Crónicas de los hijos de Apollo

La búsqueda de lo extraño, lo doloroso y lo hermoso (Parte I)

Aglaia Berlutti
9 min readAug 16, 2021

Hace unos años y a raíz de la publicación de la novela 4 3 2 1, un artículo del The New Yorker analizó la obra de Paul Auster y concluyó que había algo sin duda orgánico en cada uno de sus libros. Como si cada una de las historias que cuenta, se enlazan entre sí para crear un cuerpo construido a base de recuerdos. La metáfora, por supuesto, es del todo adecuada, cuando se analiza la obra de Auster como algo más que un conjunto de brillantes narraciones. Semi biográfica, poderosa y en especial, de una compleja humanidad que en ocasiones resulta desconcertante, cada novela del autor se vincula a un nexo común: ficcionar la realidad y convertir lo ilusorio, en algo más elaborado y fundamental de lo que parece ser a primera vista.

Auster no sólo cuenta historias, sino que también las entrecruza con algo más sustancial sobre la naturaleza contemporánea en su búsqueda de misterio, amor y sin duda, de encontrar un sentido ideal a la identidad. Para el escritor, lo que puede o no existir — dentro y fuera de sus obras — es un enlace hacia líneas más poderosas de narración. Y lo que resulta aún más desconcertante: para la posibilidad de convertir su historia en una metaficción que se referencia entre sí hasta hacerse más singular y poderosa. Auster escribe para crear un universo propio, pero no uno en que sus personajes coexistan, sino entre los cuales se construya una versión de la realidad.

El escritor ha dicho en más de una ocasión que se trata de una versión inestable y en ocasiones, frágil sobre lo que desea narrar. “Como si el mundo fuera dos veces un reflejo de lo que puede ser” pero en realidad, es algo más intrincado. Auster no escribe para sorprender, sino para reivindicar el arte de las buenas historias. De la pulcritud de los detalles imperceptible y como esa atención a lo invisible, hace a lo que narra algo más que un conjunto de situaciones. De modo que más allá de un “cuerpo”, las historias de Auster también son un mundo en reconstrucción constante, perenne y casi siempre, al borde de la extinción. “Todo ocurre en el mismo instante en que está a punto de caer al vacío y derrumbarse”.

De hecho, Auster ha dejado en claro que toda su carrera literaria es la suma de todas las historias que pueden narrarse a través de la propia vida. O lo que sería lo mismo, los recuerdos organizados y reorganizados para ser algo más sentido que únicamente un relato. Auster está obsesionado con la veracidad — a menudo sus personajes son poco fiables o transmutan la realidad en algo inexplicable — pero sin duda, son sensibles creaciones de la individualidad a través de lo que viven. Cada historia de Auster es una construcción que se vincula a una idea temprana sobre lo que un libro es una experiencia inmersiva. Todo ocurre en cada una de las historias de Auster: desde el amor, la muerte, la aspiración, el terror. Y pareciera hacerlo en el mismo instante, en un presente continuo, incómodo y extraño, que se enlaza en algo más amplio de lo que podría significar una narración que solo se ensancha en la descripción antes de avanzar en el relato.

Pero Auster encontró una forma de dotar a sus historias de la sensación de caminos que se unen entre sí, que siguen una línea poderosa hasta llegar a algo más elaborado. Una especie de laberinto, que Auster ha creado para elaborar una percepción clara acerca de la conexión de sus historias con su propia vida. Auster, que sostiene que hay una facultad casi “milagrosa” en el hecho de asumir que cada uno de sus libros tiene una dinámica interna propia y una elaborada conexión con diferentes estratos de todo lo que ha narrado antes o después. Paul Auster no sólo es un buen escritor — uno de los mejores de nuestra época — sino también, un observador privilegiado de la individualidad, su progresiva reconstrucción y la forma en que se comprende en el mundo contemporáneo. Lo que le hace un testigo y a la vez un narrador de algo más amplio que solo lo literario. Un recorrido hacia el hecho de contar como una necesidad de entender lo que somos como colectivo y la búsqueda incesante de una identidad universal aun sin nombre.

De la vuelta a las ideas y otros dolores diminutos

Escribir es con frecuencia, un recorrido intelectual a mitad de camino entre la vanidad intuitiva y algo más amargo y personal. Sin duda, ese es el motivo, por el cual se le ha llamado a Paul Auster frívolo, narcisista. En cada uno de sus libros, hay un elemento profundamente referencial, una intimidad sugerida que el autor crea a través de una revisión sobre la voz narrativa que siempre sorprende por su honestidad. También por eso se le llama crítico, duro y elegante. Al final, pareciera que este escrito, a medio camino entre la estrella de cine y el mito literario, no llega a definirse de ninguna otra manera que como una consecuencia de ese matrimonio invisible entre fama y talento.

Probablemente Auster sea el mejor ejemplo del híbrido entre esa adoración del ídolo tan frecuente en nuestra época y la capacidad del escritor para reinventarse, para construir la huida mental — como se le ha llamado a sus constantes especulaciones sobre el hoy y la realidad — de una manera consistente, idónea y exquisita. Como héroe por derecho propio, Auster ha construido su personal mito literario y más allá esa identidad consistente del creador que se asume dueño de su obra.

Sin duda, Auster es uno de esos escritores infaltables. Sus libros parecen siempre formar parte de las lista de los imperdibles y los necesarios a leer. No obstante, nada es tan superficial como un de boca en boca en medio de la cultura del consumo lineal. Paul Auster es un escritor sólido, un hombre con cicatrices espirituales profundamente que crea un universo de palabras consistente y denso. Sí, probablemente buena parte de su literatura sea una vuelta de tuerca al egocentrismo literario, una búsqueda de recorrer una y otra vez el análisis de su propia circunstancia, pero aún lo hace con tal elegancia y con una conciencia tan firme de la trascendencia de la frase que construye, que probablemente así reivindique. Porque para Auster, la belleza de lo que se escribe — y por consecuencia, se crea — tiene una relación directa con su capacidad para evocar.

Como en La invención de la soledad, en la que el autor intenta encontrar su propia sombra, reconstruye episodios biográficos y crea un híbrido entre realidad y fantasía que termina sublimando la historia, dotándola de un borde de realidad asombroso. ¿Y no es lo que todo escritor hace?, se preguntará algún descreído y la respuesta es obvia: el escritor escribe de lo que sabe, pero para Auster la creación incluye también esa decisión de auto analizarse con el tono fluctuante de su obra. Una y otra vez, reflejos de un espejo de melancolía inspirada en recuerdos preciados, en ideas íntimas que se reconstruyen sin que perder lo esencial: la impronta del que escribe y la obra que se levanta sobre la idea.

En la búsqueda de un espejo reflejo

Autor de una obra amplia y variada, la ficción juega un papel fundamental en la manera como Auster comprende el mundo literario. Como propuesta narrativa, sus novelas tienen una visión extraordinaria sobre el bien, el mal, el desarraigo moderno y la profunda soledad existencialista de nuestra época, elementos que Auster utiliza como telón de fondo en una mirada incisiva sobre la identidad. Su más reciente publicación, la enigmática novela 4321 no solo mezcla las percepciones favoritas de Auster sobre la modernidad y el terror a la incertidumbre sino que además pondera sobre la ficción como una relación intrincada con la realidad. Todo bajo la cuidada prosa de Auster y su obsesión por la belleza narrativa. No obstante, en 4321 Auster alcanza un nuevo nivel de precisión lingüística y también de comprensión de la naturaleza mutable de su talento narrativo. Abandona sus habituales obsesiones, por una mirada costumbrista, a la que sin embargo agrega una eventualidad argumental desconcertante.

La novela consta de cuatro finales alternativos, que convierten la historia en un rompecabezas y un duelo imaginario contra la percepción de lo inevitable y cierto absurdo existencial. Auster además redimensiona el recurso de la autorreferencia y lo lleva a un nivel por completo nuevo, al narrar desde cuatro perspectivas distintas los supuestos motivos — el libro flota sobre la incertidumbre — que le llevaron a ser escritor. La percepción de Auster sobre los entresijos de la labor creativa, la belleza de la concepción del arte como reflejo íntimo y además, la búsqueda de objetivo y significado, hace de 4321 una mirada alternativa y poderosa sobre todas las nociones especulativas sobre el hecho de escribir. Las escenas se suceden unas a otras, en una visión significativa sobre lo que supone la creación como método de observación de la realidad pero también, de las íntimas vivencias que construyen una comprensión sobre el mundo privado del autor.

Las dimensiones que alcanza la narración, evaden cualquier explicación sencilla: va desde la infancia del protagonista (muy semejante a la del propio Auster) hasta su plácida adultez, lo que convierte a las cuatro narraciones — que avanzan en paralelo y desde la noción de la observación crítica de la existencia — en avatares del propio Auster. El escritor parece genuinamente fascinado por el acto especulativo de novelar su vida — y encontrar nociones alternativas sobre lo que pudo ser o no — y crear una especie de doloroso recorrido por sus pulsiones internas. Un ejercicio que Auster ha llevado a cabo en varias oportunidades, solo que en esta ocasión, es mucho más firme y sosegado. Por supuesto, que Auster no abandona su hábito de contar historias dentro de historias, un hilo que en ocasiones sostiene no solo la tensión, sino también la personalidad de lo que narra. Pero en 4321 el hábito se hace incluso más depurado, más simple. Una vuelta de tuerca sobre esa proverbial belleza que convierte a cada una de sus obras en espléndidas visiones sobre lo rutinario y una aparente cotidianidad construida a partir de hecho fortuitos de enorme poder simbólico.

La novela, ambientada en una onírica e idealizada visión sobre los años cincuenta, es un cuidadoso compendio de los principales estereotipos que pueblan la memoria histórica estadounidense. Pero Auster convierte en trasfondo en un metódico análisis sobre la circunstancia de la vida del país, en una reflexión argumental sobre las motivaciones culturales que sostienen el impulso creativo.

Al final, la larga narración construye y genera intimidad. La obra se entrelaza con el ahora, con el pasado y el presente de la incertidumbre. Una concepción sobre la identidad — la de Auster, la de su personaje — que se elabora en base a los recuerdos de otro, a la visión de otro que el lector termina asumiendo como suyo, a pesar del juego de espejos evidente que supone la lectura. Y es que quizá la mejor manera de entender al Auster creador sea mirándolo a través de su empeño irreductible de asumir la realidad como una serie de escenas interconectadas: las suyas, las del lector desconocido, incluso las que toca tangencialmente y que parecen cruzarse en medio de ambas cosas. Hay un asombro de vivir, un redescubrimiento perenne en la realidad a la que brinda belleza.

Fluctuante y extrañamente venial en ocasiones, a Auster se le acusa de encontrarse a mitad de camino entre el pop literario y la celebridad por derecho propio. Tal vez la grieta entre ambas cosas es la que brinde significado a esa extraña visión suya de la obra que nace y la obra que se construye. ¿Es que hablamos de la vida de Auster o la obra que se combina con la ficción? Después de una lectura a su obra, la confusión es obvia, aunque eso no hace menos valioso su construcción y la interpretación del autor sobre la escritura. ¿Un laberinto enrevesado donde la realidad y la fantasía se mezclan? Nada tan sencillo. Probablemente, la novela 4321 se trate de una conversación, una muy íntima, entre el lector y el escritor, una complicidad nacida entre la palabra que fluye devota y esa percepción de la intimidad que se sugiere. Porque sin duda para Paul Auster, la escritura no es solo la necesidad de mostrar sino además, de comprender al lector como parte de la experiencia literaria, de incluirlo y construir un puente entre lo que se lee — y se brinda — y lo que se crea — se asume — en el mundo que el escritor construye.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @PopconCine