Crónicas de los hijos de Érebo

(Puedes leer la Parte III aquí)

Ursula K. Le Guin, decana el género de ciencia ficción, insistía en que la literatura fantástica es una manera de construir el futuro. Lo hacía, desde la perspectiva de asumir que el poder de la palabra es una de las diversas transformaciones que la mente humana atraviesa al crear. Cual sea el motivo, el género tiene la cualidad única de traducir y reconstruir la visión que el hombre tiene sobre sí mismo, su capacidad para comprender las transformaciones del mundo y su historia. La ciencia ficción como un espejo en el que se refleja los temores y esperanzas trascendentales del espíritu.

Tal vez por ese motivo, el escritor Walter M. Miller pareció obsesionarse con la interpretación del espíritu humano a través del tiempo, las transformaciones culturales y sociales. En especial, esa percepción de la mente humana como una consecuencia inmediata del mundo que construye. Un ciclo interminable que delimita esa identidad que trasciende e incluso, sobrepasa la mera existencia del hombre. Miller contempló el misterio de la existencia como una serie de pequeñas escenas interconectadas, que asumen la perspectiva del futuro como una serie de consecuencias inevitables. Por tanto, la visión de Miller no es optimista, sino más bien, una reflexión sobre la derrota de la naturaleza humana por el transcurrir del tiempo y la erosión de las ideas que considera imprescindibles, esenciales. De esa mezcla inquietante entre lo metafórico y lo real, Miller encontró una manera de concebir el futuro y más aún, lo posible como una serie de líneas equidistantes entre lo que el hombre puede ser y la frontera que cruza y lo restringe a sus propias debilidades.

Miller fue un prolífico escritor de relatos, pero la única novela que publicó en su vida fue El cántico de Leibowitz. Posteriormente, la historia tendría una secuela póstuma titulada San Leibowitz y la mujer Caballo Salvaje que no tuvo el mismo éxito de crítica ni tampoco la misma relevancia. No obstante, ambas construyen una paisaje del futuro no sólo distópico, sino que analiza lo que el hombre es — esa raíz esencial, primitiva y sustanciosa — a través de las diversas transformaciones de la sociedad, de la cultura y esa identidad que brinda al mundo que considera propio y sobre todo, obra de su pensamiento y filosofía. Porque para Miller el futuro es una serie de consecuencias, una percepción enigmática sobre las posibilidades que se recorren a media que las decisiones del hombre construyen un concepto sobre si mismo. Un análisis inquietante sobre quienes somos y mucho más desconcertante es, quienes podemos ser a partir de nuestros cuestionamientos, creencias y temores.

Con frecuencia se le llama al Cántico de Leibowitz, una de las obras de ciencia ficción más desconcertante del género: aparentemente sencilla, la historia se estructura de una manera casi simple, y no obstante posee una complejidad tan profunda que parece abarcar todo tipo de tópicos y planteamientos filosóficos e intelectuales. Porque la novela, no sólo engloba esa necesidad esencial del género de reinventar la identidad del hombre para el hombre o en todo caso, del hombre para su historia, sino que se atreve a más. Concibe el espacio mental y espiritual del ser humano, su obra y filosofía como una serie de patrones y construcciones que brindan sentido a no sólo su historia, sino individualidad. Miller, que insistió durante toda su vida en contemplar a la humanidad desde la perspectiva de sus infinitesimales errores, logra con su novela recrear un mundo donde la ciencia y la religión se combinan, se mezclan entre sí, se contradicen, corren en paralelo y finalmente, parecen condenadas a sustentar un único significado sobre la naturaleza de la mente humana, sus pequeñas grietas y valores. Y es que para el escritor, la ciencia y la religión forman un único concepto, como dos caras de un mismo planteamiento paralelo, que contribuyen a elaborar un ideal quebradizo sobre el pensamiento Universal. No obstante, la novela no se regodea en los pormenores y detalles, sino que a través de ellos — o la mera insinuación de pequeños hechos concretos — asume su cualidad de alegato existencialista, de visión amplia y robusta sobre lo que el hombre intenta ser a través de su propia ambigüedad.

El libro se divide en tres capítulos principales y el autor intenta, a través de hechos simples, englobar la historia humana en una especie de breviario sobre sus dolores y terrores. En el primer capítulo, titulado Fiat Homo, este aparente viaje a través de la complejidad del espíritu de la razón comienza a partir del dolor, el miedo y la muerte. Con una impecable habilidad para delinear personajes y construir una idea perenne sobre la finitud y fragilidad de la naturaleza del hombre, Miller logra esbozar la desesperanza de un mundo en ruinas, el terror de un universo críptico basado en lo que fue, existió y ahora yace destruido, un paisaje de pesadilla que rodea a los personajes y que de hecho, parece hacerlos rehenes de su circunstancia. En el segundo capítulo (Fiat Lux), la novela se replantea a sí misma e incluso, aborda ese límite entre lo que creemos necesario y lo que no, esa aseveración del poder y la razón, la esperanza y la aspiración a la fe. Miller insiste en el planteamiento de la dualidad eterna entre la religión y la ciencia, en reflexiones cada vez más enrevesadas sobre la cualidad única del hombre para mezclar ambas ideas en una filosofía alterna, inquietante en su dualidad, poderosa en su necesidad de reconstrucción de lo que creemos es real. Una y otra vez, el autor intenta profundizar en la capacidad del pensamiento para cuestionarse, para admitir sus propios errores y aún así, asumir la necesidad de lo perfectible como parte de su identidad.

La narración avanza a un ritmo preciso e inteligente: Miller jamás pierde el pulso mientras dibuja un horizonte distópico profundamente rico en detalles y matices. La cultura que describe — que parece nacer y crecer a partir de las ruinas de lo que fue algo más profundo, de un cataclismo impensable — se sostiene sobre una serie de reflexiones poderosas y tan sustanciosas como para que la narración pueda sustentarse con facilidad. Y sobre todo, jamás pierde ese aspiración a la sencillez, de mostrar ese rostro elemental sobre el espíritu humano en eterna reconstrucción. Un logro argumental que asombra y se agradece.

El tercer capítulo (Fiat voluntas tuas) no sólo es la conclusión, sino la reflexión rotunda de la novela sobre su razón de ser: esa insistente consideración sobre el poder de la esperanza y la manera en que la concibe la mente humana. Miller entonces crea lo que es con toda probabilidad la metáfora más profunda y sobre todo, conmovedora sobre la existencia humana, sus vicisitudes y pequeñas tragedias. Y lo hace con una elegancia de argumento y ritmo que asombra. No sólo redimensiona el valor del conocimiento humano como una idea perenne — imprescindible — para conocer su historia sino que además, transita ese extraño espacio entre el dolor, el temor, el aprendizaje espiritual, la moralidad y esa complejidad de las dudas éticas con imágenes asombrosamente vívidas, a través del símbolo insistente de esa individualidad del hombre.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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