Crónicas de las hijas de Afrodita.

El poder detrás de la sonrisa maliciosa de Jane Austen. (parte III)

Jane Austen vivió en una época entre el período georgiano y el victoriano, lo que hace que sus novelas sean una colección de detalles extraordinarios para comprender ambas etapas, uno en la decadencia y otro a unas buenas décadas de su esplendor. La escritora era mujer intuitiva con una considerable precisión en el arte de observar, sus novelas están llenas de un recorrido por la vida rural, la sociedad que se creó en el plácido campo inglés y en especial, las batallas silenciosas por el poder que ocurrían en la periferia.

Una y otra vez, sus historias van de un lado a otro para precisar algo en apariencia sencillo, pero que en realidad, es lo suficientemente complejo como para resultar doloroso: había una división de clases que condenaba a la mujer a un papel secundario contra el que no podía luchar. Era, de alguna u otra forma, una eterna adolescente, que dependía del padre, el hermano o el marido, para subsistir, para aspirar a una vida mejor y en especial, para construir el futuro. En medio de una atmósfera semejante, Jane Austen comenzó a escribir.

Claro está, hay pequeños y muy sutiles referencias a la revolución agraria y sus importantes repercusiones sociales. En las historias de Austen el cambio es interno y se interpreta de diversas maneras, pero en especial, la sucesión de la concepción de la riqueza como fuente movilidad social. Hasta entonces, la jerarquía era muy específica y se delimitaba a través de las sangre y los matrimonios ventajosos. De allí que Austen hiciera tan considerable hincapié en caballeros, abogados, en Coroneles e hijos de hombres adinerados. La sociedad en que la escritora vivió, estaba en plena expansión: ya fuera a nivel cultural (el debate sobre la novela y su pertinencia se hizo de especial interés) o incluso, sociopolítico, con la extensión del Imperio Británico y otros motivos de poder que hacían presión desde la periferia. Pero Jane Austen, prefirió narrar lo que acontecía puertas adentro, lo que mostraba la verdadera tesitura de todo tipo de cambios dolorosos que abrían espacios a debates por completo novedosos. Quizás, fue la mejor época en la que pudo nacer para escribir de la manera en que deseaba hacerlo.

Pero Jane era una mujer en una época complicada para serlo. Una, en la que la misma condición de lo femenino estaba bajo escrutinio constante y en la que la noción sobre el aprendizaje, el crecimiento intelectual e incluso, el emocional decidía de la decisión del padre o la figura masculina titular en la vida de una mujer. Austen provenía de una familia en que el aprendizaje no se censuraba y ya a los dieciséis años, tenía un considerable número de obras a medio escribir o al menos, esbozos claros de lo que se convertiría después en sus mejores historias. Le beneficia además, que su padre, el Reverendo George Austen, era amante del conocimiento, con una inusual pasión por los libros, lo que permitió que la futura escritora pudiera leer sin restricciones durante buena parte de su infancia y adolescencia. Aunque suele insistirse en el mito del talento natural y casi espontáneo de la escritora, lo cierto es que Austen a Henry Fielding, Samuel Richardson y a Frances Burney desde muy temprana edad, por lo que resulta comprensible su amor la palabra y en especial, su necesidad de crear incluso a una edad en la que la mayoría de sus contemporáneas estaban más interesadas en atender al impulso natural del matrimonio.

Por supuesto y a pesar de su supuesto aislamiento — hay una manida imagen de la autora, alejada de otros escritores y sin conocimiento de lo que ocurría en los círculos literarios más importantes — Austen sabía que la novela como género, permitía narrar el mundo al que pertenecía de una manera nueva que además, le daba una considerable importancia al hecho de imaginar un lugar, un espacio y una forma de comprender a la mujer ideal que se suponía su época exigía. Después de todo, la suya era un período en la mujer cumplía un papel: el de ser un objeto de veneración, admiración y también, de cierta seducción inocente. Por lo tanto, el ideario femenino incluía a una mujer que podía leer y escribir, con conocimientos de temas de actualidad y además, con la suficiente vitalidad para el interludio social. ¿Lo era Jane Austen? De nuevo, el silencio biográfico es pesado y desagradable, por lo que resulta impreciso decir o analizar cómo Austen se concebía o al menos, la forma en que podía construir su personaje favorito: la mujer que intentaba ser de cara a la sociedad y a su familia.

Pero, a pesar de los pocos datos, hay pequeños indicios de quién era la mujer detrás de las historias. Austen era privada y celosa con sus escritos: bien conocida es la anécdota de la puerta de la habitación que ocupaba en la casa familiar, que pidió nunca reparar para escuchar cuando alguien se acercaba. Tenía el tiempo suficiente para ocultar sus escritos, para proteger su intimidad en una época en el concepto de la privacidad era de hecho, más o menos desconocido. Las piezas y salones eran amplios, sin divisiones reales y la familia, casi siempre pasaba buena parte del tiempo junta. Para Austen, la escritura resultó ser un refugio, un espacio silencioso, un lugar en el que podía reflexionar no sólo acerca de lo que veía sino también, sobre sus conclusiones sobre las transformaciones del mundo que le rodeaba.

A la Jane Austen escritora, también le benefició el debate sobre a novela como creación artística por derecho propio, un tema que durante la época georgiana entró en boga y permitió que el género disfrutara de un renacimiento, que con el paso de las décadas, le permitió convertirse en un espacio literario con valor real. Hay un extenso debate en la teoría literaria sobre la transición de la novela desde el relato ficcionado a una propuesta mucho más estructurada, algo sobre lo que el historiador y crítico literario Ian Watt reflexionó en su ensayo The Rise of the Novel, a partir de la hipótesis de la democratización del conocimiento. Para el investigador, la novela alcanzó su auge gracias a la clase media inglesa en pleno período georgiano, cuya educación esmerada o al menos, mucho más liberal que la que solía impartirse a la nobleza, permitió que toda una nueva generación de escritores comenzaran a narrar desde la ficción con una libertad por completo nuevo. También, la imprenta se volvió un elemento de uso común, lo que aumentó el número de libros, su venta y distribución. Para cuando Austen comenzó a escribir, la posibilidad de la escritura era concreta, aunque por supuesto demasiado redituable.

Austen escribía por pasión, aunque no por beneficio económico: todavía era improbable que un escritor — mucho menos una escritora — pudiera vivir sólo de su libros. Mucho más allá, cuando sus libros eran considerados pequeñas curiosidades sobre hechos en extremo específicos, para el gran público. Pero Jane Austen asumió el reto: lo hizo al publicar Sense and Sensibility entre 1810 y 1811, sin dudar en correr el riesgo de un fracaso, lo que le habría cerrado las puerta de una posterior publicación. La novela se publicó de forma anónima. En palabras de Fanny Knight, sobrina de Austen, su talento para escribir y ese primer gran salto al vacío, fueron un secreto familiar que terminó por ser el lugar seguro desde el cual Jane observó lo que ocurría una vez que ese primer gran intento por mostrar lo que bullía en su mente, se volvía hoja y papel. No fue precisamente un triunfo, pero Jane recibió dos críticas favorables y un sucinto beneficio de de 140 libras esterlinas. Para la escritora fue un éxito, para la familia, una sorpresa y para la historia de la literatura, un hito. Un mito acababa de nacer.

En 1812, la autora logró vender Orgullo y Prejuicio, que se publicó al año siguiente, mientras Austen ya escribía Mansfield Park. Por supuesto, un secreto como la identidad de la misteriosa autora que había dado vida a las hermanas Dashwood no se pudo ocultar por demasiado tiempo, en parte por la popularidad de las novelas publicadas y en otra, por el júbilo de la familia ante semejante éxito. Ya en 1813, el nombre de Jane Austen era un rumor suculento y eso aumentó su fama, lo que provocó que al final de ese año, se publicara una revisión de sus dos primeras obras. La escritora, que trabajaba a buen ritmo y dedicaba buena parte de su vida a escribir, recibió la noticia de su notorio triunfo editorial escribiendo Emma, la primera de sus novelas con nombre propio.

Austen era un era considerada una curiosidad de provincias cuando el escritor escocés Walter Scott escribió una favorable reseña de Emma, recién publicada en 1815 y convertida, en un pequeño suceso de ventas y de público. ​Para Scott, Austen resultó todo un descubrimiento: le asombró su sensibilidad, su forma de describir las relaciones entre hombres y mujeres, pero en especial, su pasión por el mundo. “Esa joven dama tiene un talento para describir las relaciones de sentimientos y personajes de la vida ordinaria, lo cual es para mí lo más maravilloso con lo que alguna vez me haya encontrado” escribió Scott, con lo que la obra de Austen recibió un empujón que le convirtió en algo más que un tema de cotilleo. Para la escritora, fue el momento definitivo en que comprendió el valor de su trabajo, la profundidad de su necesidad de narrar y sin duda, la apoteosis de lo que parecía ser una decisión coherente de mostrar la sutil oscuridad de lo que la rodeaba. La campiña inglesa nunca fue tan vívida, en sus días soleados e interminables y las pequeños dolores inconfesables, al margen de las sonrisas hipócritas.

Pero al final, todas las historias de Austen son historias de amor. De hecho, su transición a la pantalla grande, le ha brindado el papel que quizás nunca imaginó: la de escritora de grandes aventuras pasionales con un apoteosis final feliz. Casi todas sus adaptaciones en pantalla, tienen un aire a la comedia de situaciones inteligente y bien construida de las célebres sitcom de los años ’50 de factoría inglesa, de la que quizás hereda esa libertad para reírse de sí misma y caricaturizar sus aspectos más evidentes. Algo que Emma Thompson no olvidó al dar vida a los entrañables personales de Sense and Sensibility: Aun en sus momentos más duros, la ternura de Marianne, el estoico silencio de Elinor y la traviesa ternura de Margaret (Emilie François) deben luchar contra un enemigo más viejo y despiadado que cualquier otro: la cultura que le minimiza y les obliga a confinarse en un espacio diminuto, en el que deben contener no solamente sus emociones sino, su talento.

Thompson no pierde oportunidad de mostrar las capacidades de las Dashwood, su alegría de vivir y su profunda capacidad para el amor. Más allá de los estereotipos los personajes de Thompson brillan con heroica profundidad en medio de lo que podría ser una versión romántica e sustancial sobre una novela que es mucho más de lo que parece. Para la guionista el reto de dotar de personalidad y construir situaciones verosímiles basadas en una novela creada y construida para la denuncia mínima, permite que la película tenga una curiosa trascendencia y además un discurso propio que recorre todos los aspectos sobre esa gran versión de la realidad que puede mostrar las relaciones amorosas el desencanto y el humor.

Hay una multitud de escenas que, mezcladas entre sí, tienen una profunda capacidad para reflexionar sobre la naturaleza de las convicciones, la lealtad y la moral con pequeños guiños universales de sorprendente eficacia, algo que sin duda tiene una relación directa, brillante y extraña con las obras de Austen, que bajo una aparente visión de lo idílico, podían dialogar con la dureza de la tristeza y la desazón con enorme tino. Los paseos y el amor arrobado entre Marianne y Willoughby, permiten analizar la frescura del amor primaveral en contraposición a las largas miradas y las pequeñas frases ingeniosas que comparten Elinor y Edward. Al final, ambas parejas serán los vértices de una estructura cuidadosamente diseñada para meditar sobre la universalidad de los sentimientos y a lo que conferimos importancia en la íntima dulzura del arrebato romántico. El amor ardoroso, impulsivo e incontrolable de Marianne, los silencios agobiados de Elinor, la mirada certera y amable de la madre — interpretada por la escocesa Phyllida Law, la verdadera madre de la actriz Emma Thompson — crean una atmósfera de delicadísimo equilibrio que funciona con el preciso equilibrio de un mecanismo de reloj. Tal pareciera que la intuición de Ang Lee para mostrar la belleza en frágiles ángulos y en cuidadosos juegos de luz, en contraposición a un argumento efervescente con algunos toques de oscuridad bien concebidos, dotan a Sense and Sensibility, de una elegancia inesperada. Hay un trasfondo elocuente en la manera en que la dirección y el guión funcionan con una singular cohesión. Al final incluso sus momentos más cursis y azucarados, resplandecen de buen gusto y solidez.

De modo que Austen, encontró en el cine el vehículo esencial para el trasfondo político y extraño que trató de mostrar en sus novelas y que le llevó años ser comprendido a cabalidad. De hecho, en la actualidad podría decirse que hay dos versiones de Austen: las de los lectores que acuden a sus páginas — y adaptaciones — para disfrutar de la bondad y la ternura de su mirada sobre el amor — o lo que pueden interpretar de ella — y los que buscan, ese subtexto más inquietante, cínico y duro, que hace extraordinario su recorrido hacia algo más poderoso.

Para el escritor Tom Keymer, autor de Jane Austen: Writing, Society, Politics, Austen hacia un uso poco frecuente y si muy esmerado, de la sátira en un ambiente provinciano cuyos miembros, no entendieron demasiado bien la burla solapada contra la mayoría de sus intereses. La escritora analizó, criticó y señaló la forma como la mujer era utilizada como una puerta familiar hacia un tipo de estatus económico y el matrimonio, convertido en un pacto de valor que no se diferenciaba demasiado de los contratos pragmáticos de siglos anteriores. Pero más allá de eso, Austen estaba preocupada por la posibilidad que el mundo tal y como la conocía, fuera una especie de burbuja incidental que no pudiera comprender muy bien. Buena parte de sus novelas se basan en malentendidos, en leyes que cambian, herencias que van de mano en mano y terrores que se sostienen sobre algo más simple: la marginación social. Para Keymer, Austen fue pionera en encontrar la forma de mostrar sus temores en pocos espacios, de una manera controlada y casi, de forma desapercibida. La escritora vivió en una época de revoluciones, de grandes transformaciones y cambios, por lo que su forma de ver el mundo y su osadía para apuntar a los dolores más profundos de una sociedad pusilánime, es de una profundidad apreciable.

Una de las ideas más interesantes en la obra de Austen, es que es imposible dotarle de etiquetas, a pesar de los esfuerzos por hacerlo. No es feminista, a pesar de las reinterpretaciones que recibió en los años 60 y siguientes. Mucho menos, tiene una posición política sobre la nobleza, la jerarquías sociales y la concepción del matrimonio como concepto netamente comercial, como se debatió a principios de los ’90. En realidad, sus novelas solo son una forma de recorrer la vida que conoció y encontrar, en mitad de los grandes escenarios y las preciosas versiones sobre el esplendor provinciano, espacio para el error. Hay mucho de esa cualidad sobre lo falible en las novelas de Austen: Catherine Morland, en Northanger Abbey, malinterpreta de origen al General Tilney, lo que desencadena toda la situación que sostiene a la novela. El error es básico, evidente y notorio para todos — incluido al lector — , menos para los personajes, que van de un lado a otro, atormentados por sus equivocaciones y dolores morales. Elizabeth Bennet tampoco comprende al Darcy en realidad, lo cual por supuesto, hace que la novela tenga todo el sentido ligero de una comedia de equivocaciones con un centro agrio. Elizabeth quiere casarse, por amor a ser posible, pero también necesita hacerlo para sobrevivir. Algo que también podría decirse de Marianne Dashwood, en Sense and Sensibility, que se enamora de Willoughby, sólo para descubrir la oscuridad detrás de su hermoso rostro y su galantería. Edmund Bertram, en Mansfield Park, se salta algunas de las señales obvias de Mary Crawford y termina por encontrarse en mitad de un golpe de efecto moral que sostiene a toda la novela. Al final, Austen necesita ser comprendida desde sus errores — como ella misma insinúa ocurrió con su forma de ver el mundo en varias de sus cartas a Francis — y también, en su trascendencia.

¿Austen era una aguda observadora política, una gran romántica con momentos burlones, una crítica brillante o simplemente una escritora con grandes ambiciones? Tanto quienes le leen por su connotación del amor amable y edulcorado, como quienes encuentran algo más, tienen un largo recorrido en la forma en que comprenden sus obras. Lo sociológico es evidente, lo temible es doloroso. Entre ambas cosas, se encuentran dos rostros, dos mujeres, una sola mirada a lo narrativo.

Por supuesto, buena parte de sus lectores están convencidos que la vida de Austen era muy parecida a los ricos escenarios repletos de aristócratas que describía, cuando en realidad, sólo se relacionaba con él de manera tangencial y lo conocía casi como un rumor exagerado. Su familia pertenecía a la nobleza agrícola, lo que quiere decir que era el pariente pobre de las grandes familias a las que estaba unida ya fuera por sangre o por matrimonios ventajosos de otros miembros. Su padre, era un pastor anglicano que se ocupaba de varias parroquias a la vez, pero los diezmos combinados entre sí, no le permitían una vida de grandes lujos, lo que obligaba a la familia Austen a depender la mayoría de las veces, de la buena voluntad de parientes y feligreses.

La familia contaba con numerosos miembros, entre hermanos y hermanas, sus respectivos hijos y esposos. Ninguno de ellos consiguió el ansiado matrimonio “ventajoso”, por lo que debían luchar para subsistir de forma “decorosa”, bien fuera a través de la venta de productos agrícolas o regentar una escuela para niños. Pero ni entre todas las ganancias de cada miembro de la familia, la familia tiene el suficiente dinero como para tener los lujos que Austen describe con tanto detalle en su novela. De hecho, Claire Tomalin cuenta en su libro Jane Austen: Una vida, que en 1797 la familia se esforzó en lo que pareció un esfuerzo extraordinario que obligó a romper las arcas de cada miembro, para compró un carruaje con el cual transportarse sin grandes incomodidades. Fue un momento de euforia para los Austen, que disfrutaban de escasísimos lujos y que sabían, no se trataba sólo de un método de transporte sino de un símbolo de estatus. No obstante, al año siguiente, tuvieron que renunciar al lujo por ser incapaz de mantener al cochero, la alimentación y cuidado de los caballos e incluso, la simple manutención del modesto vehículo. Se trata de una pequeña historia que resume muchas otras, que hace pensar en el hecho que la escritora sabía que el amor podía existir — y de hecho, existía — sólo para encontrar, que además, debía sostenerse sobre la incomodidad de ser también, ser deudor de alguien más.

Jane Austen no era una mujer pobre, pero tampoco rica. Era una que sabía debía luchar para mantener una condición social que le permitiera, entre cosas, escribir, a pesar que sus novelas nunca fueron éxitos de venta ni tampoco, le brindaron el suficiente dinero para subsistir, en el mejor de los casos. Y es ese sentido de la supervivencia, lo que se percibe en sus libros, en esas grandes epopeyas románticas y dulces, que al final, terminan con cierto sabor amargo inexplicable. Sí, Elizabeth llega a conquistar al Señor Darcy, pero también, deja claro que una mujer no puede hacer otra cosa que encontrar el amor si desea ser rescatada. Lo mismo podría decirse de las Dashwood e incluso, de Emma. Todas mujeres de enorme fortaleza, ingenio y valor, en medio de situaciones extraordinarias. ¿Ese es el motivo de su mirada objetiva sobre la riqueza? ¿Eso fue lo que le permitió mirar el mundo con tanta dureza y cierta amargura?

No hay una respuesta clara para eso. Austen sigue siendo la heroína de sus propias historias románticas, a pesar de que jamás llegó a casarse y corren ríos de tinta sobre su amor no correspondido por Thomas Lefroy, su primer y en apariencia, único romance, que según todas las versiones, es la inspiración para todos sus extraños, esquivos y tímidos caballeros severos de corazón tierno. Su obra, también es la demostración que la estructura tradicional de la novela romántica puede ser mucho más que un final feliz aderezado de situaciones inverosímiles y agradables. Incluso en esa salvedad, las adaptaciones de la obra de Austen parece guardar un pequeño secreto, una forma de recordar el origen de la literatura y el poder que conserva para evocar.

Un buen ejemplo, es lo ocurrido en el set de Sense and Sensibility: luego de conocerse en el set de filmación, los actores Greg Wise y Emma Thompson comenzaron un romance que culminó en matrimonio y convirtió a la pareja en padres dos años después. De de la misma manera que Elinor, Thompson — de quien se rumoreaba sufría un matrimonio desgraciado en compañía de su por entonces esposo Kenneth Branangh — no sólo encontró el amor, sino también un tipo de poder lo suficientemente considerable y significativo como para llevarle recorrer el camino del éxito. Liberada de la tristeza y con Oscar entre las manos a la mejor guionista, Thompson podría demostrar que los finales felices — improbables y en ocasiones del todo ilógicos — pueden existir. Quizás el mayor homenaje que Austen quisiera haber recibido.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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