Crónicas de las hijas de Hécate

Elizabeth Olsen en “Doctor Strange in the Multiverse of Madness” (2022) de Sam Raimi

(Puedes leer la parte II aquí)

En varias de las escenas de la película Doctor Strange in the Multiverse of Madness (2022) de Sam Raimi, Wanda Maximoff (Elizabeth Olsen), se reconoce como bruja. No sólo por su poder, sino por asumir que hay un aspecto de su personalidad más salvaje e incontrolable. También por la capacidad del personaje para la destrucción. De hecho, al llegar al Monte Wundagore, el lugar ancestral que según la mitología de Marvel alberga los más secretos y espantosos hechizos del libro mágico Darkhold, no se sorprende al encontrar una efigie suya.

Luego de mirarla, la mujer con el poder de esclavizar al cosmos, que está dispuesta a arrasar con antiguos aliados y también, destruir hasta las cenizas todo obstáculo que se interponga en su camino, se reconoce en ella. “Esto es un altar” dice, contradiciendo la afirmación de Hechicero Wong (Benedict Wong), que aseguraba se trataba de una tumba. “Esperaba por mí”. Con una única escena, el guionista Michael Waldron, parece haber construido una mirada renovada al mito de la bruja sobre la concepción del conocimiento acerca del poder, el bien y el mal, que habita en su intención y en la forma de construir un concepto renovado de la magia.

Durante los últimos años, la figura de la bruja regresó a la cultura pop, lo cual es sin duda un síntoma inmediato que el análisis sobre la mujer sagrada es más actual que nunca. Desde la novela Water Shall Refuse Them de Lucie McKnight Hardy (que conceptualiza a la bruja como origen de todo poder nacido de la tradición) hasta The Glass Woman de Caroline Lea (un interesante recorrido por los juicios a brujos en la Europa medieval), la concepción del poder asociada con el símbolo de la mujer sabia sostiene un discurso novedoso sobre la forma en que se concibe una época caracterizada por el reclamo de género.

El año pasado, también se anunció que la Circe de Madeline Miller llegará a la pantalla de HBO como una serie, lo cual no deja de ser desconcertante, si se analiza en la perspectiva de lo que la novela y su adaptación pueden contar. En plena época de movimientos como #TimeUp y #MeToo, el argumento mostrará Circe como la víctima de una violación que convertirá a los hombres en cerdos como una forma de defensa propia. ¿Un mensaje, un símbolo, una alegoría?

Tal vez todo a la vez: las brujas literarias modernas, son metáforas de resistencia al patriarcado y una forma de convertir el poder de lo femenino en un movimiento cultural que se alimente de sus propia versión del mundo. La autora del poemario WITCH, Rebecca Tamás, medita sobre la idea como una reflexión sobre los terrores, las esperanzas y el simbolismo través de épocas en las que la voz femenina se ha considerado una forma de rebeldía. “Quería escribir un libro de poesía que de alguna manera interrogara o hiciera sonar la historia femenina silenciada y reprimida, los miles de años de experiencia vivida de los que casi no tenemos constancia” dijo Tamás en una entrevista reciente “Para mí, la bruja representa toda ese poder reprimido que constantemente emerge a la superficie en una visión inquietante del poder, la sexualidad y la independencia femenina”.

La bruja y la furia

la figura en la cultura pop ha sufrido todo tipo de transformaciones: Desde la amenaza hasta la terrorífica, a la mujer poderosa siempre se le miró con profunda desconfianza. Aún así, su figura persistió en todo tipo reinvenciones y conceptos en la cultura pop, empeñada analizarla y encumbrarla como epítome del mal y cierta belleza misteriosa. La malvada y espléndida Bruja Blanca de las Crónicas de Narnia del escritor C. S. Lewis, la inquietante figura de piel verde del Mago de Oz, las brujas exquisitas e inquietantes de Roald Dahl. Pero cada una de esas figuras simbólicas proceden de versiones mucho más antiguas: La Baba Yaga que acecha en el bosque y vuela por los aires, para castigar a los niños desobedientes. La Dama muda y temible, que aparece en medio de la oscuridad, para seducir a los incautos. La mujer sabia que aguarda en el centro de bosques milenarios para contar historias, para preservar la memoria de la tribu. La bruja — como expresión femenina, como poderosa visión del bien y del mal — ha sobrevivido a pesar de su transformaciones, la violencia y la distorsión de la metáfora sobre el poder de la mujer, hasta alcanzar una dimensión por completo nueva, desconocida y mucho más poderosa de lo que nunca fue.

Tal vez por ese motivo, durante las últimas décadas, la figura de la bruja ha alcanzado un nuevo e inesperado brillo. La visión moderna sobre la bruja incluye no sólo poder, sino también una expresión de belleza y feminidad directamente emparentado con un poder moral y espiritual muy específico. Y con esa percepción del poder de la mujer, nació toda una nueva connotación sobre el tiempo, el espacio y la forma de experimentar con la percepción sobre la identidad colectiva. De pronto, no hablamos sólo sobre la bruja y su misteriosa capacidad para representar lo desconocido, sino también una fuerza genuina que representa una aspiración cultural sobre la identidad y sus complicaciones.

Una forma de contemplar el tiempo y la transformaciones sociales que se manifiesta a través de la mujer misteriosa y enigmática. Por siglos, el sombrero puntiagudo y la escoba representó una amenaza, una clara representación del mal moral y del terror convertido en una forma de comprensión sobre los lugares inexplorados de la naturaleza humana. La bruja es malvada o es incomprendida, la bruja es poderosa y temible. La bruja es una alegoría a cierto tipo de capacidad intelectual y moral que por siglos le fue negada a las mujeres.

El poder y el tiempo, dos atributos para comprender a la bruja moderna

¿Qué es una bruja? ¿Qué es lo que convierte a la mujer en una? ¿Por qué algunas se llaman a sí mismas de esta manera? La bruja forma parte de la mitología popular, incluso desde antes de que la cultura pudiera recordarlo. Es parte del símbolo de la mujer poderosa o al menos lo fue, hasta que occidente se encargó de convertirla en malvada.

Hoy las brujas parecen mirarnos de todas partes: desde la caricatura de piel verde que cuelga en las vidrieras de las tiendas, esa mujer de nariz retorcida que saltó de los cuentos de hadas directamente a las pesadillas de los niños, y la mujer sabia, la bruja tradicional que actualmente se ha reivindicado gracias a ese renacer de lo femenino como sagrado. Sin embargo, queda mucho por decir sobre la bruja, esa mujer que sonríe, misteriosa, entre el velo de la historia y la leyenda, y que sobrevivió a las llamas de la ignorancia, la que se ocultó en la historia, la que forma parte de esa visión de la mujer poderosa y que estuvo tanto tiempo en reposo.

No hay antecedentes precisos sobre la primera mujer que se calzó el sombrero puntiagudo y las medidas de rayas para llamarse, a sí misma, bruja. Pero sí de que Dios, el eterno y patriarca de los valles celestiales, antes de ser un célebre soltero tuvo una divina consorte. Al menos en eso insiste la investigadora de la Universidad de Exeter, Francesca Stavrakopoulou, que señala que antiguamente, las potencias religantes que derivaron en las grandes religiones monoteístas contemporáneas adoraban a la diosa Asherah, La Gran Madre. ¿Y quienes eran sus hijas si no la mujer poderosa, la sabia, la curandera, la que era capaz de crear vida?

La bruja nació como reflejo directo de ese remoto matrimonio celestial y su rastro parece extenderse por el Oriente Medio, siguiendo lo que puede leerse como la sinuosa línea de una ancha cadera divina: el arquetipo de Asherah también se consigue bajo el nombre de Astarot, quién es a su vez la Ishtar babilónica y la Astarté griega. Arquetipo del divino femenino: Luna, Tierra Venus. De manera que la bruja fue la imagen esencial de esa mujer creadora, la sagrada, cuyo vientre tenía la misma capacidad para crear vida del Dios misterioso de las alturas. Una idea que asombró a los hombres hasta que tomaron conciencia de su participación en el prodigio de la concepción.

Pero la bruja sobrevivió incluso al patriarcado del sedentarismo, cuando las viejas diosas creadoras fueron arrojadas de altar para ser sustituidas por deidades belicosas. La bruja, terca, sobrevivió al puño de la edad de hierro, a la sangre derramada de la nueva religión de las armas que sustituyó a la de la tierra. Para entonces, ya habían obtenido un nombre, más allá del simple gentilicio de Hija de la Diosa: bruja por derecho propio. Los celtas ya usaban una palabra para brindar estatus y prestigio social a las mujeres de especial importancia y era de conocimiento común que eran “gente buena” y “sabias con conocimiento de la Tierra”.

De la bruja desnuda bailando en el bosque y la risueña doncella corriendo por entre los sembradíos para asegurar prosperidad y fertilidad, hasta las imágenes que tanto horrorizaron a los católicos unos siglos después. El problema con la bruja, la esencial, es que es libre. Un espíritu salvaje que encarnaba la unión de lo divino con lo carnal, lo deseable. Ya era historia vieja su poder, su tentación, su risa contagiosa. Así que la Iglesia, Madre y Señora del pudor, decidió perseguirla y asediarla. Esa mujer sin atadura y sin moral representaba a los paganos salvajes de las tierras que aún no reconocían al Cristo Redentor de ojos amables. La bruja conocía de fuego, de tierra y de sangre, y eso era peligroso para la nueva moral de un mundo que comenzaba a reconstruirse alrededor del Dios hombre, ahora así entronizado en el poder de la Europa joven.

El continente se cubrió de piras de castigo. Las llamas quemaron a brujas y a inocentes, a libres pensadoras, a putas, a sospechosas de crear. La mujer se convirtió en mártir de su género, en una prisionera de una iglesia tan despótica como cruel. Pero la bruja, la verdadera, la que recorrió Europa como carta de Tarot, como escoba detrás de la puerta, como los pequeños ritos del jardín, como las pequeñas costumbres y supersticiones de una época remota, era indomable. Y sobrevivió a pesar de las sentencias. La imagen de la mujer fuerte, por encima de la casta. Durante años, los romances medievales cantaron odas de amor a la mujer misteriosa, velada. Y la bruja, la divina, respondía siempre. Y es que no es tan fácil destruir lo que habita en esa dimensión del espíritu rebelde, la cultura que se opone a todo y se mira a través del poder de renacer.

La bruja regresó de su anonimato histórico para ocupar su lugar cultural, ése que siempre ocupó siendo la curandera, la sabia, la consejera, la madre, la anciana, la poderosa. La bruja, como idea histórica más allá del prejuicio al que estuvo sometida durante siglos.

El conocimiento, la independencia y la fuerza de voluntad siempre han sido considerados peligrosos para el poder establecido de quien insiste en poseer la razón absoluta. Ejemplos sobran: Hipatia de Alejandría asesinada en plena calle mientras defendía la biblioteca que custodiaba; Juana de Arco vistiendo resplandeciente armadura frente a los ejércitos franceses, quemada acusada de brujería por los mismos hombres y mujeres que había defendido espada en mano; o Mary Wollstonecraft, madre de la escritora Mary Shelley, quien había sufrido durante toda su vida el estigma de ser una mujer diferente e inteligente en un mundo que la rechazó por serlo. La raíz del mal, más allá del simple concepto moral, como una visión de esa fina linea que divide lo que se considera normal y lo que no lo es. Bruja, bruja y bruja. La eterna impenitente. Incluso esa antiquísima Lilith, demonizada por la religión hebrea por el simple pecado de reclamar igualdad. Según la tradición, Lilit se rebeló contra su marido Adán y lo abandonó. Y con ello encendió la ira que recogió su mito y la convirtió en una mataniños. Se le llamó “Madre del mal” y, claro está, bruja.

Wanda Maximoff, la más reciente encarnación de una larga tradición de mujeres poderosas, tiene un destino trágico en Doctor Strange in the Multiverse of Madness. Pero algo queda claro: no sólo es la criatura más poderosa de una de las mitologías actuales más queridas y significativas. También, es imbatible. Su poder — capaz de reescribir la realidad, reconstruir el mundo, sostenerse sobre la sustancia misma de lo creado — sólo pudo detenerse mediante la emoción. Una curiosa versión que la vincula con Circe — cuya ira y capacidad de amar se volvió un hito en la tradición mitológica griega — y Morgana — cuyo pasión casi destruyó un reino — y la hace, un reflejo cultural de enorme interés. La bruja Escarlata, esa nueva encarnación del terror y el amor, es algo más que un personaje popular. Es la reminiscencia más evidente de una idea profunda sobre el bien, el mal y el misterio femenino, parte de la imaginaria colectiva por siglos.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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