Crónicas de las hijas de Lilith:

Las grandes olvidadas por el tiempo (Parte III)

Fuego en la vida y arte en la trascendencia

Una de las obras más conocidas de Artemisia Gentileschi, es un autorretrato, que pintó en el año 1649. Con el cabello corto y los labios maquillados, tiene un aspecto feroz y atemporal. Por la obra, se le acusó de blasfema — los autorretratos no estaban permitidos para las escasisimas mujeres artistas de la época — y estuvo a punto de llevarla a comparecer ante un tribunal eclesiástico. Aun así, no sólo pintó ese, en el que se plasmó con los ojos fijos en el espectador y el rostro decidido convertido en una máscara dura y llena de tensión, sino al menos cuatro más. Porque Artemisia, como otras tantas mujeres en épocas y momentos distintos de la historia, no solo tuvo que batallar contra la sociedad que la menospreciaba sino por el mero derecho de existir en una época — y una forma de pensamiento — empeñado en aplastarla bajo el anonimato de la mujer histórica.

El poder de la trascendencia

Artemisia Gentileschi, hija del maestro toscano Orazio Gentileschi, no solamente pintaba, sino que lo hacía prodigiosamente bien. Nacida en plena época de reformas y reconstrucciones, en esa Roma en Ruinas que apenas sobrevivía a los escombros del Imperio que había sido, se destacó no sólo por su técnica, sino su capacidad innata para aspirar al arte como mensaje, como vehículo de comunicación, cuando aún se consideraba la pintura como un placer hedonista, un placer inocuo de los sentidos. Eran los tiempos de la contrarreforma, con su reconstrucción del poder al servicio de la Religión, de los mecenas generosos y sensibles al arte, de las tropelías papales entre venenos y amenazas.

El miedo y el terror como forma de belleza

Pocos meses después de este pequeña pero significativa declaración de intenciones — que una mujer firmara una obra artística se consideraba un escándalo, un irrespeto directo a la magestad esencial del arte — Artemisia fue violada por Agostino Tassi, un pintor que ayudaba a Orazio a decorar la casa del cardenal Scipione Borghese. Artemisia sufrió la humillación pública de ser acusada de “provocar” al pintor e incluso, de ser un símbolo de lujuria. Pero la pintora no se amilanó: no sólo rechazó la propuesta matrimonial de Tassi — que ofreció casarse con la joven y vivir con ella nueve meses para lavar su pecado — sino que además, apoyada por su padre, denunció a su agresor ante el Papa Pablo V, un gesto rarísimo por la época y que le acarreó repudio y rechazo. Toda Roma conoció entonces su deshonra: fue acusada públicamente de puta y su padre expulsado el gremio de pintores de la ciudad. Pero Artemisia mantuvo el espíritu en alto, jamás se doblegó al dolor de saberse distinta, de esa mirada irritada de una cultura que jamás podría perdonarle lo indomable.

Un largo viaje al origen

Pero Artemisia volvió a Roma, entre 1620 y 1626, donde vive en una casa cercana a la Plaza del Popolo que un cronista de la época describe como “asombrosa por ser la casa de una mujer. Digna de un gentilhombre”. Para entonces, Artemisia se enfrenta con el dolor: su vida comienza de nuevo a sacudirse, a perder el sentido. Dos de sus tres hijos han muerto. Se separa de su marido. De nuevo, rechazada viajará a Venecia, donde vivirá tres años de éxito como una joya insólita en medio de un diminuto Reino extravagante. Luego irá a Nápoles, donde se pone al servicio de un ferviente admirador de su obra, el virrey español Fernando Enríquez Afán de Ribera, duque de Alcalá.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta