Crónicas de las hijas de Hécate

(Puedes leer la parte I aquí)

En el cómic DEL 2005 House of M escrito por Brian Michael Bendis y dibujado por Olivier Coipel, Wanda Maximoff atraviesa el luto por la muerte de sus hijos. En medio del dolor, reescribe la realidad desde sus cimientos, lo cual provoca que los mutantes gobiernen el mundo. Se trató de un evento catastrófico que cambió la mitología Marvel y que luego, la misma Wanda deshizo con la ya famosa frase No más mutantes, gracias a lo cual suprimió los poderes de la mayoría de los X Men. Una circunstancia definitiva que impactó no solo en el universo habitado por el profesor Xavier y compañía, sino buena parte del resto de las líneas argumentales superheroicas.

Con una evidente referencia a la caída de la gracia en medio del dolor de otras tantas brujas de la cultura popular, Wanda Maximoff muestra los límites de su poder en medio de un sufrimiento incontrolable. En el cómic, Wanda intenta recuperar su vida perdida con Vision y la reescribe desde el origen, lo que supone una manipulación temporal que coincide con el tono y la forma en que el MCU asumió desde el chasquido de Thanos todo lo relativo al universo que maneja. Y de hecho, ese punto de vista, es que el se muestra en la serie de Disney + WandaVision.

La simbología aparejada a Wanda, que muestra una manifestación extrema de su poder en medio del dolor, remite a otras tantas figuras trágicas literarias que desencadenan horrores debido al sufrimiento. En la mitología griega, Medea hija de Eetes, rey de la Cólquida y de la ninfa Idía, era una bruja sacerdotisa de Hécate. En algunas variaciones del mito original, se le considera hija de la misma diosa y la creadora de la brujería, junto con su tía y también bruja, Circe. Con Calipso, era considerada una figura temible, fuera del control del Olimpo y también, relacionada con un tipo de poder originario capaz de impactar en la sustancia de la realidad. Y como Circe, descendía de un linaje poderoso: era la nieta del dios del sol, Helios.

Pero además, Wanda y Medea comparten un punto oscuro y siniestro. Tanto una como la otra, desatan sus peores y más violentos rasgos, debido al amor (frustrado en la historia de una, no correspondido en la de la otra), lo que las empuja a un tipo de sombría crueldad. En medio de los celos y la cólera, Medea termina por asesinar a los hijos que concibió con el héroe Jason, lo que la convierte en una figura temible en la mitología griega y en el imaginario universal. Wanda, la encarnación más reciente de la figura femenina furiosa cuyo poder puede transformarse en un arma, se vincula directamente con la forma en que Medea recrea su terror, furia y al final, desazón. De hecho, el autor Robert Graves llegó a insistir en su libro Los Mitos Griegos (1955), que Medea era el símbolo de lo femenino deformado por el sufrimiento extremo. E incluso teoriza que quizás, el añadido de la historia que afirma asesinó a sus hijos, sea una forma de mostrar el temor del mundo antiguo por las mujeres poderosas, incontrolables y al final, capaces de demostrar su poder de manera salvaje.

Y es justamente el Doctor Strange — símbolo de la hechicería en su dimensión benigna — en compañía de Charles Xavier, quienes intentan no sólo descubrir las implicaciones de los poderes de Wanda sino también, la forma en que sus poderes modifican lo esencial de las líneas temporales y de los diferentes multiversos de la casa de las ideas. Como Circe en La Odisea — centro de un poder tenebroso en la literatura y mitología griega — y Morgana en el mundo artúrico — una presencia cada vez más imparable — Wanda se convierte en la intersección de la noción sobre el bien, el mal y lo desconocido.

Las brujas y el poder del misterio

Para Graves, la figura de la bruja — emparentada con la diosa madre — asume muchas formas. Es de hecho, una visión sobre esa capacidad de la naturaleza de ser hermosa y bondadosa, cruel y destructora a la vez y es que Graves engloba la visión de lo femenino a través de extremos. Sus arquetipos son siempre opuestos y más aún, complementarios, creando una especie de teología de lo femenino que por extraño que parezca, se contradice y se complementa entre sí. De hecho, los arquetipos de la bruja buena y mala son sólo dos de ellas.

Wanda Maximoff es la más reciente versión de una idea que Graves exploró por años. De hecho, hay una escisión precisa en la personalidad del personaje. De la mujer poderosa, herida pero en esencia en busca de reivindicación, a la todopoderosa, consciente de sus actos y que acepta el mal como motor impulsor poderosa, Wanda refleja la luz y la oscuridad de una primitiva divinidad femenina. El personaje se transformó a través de su tránsito por el universo cinematográfico de Marvel, en un emblema trágico del dolor y la percepción de sus capacidades para transformar la realidad — un atributo que suele relacionarse de forma directa con la imagen de la mujer divina de Graves — en una criatura imparable.

La mujer que puede ser tanto amante como asesina, la Medea maldita y triunfante que parece repetirse tantas veces en la historia Universal, no solo como estereotipo, sino además, como visión sobre lo esencialmente femenino. Tal vez por ello, esa disyuntiva constante de la santa y la puta, de la tentadora y la que purifica. La perdición y la salvación. Wanda lleva el arquetipo a un estrato contemporáneo, también a una ambiciosa conexión entre los extremos de lo moral.

¿Wanda tiene posibilidades de redención? Las tiene, en la medida que su anunciado destino pueda separarse de la oscuridad, la sin razón y el abismo. Para Graves todas las facetas de la divinidad inquietante y misteriosa, se funden en una identidad con rostro de mujer. No es casual, por cierto, que la más famosa evocación de la diosa madre en la literatura reciente es probablemente la descripción que Graves hace de ella en La Diosa Blanca, su libro más conocido. El autor asocia a la Madre de todo lo creado a la musa y a la luna, y llega a afirmar que ninguna composición poética es verdadera poesía si no la invoca. Tal vez tomando como referencia inmediata los romances y otras formas literarias históricas, la prueba decisiva de la inspiración de un poeta, podría decirse, es el esmero con el que pinta la Diosa Blanca y la isla sobre la que reina.

Pero la diosa de Graves, también implica oscuridad y la violencia. No porque la divinidad la represente o en todo caso, la exprese. El personaje de Wanda, que se eleva bajo el conocimiento de una predicción que signa su destino — de la misma forma que otros tantos personajes femeninos relacionados con el poder — debe decidir cuál es su propósito. Hacia dónde se dirige en su despiadado enfrentamiento con la idea del bien que la rodea.

El origen de la belleza, el tiempo y lo extraño

En la visión de Graves hay una capacidad enorme para sintetizar, esa identidad divina de la Mujer en todas sus sutilezas y sentidos, lo que incluye al bien y al mal. Según el autor, la Diosa, más allá de una entidad esencial y etérea, es una idea que engloba la feminidad, la divinidad y el concepto de misterio en sí misma. Hay una necesidad del escritor de englobar toda idea divina y terrenal en una sola identidad, en el rostro de la Diosa blanca, que a la vez es mujer y también, por supuesto, espíritu creador.

De manera que, para Graves ¿Quién es la Diosa Blanca y qué tiene que ver con las brujas? Es “una mujer bellísima, delgada, con nariz aguileña, el rostro de una palidez mortal, los labios rojos como serbas salvajes, los ojos de un azul increíble y largos cabellos rubios; se transformará de repente en cerda, yegua, perra, asna, comadreja, serpiente, lechuza, loba, tigresa, sirena u horrible arpía”.

La Diosa Blanca de Graves demuestra que todos las formas en que conocemos a la bruja, desde el moderno arquetipo de la bruja a lo Marvel, como la vieja fea y mala con la nariz y el mentón curvados hasta el antiguo estereotipo de la curandera que habitaba en un bosque secreta, tienen la misma progenitora divina. La antigua y pagana Diosa Madre, la Reina del Cielo, conocida también con el nombre de Ísis por los egipcios, de Ishtar por los asirios, de Inanna por los sumerios y de Astarte por los fenicio. Corresponde también a Venus/Afrodita, que era, en los tiempos antiguos, más que una simple diosa del amor, una poderosa creadora de vida y de muerte. Todas las versiones de la divinidad concebidas como una estructura sacra que sostiene la versión de la mujer como una concepción de la realidad y la interpretación colectiva de la incertidumbre.

Para el escritor, toda la verdadera poesía es en realidad una evocación a la antigua diosa adorada en el Cercano Oriente y en Europa. La noción sobre el culto primigenio a una Diosa sin nombre sobrevive en el lenguaje de la poesía, aunque parezca haber desaparecido de todo documento escrito desde hace siglos. Lo singular es que sin duda, la percepción sobre la mujer Sagrada — la amante, la hermosa que todos los verdaderos poetas la honoran, conciente o inconcientemente — es el hecho que engloba un lenguaje mítico usado por los poetas de forma reiterada y construida a través de todo tipo de ideas que parecen superponerse entre sí.

Se trata de una idea fascinante: ¿Hay un tipo de simbología oculta, elaborada convertida en un discurso proverbial y constructivo a partir de esa sombra de una divinidad desconocida que sin embargo parece formar parte de la noción colectiva sobre lo sagrado. Lo más sorprendente, es que la idea de Graves — esa presencia absolutamente misteriosa de una mujer poderosa y deseada por el hecho mismo de su poder — parece de pronto encontrarse en todas partes. ¿Es a ella a la que se brinda culto y elegía en La Belle Dame Sans Merci de Keats, por ejemplo? ¿la encantadora que representa el amor, la muerte y la inspiración poética, la moderna encarnación del tríplice aspecto de la diosa? ¿Se encuentra en los textos de Shakespeare a Spencer, a Donne, a John Clare, a Coleridge, a Keats, a Yeats y otros?

La teoría de Graves es innegablemente sugestiva y poderosa. No se trata por cierto de una idea feminista o de homenaje a la mujer (a pesar de su apasionada fidelidad a la musa) sino de un análisis de la idea sobre lo femenino (divinizado, sacramental) elaborada. Hay una percepción extravagante en su forma de concebir a la inspiración creativa: la elabora y la condiciona relación entre la musa y el poeta en sentido sexual (un erotismo de la mente) que asume y se asemeja a esa versión de YO sustantivo que se crea a partir de la idea de la escritura como un acto personalísimo. De modo que para Graves, la diosa y bruja, bruja y poetisa, son creaciones del mismo punto de vista, la creación absoluta enmarcada dentro de una percepción elaborada sobre el bien y el mal, la belleza y lo profundamente significativo.

El poder de la Mujer: En el Velo de los Misterios

Tanto en el cómic como en el universo cinematográfico de Marvel, Wanda Maximoff tiene un largo cabello rojo. También, ama y es su capacidad para expresar sentimientos, lo que le convierte en una criatura trágica. Porque el mundo emocional del personaje es de tal profundidad, que la lleva al borde de la locura y después, convierte a sus poderes en una arma contra el mundo. Wanda, no es sólo la criatura más poderosa del universo Marvel. Es la permanencia en la memoria colectiva, de una percepción específica sobre la mujer poderosa y divina.

La Diosa Afrodita (Venus para los Romanos) era una divinidad de cuidado. Quizás la más peligrosa del panteón Olímpico. No sólo era capaz de mover los hilos del amor y las pasiones con toda libertad — lo que provocaba todo tipo de consecuencias — sino que además, tenía el poder de provocar el amor como una noción profunda y compleja sobre la existencia. No es casual que Afrodita protagonice la mayoría de los enfrentamientos entre dioses, creyentes e incluso, forme parte de la mayoría de gestas semi históricas del mundo Antiguo. Afrodita, imprevisible, portentosa y cruel, era la representación de la emoción humana más incomprensible. Y en muchas de sus versiones pictóricas, es mostrada con una larga cabellera de color rojo encendido, como imagen visual de su corazón ardiente y de la cualidad de su poder para crear un tipo de belleza muy específica dentro del caos.

De la misma forma que Wanda, la magnífica Afrodita representaba un tipo de mujer temible, una feminidad agresiva, devastadora e inevitable que la mayoría de las veces resultaba toda una amenaza para la primitiva visión de Grecia y luego de Roma sobre la mujer. Porque la Diosa, con su libertad sexual, intelectual y corporal, su profundo conocimiento de la naturaleza humana de sus fieles creyentes — la hacían heredera directa de los dones de las Diosas primigenias y nutricias que le precedieron. Afrodita además, tenía diversas encarnaciones para representar el “amor” pero también a la mujer: desde la Victrix a la Anadiomene, la Diosa era el poder de la complejidad absoluta sobre lo femenino. Una representación multidimensional de la mujer que apabullaba a las tímidas representaciones de la divinidad femenina en cualquier otra mitología.

Porque Afrodita amaba — y eran tan apasionada como provocar conflictos estelares — pero también odiaba y era todo lo violenta como se suponía podía ser una deidad de su categoría. No había nada bueno ni malo ese poder ancestral que representaba no sólo con su mera existencia como parte de la noción sobre lo sagrado de los griegos y romanos, sino con el poder de su culto. No había región en el mundo antiguo donde Afrodita no fuera temida y admirada. Donde no se suplicara su intervención. Donde no fuera un poder implacable y maravilloso.

Para el mundo antiguo, amar es algo más que una expresión de emociones. Engloba el poder de ser y de estar. De desear, crear, construir, destruir. Porque lo femenino, durante mucho tiempo — demasiado tiempo — fue considerado inmutable, dolorosamente silencioso, sin voz. Es temible, esa idea de la mujer del Medioevo como ideal romántico, o la mujer Victoriana, atrapada en su corsé. Y es que lo divino arranca capas de comprensión, resume, disminuye, debilita. Lo sagrado consagra, embellece, brinda poder. Es un pensamiento hermoso sin duda. Un pensamiento poderoso. Pero más allá de eso, se trata del reconocimiento de la individualidad de la mujer. De su complejidad histórica. De su noción sobre su capacidad para ser un individuo por encima de cualquier prejuicio de género. De hecho, es el poder de ser mutable, diferente, la necesidad de transformación lo que hace a lo Sagrado una parte cultural esencial. Lo sagrado — lo excelso, lo esencial y nuclear — es lo que lo hace perdurable. Tal vez por ese motivo, en griego están hierós y hagios, pero mientras la primera significa sagrado en lo que tiene de referencia a lo divino como fuerza y luz, la segunda, hagios, implica también la acepción de maldito.

Claro está, la brujería y la particular percepción de la mujer como poderosa, no siempre deben coexistir pero por extraño que parezca, siempre lo hacen de una manera y otra. Como Wanda Maximoff acaba de demostrar en la nueva encarnación de la mujer poderosa y temible, La bruja está viva en las historias que contamos sobre mujeres extraordinarias. La bruja está viva en toda la nueva percepción de lo femenino como portentoso, intelectualmente poderoso y lleno de vida. Por las historias que contamos, por las afirmaciones de “Soy una bruja” que cada día son más frecuentes en libros, películas, series de televisión. La bruja regresó desde el olvido para hacerse más fuerte que nunca, más visible y sobre todo, mucho más simbólica que nunca.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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