Crónicas de las hijas de Afrodita:

En el año 1966, Clarice Lispector estuvo a punto de perder la mano derecha. Ella misma contaría después, que el mero pensamiento la hizo “gritar como nunca creyó podría hacerlo” y resistirse a los médicos “como suponía, lo habían hecho las brujas a ser quemadas y olvidadas”. En realidad, lo que ocasionó el que quizás fue el momento más aterrador en la vida de la escritora, se trató de una circunstancia casi inverosímil, digna de cualquiera de sus narraciones. Luego de quedarse dormida debido al efecto de un puñado de tranquilizantes con un cigarrillo encendido entre los dedos, despertó para encontrar que estaba rodeada de fuego. “Uno tan vivo que de no ser por el dolor, habría encontrado purificador” dijo después, con su habitual negativa a rendirse al desastre cotidiano, esa lucha suya contra la “oscuridad de todos los días” que era la base de su obra e incluso, de su necesidad desesperada por evitar lo que llamaba “el vacío silencioso en su mente”.

Rodeada de fuego, con las ropas que llevaba quemándose en algunas partes, su primer pensamiento no fue para salvar la vida, pedir ayuda o correr de miedo. Fue salvar su trabajo. Entre el humo, medio sofocada y aterrorizada, se arrojó encima de su escritorio que ya ardía y trató de apagar las llamas con las manos. Aplastó los hilos de fuego con la palma abierta, después diría sin sentir dolor, gritando a los libros “por su nombre, como si fueran personas que sufrían, que pedían ser rescatadas de las cenizas”. Al final, Lispector sufrió quemaduras tercer grado en los dedos de la mano derecha, la muñeca y otras partes del cuerpo. Pero había logrado apagar el fuego. O al menos, el que consumía sus hojas. Entonces sobrevino el dolor.

Según la biografía de Lispector escrita por Benjamín Mosher Por qué este mundo publicada en el 2009, la autora se negó a considerar cualquier alternativa médica que incluyera la amputación de la mano con la que escribía, incluso si eso la obligaba a padecer dolores insoportables por el resto de su vida. “Me explicaron que los tendones heridos me harían padecer el peor dolor imaginable. Pero la necesitaba, incluso inútil, porque escribir era mi forma de luchar contra cualquier sufrimiento”. De modo que la amputación se descartó y Lispector comenzó una larga recuperación de tres meses para recuperar el movimiento de alguno de sus dedos. Fueron meses de pesadilla, que según describe el autor, sometieron a la escritora a “suplicios que ella enfrentaba con la convicción que eran necesarios”.

Lispector se esforzó. Trató de enfrentar la posible parálisis física con un esfuerzo titánico por recuperarse. Los repetidos injertos de piel y la fisioterapia, eran pequeñas “formas de tortura que llegué a considerar parte de la posibilidad de escribir”. Tal vez por ese motivo, en adelante Lispector insistiría que la literatura era para ella “un monstruo, una criatura poderosa, inagotable, que requería de ella tanto que apenas podía satisfacerla”. La mano, cuya movilidad recuperó del todo, se lo recordaba con una frecuencia de pesadilla. “Dolía, dolía tanto y de tantas formas, que era como si la garra ennegrecida en que se había convertido, fuera un enemigo temible con el que tuviera que luchar”. Pero de un modo u otro la voluntad de Clarice Lispector se impuso, se hizo poderosa pero más allá de eso, dejó claro que escribir era para ella, de una necesidad imperiosa, una forma de sobrevivir a “la guerra que combatía contra su propio cuerpo”.

Cuando finalmente pudo salir del hospital, su primera visita fue a una tienda de Río de Janeiro para comprar una máquina de escribir. “Ya tenía algunas ideas que narrar esa misma tarde” explicaría a Olga Borelli, su amiga y secretaria, que después del accidente se convirtió en una presencia de enorme importancia en su vida. La máquina era un accesorio, un paso que cubrir, una noción sobre lo que necesitaba ver para alcanzar la satisfacción de escribir con la dedicación que siempre lo había hecho. El dolor seguía siendo insoportable o al menos, en eso insistían los médicos. Pero Lispector jamás dijo nada al respecto, no se quejó delante de nadie. Solo se esforzó por crear un método de trabajo que le permitiera narrar, al ritmo de su voracidad intelectual, a pesar del sufrimiento físico. Borelli diría que incluso, el trabajo de la escritora se cuadruplicó, se hizo más constante, ordenado y pulcro. “Al trabajar, ágil y delicada, parecía procurar suplir las deficiencias de la otra, dura, con movimientos descontrolados, los dedos quemados, retorcidos, con profundas cicatrices”.

Ahora escribía de día y de noche. Ya no fumaba (aunque de vez en cuando, Borelli descubrió cajas de cigarrillos que arrojaba a la basura), tampoco tomaba píldoras para dormir. Solo escribía, como si hacerlo fuera una especie de agradecimiento desesperado por recuperar el tiempo perdido en la convalecencia, de agradecer que la mano, que era casi inútil y apenas podía mover, aun le permitía “escribir para salvar una vida, quizás la propia”. Escribió tanto, que para finales del año, ya el dolor era un recuerdo, un mal necesario “algo con que vivir, nada en especial” llegaría a decir. Sus temas se hicieron más abstractos, dolorosos y extraños.

Como si fuera el resultado de una compulsión, en 1967 Clarice Lispector escribió más que nunca: comenzó a escribir pulcras crónicas, literatura infantil, insistió en su ficción lúgubre e inquietante. Su historia de mujer sobreviviente trascendió a los periódicos y se volvió una especie de celebridad trágica, cosa que detestó y rechazó siempre que pudo. Se dedicó aun más a sus columnas periodísticas, con lectores llenos de entusiasmo que le enviaban cartas de agradecimiento que ella respondía con una puntualidad casi maníaca. Lispector comprendió que el incendio había sido un anuncio, la puerta hacia algo más profundo sobre su vida. Un recorrido extraño hacia la cualidad de escribir como catarsis, como castigo, como una forma de amor. “Jamás he amado a nadie como amo la palabra. Un gesto egoísta” confesó a Olga Burelli a finales del 1967. En diez años estaría muerta por una violenta forma de cáncer, pero todavía, estaba llena de entusiasmo por la vida, por el poder de poner en palabras todo lo que le rodeaba. “Amar la ficción es un amor a menudo ingrato, doloroso, roto, sin forma. Una manera simple y triste de sobrellevar el mundo. Pero es la mía. La que hice mía. No necesito nada más”.

De la vida a la muerte en la palabra

Clarice Lispector muy pocas veces se llamó así misma escritora. Más de una vez rió en voz alta del título y se autoproclamó «la no escritora por excelencia». Desenfadada y reflexiva, a lo largo de su vida repitió siempre que pudo que «la escritura es un espejo doloroso» y no veía mérito alguno en su casi obsesiva auto referencia. No obstante, en las contadas ocasiones en que se miró así misma como creadora literaria, insistió en el título no definía su profesión, sino algo mucho más profundo que la simple capacidad para asumir el mundo a través de las palabras. Porque para Lispector, la escritura era parte de su identidad, más allá que cualquier otra cosa. Un fragmento no solo de su racional intuición para descubrir — y describir — el mundo sino esa insistencia creadora que definió su obra, la hizo más rica y comprensible. Por supuesto que Lispector es en sí misma una contradicción, un cruce de influencias inverosímil, un símbolo frontal de la revisión del género femenino en la literatura.

Esta no escritora / escritora, voz femenina que sin embargo, no buscaba reivindicación alguna en el método y la forma de escribir, siempre estuvo muy consciente del poder y la trascendencia de su capacidad para debatir y conmover a través de interpretación de la literatura. Una reinterpretación polémica, que pareció surgir del origen mismo de su dilatada carrera en el mundo de las letras: Porque Clarice Lispector, que no sabía freír un huevo ni tenía la más mínima habilidad para ningún quehacer doméstico, publicó durante una década una columna de consejos femeninos. Lo hizo, además, con un conocimiento profundo y conmovedor de la naturaleza femenina. Como amante de la palabra que era, Clarice Lispector consideró el lenguaje más que una herramienta, un vehículo de construcción y lo uso sabiamente. Sus lúcidas reflexiones sobre los alcances y límites de literatura crearon un análisis casi orgánico sobre lo que se escribe, el mismo hecho de escribir y sobre todo, la noción de la escritura — la palabra — como limite y visión de la identidad del autor. La literatura como tamiz de todo lo humano y comprensible. Un reflejo certero de la realidad.

Pero Clarice, más que una académica que usaba la palabra como escudo, era una observadora nata que la enarboló como bandera de libertad. Para ella, la palabra tenía una consonancia directa con su visión del ser — o de lo que no era — y a su vez una durísima crítica sobre la realidad. La propia Clarice insistía continuamente en la necesidad que el escritor comprendiera el límite de la palabra y así, el enorme valor de lo que se escribe. O mejor dicho, de lo que se muestra como obra concluyente. Para la escritora, «la palabra tiene su terrible límite. Más allá de ese límite está el caos orgánico. Después del final de la palabra empieza el gran alarido eterno». Esa obsesión con la nada, el absurdo, la visión anárquica y finalmente, la conclusión en una comprensión de lo que nos rodea, fue una constante en toda su obra.

Rebelde y contestataria Clarice Lispector encarnó esa búsqueda de la escritora en busca de la reivindicación del género pero no a través del enfrentamiento con lo masculino, sino la reinterpretación de lo femenino. Y es que Clarice simbolizó a la nueva mujer de las letras, a la creadora literaria en estado puro. Una vez, la escritora contó que aunque se ocupaba de los quehaceres domésticos como cualquier otra mujer de su tiempo, también lo despreciaba. Era entonces cuando desaparecía tres o cuatro días en un hotel. Para escribir, para precisar y encontrar esa libertad de construir su propia visión del mundo sin ataduras, sin otra respuesta que la propia a la vicisitudes y conflictos. En una ocasión, quiso explicar esos períodos de absolución, de ostracismo espiritual y lo hizo de la mejor manera que sabía, con metáforas a cuentagotas, con esa expresión del yo interior tan sabio como elemental en el que confiaba. «Quién sabe quizá esa actitud o falta de actitud proceda de que yo, al no haber tenido nunca marido ni hijos, no he necesitado mantener ni romper grilletes: yo era continuamente libre. Ser continuamente libre también era ayudado por mi naturaleza que es fácil: como, bebo y duermo fácilmente. Y también, naturalmente, mi libertad venía de que era económicamente independiente».

A Clarice Lispector se le ha llamado la Virginia Woolf latinoamericana y aunque la comparación parece contradictoria a priori, también es la que mejor permite definir esa ruptura entre el discurso de la literatura para mujeres — y escrita por mujeres — que ambas representaron. Cada quien bajo un aspecto distinto y definida bajo un paradigma casi contradictorio, ambas mujeres representaron esa necesidad de la mujer de reescribir la realidad, de analizar y conceptualizar bajo esa emoción que se atribuye a lo femenino, pero sin el prejuicio que lleva aparejado o esa percepción limitada que por siglos insistió en alejar a la mujer de la literatura. Tanto Clarice como Virginia, meditan sobre los acontecimientos triviales cotidianos que parecen desencadenar algo más, una idea mucho más dura que lo que podría sugerir un análisis inmediato. La introspección, la conciencia de la soledad, la conciencia humana sobre sus limitaciones son temas insistentes en la obra de ambas escritoras, que analizaron su tiempo y la época que le tocó vivir con idéntica crueldad. La plenitud del temor hacia la incertidumbre y sobre todo, la tristeza que sobrevive a lo que se cuenta, parece ser ese ingrediente que se repite una y otra vez en el discurso tanto de una como la otra. Un punto de inflexión entre dos estilos disímiles pero que coinciden en el método de observación de la realidad.

En ocasiones, esa Clarice Lispector contradictoria lo es todo: la que escribía columnas bajo seudónimo para sobrevivir y a la vez, caía en esa intrigante necesidad de introspección que la llevaría a escribir su obra más conocida La Pasión según G. H., un libro angustioso, desconcertante y que más de una vez ha sido llamado «duro de leer». La imagen que ha trascendido de ella, es la de una mujer pálida, con una mano retorcida, que escribe a máquina en el salón impecable de su casa de Río de Janeiro, con los dedos curvados sobre la máquina de escribir y un cuaderno de anotaciones sobre las rodillas. Entonces escribe, con esa crudeza de la observadora, de la temeraria pero sobre todo, de la escritora que se atreve a reinventar sus propios mitos. Escribe y describe, destruye y construye para finalmente alcanzar una línea difusa entre lo que cuenta y lo que oculta. Lo que teme y lo que aspira. Y quizás por último, simplemente lo que necesita callar, para expresar. La contradicción misma.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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