Crónicas de las hijas de Afrodita.

Crear, creer, construir y al final, la libertad. (Parte I)

Para cuando Elizabeth Barret enfermó, ya estaba obsesionada con la poesía. Ella misma recordaría después, que en medio de sus delirios, sólo veía palabras. “Solo imaginaba voces que declamaban el sufrimiento físico. Un coro sufriente que sólo yo podía escuchar” explicaría después. Tenía 15 años, había pasado buena parte de su vida dedicada a la escritura y estaba determinada a “dejar una impronta en la historia”. Entonces llegó la inclasificable y extraña enfermedad. Los dolores de cabezas “tan devastadoras que en ocasiones, el dolor era una ola capaz de destrozar cada parte de mi mente”. La pérdida de la capacidad para caminar y por último, el cuerpo convertido en una cárcel.

Para la futura poeta, de pronto la enfermedad sin nombre que aquejaba tanto a ella como sus hermanas, era un espacio “de oscuridad, en el que las palabras abrían puertas y ventanas”. De modo que a pesar de los síntomas, siguió dedicada a escribir. Con tanto empeño, encono y decisión que incluso su temor a “sólo un día no despertar o que mis manos no pudieran moverse”, se convirtió en una de las grandes poetas de la Inglaterra victoriana. En una además, que asumiría el poder de la voz poética como un tránsito hacia algo más elaborado que la mera idea de lo académico, lo estético o la cuestión literaria acerca de la poesía. Elizabeth, que estaba convencida que la palabra escrita era una forma de poder — “nunca soy más poderosa que en la página” — también demostraría, que la poesía era una forma de supervivencia.

Para Elizabeth Moulton-Barrett, la cualidad del verso para sostener un discurso emocional consistente, era una idea que alimentó y en la que trabajó desde la infancia. Tal vez se debió a que Elizabeth nació en una Inglaterra a punto de una transformación total bajo el Reinado de Victoria I o al hecho, que su vida estuvo signada por una serie de pulsiones internas que intentó describir a través de un personalísimo discurso estético. “A pesar que pocas veces he abandonado los confines de la casa en la que vivo, la convicción de la infinita vastedad del mundo me sostiene”, escribió a los diez años, mientras crecía confinada en la casa de su padre.

Nacida en 1806, Elizabeth era parte de una sociedad férrea y endurecida por años de inestabilidad social y cultural. La poeta creció en medio de la expansión del Imperio Británico y en especial, de la violenta concepción colonialista que llevó a cabo Jorge III y después su hijo. La inmediata consecuencia, fue un vasto Imperio que luchaba no sólo por su unificación, sino que además, comprender todo el sentido de su amplitud. En realidad, la Inglaterra de Elizabeth Barrett, avanzaba en sentido contrario al resto de las Coronas Europeas, en pugna por su supervivencia en mitad de las exigencias de la burguesía y el inevitable cambio político. Pero el Príncipe Jorge no sólo convirtió a La Regencia en un tránsito hacia un Estado de considerable poder sino que apuntaló la relevancia del poder dinástico. Cuando ascendió al trono como Jorge IV, Inglaterra era un país poderoso, próspero y cada vez con mayor influencia en la política y el sostén cultural Europeo. Pero también, era uno en que las diferencias sociales se acentuaron, se volvieron implacables y en especial, cada vez más duras de solventar.

También las Invasiones Inglesas tuvieron una considerable influencia en la infancia de la poeta, que creció a la sombra de la riqueza familiar, una herencia directa de las disputas que el Imperio llevó a cabo entre 1806 y 1809, que terminó por enfrentar al Reino Unido con Francia a un nivel por completo nuevo. El valor estratégico de la guerra aumentó en su importancia y buena parte de Europa, se encontró en medio de una tensión cada vez más dura de sobrellevar. Por un lado, Francia pugnaba por mantener sus territorios en Hispanoamérica, en contraposición a Inglaterra, que necesitaba eliminar la posibilidad de un enfrentamiento bélico que por el momento, no le interesaba sostener. Pero aun así, tampoco deseaba que Francia pudiera acumular poder.

Para bien o para mal, ambas potencias estaban a punto de enfrentarse incluso sin llegar a las armas. En el ámbito de lo diplomático y lo cultural, la tensión se recrudeció y creó un nuevo panorama que La Regencia trató de soslayar en la medida de sus posibilidades. Al mismo tiempo, la revolución Industrial cambiaba el rostro de Inglaterra para siempre y un incipiente enfrentamiento territorial con España, obligó al Imperio a reforzar también en Europa sus posiciones.

En medio de una percepción semejante sobre el transcurrir del tiempo, Inglaterra se llenó de terratenientes que disfrutaban de las mieles al otro lado del mar. Y uno de ellos fue Edward Moulton, el padre de la futura escritora. De ser un hombre desconocido y con pocos recursos, heredó las fincas de sus abuelos en Jamaica. Para lograr que el trámite legal fuera menos complicado, optó por adoptar el apellido del desconocido pariente por lo que incluyó “Barrett” en su firma a partir de 1805. Edward llevaría a cuestas esa connotación sobre un pasado misterioso y extraño durante buena parte de su vida. Despótico, un terrateniente de carácter violento y frío, se convirtió en una especie de figura sombría que gobernó con mano firme la vida de su numerosa familia. Pero además, el padre de Elizabeth es una figura casi gótica en el mito que rodea a la escritora. Como si se tratara de la encarnación del “abismo” y las “tinieblas delicadas” con las que la escritora soñaba al escribir, Edward era una presencia monstruosa que sostenía su poder sobre la fragilidad de sus hijas y el temor que inspiraba en su esposa.

La madre de Elizabeth, Mary Graham-Clarke era una mujer que se describía como “temerosa de Dios” y que había dedicado buena parte de su vida a la oración, cuando Edward pidió su mano en matrimonio. La relación entre ambos fue una mezcla de casualidades afortunadas, en especial para Edward. Mary formaba parte de una estricta y adinerada familia oriunda de Newcastle upon Tyne, además de haber sido educada confinada dentro de la propiedad familiar. Con apenas diecisiete años, la decisión de contraer matrimonio con un hombre que solo podía presumir de su “riqueza y nada más” fue una discusión complicada para sus padres, pero al final, la sorpresiva propuesta de Edward (que había conocido a Mary durante una cena organizada por algunos nobles de la corte), fue aceptada sin demasiadas reservas. En especial por los problemas económicos que la familia de Mary atravesaba en mitad de una época en especial dura para los nobles sin otro bien de fortuna que su apellido. En realidad, se trató de un acuerdo que benefició a ambas partes: la familia de Mary eran descendientes del Rey Eduardo III de Inglaterra. Y para cuando Edward envió una carta formal para pedir su mano, era una de las bellezas de un Londres crepuscular, abatido por las tensiones políticas y en especial, por la necesidad de los nobles de encontrar una forma de financiar su costoso tren de vida. Y Edward, opulento y vulgar, era quizás el candidato ideal para una situación semejante.

O eso contarían los sucesivos biógrafos de Elizabeth, al intentar narrar su extraño entorno familiar. Para el rumor popular, Edward era un hombre forjado fuera del estatus quo inglés: la herencia de su abuelo había cambiado su vida para siempre y le había convertido en uno de los hombres más acaudalados de Londres. El matrimonio con Mary solo apuntaló su fama incompresible. Por un lado, buena parte de la sociedad de la ciudad dudaba sobre condición de “caballero” y corrieron rumores sobre el origen de su fortuna, que aumentaba con los años. Por el otro y en beneficio de la familia de su mujer, varias puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas. Los Barrett se convirtieron en una extraña pareja que además, despertaba habladurías ahí a dónde fuera. Edward era alto, con la piel quemada por sus incursiones a Jamaica y Mary, la típica belleza frágil de la regencia. Se llegó a especular que ella estaba a su lado por “obligaciones familiares” y hubo un osado — también falso — rumor que Edward le maltrataba y la mantenía confinada en las habitaciones de la primera casa que llegaron alquilar en las afueras de Londres.

La idea no era del todo disparatada. En realidad, el Edward real no tenía relación alguna con su imagen de hombre salvaje. Era el hijo de una familia adinerada, que había sufrido una infancia atroz, como pupilo de Lord Abinger, con quien vivió hasta cumplir los doce años. Luego de ser maltratado por su tutor hasta alarmar a la familia paterna, fue enviado a Cambridge, bajo el el cuidado del helenista Richard Porson. Para entonces, era un joven tímido, dueño de una fortuna monumental, una pobre educación y muy religioso. Porson se había encargado de hacer de él “un hombre de respeto”, por lo que a pesar de la buena cantidad de rumores a su alrededor luego de la muerte de su abuelo y su súbita fortuna, era también un buen candidato para Mary.

Pero Edward y Mary estaban enamorados o al menos, se llevaban lo suficientemente bien como para ser una pareja joven que despertaba admiración en los círculos menos conservadores de Londres. Ella hablaba varios idiomas, era culta para la época y una lectora entusiasta. Edward, por su parte, tenía un “encanto salvaje” y al menos, antes de hacerse un hombre rígido y severo, era admirado por su forma de sobrellevar una atípica historia familiar. Cual sea la versión correcta alrededor de los padres de Elizabeth, lo que está claro es que se trataba de una atípica confluencia de situaciones y circunstancias. De la riqueza al poder, de la influencia política a algo más elaborado, los Barrett comenzaron su vida matrimonial en medio de una constante curiosidad.

Para 1809 y ya con Elizabeth entre los brazos, Los Barrett descubrieron una propiedad que asombró a Mary nada más verla. Era una extensa construcción de 475 acres de terreno, en la que se alzaba una casa con seis torres y tres pisos, que la joven esposa consideró de asombrosa belleza. Edward también sintió una profunda atracción — “inexplicable e inmediata” — por la casa y el joven terrateniente terminó por comprarla. Se trataba de Hope End, una casa con una extraña reputación y que por supuesto, hizo que los rumores alrededor de los Barrett aumentaran. La casa había sido propiedad de Susannah Pritchard Lambert, su nieta e hija de Henry Lambert, de quien se decía había tenido una infancia espantosa “rodeada de espectros”. La joven heredera contrajo matrimonio con Sir Henry Tempest, un duque de pésima reputación que se insistía, maltrató a su esposa hasta causarle la demencia. Finalmente la casa fue vendida a una firma de abogados, hasta que Mary Barrett quedó deslumbrada por sus ventanas de puntas amplias, los enormes jardines y en especial, su singular aire señorial.

Edward, quizás con la intención de deslumbrar a su esposa, compró la propiedad, convirtió la antigua casa en un establo y levantó otra a su imagen y semejanza, que hizo furor en Londres por sus “avances arquitectónicos y solemne belleza”, según el corto artículo que le dedicó el periódico The Times en Londres. Por si eso no fuera suficiente, Edward contrató a John Claudius Loudon, para un jardín extraordinario en el que Mary tuvo “todas las decisiones importantes”. Por último, una cuadrilla de arquitectos levantó la fachada al “estilo morisco”, con minaretes, se completó en 1812. Para el noveno cumpleaños de Elizabeth, la familia (que ya contaba con dos miembros más), celebró el cumpleaños de la hija mayor abriendo las puertas de la casa a los invitados más distinguidos de Londres. “No hubo nadie que no se sorprendiera con la belleza de Hope End” contaría después uno de los invitados. Pero Elizabeth, una niña precoz, observadora y ya por entonces, con una aguda mente inquisitiva, tuvo algunas palabras para la nueva mansión. “Era una bella prisión que intentaba disimular que nos mantenía a todos recluidos en su interior”.

Puertas cerradas a la oscuridad.

Las colosales ganancias de la plantación, que incluía ventas de esclavos, le permitieron comprar una mansión gigantesca que a medida que transcurrió el tiempo, se hizo más señorial, elegante y asombrosa. Hope End no sólo era una magnífica construcción de tres plantas de considerable belleza, sino también una de las propiedades más apreciadas de la ciudad. Pero a la vez, era una cárcel, como relató la precoz Elizabeth en uno de sus múltiples diarios personales. Según la niña, “la casa sufría del malestar del silencio” y ya con doce años, la futura poeta sufría el peso considerable del estricto puño de Edward. “Parece no amar a nadie sino a Dios” escribió “pero eso incluye por supuesto, al prójimo o a sus propios hijos”. Era una concepción dura, extraña, sobre un padre que a la distancia, parecía tener un especial interés en brindar a la familia una vida opulenta y extraordinaria. Pero en realidad Edward estaba obsesionado con la religión, con la obediencia y la disciplina. “Mi madre jamás levanta la voz, mis hermanos tampoco. Me temo que tendré que hacerlo yo”.

Elizabeth era una niña de prodigiosa inteligencia. Tanto, como para que a los cuatro años, escribir un verso burlón sobre la costumbre de su padre de rezar de rodillas en las enormes escaleras de la casa. Edward Barrett descubrió la travesura cuando el pequeño Edward Jr, de apenas un año, repitió a gritos el poema “que además de pecaminoso, era vulgar” se quejó Edward con Mary. Para entonces, Mary ya sufría los primeros achaques de una enfermedad no identificada que heredaría a sus hijas. Además, los años de remodelación de la casa familiar, el nacimiento de Elizabeth y después del pequeño Edward, habían minado su salud. La futura poeta contaría después que su madre le suplicó “comportarse como una buena hija de Dios”, cosa que Elizabeth admitiría “no tuvo más remedio que desobedecer”. A escondidas y en compañía de sus hermanos, escribió a los seis una obra de teatro que representó en el establo “para los caballos, que sin duda comprendieron bien el sentido de la burla”. Con ocho, comenzó a leer la biblioteca familiar, que Mary había hecho traer de su hogar familiar y “tuve la fortuna de tropezar con Homero”, a quien comenzó a traducir gracias a un diccionario de Griego que su madre había heredado de la suya. Dos años después, ya manejaba el idioma con fluidez y estaba obsesionada con la mitología y las epopeyas homéricas. “Aunque mi padre, sin duda, sufría por semejante afición” contaría de adulta. Finalmente, a los doce años firmó lo que se considera su primera obra La batalla de Maratón: un poema, una obra escrita en griego y en inglés, en que narraba las aventuras de un héroe anónimo y trágico de su imaginación. Su padre se asombró de su talento — que “juzgó obra divina” — y le permitió pasar algunas horas en la biblioteca. “Y cometió sin duda, su peor error. Comprar papel y tinta como obsequio” diría Elizabeth a una carta a Octavio su hermano, década después.

A partir de ese primer gran triunfo, Elizabeth se obsesionó con escribir. Lo hacía a todas horas y también, a pesar de la resistencia de su padre, que consideraba que la afición de Elizabeth podía “conducirle al pecado”, una vez que comprobó que su hija prodigiosa no escribía nada religioso ni tampoco pensaba hacerlo. La futura poeta estaba maravillada con la posibilidad de narrar, pero no sólo historias cristianas, piadosas o amables. De la época datan poemas sobre la muerte, una durísima elegía sobre el silencio de su madre e incluso, críticas a la forma como su padre llevaba la disciplina en Hope End. Edward estaba desconcertado por la capacidad de su hija para expresar ideas tan adultas que le resultaba desconcertantes e incluso, “animadas por alguna idea oscura”. Preocupado por la salud “espiritual de su hija”, decidió entonces que se ocuparía “de forma más directa de su educación” y que sin duda, tomaría “correctivos para desviar su camino del pecado”. Para evitarlo, el patriarca contrató a Daniel McSwiney, un joven profesor que además, tenía la misión de educar al resto de la prole Barrett. Ya por entonces, había seis hermanos más en la casa y Mary, apenas tenía fuerzas para sobrellevar los dolores físicos que le atenazaban, además de sostener al hogar. Para 1815, Mary “pasaba la mayor parte del tiempo en cama” y lo más probable es que sufriera los primeros síntomas de artritis o algún otro problema degenerativo.

Pero McSwiney estaba tan impresionado como cualquier otro miembro de la familia por la precocidad de Elizabeth. De modo que en lugar de reñirle, educarla bajo el auspicio de la religión o reconducir su intereses hacia textos pios, le brindó lo mejor de la literatura de la época. Elizabeth no dejó de escribir y su talento pareció abarcar todo tipo de registros. Desde relatos hasta ensayos, una cuidadosa colección epistolar e incluso, investigaciones sobre el griego y las traducciones de la obra de las grandes épicas griegas, la adolescencia de la futura escritora estuvo llena de un rápido y profundo aprendizaje literario. De hecho, se hizo tan prolífica que en 1820, el tutor convenció a su padre de imprimir La batalla de Maratón: un poema, en un facsímil de ​treinta copias que pasaron a engrosar la biblioteca familiar. Por otro lado, Mary recopiló las docenas de poemas que Elizabeth había escrito hasta entonces, hasta crear una colección llamada Poems by Elizabeth B. Barrett, que también se imprimió y se incluyó como las “primeras obras de una mente despierta”. A su pesar, Edward estaba impresionado por el talento de su hija y llegó a hacer una encuadernación de sus poemas que llamó Poet Laureate of Hope End. Las obras, se convirtieron en el origen de buena parte de la producción posterior de la poeta, que siempre consideró el esfuerzo de sus padres como “imprescindible” para su carrera posterior.

Las pequeñas tinieblas de la angustia.

Comenzó como pequeños dolores de cabeza. Elizabeth contaría que creyó “leía en exceso” y el 2 de enero de 1820 se fue a la cama para descansar. No volvería a levantarse hasta dos meses después, afectada por un cuadro tan doloroso e implacable, que fue capaz de minar su en apariencia, imparable energía. También enfermaron sus hermanas e incluso el pequeño Edward tuvo síntomas, por lo que se creyó podría tratarse de algo “contagioso”.

Para evitar empeorara o el resto de los hermanos pudieran enfermar aún más, le enviaron a Gloucester, en donde un médico leyó los síntomas e “iluminado por Dios”, insistió en que se trataba de un problema de la columna cerebral. Edward Barrett dio por bueno el diagnóstico y siguió las instrucciones del supuesto experto, que incluían recluir a Elizabeth sin que pudiera “salir de la habitación o abrir las ventanas”. Al principio, la completa inmovilidad pareció mejorar los síntomas e incluso Elizabeth llegó a reconocer que quizás, el experto de Gloucester “podría no haber estado del todo equivocado”. Pero el 4 de Marzo del 1821, los síntomas se hicieron tan agudos que Elizabeth apenas podía moverse de su cama sin padecer un “irrefrenable e inexplicable terror”. Edward hizo venir a los mejores médicos de Londres.

De nuevo, la conclusión fue que se debía a algún tipo de problemas “que implicaban la columna”. Y recetaron para Elizabeth una serie de medicamentosa que incluían opiáceos, láudano, morfina y según algunos rumores, algunas dosis de ajenjo en las etapas más duras de la enfermedad. El resultado, fue que la joven Elizabeth, llena de ambiciones y con la necesidad impetuosa de hacerse escuchar, se encontró a sí misma recluida y al borde de la cordura. Volvió a escribir — “simplemente no podía dejar de hacerlo” — pero encontró que la enfermedad y los medicamentos, habían abierto una brecha brillante y poderosa en su imaginación. De hecho, varios de sus biógrafos aseguran que su inevitable adicción a los calmantes de considerable efecto, fue uno de los motivos por lo que de pronto, la escritura de Elizabeth se volvió “un asombroso torbellino de ideas por completo nuevas”. Si bien siempre había sido una joven talentosa, Elizabeth comenzó a escribir con una libertad absoluta “desconocida para la época”. Lo hizo incluso en medio de dolores, de la angustia que le provocaba una condición médica incierta y la presión de su padre, obsesionado con su enfermedad y su posible origen diabólico. “Escribir me liberaba del miedo. No siempre, pero si lo suficiente” contaría a su futuro marido una década después.

Un día, abrumada por el sufrimiento, pidió a su tutor le obsequiara un libro “que jamás debería leer una mujer”. McSwiney lo pensó durante algunos días, tomó un carruaje a Londres y al volver, traía un volumen envuelto en “paño y con cintas” un libro de un autora que jamás “había escuchado pero cuyo nombre resonó en mi corazón”. Elizabeth Barrett tenía dolores, había vomitado durante toda la mañana, apenas podía concentrarse por los medicamentos, pero sostuvo el libro Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft publicado 1792, como “un tesoro, una piedra angular”, escribiría después. Era el año 1821, tenía 15 años y Elizabeth acaba de descubrir a la mujer que después consideraría “una madre intelectual”. Décadas más tarde, “apenas recordaría el rostro de su madre” pero nunca, “el día en la otra Mary, la mujer que me dio el conocimiento, llegó a mi vida”.

Para Elizabeth, comenzaba un largo trayecto hacia su fama, reconocimiento e incluso su libertad. Pero el mismo día que el libro de Mary Wollstonecraft llegó a sus manos, la hasta entonces severa pero idílica vida familiar, comenzó a resquebrajarse. “No lo sabía” escribió “pero mientras leía, la fortuna de mi padre, el nombre de mi familia comenzaba a caer en la oscuridad”.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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