Crónicas de los hijos de Érebo:

Los monstruos que habitan los pequeños espacios de la memoria (parte III)

Escultura del ángel de la muerte, parte de la colección de la exposición “En casa con mis monstruos” de Guillermo Del Toro.

En la película Hellboy II: el ejército dorado (2008) de Guillermo Del Toro, la primera escena es un cuento de hadas recreado en Stop Motion. Pero no es uno enaltecedor ni tampoco, emocional. De hecho, el prólogo que cuenta la historia desgraciada del Rey Elfo y su infausta relación con un ejército destinado a grandes masacres, es de una refinada crueldad. Del Toro narra con cuidado el contexto y el ritmo de la película en una breve secuencia casi independiente.

Pero también, hace algo más: elabora una idea sobre la narración en conjunto como una serie de hilos conductores que se entrecruzan entre sí. Una versión sobre lo moral, lo fantástico y lo tenebroso que termina por ser una especie de alegoría sobre lo monstruoso — a la manera en que lo ve el director — de exquisita delicadeza. El profesor Trevor Bruttenholm (John Hurt) convertido en padre de un pequeño Hellboy, cuenta la historia de criaturas fantásticas al pequeño demonio y convierte la escena, en un singular juego de espejos. Una y otra vez, el sistema de valores de la narración de lo extraordinario. El relato que va desde la moraleja a una depuradísima versión de los códigos del terror, también una muestra visión del otro reflejado en una especulación simbólica.

Como si eso no fuera suficiente, la escena crea una de las paradojas más conocidas en la mirada de Del Toro sobre lo asombroso. La de brindar a los monstruos un lugar en medio del mundo humano. Construir un paraje de pesadilla emparentada levemente con la realidad, como una forma de enlazar el bien y el mal, entre ideas disímiles por necesidad. Las criaturas del director — como el pequeño y frágil demonio que escucha cuentos de hadas — se reinventan sobre la base sobre lo terrible, la moralidad escindida y la interpretación general sobre lo terrorífico. De la misma forma en que la escena final de La cumbre escarlata (2015), en la que la Lucille de Jessica Chastain termina por convertirse en una criatura lóbrega de dolorosa hermosura, el Hellboy imaginado por el director tiene una cualidad simple de niño asombrado que escapa y supera a su naturaleza integral como ente inexplicable.

Lo mismo podría decirse del narrador misterioso que cierra la espléndida El espinazo del diablo (2001), cuya escena final une a los vivos y a los muertos en una mirada inquieta sobre los espacios tenebrosos de lo sobrenatural. La película, usa la misma trasposición de elementos sobre el cine fantástico y de terror, para crear un clima doloroso, desgarrador y al final, tan dramático que el conocido monólogo final sobre lo que es — o qué podría ser — un fantasma, resulta tan espectral como poético. Algo semejante ocurre con la edición final de El Laberinto del Fauno (2006) — una decisión curiosa de Del Toro que brinda al film un trasfondo de tragedia oscura — que deshace por completo el discurso sobre lo inexplicable que hasta entonces, había sostenido la doble visión de los personajes sobre el mundo, el invisible y el real. Un recorrido que hace de las obras de Del Toro, una manifestación sobre la percepción de la identidad del monstruo y del ser humano, como ideas análogas que se enlazan entre sí para crear algo más profundo, singular y sin duda, siniestro.

Durante las últimas dos décadas, Del Toro ha dado rostro y humanidad a criaturas inimaginables. Desde un demonio de piel roja con mal humor, hasta un monstruo marino capaz de amar, para el director la travesía de crear belleza desde las tinieblas ha sido larga, fructífera y a menudo experimental. También, una prueba para su curioso punto de vista sobre lo temible y lo monstruoso.

Incluso en sus versiones más emparentadas con el romanticismo gótico como La cumbre escarlata del 2016, la delicadeza y profundidad simbólica del mal permitió al director explorar lugares poco habituales del cine comercial, dotando su filmografía de un indudable aire autoral que sorprende por su elegancia. Del Toro, hijo contemporáneo de una larga tradición de realizadores obsesionados con las penumbras de la realidad y el misterioso como reflejo de lo cultural, logró crear durante dos décadas de incansable trabajo un sello propio. Más que eso, una óptica definida sobre cómo metaforizar lo escalofriante y sublimar su discurso a un nivel por completo nuevo.

En Nightmare Alley (2021) ocurre algo semejante, aunque esta vez los monstruos no tienen cuernos o garras, sino rostros humanos. De hecho, durante los diez primeros minutos de la película, el director lo deja claro. Stan Carlisle (Bradley Cooper) no pronuncia palabra en lo que parece un cuidadoso prólogo a la historia. De hecho, antes que lo haga, la cámara de Del Toro le ha seguido mientras arrastra con dificultad un cadáver. Las manos extendidas con firmeza, el rostro serio. El personaje de Cooper no parece preocupado, atemorizado ni mucho menos arrepentido mientras la cámara estudia con cuidado cada uno de sus movimientos.

En una decisión acertada, el director abandona su usual observación a la distancia de fenómenos paranormales y criaturas de pesadilla, para acercarse a sus personajes. En esta ocasión, el ojo de atención del guion se obsesiona con lo que mira. La textura de la ropa del cadáver, el cabello despeinado del hombre que le arrastra, el paisaje cristalizado en una leve sensación de espanto que les rodea. Del Toro está decidido a narrar lo que ocurre con Carlisle, profundizar en sus motivaciones incluso antes que diga una sola palabra. Y lo logra, en un despliegue de recursos y cuidadosa belleza que se enlaza con el refinado instinto del realizador por la elegancia lóbrega.

Lo siguiente que ocurre es un incendio. También lo provoca el personaje. En esta ocasión, Del Todo crea un recorrido macabro entre las llamas que se alzan en formas caprichosas y su personaje, que aguarda en silencio. Con una habilidad que sorprende por inteligencia visual y en especial, un discurso estético pulcro acerca de la raíz del mal, el director ahora reflexiona sobre la obra de este monstruo de rostro agraciado, que contempla las llamas con ojos muy abiertos.

No está aterrado, fascinado o desconcertado. Está complacido. Y esa raíz del horror que se insinúa, que nace de un espacio negro y matizado de algo mayor, el punto de arranque de una película que sorprende por su energía siniestra. Nightmare Alley cuestiona el hecho de la maldad y lo monstruoso desde lo humano. Del Toro se aleja de sus máscaras favoritas para entablar una consciente pregunta sobre el hecho del corazón humano a la manera de una caja de resonancia de lo tétrico.

Han transcurrido casi diez minutos del metraje y el Carlisle de Cooper no ha dicho una sola palabra. Pero Del Toro sí ha contado todo lo necesario para dejar claro que esta oportunidad, también habrá criaturas de apetitos voraces y violentos que se mostrarán en pantalla. Eso, mientras se teje a su alrededor una red complicada de sentimientos no resueltos, resentimientos y una codicia cada vez más desmedida sobre la necesidad de poseer como consolar. Guillermo Del Toro, esta vez se pasea por un país de nuevas criaturas terroríficas. Ahora, lo tétrico en ellas es más complicado que una fantasía tenebrosa.

Para Del Toro, la cualidad del monstruo es una construcción cultural alegórica que muestra lo mejor y lo peor del hombre, como reflejo del monstruo interior que le habita. Conocido por su capacidad de humanizar todo tipo de criaturas en apariencia aterradoras y míticas, analiza las relaciones del bien y el mal, lo espiritual y lo sensible, desde un ángulo original que sostiene una comprensión sobre la naturaleza humana que asombra por profundidad. Desde el Laberinto del Fauno (2006) hasta sus reinvenciones del universo creado por Mike Mignola para Hellboy, el director encontró un equilibrio entre la expresión formal del asombro, vinculado con un extremo mucho más conmovedor y turbio.

En Shape of Water (2017), la película que le valió el Oscar a mejor director, el maestro de los monstruos recreó a la bestia desde la bondad. Además, contrapuso los códigos, cánones y roles y elaboró una visión múltiple sobre lo humano, lo monstruoso y lo emocional. El resultado fue una pieza que evitó lugares comunes sobre la aproximación a lo temible, para sostener toda una expresión sobre la capacidad del amor — y para la ocasión, Del Toro asume la definición más directa y emotiva del término — como elemento transformador, extraordinario y por completo redentor.

Con su aire sofisticado y decadente, Nightmare Alley es la suma de sus puntos más altos en su aproximación argumental al mal. Además, claro, de algunas concesiones inevitables, al estilo en ocasiones recargado y autocomplaciente del director. No obstante, Del Toro plasma en cada escena de la película su peculiar comprensión sobre lo maligno elaborado a través de ideas metafóricas perfectamente orquestadas con la atmósfera onírica que logra captar desde las primeras escenas del film. La cámara intrusiva sigue con tenaz obsesión a un fugitivo del rencor como lo es el personaje de Cooper, mientras muestra una preciosista recreación de 1930. Entre ambas cosas, el director reflexiona sobre los motivos del pecado — y lo inevitable de la tentación — , mientras sus personajes padecen el dolor de la culpa en una delicada caída a los infiernos.

Adaptación por partida doble, Nightmare Alley lucha contra la tentación de homenajear en exceso y sobresaturar su discurso visual de guiños a un universo mayor. No obstante, es imposible no comparar los blancos y negros simbólicos de Edmund Goulding de 1947 con la paleta de colores ricos en contrastes que Del Toro usa para analizar el dolor de Carlisle y después, la forma en que se relaciona con el entorno envilecido de una humilde feria convertida en purgatorio personal. También, hay mucho de la novela original de William Lindsay Gresham, publicada en el 1946. De la misma manera que en el libro, Del Toro dedica tiempo e interés en atravesar los lugares más sensibles y siniestros de sus personajes, desde los códigos del cine negro. Pero también, de encontrar una manera de mostrar el descenso a los parajes más tétricos de la moral, tanto de la época como la universal.

El resultado es que Nightmare Alley es un paisaje cada vez retorcido sobre por qué el mal puede subsistir al mismo tiempo de la bondad. El motivo por el cual, los horrores se manifiestan en la belleza. El argumento elabora con cuidado un mapa de ruta hacia la convicción de Del Toro de la dualidad del hombre — monstruo . Ese que habita en cada hombre y mujer del mundo y también, el que se disimula en máscaras engañosas. Pero ante todo, la intención de Del Toro, es por supuesto, contravenir la noción de normalidad que se asume inevitable (necesaria incluso) y lo hace a través de una madura poesía visual que por momentos conmueve por su belleza.

Como casi todas las películas de Del Toro, Nightmare Valley también es un cuento de hadas. Solo que en esta ocasión, los faunos y criaturas marinas se sustituyen por hombres y mujeres rotos, llenos de heridas invisibles y destruidos por la presión del mundo que les rodea. Con la dirección de fotografía de Dan Laustsen, Del Toro convierte a sus monstruos humanos en rostros de belleza atemporal, que flotan entre asesinatos y traiciones, como gráciles trampas venenosas.

Ya sea mientras la cámara sigue a uno de sus personajes arrastrar un cadáver o contemplar la noche en una feria humilde, De Toro de nuevo encuentra la manera de narrar el mal desde la periferia. Y quizás, Nightmare Alley celebra mejor que cualquier otra de sus películas, el brillo de una oscuridad exquisita. Una noche interminable, esta vez plagada de deseos incumplidos, estafas y balas perdidas. Un cuento de hadas macabro y realista, que abre las puertas para que Del Toro pueda recorrer otros lugares de su imaginación.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta