Crónicas de las hijas de Afrodita

Anais Nin no solía simpatizar a los que le rodeaban. No de inmediato, al menos. En uno de sus Diarios suele dejar entrever que no sólo resultaba antipática, sino que además, su resistencia a la “normalidad y a la decencia” le hacían “desagradable” para los que debían “tratar de entenderla”. Por supuesto, bien podían ser exageraciones — tan propias del carácter de Nin — o del hecho que en realidad, encarnaba a un tipo de espíritu libre que podía provocar desconcierta. Le gustaba hacerlo, además. Sus amigos y conocidos, solían insistir en la capacidad de la escritora para polemizar y escandalizar, hacerlo sin temor “a lo desconocido”, como apuntó repetidas veces en varios de sus textos.

Nin, que se consideraba una “aventurera” y disfrutaba con enorme frecuencia de la sensación de libertad “que le brindaba encontrar “la verdad y la mentira” en una zona “desconocida y por explorar” entre “lo real, los deseos y la codicia carnal”, también intentó comprender la naturaleza humana desde sus infinitas graduaciones. De bondad, de maldad, de simples errores espirituales que se correspondían con su percepción con lo perfectible y frágil de “la mente y el corazón humano”. Nin pasó buena parte de su vida en medio de una batalla de expresiones, reflexiones y la necesidad de encontrar un punto elocuente sobre el cual dialogar acerca de lo sensorial, los dolores y placeres físicos, además de por supuesto, su extensas inquietudes intelectuales.

No sólo no era una mujer “común” (tampoco intentaba serlo), sino que en realidad estaba en la búsqueda de algo más elaborado y temible para la sociedad de la época en que vivió que la idea del bien y del mal. Anais Nin deseaba entender el mundo a través de la palabra, a través de un interminable y profundo relato sobre su vida a la manera de gran amalgama de percepciones sobre la naturaleza humana. Nin escribía para contar — a los demás, a sí misma — todo lo que consideraba como un recorrido a través de los lugares luminosos y oscuros del “arte de vivir”. Se trata también, de la concepción sobre algo más elaborado y persistente, acerca del hecho de escribir como un hábito disciplinado que le permitió entre otras cosas, abarcar los extrañisimos cambios que atravesó su vida década a década.

Anais Nin contó su vida como un espejo, no sólo de sus vivencias sino de las transformaciones del mundo a su alrededor. Lo que comenzó como una carta a su padre que jamás envió por temor a perderla, se transformó en una necesidad imperativa de llevar un cuidadoso registro de todos los hechos y circunstancias que vivió. Pero mucho más que eso, la escritora estaba convencida que la palabra — la conexión con la vida que ejercía su capacidad para narrar como una gran historia interminable su historia — era una forma de perpetuar su ambición por cierto grado de poder personal. Nin sabía que escribir era un escape, también una elaborada forma de reconstrucción de su historia.

A la vez, una larga sucesión de pequeñas escenas sobre algo más poderoso. Los diario de la escritora no sólo abarcaban sus confidencias, también enlazaban su vida con el transcurrir del tiempo. De una u otra forma, la concepción de su trayecto emocional, intelectual y erótico, se convirtió en un relato continuo y cuidadoso. En una búsqueda persistente sobre el hecho de vivir como una colección de recuerdos. “Soy lo que vivo, lo que aspiro a vivir. Sin esas escenas entrecruzadas entre sí, sería imposible asumir mi lugar en el mundo, en medio de todas las pequeñas cosas que me sostienen como un personaje al que doy forma cada día”.

Tal vez, allí radique la antipatía que suele despertar Anais Nin, sólo por ser contestataria, incómoda y en ocasiones, con una vanidad convertida en devoción por sus propios demonios. También, en el hecho que la mayor parte de su obra es autorreferencial, con una curiosa y siempre vivaz convicción que cada una de sus experiencias, vale la pena ser contada. Desmenuzada con minuciosidad hasta encontrar un hilo conductor que le permitiera mirar a todos los estratos de su identidad. Fue una de las primeras escritoras en emplear la concepción sobre el yo como algo más grande que la mera idea sobre el existir — “no solo estoy, también vivo” escribió en varias ocasiones — sino también, la de recorrer un estudio cuidadoso sobre la búsqueda de objetivo.

¿Por qué escribía Anais Nin su historia? ¿por qué insistía en gravitar a través de un sistema de metáforas privadas, construidas a su medida?. ¿Qué era lo que buscaba de manera tan afanosa y en ocasiones obsesiva en medio de un tránsito hacia algo más complicado? La propia escritora no la descubrió jamás o mejor dicho, no intentó explicarlo de forma concisa. Fascinada con la idea del misterio, la búsqueda de algo más complejo que sólo admitir el motivo de su necesidad de narrar lo abstracto acerca de su vida, llegaría a decir que escribir “sobre lo que puedo, mirar, comprender y sostener, es un recorrido hacia tierras inexploradas en mi mente. Un lento descenso a un lugar inquietante y hermoso que descubro a medida que comienza a existir”.

El mundo y la frontera del tiempo

Los diarios de Anais Nin son la quintaesencia del relato autorreferencial, pero también de una experiencia biográfica que abarca algo más que la vivencia. Nin estaba convencida que su pasado y el valor individual del presente de flujo ininterrumpido que logró construir a partir de su capacidad para ficcionar cada suceso, creó un gran experimento narrativo que todavía resulta sorprendente por su poder y belleza. La escritora atravesó experiencias cada vez más duras, dolorosas, emocionales y desafió la insistente convicción del mundo literario que la versión de la realidad de lo femenino debe atenerse a cierto peso y a cierta amabilidad casi inevitable.

Pero Nin fue más allá. Construyó no sólo un relato en primera persona que abarcaba todos los lugares de su vida cotidiana, sino que además, supo englobar con la evolución histórica y social del mundo que le rodeaba. Ambas cosas convirtieron a Anais en una excepcional testigo de lo que ocurría en décadas de apreciables cambios estructurales, sino también de la forma en que esa evolución marcó de forma indeleble el arte y la literatura como trasfondo línea.

El hecho que su hábito del relato diario comenzara con una carta a su padre, deja claro hacia dónde se dirige toda su potencial y necesidad como escritora. Por supuesto, la escabrosa y a menudo puesta en duda revelación sobre la relación incestuosa entre ambos, suele ser la parte de mayor importancia de un extenso debate sobre el hecho de la sustancia que mantiene el valor de los diarios de Anais Nin como testimonio de sí misma. O mejor dicho, de su versión — tendenciosa, edulcorada, llena de exuberantes detalles sobre su vida sexual — de su acontecer privado.

Anais Nin nunca aseguró que decía la verdad, tampoco que mentía. En realidad, sus diarios eran algo mucho más cercano a una deliberada y perseverante necesidad de oponerse a la visión de la mujer literaria, con frecuencia limitada por la obligación de la identidad femenina. Pero Nin fue rebasó cualquier frontera o límite impuesto. Abrió todos los espacios y reconstruyó la concepción acerca de lo moral y lo poderoso, en una narración cada vez más consistente sobre la mujer. A su vez era un testimonio de su vida, que a su vez se vinculaba a un quehacer literario disciplinado y novedoso.

¿Era creíble lo que contaba Anais Nin en sus diarios? Desde sus primeras publicaciones, uno de los grandes debates alrededor de la obra de Anais Nin ha sido su verosimilitud. Nin escribía todo el tiempo, por todos los motivos. Lo hacía a toda hora y relataba con pulcritud cada suceso que vivía, disfrutaba o enfrentaba. Sus diarios son el génesis de todo lo que escribió antes o después, de cada pequeña estructura narrativa con la que sorprendió a la crítica literaria, a pesar de sus frecuentes detractores. Para Henry Miller, por ejemplo, la obsesión de Nin por escribir y no solo ficción o textos meramente dedicados a la publicación, convierte a sus diarios en una rareza compleja que reflexiona sobre la naturaleza poderosa de sus relatos íntimos.

Nin escribía para completar su experiencia como escritora, pero al contrario de cómo lo haría más adelante Clarice Lispector (que también escribía sobre vivencias, aunque no en forma de diario), su discurrir a través de la versión de la realidad, sino de su interpretación sobre lo que afirmaba haber vivido. Para Nin, el diario era una elipsis temporal, también una búsqueda de respuestas, una contradicción elaborada al hecho de escribir para sustentar su versión de las cosas y a la vez, contradecirla con su tergiversación. Anais Nin no deseaba ser confiable y de hecho, muy probablemente le importaba poco la verosimilitud de su obra. En realidad, su dedicación y esfuerzo al relato autobiográfico, era una forma de elucubrar sobre todos los extremos de la narración como extensión del yo — y de allí su interés por el psicoanálisis — sino también, una búsqueda cuidadosa de lo esencial en el arte de escribir. Los diarios de Anais Nin eran sus confidentes, pero también el reflejo de una serie de versiones sobre la mujer que era que se transformaban en un lento caleidoscopio contemplativo.

Desde la mujer que su padre abandonó — como hija, como amante, como punto central de una relación claustrofóbica y amarga — , hasta la escritora en búsqueda de identidad, los diarios de Anais Nin muestran el recorrido de la artista en formación, de su madurez formidable, del dolor convertido en una ficción poderosa. Poco a poco, los diarios se llenaron también de reflexiones sobre la cultura de las décadas que vivió, la compañía de hombres extraordinarios o de mujeres con las que rivalizaba por puro temor, de la lenta transición de la autora que experimentaba entre cientos de páginas hasta lograr una plena mirada al hecho literario en sí.

Para autores como Otto Rank, Gore Vidal o Antonin Artaud, la obsesión de Nin por escribir era también motivo de debate. ¿Por qué escribimos? ¿Para qué escribimos? ¿por qué crear un universo basado en la palabra y sus implicaciones con la realidad? La convicción de Nin sobre el hecho del relato continúo — el nivel de detalle, profundidad y elaboración de sus diarios aumenta y termina por convertirse en una obra que se sostiene sola — es también, una mirada convincente sobre la identidad, la forma en que se refuerza y se condensa el poder de Nin para utilizar su vida como espacio poderoso para la creación. Cada página que escribió y relato que convirtió en un recorrido profundo por su identidad, la convicción de Nin sobre el valor del diario como fuente de poder narrativo aumentó, se hizo más concisa. De pronto, las confidencias se convirtieron en un terreno fértil para la literatura que se sostiene a través de una mirada profunda sobre el yo. Quizás el mayor aporte de Nin a la literatura y a la creación en general, como espejo reflejo del individuo en busca de reflexión sobre su individualidad.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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