Crónicas de las hijas de Afrodita.

Crear, creer, construir y al final, la libertad. (Parte I)

Puertas cerradas a la oscuridad.

Las colosales ganancias de la plantación, que incluía ventas de esclavos, le permitieron comprar una mansión gigantesca que a medida que transcurrió el tiempo, se hizo más señorial, elegante y asombrosa. Hope End no sólo era una magnífica construcción de tres plantas de considerable belleza, sino también una de las propiedades más apreciadas de la ciudad. Pero a la vez, era una cárcel, como relató la precoz Elizabeth en uno de sus múltiples diarios personales. Según la niña, “la casa sufría del malestar del silencio” y ya con doce años, la futura poeta sufría el peso considerable del estricto puño de Edward. “Parece no amar a nadie sino a Dios” escribió “pero eso incluye por supuesto, al prójimo o a sus propios hijos”. Era una concepción dura, extraña, sobre un padre que a la distancia, parecía tener un especial interés en brindar a la familia una vida opulenta y extraordinaria. Pero en realidad Edward estaba obsesionado con la religión, con la obediencia y la disciplina. “Mi madre jamás levanta la voz, mis hermanos tampoco. Me temo que tendré que hacerlo yo”.

Las pequeñas tinieblas de la angustia.

Comenzó como pequeños dolores de cabeza. Elizabeth contaría que creyó “leía en exceso” y el 2 de enero de 1820 se fue a la cama para descansar. No volvería a levantarse hasta dos meses después, afectada por un cuadro tan doloroso e implacable, que fue capaz de minar su en apariencia, imparable energía. También enfermaron sus hermanas e incluso el pequeño Edward tuvo síntomas, por lo que se creyó podría tratarse de algo “contagioso”.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta