Crónicas de las hijas de Afrodita:

Clarissa Dalloway y la oscuridad interior. (Parte I)

Para Virginia Woolf, escribir sobre el tiempo era importante. O mejor dicho, analizar el tiempo como un peso fundamental en sus obras. Mrs Dalloway, publicada en 1925, transcurre en un único día. Lo hace además, a través de todos los pequeños pormenores y detalles de un espacio cotidiano. Uno que se hace cada vez más amplio, elaborado y mucho más doloroso a medida que se hace evidente que la narración no es tan inofensiva como parece serlo a primera vista. Woolf, además, decidió que a diferencia del Ulysses de James Joyce — otra historia cuya vida transcurre en un único día — su personaje no tendría que enfrentar, de entrada, la condición existencialista del vacío del propósito y la sensación casi violenta, que el mundo es es una recombinación de valores y pequeñas transgresiones con resultados trágicos.

La Clarissa de Woolf es una mujer de mediana edad de clase alta, que además, lleva una vida en apariencia feliz y cumple con su rol — como mujer y esposa de un diputado conservador — con toda facilidad. Clarissa podría ser la depuración del privilegio convertido en acción, además de la consideración del bien y del mal, elaborado a la medida de lo simple. Pero en realidad, esa engañosa simplicidad es un trayecto hacia la oscuridad, una búsqueda insistente de identidad y al final, el sufrimiento transformado en una sombra silenciosa que acompaña a Clarissa a todas partes. Eso, mientras compra ramos de flores, sonríe, analiza su vida y el futuro se desmorona en la desesperanza.

Woolf tomó decisiones brillantes para crear el que quizás, es uno de los primeros personajes femeninos que se analizan a sí mismos desde trozos de información incompleta. No se trata de un reflejo de otro, ni tampoco, de uno que dependa de una situación externa para comprenderse en su totalidad, como podría ser la Constance de DH Lawrence. Clarissa es una mujer común de su época, una que no tiene especiales cuitas ni tampoco, problemas insalvables que resolver. Mientras Joyce decidió ubicar a sus personajes en un plano en que las etapas de su vida son un reflejo de los términos de la epopeya clásica — o al menos, con la estatura de tintes mitológicos —, Woolf analizó al suyo, como una huérfana rota en medio de situaciones corrientes.

En el año 1925, el tiempo — como una estructura para entender el ritmo y pulso de lo cotidiano — tenía una enorme importancia en Londres. En rápida sucesión, habían ocurrido una serie de cambios que convirtieron a lo cronológico, en un elemento a tener en cuenta al momento de entender a la ciudad como comunidad. La regulación de la hora media de Greenwich, cambió por completo la forma en que se comprendía el tiempo público y privado. Al mismo tiempo, el servicio ferroviario — y sus pautas de horario — también influyó en la dinámica de quienes le utilizaban para transporte o simple recreación, lo que tuvo el impacto de ondas concentricas hacía otros espacios de la rutina londinense: la llegada a los diferentes puestos de trabajo, el comienzo de la vida activa en el centro de la ciudad, fiestas, reuniones, juntas e incluso la vida doméstica, comenzó a relacionarse de manera directa con la llegada o la salida del tren. Eso convirtió al tiempo como concepto — que antes se había “dejado pasar”, como una costumbre muy británica — en una percepción abstracta que podía “gastarse”, al invertirse en actividades de considerable importancia. La Revolución Industrial hizo que el tiempo fuera proclive a medirse, analizarse como un bien común y al final, asumir su considerable importancia en cada aspecto de la vida. Algo que para Virginia Woolf no pasó desapercibido.

Los conceptos del escritor y filósofo francés Henri Bergson acerca del tiempo y su duración, se hicieron más pertinentes que nunca, mucho más elaborados y en especial, relacionados con la vida del ciudadano como una totalidad cada vez más universal; Algo a lo que habría que agregar sus ideas sobre la conciencia, la memoria y su permanencia, todas percepciones sobre el tiempo que le definen a la idea cronológica como algo más que una percepción insustancial y alejada del magma de la vida del hombre. Woolf tomó ese amplio recorrido por una nueva interpretación de la realidad para construir una red de contextos que brinda a Mrs Dalloway una dimensión profunda y extraña.

Clarissa se hace eco del concepto del tiempo: el durée de Bergson (el tiempo perdura en tanto se recuerde lo que ocurre en su transcurrir en sus detalles), lo que le permite interactuar en formas distintas con su pasado, presente y futuro. El personaje está inmerso en la vida de su marido hasta el punto de desaparecer, pero lo que es más inquietante y duro aun, es que nunca lo nota, hasta que debe organizar una fiesta y nota, casi entre fragmentos de epifanías tardías, que su trabajo podría hacerlo cualquiera. Que de hecho, ella sólo es la encargada de ensamblar la forma como el mecanismos de las cosas que ocurren alrededor del marido, tengan sentido y valor. Hay un aire pesimista disimulado en la forma en que Clarissa afronta las diminutas tragedias de la vida diaria, en el recorrido por una Londres aun herida por el armisticio ocurrido cinco años antes. Con una discreción exquisita por su detalle meticuloso, Mrs Dalloway es un recorrido no sólo por la historia de una vida cualquiera, un día cualquiera en una ciudad que podría ser cualquier otra, sino también, una mirada a los secretos íntimos. Sin el melodrama de historias enfocadas en la naturaleza femenina o en la dureza de la condición de la mujer en distintas épocas, Woolf logró narrar la vida de un individuo sumergido en las vicisitudes de la identidad desde una óptica de asombroso interés que aun resulta innovador.

La escritora pondera el hecho de la vida como ente aislado de explicación y consuelo, a través de una Clarissa que durante las primeras páginas de la novela no deja de sonreír. Lo hace, con una emoción contenida y patética, mientras recorre la ciudad, intercambia saludos y gestos cariñosos, camina de un lado a otro en su hermosa mansión y de hecho, se integra a ese deber invisible que la presiona a cada instante. Pero en realidad, Clarissa — y su mente — atraviesan etapas y dimensiones diferentes, que se enlazan para comprender el mundo interior del personaje con una riqueza que sorprende por su meticulosa profundidad. Woolf pondera a través de pensamientos, recuerdos y la visión de su personaje de lo que le rodea, la infinitas y en ocasiones inconclusos vínculos, entre la identidad y la percepción sobre el absurdo general de la existencia. Y lo hace, al crear un escenario que se estratifica para mostrar a Clarissa en todas sus dimensiones.

Poco a poco, el personaje unidimensional que detalla sus labores diarias, que se regocija por la belleza del cielo azul de Londres, que debe comprar flores, que es una figura entre tantas otras en una ciudad inquieta, adquiere corporeidad y se hace cada vez más poderoso, más vívido. Se vincula con el centro motor de la acción, que no es otro que demostrar párrafo a párrafo, la cualidad de calidoscopio del paisaje interior de cualquier personaje. La forma en que sus vivencias pueden crear una tensión correlativa a lo que ocurre en el exterior y extenderse, hasta lograr una historia mucho más profunda y amplia de la que podría suponerse. Woolf creó a Clarissa como una transeúnte aturdida de las corrientes interiores de su propia vida, de la forma en que el peso de lo que le acontece le erosiona, le crea, le reconstruye, le otorga un nuevo rostro. Para cuando Clarissa — la real -emerge en plena narración, la escritora construye un puente entre el cúmulo de sus vivencias y el tiempo que transcurre, en una magnífica conjunción que termina por brindar a Clarissa un peso alegórico. De la mujer anónima, se transforma en algo más elaborado. De la mujer perdida, encuentra una forma de crear y sostener una percepción más elaborada del individuo y por último, de la derrota en la búsqueda de quienes somos y hacia dónde nos conduce la búsqueda del individuo como algo más profundo, extraño y en especial definido. Una instante, entre todos los instantes, que cobra significado y se convierte en un planteamiento de inestimable valor.

Los dolores desconocidos de una mujer sin rostro.

En la película del 2002 Las horas del director Stephen Daldry — basada en el libro del mismo nombre del escritor Michael Cunningham — , la escritora Virginia Woolf (interpretada por Nicole Kidman) comparte con Clarissa un espacio atemporal indefinido, que las une en una especie de línea irregular de tiempo de enorme valor argumental. La Clarissa de la historia de Cunningham (Meryl Streep), es un reflejo de su homónima en libro de Woolf. En nuestra época, Clarissa también se encuentra aplastada bajo el peso de su inexistencia como ente, más allá de sus deberes que cumplir, del amor desesperado que siente hacia Richard (Ed Harris), enfermo de SIDA y a punto de fallecer y su condición como madre distante. Al final, Clarissa construye una versión sobre la realidad que permite comprender la soledad de Woolf en el pasado — el aislamiento creativo, el dolor profundo de la mente convertida en el enemigo — e incluso, da vida a un tercer personaje Laura Brown (Julianne Moore), transformada en el puente que las une a ambas para entender el sufrimiento interior que deja heridas tan violentas, como abrumadoras. El trío de mujeres en pantalla no viven un único día, pero reflexionan sobre su vida desde la perspectiva de un único hecho que les une, en tres fragmentos de tiempo distintos.

De la misma manera que en Mrs Dalloway, el amor, el miedo, las fronteras de las emociones, la búsqueda del significado de la identidad escindida, son temas que “Las horas” analiza desde el recorrido de sus personajes por sus momentos más duros y traumáticos. Virginia debe lidiar con el encierro y el confinamiento debido a su condición mental, Laura de la presión del deber ser y la condición de la mujer en la época en que nació, mientras Clarissa avanza con dolor en medio de la toma de conciencia que está a punto de derrumbarse en un lugar profundo de su mente. Todo lo que ama o ha querido, será arrasado por la simplicidad de la muerte (una conclusión a la que ya llegó Virginia en el pasado) o por lo que no puede controlar (una idea que atormenta a Laura, que llora en silencio al abandonar al pequeño Richard). Juntas, se concatenan en una historia en la que la identidad lo es todo y también, la necesidad de comprender el tiempo (el interior y el real), como un conjunto de pensamientos que se sostienen entre sí para crear la realidad. Al final, uno de los personajes morirá (la propia Virginia anuncia su muerte), pero también liberará a los dos restantes del peso de la culpa y el remordimiento que avasalla lo que intenta definir — sin lograrlo — como el rostro oculto en su vida. Una mirada al espíritu fracturado por los pesares sin nombre, al temor y al miedo.

Por extraño que parezca, la película es mucho más cercana que el libro de Cunningham al uso del tiempo que Virginia Woolf imaginó para su Mrs Dalloway. Eso, a pesar que la novela ganadora del Pulitzer, reflexiona y segmenta la versión de la realidad de Clarissa desde el mismo punto vital que Woolf en la obra original. Pero el guion fílmico es más fluido al momento de mostrar las infinitas ramificaciones de lo que la percepción del yo identidad puede ser, un tema que apasionaba a la escritora y que de hecho, fundamenta una de sus obras más conocidas. Woolf usó a Clarissa como una excusa para experimentar con las transformaciones que impone el cambio cultural y también, de la perdida del lugar en el mundo, un fenómeno que en los años ’20 era devastador para una generación que hasta entonces, había creído en la percepción de la realidad inmutable.

De hecho, los escritores contemporáneos a Woolf dedicaron una considerable cantidad de tiempo a meditar sobre la realidad trastocada, de la transformación interior impulsada por el sufrimiento y el cambio. Esa concepción de lo doloroso que apela a la condición del tiempo y de las heridas abiertas para mostrar la evolución intelectual de un personaje, es el primer síntoma de ruptura en una evolución concreta hacia lo incierto. Si en 1900, la realidad se consumía como una especie de mecanismo predecible — y de ahí el éxito de novelas de asesinatos y detectives basados en la lógica — , veinte años después, la percepción de la identidad como una serie de accidentes dolorosos creó una condición más angustiosa sobre la búsqueda de una verdad individual. Hay una percepción elemental acerca de la noción de lo que somos — a dónde nos dirigimos, qué deseamos comprender — que permite a la novela de ruptura de los años ’20 y ’30 del siglo XX abarcar un nuevo sistema de valores. Uno que además, sustentara el discurso consistente sobre la desesperanza, la pérdida definitiva de la fe y la caída en los horrores del miedo.

Para Woolf, era claro que las transformaciones culturales son parte de un ámbito consciente que puede modificar la presión interna de los personajes. Tanto así, como para dotar a Clarissa de una cualidad de espejo capaz de mostrar la forma en que su carácter se moldea a través del impacto del cambio cultural, las nuevas tecnologías — como automóviles e incluso, una inédita percepción del cuerpo y la sexualidad — y el transcurrir del tiempo, como elemento fundamental para entender el ritmo que sostiene al personaje. Woolf insistió en más de una ocasión, que con Mrs Dalloway intentaba “criticar el sistema social y mostrarlo en funcionamiento, en su forma más intensa”. Por supuesto, también se trató de un momento privilegiado para comprender algo semejante. A cinco años del armisticio del 11 de noviembre de 1918 firmado en Le Francport (Compiègne) que terminó la lucha en tierra, mar y aire en la Primera Guerra Mundial entre los Aliados y su oponente, el Imperio alemán. Se trató de un evento de monumental envergadura para Inglaterra, que de una u otra forma, sufrió los embates directos de la Guerra y que ahora, comenzó a recuperarse de forma acelerada en medio de una reconstrucción doméstica que terminó por extenderse en todas direcciones. Londres se convirtió en un centro de poder atípico, La Corona recibió un lustre de heroísmo que equilibró la batalla por sus atribuciones constitucionales y al final, toda la sociedad inglesa se benefició de esa rápida evolución que le hizo cambiar en sus aspectos esenciales.

Muchos de esos cambios se reflejan en el ritmo, la forma y la composición de Mrs Dalloway, como historia que elabora una hipótesis sobre la evolución — y repercusión — de los cambios exteriores culturales, sociales y políticos, en los procesos internos de los personajes. De hecho, el profesor hemérito de Berkeley, Alex Zwerdling — considerado uno de los analistas más meticulosos sobre la obra — argumentó que la novela es una mirada “muy crítica” de la “clase gobernante” en un punto de la ruptura del poder que provocó los tránsitos políticos consecuencia del armisticio. Mientras La Corona se fortalecía, en 1923 hubo dos primeros ministros conservadores: Bonar Law, que terminó por renunciar debido a su mala salud — un hecho que tuvo como repercusión inmediata una sacudida considerable en el tejido conjuntivo del partido — y después, Stanley Baldwin. Este último, llegó al escaño en mayo de ese año y maniobró lo mejor que pudo contra el cambio que se avecinaba y que todos los analistas políticos discutían a media voz desde el primer día en que alcanzó en poder. Se hablaba de una reformulación del poder desde sus entrañas y a la vez, en un tránsito inevitable hacia una nueva concepción sobre los hilos del poder en un país roto por las diferencias y debates sobre la concepción del Estado mismo.

Tanto la presencia de Law como la influencia de Baldwin, provocó de manera indirecta la llegada al poder de un gobierno laborista de minoría dirigido por Ramsay MacDonald. Se trataba de un cambio de considerable importancia en la forma en cómo la influencia política se manifestaba en Inglaterra y de hecho, fue evidente que semejante cambio — de fondo y de forma — afectó a las clases más altas y adineradas del país. Es justo en esa grieta que Woolf ubica a Clarissa, que se encuentra en plena transición de valores y una discusión que la sobrepasa, en la que no participa, pero que sin embargo, le afecta de formas muy distintas. Clarissa está vinculada a la percepción del sistema de clases de la época, la manera en que se asumía la condición social como excluyente o vinculada a algo más profundo y al final, a la mirada de la cultura sobre la mujer y el género. Pero en realidad, que Clarissa sea una mujer — o una adinerada, privilegiada — no es el punto más importante al analizar una novela que abarca en toda su extensión el trauma del tránsito cultural. Para Woolf era de especial importancia mostrar los cambios en las relaciones de poder, no sólo entre las esferas más altas y tradicionales, sino en los espacios pequeños. En las puertas cerradas, entre maridos y esposas, padres e hijos, sirvientes y patrones.

Hay una mirada poderosa sobre el tema, que pareciera abarcar algo más pertinente que el mero hecho que Mrs Dalloway sea una espléndida novela y un acto de rebeldía creativa. En su ensayo de 1924 Mr. Bennett and Mrs. Brown, Woolf brinda un contexto más amplio al mundo en que habita Clarissa y además, alimenta la percepción que el personaje es la conclusión a una serie de considerables y pertinentes teorías sobre el cambio social, que la escritora avizoraba a medida que la Inglaterra que conocía, se desmoronaba a su alrededor. Según Woolf, la década de los ’20 había traído un movimiento esencial en la forma de reconstruir las relaciones humanas, tanto las basadas en el poder como en las emociones. “Todas las relaciones humanas han cambiado: aquellas entre amos y sirvientes, maridos y esposas, padres e hijos”. Y cuando las relaciones humanas cambian, hay al mismo tiempo un cambio en la religión, la conducta, la política y la literatura”. Por supuesto, su Clarissa es el ejemplo de todo lo anterior. En especial en la manera en que el personaje encarna el tiempo de asimilación de la sociedad a toda una nueva esfera de concepciones sobre el bien y el mal moral.

Ese único día en la vida de Clarissa — que no es especial, ni tampoco significativo en sí mismo — puede englobar una visión más sensible, artística y profunda de la realidad, que permita sustentar la comprensión de lo que ocurre en una ciudad que resulta irreconocible para el personaje. Sin duda, la autora también analiza con cuidado, la concepción persistente entre la idea de la Clarissa como alegoría — todos tenemos una historia que contar — a la vez, que ensalza la condición del personaje como una criatura híbrida entre la realidad como hecho fáctico y algo más elaborado. Woolf, que quizás atravesaba un tránsito interior semejante al de su personaje — en sus propios términos y bajo su misma cualidad de despertar intelectual — concibe a Clarissa como una hoja de ruta a través de un mapa complicado sobre la identidad, lo que sustenta al individuo en medio de los avatares del colectivo y al final, una razonada búsqueda consecuente sobre la forma de analizar los pequeños pero trascendentales eventos que sacuden su vida íntima.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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