Crónicas de las hijas de Afrodita

El misterio de las páginas confidentes (Parte II)

(Puedes leer la parte I aquí)

Los diarios de Anais Nin no son únicamente confidencias o precisiones sobre su vida como un relato interminable. O incluso, una organizada y cuidadosa mirada a lo absurdo, hermoso y caótico acerca de gran parte de lo que vivió, tal y como lo concibió. O al menos, la escritora jamás deseó fueran solo un lento escrutinio de su intimidad, reconstruida y elaborada sobre algo más preciso que la autobiografía. También son una serie de reflexiones espirituales y morales sobre la identidad, el carácter, el amor, el sexo, en términos tan crudos, poderosos y reales que todavía causan asombro. Eso, a pesar que Anais Nin suele ser infravalorada y en ocasiones, menospreciada por el mero hecho de escribir acerca una miríada de temas con un entusiasmo exhaustivo, profundo y elaborado.

Tal vez por ese motivo, se ha insistido en más de una ocasión, que la necesidad de escribir de la escritora, era más que mera autorreferencia. Era, en realidad, una vanidad con un propósito especulativo que fracturaba la personalidad de Nin en varias percepciones no lineales. A la vez que podía dedicar páginas de reflexiones puntillosas sobre el carácter, el dolor, la esperanza y el sufrimiento emocional, también dedicaba el mismo interés a escenas sexuales subidas de tono que en realidad, no tenían verdadero objetivo. O era en lo que insistía buena parte de sus críticos, que solían ensañarse con sus aparentes excesos o en todo caso, los riesgos creativos que Anais Nin tomaba en apariencia por pura provocación. Pero Nin, que no tenía otra versión de la historia que la suya, continuaba con su labor de escribir y detallar, incluso sobre temas tan alejados entre sí como la responsabilidad personal y el miedo al futuro, mientras se sostenía en una elucubración constante sobre sus motivos, búsquedas y al final conclusiones.

Eso hace que todos sus diarios sean un recorrido curioso a través de la percepción del otro como sujeto de observación. El volumen cinco de sus diarios, de hecho, demuestra el hecho que la autora realiza un recorrido consciente a través de su existencia como telón de fondo de algo más complejo. El conjunto de relatos, que abarca desde 1947 a 1955, reconstruye las vivencias de Nin a través de México, California, Nueva York y París. También, su experiencia profunda y dura con el mundo de la psicología profunda, lo que le llevó a encontrar nuevas dimensiones sobre el relato privado.

De las largas descripciones sobre viajes, cenas, sus agudas reflexiones sobre conversaciones, pensamientos y extravagante mirada sobre la cualidad del deseo y lo erótico como sostén de lo invisible, los diarios lograron una evolución Los diarios se convirtieron entonces en un espacio entre dos extremos, sostenidos por la necesidad de Nin de cumplir una especie de riguroso tránsito a través de todo tipo de experiencias. El poder de su narrativa se concentró entonces en la visión de lo moral y lo primitivo íntimo como un lenguaje elaborado. Cuando llegó a experimentar con el LSD, la noción sobre el miedo y la búsqueda de la transgresión como estado de “pureza y sinceridad”, le hizo continuar en una mirada consistente sobre lo que deseaba escribir. El inconsciente, la estructura de un ritmo propio de relato, convirtió lo que podría haber sido un diario de viaje, una mirada privada a los pensamientos ocasionales de una mujer expresiva, en un ejercicio voraz de literatura en pleno crecimiento y cada vez más poderoso.

Para Nin, escribir se convirtió en fuente de placer, en una mirada a sus demonios más profundos, en una conversación interminable sobre expresiones creativas cada vez más poderosas, más elaboradas, más consistentes. Conectó cada página a un universo personal cada vez más pleno. Se negó a dejar al margen sus momentos más privados, más dolorosos, más simples. Los amalgamó todos en una versión consistente y firme de una idea sobre lo creativo que incluía las vivencias, que rechazaba la trivialización de lo cotidiano. Y fue quizás, ese el lugar más prolífico que encontró para expresar idea de extrema dureza y belleza. Con una sinceridad artística sin doblez — que no significa una veracidad total — Nin escribió a la mujer que era, describió a la que podía ser y al final, elaboró un transcurrir de días, semanas, meses y años sobre su propia vida. “Envejecí frente a las palabras, un privilegio de osados” dijo cuando se le preguntó el valor de sus obras.

“El diario empezó como diario de viaje, en el cual se consignaba todo para que pudiera ser leído por mi padre. Lo escribí para él y tenía la intención de enviárselo. En realidad era una carta para que pudiera seguir nuestros pasos en tierras extrañas, para que supiese de nosotros. También sería una isla en la cual refugiarme cuando estuviese en país extranjero, y en él podía escribir en francés, pensar mis pensamientos, aferrarme a mi alma, a mí misma.” escribió para explicar su obsesión, su amor, su devoción, su acto de firme disciplina. Al final, llegó a llenar de relatos 150 volúmenes, con un total de más de 15.000 páginas mecanografiadas.

La belleza en torno al abismo

Por supuesto, también hablar de Anais Nin, es sin duda hacerlo acerca de las mujeres más valientes, poderosas e inteligentes de la literatura Universal. Una que ha levantado opiniones sobre ella para todos los gustos: están desde quienes le rinden una devoción ciega hasta lo que la consideran una oportunista. Y por supuesto, quienes la llaman puta, epíteto nada sorprendente para definir a una mujer compleja y muy comprendida por una sociedad férrea y conservadora como la que le tocó vivir. Porque Anais Nin, sin duda, fue transgresora y es esa necesidad de rebeldía, de la voz propia, la que ha dotado a su obra de un poder de seducción tan poderoso como personal.

Anais Nin fue escritora incluso antes de saberlo. Comenzó a escribir sus célebres diarios a los once años, en una especie de conversación invisible con su padre ausente. Sin embargo, bien pronto el hábito se convirtió en supervivencia y durante casi toda su vida, Anais contó su vida — su apasionante, furiosa y erótica capacidad de creación — a través de esta interminable conversación consigo misma, con el mundo y sobre todo, con esa invisible audiencia a la que parecía dirigirse, ese coro de espectadores profanos, que como ella, intentan descifrar el misterio de su propia visión del mundo a través del hecho físico más natural de todos: el sexo. En ocasiones me he preguntado, como otros tantos lectores y críticos literarios ¿Sabía Anais Nin que ese infinito análisis de si misma a través de la palabra se convertiría en su obra más recordada? ¿Escribió para contar o vivió para narrar? La pregunta, fascinante y singular, define la obra de la escritora más que ninguna otra cosa.

La escritora fue un espíritu libre desde la adolescencia: abandonó la educación formal a los dieciséis años y comenzó a trabajar como modelo de un artista de poco renombre. Audaz como pocas, se concibió así misma como creación artística y tal vez por ese motivo, escribe en su diario una descripción durísima sobre sí misma, un relato íntimo sin verdadera resolución, creándose y elaborándose a través de esa necesidad suya de elaborar la realidad a base de impresiones y deseos. Sensualista desde la niñez, la Anaís de los diarios íntimos, muestra una avidez por el mundo que desconcierta incluso ahora, casi medio siglo después de escritos. Quizás se deba a esa negativa suya de concebirse como parte de una idea cultural que brinda a lo femenino un rol secundario, silencioso. La palabra como espejo pero más allá de eso, la identidad como expiación. La escritora en formación, se concibe como una personalidad radiante, se asimila al relato y con toda probabilidad, madura y crece a través de él.

Por supuesto, que su despertar sexual no fue ajena a su maniática necesidad de contar. Porque Anaís Nin, más que escritora, más que novelista, se definió así misma como cronista de su propia vida. Cada página, descubre a una visión indómita de un mundo que ella describe con una dureza crítica que más tarde sorprendería a propios y a extraños. Anaís Nin, la observadora, intuía el poder de lo que se cuenta, más allá de lo que se esconde entre las palabras, de manera que apostó a lo directo, a lo inquietante, incluso a lo directamente desagradable. Tal vez por ese motivo, esa antipatía visceral que produce en los lectores, que deambulan entre las páginas privadas sin comprender el sentido estricto de esa pasión por la palabra, esa necesidad de reinventarse a través del deseo y el talento. Hedonista y creadora, Anaís Nin despertó la curiosidad no solo del mundo literario, sino de todo aquel en la búsqueda de una idea que le defina, una interpretación abstracta sobre la necesidad y la inquietud existencial, a través de la palabra.

Pero además, Anaís Nin estaba obsesionada por lo prohibido. Lo estuvo desde niña y continuó estándolo hasta convertirse en una escritora reconocida, símbolo de la nueva feminidad. Más que obsesionada, Nin parecía determinada no sólo a romper cada regla moral y ética sino además, hacerlo bajo la necesidad de crear una reacción inmediata. Porque era contestataria y contradictoria, una rebelde originaria que en algún momento de su vida asumió el poder de enfrentarse a lo obvio como una forma de placer, como una recreación de sus caprichos más privados. Pero más aún, Nin sabía que debía rebelarse por derecho a la independencia espiritual, por existir más allá del estereotipo que la cultura insistía para la mujer de su época. Para demostrarse así misma la capacidad de construir idea y sobre todo, el valor de persistir en los principios personales. Una vuelta de tuerca a esa interpretación del escritor de escribe para comprender el mundo: Anaís Nin escribía para crear el mundo, para hacerlo real, para hacerlo posible. Para disfrutar de él.

Tal vez por ese motivo, su vida fue un continúo escándalo: desde su producción literaria — criticada y admirada a la vez — hasta su vida privada — relaciones prohibidas, arrebatos pasionales incomprensibles para la sociedad que le tocó vivir — Anaís Nin pareció predestinada al exceso. Una y otra vez, repitió la fórmula: la de vivir a plenitud a pesar de las convenciones, enfrentándose a ella siempre que podía y de todas las maneras que era capaz. Y una y otra vez, reinventó el mito: el de sí misma, el de su obra, el de su vida incomprensible. Armó con piezas cada vez más filosas el mapa movedizo de su visión del mundo.

Es por ese motivo, que la obra de Anaís Nin, es además de su reflejo, su esencia e identidad. Cambia y se transforma a medida que la autora encaja piezas y visiones de si misma, que se transforma bajo el afilado borde del lápiz y la hoja y se transforma en otro rostro, bajo la misma conclusión de la interpretación de quien se mira como objeto de arte. Resulta curioso que de Modelo de artistas sin nombre — el símbolo de la belleza — Anaís se observar como un personaje más en medio de la perturbadora meticulosidad de sus escritos. Un sueño de creación que quizás dotó a su obra de esa imperecedera cualidad de documento íntimo que aún conserva.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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