Crónicas de los hijos de Aido

Entre estepas silenciosas, grandes búsquedas y al final, el asombro (Parte II)

Se suele decir que Alice Munro es una mujer de método y sobre todo, una escritora que asume el lenguaje como una estructura viva. En otras palabras, una noción sobre lo que le rodea, que se construye pieza a pieza a través de una observación diáfana y profunda de lo que rodea al autor. Pero Munro, no lo asume desde la complejidad, esas capas movedizas de información y reflexión que escritores como Paul Auster hizo un estilo propio, sino desde la sencillez. Desde una transparencia engañosa tan sutil que parece abarcarlo todo, asumir la existencia — en palabra y metáfora — desde la idea originaria que se construye a partir de una ensoñación. Cuentista y ganadora del Nobel, percibe la escritura desde esa afilada visión del hombre para el hombre pero también, de la palabra para palabra. Meticulosa, discreta y con un profundo asombro por la capacidad redentora de la escritura, Munro sostiene su estilo narrativo desde lo mínimo. El detalle que elabora. El sentimiento que sustenta.

Munro construye sus relatos paso a paso, con una prosa cuidada que, sin embargo, no es ajena a cierto virtuosismo que llega a sorprender a medida que avanza la trama. Descompone la realidad en sus elementos esenciales. O así parece hacerlo, en ese sentido de vaivén del bloque de información que se sustenta sobre una delicada visión de lo que se cuenta — sino que además, elabora una idea sobre lo real por completa nueva. En ocasiones, la escritora parece escribir sobre líneas, al margen, contradiciendose, desdiciéndose y finalmente reafirmando ideas, que a fuerza de sencillas llegan a construir un entramado profundo y preciso de la emoción. Hay una evidencia real de la sustancia en los intersticios, las elipsis, los silencios, como si la insinuación fuera en sí mismo una audacia. No hay evidente ni directo en la prosa de Munro y quizás, ese sea su verdadero triunfo. El hecho ideal que lleva a sus historias a erigirse como elementos literarios de un raro valor en su belleza y buen hacer. Una y otra vez, la escritora parece tomar el camino más sutil y el más discreto, para crear una poderosa visión de lo que narra. Apunta, sugiere, se mueve a dos bandas, observa, puntualiza. Y la sencillez se hace compleja. Crea un laberinto que conduce al lector entre las sombras, las puertas entreabiertas. Una ingravidez de verbo y de propuesta que hace cada pieza literaria de la autora, inolvidable.

Quizás, el mayor triunfo de Munro sea justamente ese: su resistencia a la opinión evidente, directa. Al hecho de asumir el preludio y el desenlace progresivo como necesario para elaborar una idea esencial sobre su obra. Con una maestría que llega a desconcertar, apela a la imaginación del lector, a su capacidad de deducción, sin prodigarse, sin insistir en la importancia del misterio que propone. Como autora, Munro está convencida de la importancia de la participación consciente del que mira el mundo a través de sus ojos, del que hojea sus historias como quien paladea un álbum de fotografías ajenas. Una participación a dos manos que construye un paisaje nuevo a cada lectura.

Munro siempre conmueve por su capacidad para crear ambientes a partir de lo cotidiano. Como en el extraordinario relato Demasiada felicidad donde la sencillez — aparente, engañosa — construye un magistral telón de fondo para asumir el peso del núcleo de la narración. Porque por supuesto, no se trata de simplicidad. La escritora, directa, franca, una observadora inquieta y profunda de la realidad, construye pequeños mundos de personajes reflexivos, tan cercanos como desconcertantes en su belleza. Y es que en cada uno de sus cuentos, logra retratar con la precisión de un cirujano sentimientos complejos de una manera que muchos han catalogado de cotidiana, quizás sin serlo. Para Munro, el mundo es una gran página a medio escribir.

En ocasiones se ha dicho que Munro, es quizás su principal personaje. Con una historia que roza lo esquemático sin llegar a serlo, comenzó a escribir relatos durante las siestas de sus hijos, siendo una joven esposa en finales de la década de los sesenta. Muy probablemente, esa necesidad de evasión, de encontrar un lugar en la rutina de pura creación y expresión, es lo que hace que los relatos de Munro tengan una capacidad innegable para componer y mostrar una realidad ambigua, en constante transformación. Para Munro, lo que se cuenta, solo es parte de esa visión amplia de un mundo que quiere narrar. Hay algo más, subyacente, a medio camino entre la promesa de lo que expresa y ese misterio que se adivina a medias en las escenas que describe. Al final, únicamente la ruptura, quizás el tema más recurrente en la obra de la autora.

La ruptura entre lo evidente — o lo que parece serlo — y esa otra visión de la insatisfacción, de la búsqueda de un propósito que construye a través de una profunda emoción. Sin duda, por ese motivo, el relato tradicional de Munro siempre mostrará a una mujer aparentemente fuerte, que intenta mantener el equilibrio, que aspira a lograrlo al menos, hasta que se desploma, se rompe en dos mitades que nunca vuelven a encajar entre sí. Y esta complejidad inaudita, este proceso de temores y desasosiegos, de belleza y dolor, se describe con una prosa casi simple, sin énfasis. No obstante, Munro sabe como conmovernos: crear esa deliciosa intimidad con sus personajes y más allá de eso, permitirnos comprender sus motivaciones, crearlos en nuestra imaginación. De tan reales, que resultan siendo entrañables e incluso, un símbolo de una persona desazón.

Munro medita sobre la fragilidad del espíritu humano con una prodigiosa habilidad para hacernos recordar nuestras propias grietas y desigualdades. Todos sus personajes parecen a punto de quebrarse en trozos irreconciliables, de sucumbir al peso de la realidad: mirarse más allá de la rutina inevitable, de esa transformación incesante del rostro humano en busca de intimidad. Una interpretación de la mente y la naturaleza humana a través de su fragilidad, de su pequeña obsesión con el desastre y su accidentado recorrido a través de lo cotidiano. ¿Qué es lo que encuentra Munro en sus pequeños mundos inquietos? ¿En esta aparente calma plomiza que envuelve a todos sus personajes e historias? Nadie parece saberlo con claridad: el grueso de su obra transcurre en una zona imaginaria, en los confines mismos de lo que consideramos normal. ¿Una paradoja? ¿Un símbolo? Tal vez, pero con Munro, nada es tan sencillo o evidente como aparenta: y de hecho su Munro Tract (el Condado de Munro), esa región ficticia donde sus personajes se mueven en una normalidad quebradiza, es mucho más que una simple visión de la estructura de sus historias. Hay algo profundamente sentido, casi doloroso, en esa pacífica visión del tiempo que transcurre, de la angustia existencial que se oculta y del rostro humano que se transforma en su propia necesidad de evasión.

Para la autora nada es simple. Su percepción sobre la escritura tiene mucho que ver con su capacidad para crear infinitas ramificaciones, vinculadas en universo de palabras construido con un pulso tan firme como coherente. Sus historias se entremezclan en una densidad psicológica que resulta en ocasiones sofocante. A pesar de la distancia emotiva con la que la autora narra sus obras, hay una hilo de profunda emoción que estructura cada relato en un mecanismo de asombrosa exactitud. En su libro Mi vida Querida, cada una de las historias relata quizás su propia vida y resulta incluso inquietante, la manera como la escritura se mira así misma desde una distancia prudencial: un ama de casa que escribe para su satisfacción, la angustia existencial que no le permite expresarse de otra manera. Una pequeña turbulencia en lo común, descrito como un adulterio que casi termina en desastre. No obstante, la tensión nunca rompe la quietud casi elemental que sostiene la historia y en cierta medida a los personajes. Con un pulso asombroso, la autora renuncia a toda drama concreto, para dejar entrever esa desazón del espíritu que subsiste entre las grietas de la memoria.

Cuenta la imaginaria popular, que Munro se enteró de la noticia que había ganado el Premio Nobel porque su hija mayor le avisó. Había olvidado la fecha de la entrega del premio y estaba dormida cuando se conoció el veredicto. Y no es difícil imaginarla, radiante a sus ochenta y dos años, sonriendo casi maliciosamente, un misterio en esa necesidad suya de expresarse con absoluta sencillez. Probablemente, exclamó algunas frases de franca incredulidad (“Esto es tan sorprendente y tan maravilloso”) y su sorpresa sea de esas silenciosas, levemente inquietantes. Nada en concreto, una fragilidad desconcertante, casi engañosa. Y aún así, emocionante.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta