Crónicas de los hijos de Apollo.

El frenesí de un jardín oscuro. (Parte I)

El miedo que nace, la belleza que brota.

Baudelaire era un hombre extravagante, pero también, uno que comprendió que la escritura necesitaba un esfuerzo esencial para tener un significado real. En un tiempo en que la actividad artística se volvió febril y las calles bullían de pintores, escultores, escritores y poetas, asumió que para llevar a cabo su “tarea trascendental” debía encontrar lo original por sus propios medios. ¿Y que era lo original, en París de la segunda mitad de 1800, repleta de todo tipo de propuestas? Baudelaire encontró inspiración no sólo en la cualidad de la obra como un misterio — “creo lo que aun no existe” — sino también, en algo mucho más elaborado. La necesidad de avanzar y comprender la cualidad de lo literario como una evolución que se sostiene como algo más duro, herido y melancólico. Baudelaire, de forma consciente o no, asumió que su labor artística — cualquiera que fuera — necesitaba de un punto de evasión y de búsqueda, muy distinto al de toda una nueva generación de escritores obsesionados con encontrar un motor de impulso relacionado con la abstracción de lo mental y lo espiritual. “Entiendo lo que se esconde entre las sombras, mucho más de lo que se expone a la luz” llegó a escribir, quizás deslumbrado por su propia insistencia en reconstruir la idea de la poesía que sustenta e idealiza, en algo más doloroso.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta