Crónicas de las hijas de Afrodita:

El poder de la dama vestida de blanco: la búsqueda de la libertad de Emily Dickinson. (Parte III)

Vestido blanco de Emily Dickinson.

(Puedes leer la parte II aquí)

El sueño extraordinario.

Escribir y como se escribe, es uno de los elementos que mejor definen a un autor. Desde la extraña leyenda que asegura William Shakespeare sólo podía escribir en noches de tormenta, los dolores morales y también físicos que atormentaban a Edgar Allan Poe mientras creaba mundos tétricos hasta la angustia existencial, traducida en cientos de hojas rotas de Sylvia Plath el hecho de escribir es también una manera de analizar, comprender y traducir el trayecto emocional de un autor hacia la obra terminada. Una idea que además sostiene la personalidad y la forma en que se manifiesta, como parte del todo que engloba al autor como una colección de vivencias y anécdotas que sostienen su obra.

Emily Dickinson fue una autora obsesionada con el hecho real y físico de escribir. Sus poemas comenzaron como una colección de miniaturas apenas bosquejados en papel y después, en criptogramas que elaboraba a través de manchas de tinta en papelería casera, que usualmente, fabricaba con sus propias manos. Lo hacía además, a través de un largo proceso artesanal que incluía remojar la pupa en esencia florales y después, dejar para secar bajo el alfeizar de su estudio. Para la poeta, escribir era un oficio que comenzaba incluso antes de la primera palabra y lo era, en esencia, por la posibilidad que ofrecía la noción de crear el hecho de la escritura como una experiencia sensorial.

Por supuesto, Dickinson era una hábil artesana: desde muy niña había confeccionado con sus propias manos un detallado herbario que incluía descripciones, dibujos e incluso reproducciones en bordado de una ingente colección de flores, hojas y todo tipo de frutos y flora. Se trataba de un proyecto personal, sin ninguna presunción científica pero que era, de un modo u otro, un reflejo exacto de la personalidad meticulosa, obsesiva y hábil de la poeta. Sus primeros poemas nacieron entre esa extraña combinación de papel y de conocimientos científicos precisos, en una mezcla desconcertante que sostuvo su extraña cualidad invisible. “Escribo desde las sombras” escribió en una ocasión “Puede que mis palabras terminen escondidas entre tallos y hojas, lo cual me produce placer. Ninguna lectura debería ser sencilla, mucho menos evidente”

De modo, que la empresa de fabricar su propio papel, era un añadido a su laborioso proceso creativo, sostenido y construido a medida que los elementos que integraban el poema — desde la hoja en que se escribía, hasta la tinta que le daba sentido — era un trayecto curioso a través del vasto mundo interno de la escritora. Para Dickinson, la soledad — esa cualidad de su carácter que después la definiría mejor que cualquier otra — era también una pieza esencial en la complicada estructura que sostenía la construcción de su obra poética. Un mundo privado y fronterizo, que comprendía sus largos períodos de laboriosidad en un espacio insular creativo de enorme valor espiritual. Dickinson escribía, por supuesto, pero también, creaba alrededor de su obra una tensión ritual que quizás brindó a sus poemas la profunda noción sobre el dolor, el asombro intelectual y el valor emocional que les han convertido en pequeñas joyas de la literatura Universal.

El mundo de la poeta comenzaba en su amplio dormitorio de la casa familiar. Era de hecho, la habitación más grande de la casa y la única, que contaba con ventanas de considerable tamaño que miraban a un jardín frutal, con árboles de más de cien años y unas cuantas yardas de hierba fresca y salvaje. “Un Paraíso, aunque en realidad, en ocasiones entre la belleza hay algo tenebroso”, escribió la poeta para describir su lugar favorito. Además de la cama — “enorme, cómoda, mucho más de lo que necesito” — , el mobiliario del lugar incluía una pequeña mesa en la que la escritora dedicaba dos horas a “crear”. No sólo se refería a escribir, sino también, al arduo, lento y complicado proceso de crear papel, tinta y por último, la obra en sí misma, que consumía la mayor parte de su tiempo. La misma escritora admitiría mucho después, que la mayor parte de su vida tenía la apariencia de un ritual “Despierto, apenas como, comienzo a batir la pupa del papel, continúo, sostengo la lágrima de cristal de la tinta. Escribir comienza antes que la palabra tome forme”. Se trataba sin duda, de un juego de espejos en el que la escritora se veía reflejada, consumida por un tipo de cansancio espiritual y moral que entrecruzaba su idea sobre la escritura como una forma de liberación — “No es sencillo escribir, te recuerda muchas cosas olvidadas” — hasta la larga búsqueda de un motivo, para sostener el cuidado proceso de construir una obra, más cercana a una pieza artística, que a un libro. Pero para Dickinson, el valor de la obra acabada tenía una directa relación con la capacidad del poema para abarcar cada fase del nacimiento de la palabra escrita, tal y como la imaginaba. No se trataba de escribir sino también, de sostener un discurso — “Un lenguaje, cada cosa tiene un idioma” — que dotara a la poesía de vida propia.

Una habitación propia.

Años después, Virginia Woolf escribía en su obra “Una habitación propia” que una mujer necesita un espacio propio e independencia económica para escribir. Emily Dickinson tenía ambas cosas y además, un claro propósito: que su obra literaria tuviera además, un lugar en el “mundo de las cosas reales”, un curioso concepto que brindó a sus poemas una densidad nueva y hasta entonces desconocida en el mundo literario, que restringía a la mujer a estadios muy específicos y dimensiones concretas de la creación literaria. Para Dickinson, escribir poesía fue una forma de liberación, pero también un análisis sobre el poder que un escritor ejerce sobre su obra. La forma en que puede vincular el lenguaje a una percepción más profunda y consistente sobre escribir como labor, pero también, como elemento de la personalidad.

“Dieciocho pulgadas cuadradas, con un cajón lo suficientemente profundo como para tomar su botella de tinta, papel y bolígrafo ”. Así describe la sobrina de Dickinson el escritorio que la poeta utilizaba y que hizo construir bajo medidas específicas y con una intención muy clara: dedicar a la palabra una considerable cantidad de su tiempo y esfuerzo. “El papel se secaba en la ventana, la tinta se cocía a fuego lento en ermita”. La escritora lograba que cada aspecto de su vida, se sostuviera sobre el ejercicio de la escritura con una persistencia que todavía resulta sorprendente. Desde la estufa Franklin que hizo instalar para mantenerse caliente — Dickinson era delgada, austera y constantemente tenía frío — hasta la bata blanca que solía llevar, con los bolsillos llenos de trozos de papel, pétalos de flores secas y lápices de madera, la vida de la poeta estaba concentrada y gravitaba alrededor de la escritura. Dickinson anotaba ideas para su trabajo — siempre nocturno — mientras llevaba a cabo labores domésticas triviales, recitaba en voz alta línea de inspiración súbita e incluso, sus parientes más cercanos la recuerdan obsesionada con la noción sobre crear en los momentos más desconcertantes. “cosas más enfáticas de la despensa” mientras hervía la leche que se convertiría en mantequilla. La poeta jamás dejaba de crear y el mundo que le rodeaba, siempre rebosaba del propósito artístico que le brindada inspiración.

Entonces, ¿por qué sólo diez poemas de lo que parece ser una prodigiosa producción se publicaron durante la vida de la poeta? Aún más desconcertante, resulta el hecho que todos fueron anónimos y que de hecho, la poeta llegó a desconocer su autoria. Más de una vez, admitió que la publicación “no era el objetivo de su amor por la escritura” y que no podía estar “más lejos de sus pensamientos”. Se trataba de una contradicción directa, porque sin duda Dickinson si deseaba ser leía: enviaba sus poemas en cartas de amigos cercanos, los incluía en sus hermosísimos herbolarios, creaba libros objetos en los que coexistían el arte y la percepción de lo artístico. Para Dickinson, la noción sobre lo artístico y en cierta medida, lo estético, estaban unidos de forma indeleble con la capacidad expresiva de la palabra. Como una de las pioneras de la autoedición, la poeta dedicó buena parte de su vida creativa en encontrar una forma de aglutinar la escritura — como oficio y ejercicio intelectual — con la percepción del arte como algo más amplio y complejo. Desde 1858 hasta 1864, recopiló sus poemas en libros de confección casera, que no solamente incluían su vasta, bien construida e intrigante producción poética, sino que además, su trabajo manual, que sostenía a la palabra como parte de un tipo de arte manual más elaborado.

La obra de Dickinson podría comprenderse a través de su larga producción de lo que tituló en forma general “Fascículos”. El papel estaba confeccionado por la poeta, en un proceso que la llevaba a mezclar de forma incidental y no siempre del todo efectiva, maíz, sémola, tela e incluso pulpa vegetal, que secaba y molía con sus propias manos hasta lograr una masa sólida que aplastaba, extendía y afinaba y al final cortaba por separado. Por último, doblaba a la mitad las hojas, las cosía con hilo rojo y blanco. Sólo después del laborioso proceso, escribía. Lo hacía en la tinta que producía con carbón procesado en la misma chimenea con que se calentaba las manos y que tenía un color negro casi gris que la propia autora identificaba como suyo.

Por supuesto, el laborioso proceso era una obra de paciencia. Una además, que además se mezclaba con la necesidad de Dickinson para expresarse. Al momento de morir, tanto su hermana Lavinia como sus mejores amigos, acrecentaron el mito de la escritora solitaria, sumida en el albedrío de su talento y de alguna forma, aplastada por el poder de su mito. Emily Dickinson se convirtió no sólo en una poeta descubierta después de su muerte — algo que brindaba una extraña belleza a su obra. De la poeta práctica, obsesionada por el trabajo poético en elaborada combinación con la progresiva noción de lo artístico, Dickinson se volvió poco menos que una mística en el recuerdo de sus más cercanos. Incluso, se especuló sobre su vida amorosa — tan misteriosa como cualquier otro aspecto de sí misma — y se llegó a sugerir que la poesía, era su forma de escapar a “sentimientos antinatura” o la “simple incapacidad del amor. Lyndall Gordon, su biógrafo más reciente, insiste que además, Dickinson siempre procuró mostrarse lo menos posible en público, lo que le convirtió en una figura enigmática. De hecho, el investigador — que ha dedicado más de diez años a profundizar en la vida de la poeta — argumenta que Dickinson sufría de un cuadro de epilepsia no diagnosticado, lo que le hacía mucho más complicado estar en público. No hay una forma de comprobar un extremo semejante, pero el hecho básico de su comportamiento esquivo, aspecto físico consumido y delgado, podrían sugerir que Dickinson luchaba no solo contra su timidez, sino también contra algún trastorno físico que hiciera más duro su forma de expresarse, de modo que encontró en la construcción estética, una forma más elocuente que hacerlo.

Dickinson pasaba la mayor parte de su vida creando: ya fuera en sus maravillosos herbarios como en sus delicadísimos poemarios artesanales. Entre ambas manifestaciones de talento y arte, había una necesidad profunda por comunicar una serie de ideas dolorosas y profundas, que por años, han sorprendido a sus lectores. Escribía sobre el dolor, la belleza, la muerte y la soledad, no sólo desde su cualidad inevitable, sino también, desde la concepción de la fugacidad de quienes somos, cómo nos comprendemos y sobre todo, la manera en que nos sostiene una percepción inequívoca sobre la identidad artística que nos define. Como escritora, Dickinson revolucionó a la poesía por asumir el hecho del verso como una liberación, en lugar de la confrontación directa de una emoción traducida en palabras. Como artista, sostiene una nueva concepción acerca de la forma como el arte puede coexistir y sostenerse a través de diversas capas de significado. No solamente se trataba de la cualidad profunda de sus versos o el hecho consistente de su poder intelectual, sino la forma en que la escritora creaba un mensaje mucho más amplio a través de su obra escrita y artesanal.

Lyndall Gordon cuenta que la mayoría de quienes conocieron a Dickinson, la recuerdan cosiendo junto a su ventana, el rostro iluminado por la luz del sol, las manos moviéndose muy rápido y con energía sobre la labor que sostenía sobre las rodillas. Ya fuera las páginas sueltas de sus poemarios, sus meticulosos herbarios o las hojas blancas que llevaba a todas partes “para escribir, incluso cuando no sepa si quiero hacerlo”. La imagen trasciende a la de la mujer taciturna y triste que pasó a la historia y muestra, una mínima visión de su enigmático mundo. De la profunda belleza de su existencia privada, llena de símbolos y metáforas. Una búsqueda esencial entre la fe y la belleza, lo artístico y lo emocional mezclados en una sola imagen. Una concepción de lo que la poeta creaba, más allá de la palabra y más cerca de la concepción artística, que siempre englobó su personalidad. Una obra de arte en eterno crecimiento. Una forma de libertad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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