Crónicas de las hijas de Afrodita:

El poder de la dama vestida de blanco: la búsqueda de la libertad de Emily Dickinson. (Parte II)

La novela favorita de Emily Dickinson era La Dama de blanco de William Wilkie Collins y hay una serie de curiosas teorías sobre el hecho que su amor por la historia, fue lo que provocó vistiera de puntilloso blanco durante toda su vida adulta. Sus vecinos, parientes y amigos jamás pudieron explicarse el motivo por el cual la escritora estaba obsesionada no sólo con el color, sino con un tipo de traje a tres piezas, muy poco formal para la época, pero sin duda, impecable para la vida cotidiana de una autora que jamás abandonaba la casa materna. “Como toda mujer perturbada, visto de blanco” bromeó con su hermano, lo que hizo suponer que se refería a la novela clásica y a la influencia que tuvo en su vida. No obstante, todo parece ser mucho más enrevesado y doloroso de lo que podría pensarse. El vestido blanco podría ser el símbolo de la verdadera razón que mantuvo al margen de la vida más allá de la hogareña durante buena parte de su vida.

Nunca estuvo del todo claro, cual era la enfermedad que sufría Emily Dickinson y que quizás, cambió de manera definitiva, el curso de su vida. Ella misma la describía como “dolores a toda hora” que jamás llegaron a curarse del todo desde su adolescencia y una fiebre pertinaz, que podía aparecer sin que la poeta pudiera comprender su origen. Como casi todo lo que ocurría en su vida, se volcó en sus poemas los extraños síntomas y escribió sobre convulsiones que dominaban a su cuerpo, al que comparaba con un mecanismo que se rompe, un cuerpo que cae. “No se moverá para los médicos”. “Sentí un funeral, en mi cerebro”. Para Dickinson, la enfermedad era un tránsito misterioso, pero también un dilema que apuntaló su obsesión con la privacidad, el resguardo de sus secretos y al final, la sensación que el mundo acababa más allá de la puerta cerrada de su habitación predilecta.

Hay indicios que señalan que es probable Dickinson sufriera de una forma leve de epilepsia o incluso, un cuadro más grave que pudiera provocar su negativa a cualquier tipo de contacto social. Después de todo, la enfermedad se asociaba con “histeria”, la masturbación, la sífilis y un lento deterioro que llevaba a una “locura epiléptica”, por lo que era impensable cualquier mujer pudiera admitir en voz alta podía sufrir semejante cuadro médico.

Por supuesto, de nuevo, está el doble rostro de la historia: figuras históricas como César, Mahoma, Dostoievski sufrieron de la enfermedad, pero jamás fueron señalados o disminuidos por llevar sobre los hombros lo que se consideraba una condena bíblica. Pero ¿qué podría haber ocurrido con Dickinson? Quizás, el mero espectro del terror de lo que podría sufrir — un estigma incontrolable e inmerecido — provocó que tomara la decisión no sólo de no continuar su educación a pesar de sus grandes planes de adolescente, sino de hecho, llevar una vida de reclusa que aun sorprende por su férrea disciplina.

Hubo rumores durante buena parte de su vida acerca del misterioso mal que la aquejaba y que la mantuvo recluida puertas adentro, de una manera que despertó suspicacias entre amigos y vecinos. Desde registros de la farmacia de Amherst que muestran que los medicamentos que Dickinson tomaba para sus extrañas fiebres y desmayos coincidían con el tratamiento que solía administrarse a los enfermos de la época, hasta el hecho que varios miembros de su familia también lo sufrían cuadros parecidos, los indicios son lo bastante claros como para señalar que Dickinson era algo más que una ermitaña. O que decidió evitar el contacto social por una mera excentricidad inexplicable. Había relatos sobre mujeres encerradas, golpeadas y al final, asesinadas por bárbaros tratamientos psiquiátricos, en medio de un clima crispado que consideraba a casi todas las afecciones femeninas producto de humores retorcidos o frutos de pecados inconfesables. ¿Podría la escéptica, pragmática y brillante Emily soportar algo semejante?

En una extraña simetría, su prima Zebina era una inválida que vivía encerrada en la casa al otro lado de la calle. Emily Dickinson probablemente creció escuchando las historias sobre sus gritos, ataques, los espumarajos de saliva, los dolores interminables, la fiebre muy alta. La forma en que a los once años, se arrancó un tajo de lengua en medio de una convulsión. También debió haber escuchado sobre los terrores que sufría su sobrino Ned Dickinson — hijo de su hermano Austin, y su esposa Susan — que a los quince años, sufrió el primero de múltiples ataques epilépticos y que pasó buena parte de su adolescencia destrozado por medicamentos y todo síntomas violentos. En una ocasión, Austin llegó a contarle que le aterrorizaban los lamentos y los gritos desgarradores del pequeño, que pedía la muerte “como liberación”.

¿Sufría Emily Dickinson de epilepsia? Emily siempre vestía de blanco y a la distancia, parece haber sido una decisión consciente y pensada de forma pragmática. El algodón blanco era fácil de limpiar con lejía si llegaba a vomitar o a retorcerse sobre la tierra. Las tres piezas, eran sencillas de quitar en caso de una necesidad médica. ¿Se trata de la forma en que Emily expresaba su enorme inquietud por la enfermedad inexplicable con la que debía lidiar? No hay pruebas contundentes, pero lo que si es evidente es que la escritora tomó una decisión que le llevó a cambiar el curso de su vida y quizás, de la forma en que concebía su incipiente talento. El claustro del hogar se convirtió en su coto de paz, en el lugar formidable en que podía permitirse y huir de los temores que le abrumaban. Escondida, encerrada, puertas adentro en su mundo privado, la poeta comenzó a mirar el mundo entre las palabras. Y no dejó de hacerlo durante cada día de su vida. Cada vez con mayor ímpetu, con mayor necesidad de contar y narrar los pormenores de sus secretos más privados. Un mundo dentro de un universo asombroso que le llevó a convertirse en una de las voces poéticas más poderosas de la literatura universal.

La poesía de Dickinson es difícil de definir porque en esencia, es un ejercicio estilístico que creció en soledad y con pocas referencias, más allá de su inspiración, su portentoso talento y en general, la necesidad de la poeta de narrar su vida. De regreso de Mount Holyoke, aun lo bastante enferma como soportar largos meses de recuperación, la poeta pasó buena parte del tiempo escribiendo, aunque nadie supuso que se tratara en realidad de algo más que una forma de distraer su mente inquieta y en especial, buscar alivio a la sensación de profunda desesperanza que debió haberle causado el final de su educación formal. Aunque era excepcional que una mujer tuviera aspiraciones académicas, Emily no sólo las tenía sino que además, formaba parte de la forma en que comprendía su vida. La enfermedad y posterior confinamiento en la casa paterna, fue de alguna forma, el final de una etapa que recordó en el futuro y que siempre recordó como “una de las más fructíferas de su vida”.

Aun así, la escritora no dejó de insistir en su vocación literaria, por más doméstica y privada que la considerara. Siguió leyendo, educándose de manera informan y además, investigando en las últimas tendencias literarias, en una época especialmente propicia para hacerlo. No sólo intercambiaba correspondencia con editores y coleccionistas de libros — a los que pedía consejo y novedades — sino además, era una ávida lectora que se convirtió en una asidua compradora de lotes de libros, que llegaban a la casa paterna con la apariencia apacible de “objetos femeninos”. La escritora llegó a contar a su hermano que le hacía reír, que ninguno de los esforzados mensajeros que llevaban a cuestas baúles y en ocasiones incluso muebles llenos de novedades literarias, sospecharan que se tratara de algo tan “poco femenino” como “libros, tanto como pudiera comprar, guardar y ocultar por los rincones”, escribió a una amiga de su infancia. Pero Emily en realidad, no ocultaba su amor por la lectura: son famosas las anécdotas acerca de su habitación en la que ordenaba con puntillosos métodos, cada volumen que recibía, entre lo que se encontraba lo más selecto de la literatura de su época. “Los libros son el último lugar al que acudir, cuanto todos los lugares han acabado” escribió.

Claro está, se trató de una época de enorme importancia en la literatura universal, una en la que se publicaron Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, Bleak House de Charles Dickens, The Scarlet Letter de Nathaniel Hawthorne, Anna Karenina de Leon Tolstoi y Middlemarch de Mary Anne Evans, que sin duda Emily Dickinson atesoró como parte de la ingente colección de clásicos que acumulaba quizás sin imaginar su verdadera importancia. “Leo con la misma avidez que otros comen y aman ¿no es eso singular” escribió a su hermano en una de las constantes notas que compartían, a pesar de vivir a unos cuantos pasos de distancia. Pero para Emily la importancia de escribir era orgánica, un vínculo enorme y poderoso con la forma en que concebía su vida. La escritora asumía la labor de crear como una declaración de libertad, más que de intereses. Escribía por la necesidad de crear un universo elaborado a partir de ideas que desarrollaba no sólo en la página, sino en todos los oficios que le rodeaban. De esos primeros años de intensa actividad intelectual íntima, datan sus primeros apuntes sobre lo que después se convertiría en uno de sus mayores proyectos: un herbario extraordinario que además, dibujaba y mezclaba con buena parte de sus poemas. “Mi mente está viva, incluso más que mi cuerpo” se burló en una ocasión, cuando una de sus amigas criticó su necesidad de leer antes de hacer cualquier otra cosa.

No está muy claro cuantos de los grandes poemas de Dickinson proceden de esa época, aunque es evidente que al menos, buena parte de los borradores que después se convertirían en sus depurados y modernos poemarios, confeccionados a mano por la escritora. Tampoco, el motivo por el cual, decidió ya siendo muy joven que jamás publicaría un trabajo tan cuidadoso, amplio y en especial, de enorme interés literario. La autora Helen Hunt Jackson, que publicó una antología de Emily en 1878, la reprendió por negarse a dar su nombre a su trabajo, una discusión que ambas sostuvieron en diferentes momentos de su historia en común “Eres un gran poeta, y es un error no dejarlo claro…necesitas tu propia voz”. Pero para Emily, la privacidad de su obra era un elemento determinante al momento de escribir. Tanto como para amenazar con quemar lo “poco que había logrado escribir” si alguno de los que estaban el secreto lo revelaba “cuanto aun esté con vida para negarlo”.

Con todo, quizás el instinto de Emily de negarse a publicar en una época en la que todavía buena parte de las escritoras debían enfrentarse al ostracismo, usar seudónimo y luchar contra la censura por género, fue una decisión audaz que le permitió de una u otra forma, conservar el sentido esencial de su obra como conjunto. “Escribir es una liberación y es solo mía” insistió a Helen “no deseo la batalla por la pulcritud que no es el objetivo de lo que está en la página que miro”. Se trata de un concepto duro que parece haberse confirmado, cuando el primer volumen con sus poemas fue publicado en 1981 de la mano de Mabel Loomis Todd y Thomas Wentworth Higginson, en una recopilación inexacta y además, llena de correcciones que aun en la actualidad sorprende por su poca rigurosidad. Todd tomó la decisión de “pulir” el trabajo póstumo de Dickinson, en un intento de hacerlos más parecidos a lo que se suponía una mujer de la época debía escribir, mucho más en el ámbito de la poesía. Fue un trayecto elaborado y duro que provocó que los poemas de Dickinson perdieran toda su fluidez y belleza, hasta convertirse en versos elaborados para el consumo inmediato. Hubo un moderado escándalo que enfrentó a la pareja de editores con la familia en público y en las cortes, algo que sólo logró que el aura de mito complicado alrededor de Emily se hiciera más controversial e inexplicable para los lectores. Se trataba de una autora que no había deseado publicar en vida y cuyos poemas, levantaban pasiones, críticas y elogios casi un lustro y medio después de su muerte. Para los lectores, se trataba de un reborde romántico que aumentó el interés por Dickinson, a pesar que su obra no llegó a ser reconocida en todo su poder y en especial, precisión y complejidad hasta casi un siglo después.

No sería hasta 1955 que se publicó la primera edición de los poemas de la poeta, de la misma forma en que Dickinson los plasmó en su abultada obra. El editor Thomas H. Johnson, dedicó años de trabajo a los manuscritos originales de Emily y ordenó por primera vez su trabajo en orden cronológico, además de respetar el ritmo, redacción y puntuación de la obra. Los esfuerzos del editor permitieron que el público pudiera apreciar a Emily Dickinson como algo más que una rareza y sí, una de las grandes voces literarias del país. La edición fue un éxito inmediato de ventas y dio a un definitivo interés académico por la obra de la escritora. En 1958, Johnson publicó un volumen con las cartas de Emily a sus parientes y amigos, que permitieron comprender a la escritora en todo su extraño recorrido hasta convertirse en una potente voz poética, inigualable en el panorama estadounidense. En 1974, Richard B. Sewall una extraordinaria biografía sobre la poeta, en la que combinó los trabajos de Johnson y una larga investigación acerca de la familia y ámbito que le rodeó. Para entonces, Emily era algo más que un mito curioso sobre la mujer que escribe en secreto. Se había convertido en la viva imagen del escritor que se sostiene sobre su talento, incluso más allá del misterio que podría definirla. Una voz de particular potencia y belleza. Una autora fundamental estadounidense.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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