paz no le reportaba sosiego sino desconfianza” y aunque intentó volver a su interminable ciclo de vicios, ya no contaba con los recursos, ni mucho menos la salud para soportarlo.

Un año después de su llegada a la ciudad, la sífilis le causó una apoplejía de la que ya no se recuperaría. Quedó sin habla y con la mitad del cuerpo paralizado, a merced de la bondad de sanatorios y sociedades religiosas, que enviaron carta a París en su nombre para requerir recursos o incluso, la mera visita de su familia. Nadie respondió y el escritor, abrumado por la furia, los dolores y la humillación, ordenó que nadie volviera a mandar noticias suyas a la ciudad. No obstante, en 1866 sufrió otro ataque en la iglesia de Saint Loup de Namur. En esta ocasión, pierde toda movilidad e incluso, comienza a haber signos de algún deterioro mental, aunque todavía tiene la fortaleza suficiente para negarse a recibir ayuda familiar. Con todo, su madre terminó por hacerle trasladar de nuevo a Francia, en dónde le recluyó en un sanatorio cuidado. Baudelaire, el más brillante de los poetas de su tiempo, el más disoluto, el que buscó la libertad con más ahínco, yació en la cama de la institución por casi siete meses, sin poder moverse, hablar o comunicarse de cualquier modo. Perdió tanto peso, que dos días antes de moverse, una enfermera le fracturó el brazo derecho al intentar acomodarle las almohadas. Al siguiente día, el dolor le enloqueció y se sacudió en la cama en lo que pareció una crisis que nadie pudo relacionar con otro mal, más allá del miedo. Finalmente, murió el 31 de Agosto de 1867. Tenía cuarenta y seis años, había perdido casi toda masa muscular y tenía el aspecto de un niño “pequeño, frágil y dolorido”, contó su madre en una carta a un pariente cercano.

Considerado el precursor de la poesía moderna, Baudelaire murió sin comprender el verdadero alcance de su obra. De hecho, mientras conservó la lucidez, creyó que si vida había sido una derrota contra la necesidad de encontrar un lugar sin definiciones ni espacios, en el que pudiera expresar todo el deleite de su frenética forma de vida. En una carta que envió a su madre luego del juicio, confesó la desolación de una vida que al parecer había perdido todo sentido. “Condenado constantemente a la humillación de una nueva conversión, he tomado una gran decisión. Para huir del horror de estas apostasías filosóficas, me he resignado con orgullo a la modestia: me he contentado con el sentimiento; He vuelto a buscar refugio en una ingenuidad impecable ”. La derrota de Baudelaire sin embargo, fue momentánea. Apenas una década después de su muerte, el mundo le descubrió — de nuevo — y Las Flores del Mal volvieron a ser el símbolo de un tipo de rebeldía portentosa. “Una mirada al olvido, donde yacen todas las cosas” como escribió al final de la primera versión de la obra. El editor, temeroso que la obra fuera considerada funesta o fúnebre, eliminó la frase. La que quizás habría definido la obra incluso antes de encontrar su lugar en la historia.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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