Crónicas de las hijas de Afrodita:

Según la escritora Toni Morrison, todo libro es un acto de voluntad y capacidad para dialogar con el mundo al que intenta reflejar. No obstante, para la poeta también es un símbolo: Una mirada que analiza la época que lo engendra y el supremo acto de poder que supone un acto espiritual supremo. Por ese motivo, la obra de la autora siempre ha sido una metáfora formidable sobre la necesidad de escribir para desmenuzar el tiempo y sus vicisitudes, no sólo por su laureada carrera, sino por su capacidad para aglutinar los conceptos sobre la comunidad afroamericana, sus tópicos y dolores bajo una misma visión literaria. Morrison quien murió a los 88 años a principios de y jamás dejó de escribir desde que comenzó, fue un monumento vivo al poder de las literatura para enfrentarse al prejuicio y la segregación, tan habitual en un país como el suyo en el que aún la tensión sobre el tema racial es considerable.

Pero la escritora, además, fue el rostro de un tipo de batalla intelectual que la lleva a convertirse — quizás sin desearlo — en una metáfora sobre el poder de la voluntad creativa para romper límites en una cultura esencialmente restrictiva. Desde sus humildes orígenes hasta alcanzar el reconocimiento mundial gracias a su prodigiosa mezcla de talento, ojo crítico y crudeza al contar el dolor, Morrison se convirtió en interlocutor de un tipo de mensaje que trasciende las fronteras de lo racial y lo social, algo no muy común en norteamérica, en el que la tensión sobre el tema resurge cada cierto tiempo y con mayor virulencia.

De Toni Morrison se suele decir que “no debe nada”, una percepción sobre su vida y los alcances de su carrera que evade una explicación simple. “No debe nada” a la comunidad afroamericana, aunque la representó, ni tampoco al mundo literario que la celebró. Cada uno de sus logros, fueron el fruto de un eminente y decidido esfuerzo por narrar historias de enorme contenido emocional, pero también con la suficiente fuerza para romper límites invisibles. Con la publicación de su primera novela Blue eyes en 1970, Morrison dejó claro que su objetivo era contar la realidad, modularla hasta crear una confesión misteriosa sobre los dramas invisibles que durante décadas, llevó a cuestas. Las obras de la escritora nunca son sencillas, mucho menos su insistente análisis de la realidad como una puesta en escena elaborada a trozos entre el desarraigo y la violencia. Toni Morrison, víctima de una hogar roto, una agresión sexual y un cuadro depresivo que le llevó muy cerca del suicidio, compone en cada uno de sus libros una percepción sobre el sufrimiento realista y descarnada.

No hay nada sencillo en el punto de vista de Morrison. Ni tampoco la escritora pretendió que lo fuera. “El dolor en el mundo es real y tanto, como un reflejo de lo que nos sujeta a la vida” dijo en una entrevista al New York Times en 1996. Una frase que podría resumir no sólo su propósito al escribir sino también, su decidida convicción de mostrar el sufrimiento desde lo descarnado y lo profundamente significativo.

Quizás para celebrar casi un siglo de vida o porque la gran Dama de la literatura estadounidense comenzó antes de morir a recopilar los trozos de su memoria, el libro The Source of Self-Regard — publicado casi en paralelo con su muerte — fue un recorrido por su vida literaria y también, por la forma en que la escritora construyó su propio legado a partir de una firme observación del mundo contemporáneo. Compuesto por ensayos, relatos cortos, meditaciones a fragmentos, la recopilación recorre cada estrato de la vida literaria y pública de la escritora para hacer énfasis en sus opiniones políticas, sobre la mujer y la sociedad norteamericana. Morrison no fue una escritora sencilla — no pretendió serlo — pero en esta ocasión, el nivel de complejidad de su obra se traduce a través de una mirada crítica sobre la identidad del hombre norteamericano y la cultura que nace a partir de él. En conjunto, las obras tienen un sentido aleccionador — es notorio que se tratan de discursos y textos escritos con deliberada y puntual intención — pero nunca, sermoneador. Morrison no se consideraba una autoridad, sólo una observadora. Y una además, cuya mirada iba transformándose con una rapidez asombrosa. Fue esa contemplación de lo efímero y de lo sutil de lo que crea y sostiene la cultura es quizás lo más eficaz de un libro duro de asimilar.

The Source of Self-Regard ha sido comparado con La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres de Siri Hustvedt, quizás por la riqueza con que ambas mujeres lidian con temas en apariencia dispares entre sí pero que se complementan como un único bloque de información. Tanto para Hustvedt como para Morrison, los ensayos son reflexiones de largo alcance sobre temas atemporales que son por completo válidos tanto en el momento en que se escribieron como después. Morrison sobre todo, tuvo la capacidad de extrapolar hechos disímiles con una comprensión sutil de sus implicaciones. De la misma forma que el libro de Hustvedt, The Source of Self-Regard atraviesa el incómodo terreno de la aseveración en estado puro — Morrison era muy elocuente y elaboró todo tipo de ideas sobre temas amplios — pero a la vez, construyó una opinión creíble sobre casi todos ellos. La selección es rica, muy variada y casi al final, resulta agotadora en su puntilloso análisis sobre los temas preferidos de la escritora, que van desde el mundo femenino hasta la influencia de la cultura afroamericana en la literatura. Entre una y otra cosa, hay una amplia colección de tópicos que Morrison analizó con cuidado y delicadeza a lo largo de su vida. Para la escritora, fue de capital importancia encontrar el elemento humano en cada tema que toca y en The Source of Self-Regard lo logra por completo.

Por supuesto, Morrison volvió a sus temas favoritos: en su libro — simbólicamente una despedida — hay varios ensayos y discursos dedicados en exclusiva al racismo, a la virulenta relación de la ley con el prejuicio e incluso, un cuidadoso análisis sobre el conflicto fronterizo de México y EEUU del 1996 que podría ser por completo pertinente en la actualidad. Morrison dedica tiempo e interés a cada uno de sus puntos de vista y el resultado es una colección de ensayos de enorme riqueza argumental, temática y lingüística. Cada una de las 43 obras — divididas en temas y también, géneros — es un recorrido por cada punto de vista de Morrison sobre su crítica a la sociedad estadounidense — presente en todas sus novelas — , la compasión en el mundo moderno — un tema al que regresa cada cierto tiempo — pero sobre todo, la representatividad étnica. Morrison es una mujer negra que creció en un mundo violento: esa versión de la realidad colinda con sus éxitos literarios. La combinación de ambas cosas, crean una perspectiva única, capaz de mirar la oscuridad de la cultura norteamericana pero también, la más brillante. Morrison conoce a los monstruos del país que ama y teme, pero también sus más radiantes virtudes. Entre ambas cosas, The Source of Self-Regard actúa como puente y enlace de ideas que se complementan entre sí y elaboran conceptos de asombrosa lucidez sobre las obsesiones tradicionales de la escritora.

Resulta asombroso que aunque la mayoría de los ensayos tienen al menos una década de antigüedad, todos pueden predecir el futuro cultural y social con absoluta propiedad. Morrison utilizó su punzante criterio sobre lo colectivo, para crear hipótesis creíbles y al final, verídicas sobre un país cada vez más radicalizado. Es desconcertante el tino y la directa precisión de Morrison, para predecir sucesos como “el debate del racismo en los medios de comunicación” y hacerlo, desde una connotación lúcida sobre el hecho que EEUU aún se debate en una percepción de la raza y la representatividad escindida e incompleta. Pero además, Morrison tenía gustos muy variados y realizó un recorrido casi retrospectivo por la cultura pop y del espectáculo, lo que permite englobar sus reflexiones más severas en un ámbito/contexto muy específico. De modo que mientras se hace preguntas sobre la vida de Chinua Achebe y su influencia sobre la cultura negra de finales de los ’80, reflexiona sobre los medios de comunicación y el racismo sempiterno en su forma de estructurar la visión sobre la realidad. Para Morrison la cultura abarca todo y esa gran mirada hacia la identidad como parte de lo social, es lo que hace al libro The Source of Self-Regard tan pertinente.

Por supuesto, Morrison fue una mujer consciente de su lugar en la historia, por lo que algunos de los ensayos, son homenajes concretos a las grandes figuras y corrientes que marcaron su vida o que sostienen su obra, aún activa a pesar de su edad. Su delicadísima devoción a la memoria de Martin Luther King Jr. se extrapola a una versión sobre las luchas civiles que tiene mucho de épica privada. “En que cada hogar, debe existir la conciencia sobre la percepción de lo étnico como parte de lo que somos” escribe, a la vez que avanza hacia el controvertido tema del “Black Matter” y termina en una disquisición sobre la herencia afroamericana, que poco tiene que envidiar a cualquiera realizada con respecto al racismo evidente de Donald Trump o la llegada del tema al gran público gracias a la película Black Panther de Ryan Coogler. La forma en que Morrison entrelaza los temas entre sí, les brinda una formidable solidez y además, una extensa capacidad para abarcar todo tópico como una red articulada y coherente.

Morrison no fue una mujer interesada en temas triviales y es notorio que para la escritora, lo trascendental ocupa buena parte de sus intereses privados. En la última parte de su libro, Morrison medita sobre el alcance de la divinidad, la potencia del amor y la espiritualidad en un reconocimiento a la obra y trabajo del escritor James Baldwin. Pero no lo hace de manera directa sino a través de la capacidad del artista como traductor de la realidad en un axioma semejante al propuesto por Arthur Rimbaud dos siglos atrás. Como el poeta francés, Morrison estaba convencida que el papel del artista es una mirada profunda e inquieta sobre lo misterioso del espíritu humano, a la vez que un recorrido doloroso a través de su oscuridad. Como si de una memoria continua se tratara, Morrison pasa de un tema a otro, enlazándolos entre sí a través de su particular visión sobre lo moral y lo espiritual. En más de una ocasión, la misma escritora insiste que cada uno de sus libros forman parte de la “conciencia de América” y no lo hace desde algún tipo de posición arrogante, sino del hecho básico que cada una de sus novelas de ficción y otras, han profundizado sobre la naturaleza del amor, el dolor y el miedo en un país golpeado por sus propios demonios.

Claro está, The Source of Self-Regard es un placer en sí mismo, sin necesidad de cualquier otro análisis. El sólo hecho de conocer los pensamientos y puntos de vista de una de las personas más lúcidas del mundo, lo convierte en un mapa de ruta por una mente llena de una brillante percepción sobre la historia, el peso de la palabra en el mundo y la notoria necesidad de nuestra sociedad de cuestionarse en todas las maneras posibles. Morrison está allí para recordarlo y lo hace haciéndose las preguntas adecuadas — y más de una vez — sobre todos los temas posibles: la mujer (negra o blanca), lo femenino y su poder, el racismo, la posibilidad de la escritura como acto redentor. La escritora es imaginativa y todos los tópicos que toca, se mezclan de manera elocuente para crear algo más formidable y sagaz. Inmensa, encantadora, profundamente humana, Toni Morrison demuestra en The Source of Self-Regard la plenitud de sus capacidades mentales y literarias, pero también la delicadeza de su espíritu. Una combinación que conmueve por el mero hecho de mantenerse íntegra a sus ideales, en una época que como ella misma reconoce “todo cambia de manera incesante”. Una mirada al amor a través de la literatura y de la literatura a través de un espíritu perspicaz y lleno de fuerza.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

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