Crónicas de los hijos de Apollo:

Edgar Allan Poe insistió una vez que concebía a la literatura como una forma de “rebeldía”. Lo dijo, pocos meses antes de la publicación en 1846 del ensayo La filosofía de la composición, una de sus obras más discretas. Lo insistió, cuando el editor, desconcertado por el contenido y motivo por el cual había escrito el texto, le preguntó qué deseaba decir en realidad. “Sólo deseaba explicar el por qué la palabra es un acto destructivo” contó después el editor George Rex Graham, asombrado. Se trataba de una frase desconcertante para la época, pero en especial, para el restringido y severo mundo literario norteamericano.

Por entonces y en pleno auge de la narrativa realista como medio de expresión de dolores humanos y en medio de un debate complejo sobre la urgencia de lo literario como reflejo cultural, Edgar Allan Poe iba contracorriente. No sólo por su decisión de sostener una carrera como escritor y vivir de ella, en medio de una crisis considerable del medio, sino por su forma de concebir el hecho mismo del oficio de escribir. “No hay nada rebelde en narrar un cuento de terror” respondió Graham, en cierto tono burlón. “Mucho menos en un ensayo sobre sus decisiones artísticas”. Poe no se inmutó. “No escribo para mí, escribo para el futuro”.

La discusión la había provocado el origen de “La filosofía de la composición”, un texto en el que Poe intentaba explicar el motivo por el cual escribió su poema El Cuervo en un sentido inaudito en el orden narrativo. En otras palabras, rompió la sagrada regla al fracturar el orden temporal y contar la historia de atrás hacia adelante. En nuestra época, el debate entre Graham y Poe podría parecer exagerado, pero por 1846, la idea que un poema — que además intentaba narrar un hecho terrorífico — fuera por completo inexplicable , era poco menos que un despropósito.

El tono y el ritmo eran novedades estilísticas, pero en especial, la forma en que Poe había enfocado el tema clásico del dolor y la pérdida. El escritor había creado algo inexplicable para los lectores, sorprendente para la crítica y sin sentido para sus críticos. De modo que decidió explicar qué había ocurrido y el motivo por el que El Cuervo transitaba por regiones oscuras no sólo de la imaginación, sino también de algo más complicado, singular y doloroso.

“Nadie puede entender el espiral de las pequeñas cosas terroríficas” escribió a Graham. Se refería por supuesto, al hecho que El Cuervo era una obra de escalas y reconstrucciones de lenguaje que mostraba un nuevo sentido del luto. El poema, que narra la historia de un hombre que recibe una visita en apariencia fantasmal en medio de una noche de sufrimiento, era de por sí, un experimento en esencia exitoso. Desde la noción del tiempo como un compás emocional — “Una vez en una triste medianoche” narra la obra — hasta el hecho del miedo convertido en una expresión de desesperanza, cada parte del poema de Poe es una mirada disruptiva, no sólo a una improbable combinación de géneros, sino también, a lo esencial del arte de narrar.

El personaje de Poe no sólo llora la muerte de su amada Lenore, sino también, se interna en la búsqueda de la incierto. A la vez, lo sobrenatural se sugiere aunque en realidad, no se muestra del todo, sino que crea y sostiene algo más elaborado. El Cuervo que da nombre al título podría ser una imagen del luto, una criatura de las sombras o ambas cosas a la vez. Pero el poema no está interesado en dar respuestas, sino de en ampliar, concebir y deducir la percepción del mal como un límite de la conciencia. De modo que el héroe anónimo, lucha, debate, grita y al final resulta vencido, ya sea por el miedo, el sufrimiento o una insoportable mezcla de ambas cosas.

El poema además, termina y comienza por la misma frase, lo cual supone un ciclo narrativo difícil de entender en una primera lectura. Nunca más, es lo único que dice el cuervo pero también, es el único pensamiento en apariencia repetitivo del personaje central. Al final, la estructura entera del poema se sostiene en ese aparente laberinto sin fin, que evade explicaciones sencillas y modela una condición sobre realidad dual.

Con una única frase — y el uso de recursos levemente artificiosos — , Poe logró establecer una atmósfera malsana y dolorosa que se enlaza con algo más oscuro. No necesitó de fantasmas, creaciones monstruosas o situaciones imprevisibles. Solo establecer que durante la noche y en medio de elucubraciones obsesivas, todos somos proclives a lo terrorífico. A lo que se esconde en la oscuridad, no de habitaciones o espacios vacíos, sino en nuestra mente. Poe, que estaba convencido del valor de la locura y de hecho, jugaba con la concepción del mal como un estado alterado de la conciencia, logró con El Cuervo, responder algunas preguntas inquietantes y dolorosas acerca de la naturaleza del sufrimiento. Pero a la vez, profundizar en sus temas favoritos. La oscuridad tiene un lustre elegante, el miedo una cierta sofisticación asceta. “Y todos gracias a un cuervo” escribió a Graham. “¿No es eso digno de explicación?”.

Un puente hacia ninguna parte

Al parecer, no lo era tanto. Graham deseaba incluir el ensayo en su revista, pero antes necesitaba entender por qué una obra debía ser explicada — por su propio autor — en un texto de un género distinto al original. Y aunque La filosofía de la composición, es un ensayo ingenioso e impecable, el editor tenía claro — o creía estarlo — de su completa inutilidad. En realidad, el debate central entre la cabeza visible de revista literaria y el autor era el propósito de un ensayo que buscaba, dejar claro el misterio que en esencia sostiene la obra. “¿Es necesario explicar lo que hace agradable su lectura?” ponderó Graham. El poema, que ya un año después de publicación se consideraba una pieza digna de análisis, debía su éxito en lo enigmático de su narración.

De modo que aunque el ensayo de Poe era inteligente, brillante y de hecho, de un nivel académico de considerable interés, también era incómodo. O al menos, para Graham, que asumió desde los primeros párrafos el truco que se escondía detrás de la pulcra redacción. “¿Esto es una manera de hacer que el público retome el interés por su obra?” preguntó sin ambages. “Me interesa más que se hagan preguntas sobre la condición de la poesía y todo lo que de ella, puede comprenderse” insistió. “Además, toda historia requiere y necesita, encontrar un trasfondo que le sostenga”.

Claro está, lo que no dijo Poe a Graham, es que en realidad, si había escrito La filosofía de la composición como una forma de reverdecer su éxito más reciente. Poe fue uno de los primeros escritores norteamericanos en decidir vivir en forma exclusiva de su oficio. Lo hizo, en una época de cambios, en una pequeña epopeya que en más de una ocasión casi le llevó al hambre y que en al menos dos, le produjo reales problemas en la mundana vida cotidiana. Porque a pesar de su talento, era un hombre siempre al borde de la bancarrota, muy cerca del desastre y la mayoría de las veces, a punto de caer en la desesperación. Pero aun así, no dejaba de escribir. Y lo hacía bien. Ya fuera en sus obras más inquietantes, hasta en sus ensayos elaborados y bien pensados, el escritor tenía un talento nato y bien formado para la escritura. También era terco.

Tanto como para empeñarse en vivir como un escritor en una época en la que quienes lo hacían, a menudo disfrutaban de herencias o una fortuna personal suficiente para hacerlo con holgura. Pero Poe estaba convencido de la necesidad de asentar la idea en el imaginario público que escribir no era un pasatiempo remunerado con la fama, sino en realidad, una forma de entender el arte como una celebración al talento. “O mejor dicho, quiero trabajar en lo que mejor puedo hacer” admitió a Graham durante la discusión por La filosofía de la composición.

Se trataba por supuesto, de una vieja discusión en el mundo literario. En especial, en el estadounidense, más enfocado en vender que en asombrar. Y para Poe, la necesidad real era sobrevivir y hacerlo a través de la escritura, un binomio casi imposible en una década en que la mayoría de las colaboraciones literarias eran gratuitas y en el mejor de los casos, remuneradas con una suma simbólica. “No hay una forma real de vivir gracias a la escritura, a menos que lo hagas muchas veces gratis, otras tantas sin esperar nada a cambio y siempre sin esperanzas” dijo el escritor a uno de sus amigos más cercanos en 1844. Para entonces, vivía de pan y malaza, lo único que podía comprar gracias a sus publicaciones y de la caridad de algunos editores. Comía cuando podía y cuando finalmente lograba cosechar algún éxito, solía ser una decepción económica. Durante toda la década de los cuarenta del siglo XIX, pasó buena parte de su vida en un péndulo de pobreza angustiosa.

Ejemplos sobraban y las recurrentes ocasiones en que debió enfrentar un tipo de pobreza vergonzosa le atormentaban. Cuando escribió El escarabajo de oro en 1843, llegó a mendigar algunos centavos para comprar algo de comer. Tanto fue su desesperación, que terminó por vender algunos recuerdos de su familia, algo que se había prometido no hacer y que sin embargo, terminó por ser un hábito. Desde la publicación de su libro de poemas Tamerlane and Other Poems en 1827, la cuestión sobre si debía escribir para sobrevivir o encontrar una forma de crear sin encontrarse en una situación crítica, fue la gran pregunta de Poe durante buena parte de su carrera como escritor y periodista. “¿Debo sobrevivir, debo pensar, debo imaginar, debo ser sólo común?” se preguntó a mediados de 1845, cuando las escasas ganancias que le había reportado El Cuervo habían terminado por desaparecer y de nuevo, se encontraba en el ciclo de intentar sostenerse económicamente, sin lograrlo. “Lo escribí con el propósito expreso de comer, al igual que hice con el Escarabajo de Oro, ya sabes. Sin embargo, el pájaro venció al insecto” escribió a un editor para explicar su urgencia por algún encargo. “Cualquiera sería ideal, incluso los obituarios”.

Por supuesto, era una frase que guardaba un doble sentido. Los obituarios se pagaban bien — solían ser solicitados por los deudos y se pagaban por palabra — pero también, sólo se le adjudicaban a los escritores que no aspiraban nada más. Para 1846, aterrorizado por la posibilidad de la pobreza, inquieto por el hecho de tener que volver a las calles, a la caridad o incluso, a depender de la buena voluntad de los amigos, decidió entonces sobre su última obra y añadir, una capa de dimensión sobre El Cuervo. No se trataba solo que el ensayo que explicaba una obra ya publicada y debatida fuera una rareza, sino que además, era una interrogante. “¿Qué subterfugio debe ocultar el escritor y cual debe revelar?” se preguntó en uno de sus apuntes, profusos y en ocasiones lleno de una buena cantidad de apuntes interminables. “Quizás los necesarios para causar intriga”

A pesar de sus dudas, Graham terminó por comprar La filosofía de la composición y se convirtió en un pequeño éxito de crítica. En el siglo XIX, la audacia de Poe causó sensación y de pronto, hubo invitaciones para correcciones editoriales privadas, conferencias y también, una buena cantidad de invitaciones a grupos de debates para conversar sobre el tema inédito del escritor que medita sobre su obra. La súbita y discreta bonanza, entusiasmó a Poe, que dedicó un redoblado esfuerzo a la escritura y al oficio editorial. Durante los últimos meses de 1846, obtuvo un nuevo encargo para revisar una obra de un escritor cercano a su círculo y recibió una remuneración considerable. Pudo pagar deudas, comprar papel e incluso, un poco de ropa. “Un lujo asombroso para alguien que lleva la misma chaqueta hace dos décadas” se burló de sí mismo en una nota privada. Por primera vez en mucho tiempo, el escritor estaba convencido que escribir era el sostén de su vida y también, su condición más profunda, como intelectual y en especial, como creador en estado “de gracia”. Faltaban tres años para que una noche saliera a la calle, delirante y borracho, en plena crisis de fatal agonía emocional y física. Sus peores temores se habían cumplido, el dolor mental le había convertido en un hombre confuso, incapaz de articular palabra y mucho menos de escribirla. Un trayecto hacia la locura que quizás comenzó con el éxito inesperado de La filosofía de la composición y al final, su convicción definitiva que la escritura lo era todo en su vida. “Lo bueno, lo malo, lo angustioso, lo triste, lo insensato. Lo imposible de comprender a primera vista. Hago más por la escritura que por mí” se burlaría en 1848, cansado y agobiado por deudas.

“Toda mi existencia ha sido el más simple romance”, escribió Poe, unos meses antes de su muerte “en el sentido de la más absoluta falta de mundanalidad”. No obstante, ficcionar su propia vida, también era uno de sus métodos favoritos para evadir la desesperación. Y esa frase, ya célebre, quizás el punto más extraño de su más antiguo hábito: utilizar la palabra como arma contra el miedo. “¿Lo sabes, no? escribir es un escudo que no te protege de nada” dijo ese mismo a Graham, a quien escribió de nuevo en busca de trabajo. Jamás obtuvo respuesta.

Por supuesto, quizás se trate que Edgar Allan Poe era un hijo de su época. Uno criado y educado durante la crisis que provocó el colapso bancario de la presidencia Martin Van Buren y que se extendió incluso, durante la de Andrew Jackson. El pánico financiero estaba en todas partes, el país entero se caía a pedazos en una depresión económica abrumadora y en realidad, Estados Unidos atravesaba quizás la peor época entre docenas de tránsitos caóticos. El Pánico de 1819 y el Pánico de 1837, ambos períodos distinguidos y sostenidos en una percepción de una pobreza abismal, marcaron la forma en que Poe comprendía lo económico, la necesidad de lo redituable e incluso, cómo llegó a obsesionarse con la necesidad de escribir para sobrevivir, en lugar mental en que cada elemento importante en su vida, estaba a punto de caer al suelo y volverse cenizas. Poe vivió las cenizas de una sociedad próspera, enfrentó un mundo en transición, una angustia existencial mundial que pudo traducir en sus relatos pero que quizás, jamás pudo superar del todo. La indigencia destrozó todo lo que alguna vez llevó a cabo y no por falta de esfuerzos o de dedicación, sino del mundo que caía a pedazos a su alrededor. “Envío un cuento, que podría ser publicado” escribió a un editor, para presentar su relato The Imp of the Perverse, publicado en 1845. Agregó los puntos más alto de su obra, los cambios estilísticos que le hacían único. Pero eso no pareció suficiente. La carta termina con su firma y más abajo, una sola frase “P.S. Soy pobre.” Una línea que acompañaría una y otra vez sus escritos personales, correspondencia personal e incluso, notas al pie de de página de sus diarios, desde entonces.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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