Crónicas de las hijas de Afrodita:

El poder liberador y devorador de la rebeldía (parte I)

Lo que nutre, lo que sostiene y lo que asombra en el cuento de hadas.

Para Angela Carter, Kelly Link y Helen Oyeyemi, los cuentos de hadas son consecuencias del anonimato, la represión de ideas culturales concretas y en especial, la limitación de medios para narrar durante buena parte del medioevo y épocas anteriores. Sobre todo, para Carter el cuento de hadas era una personificación de lo femenino como dispositivo literario, lo que equivale a decir que las primitivas narraciones fantásticas, era una manera de narrar a la mujer, desde un punto de vista que la mayoría de las veces novedoso, inusual y prohibido por diversas razones. No en vano, Carter insistió en más de una oportunidad, que los cuentos de hadas eran el equivalente a tradiciones mágicas europeas, que se transmitían de manera oral y en firma matrilineal, para evitar su contaminación con leyendas parecidas pero también, su desaparición eventual en medio de la mezcla entre relatos de la misma índole.

La búsqueda de la belleza y el tiempo: un cuento entre muchas historias

La historia está escrita por hombres y desde la óptica masculina. Lo cual, por supuesto, es un fenómeno lógico en una sociedad y cultura que se sostiene sobre un orden específico: el hombre es el centro del interés social, mientras que la mujer suele ser percibida en el mejor de los casos como su compañera, complemento o una parte esencial de su vida, aunque no determinante en su comportamiento o mucho menos, en la trascendencia de sus decisiones. La vieja creencia de una mujer fuerte detrás del éxito del hombre, resume de manera muy clara la concepción sobre el hecho que la influencia femenina, sólo es determinante si se oculta detrás de una figura masculina, a la que puede manipular en forma benigna y que puede impulsar, a través de los tradicionales atributos de su la inteligencia intuitiva y emocional que suele adjudicarse a las mujeres. Pero durante buena parte de la historia, la mujer no tuvo un lugar individual. O de tenerlo, tuvo que soportar un tipo de ostracismo y rechazo que le convirtió en paria: de los principios generales de la historia, la cultura en la que nació y lo tradicional como límite para comprender de su figura más allá del hombre.

Una habitación propia

Años después, Virginia Woolf escribía en su obra “Una habitación propia” que una mujer necesita un espacio propio e independencia económica para escribir. Emily Dickinson tenía ambas cosas y además, un claro propósito: que su obra literaria tuviera además, un lugar en el “mundo de las cosas reales”, un curioso concepto que brindó a sus poemas una densidad nueva y hasta entonces desconocida en el mundo literario, que restringía a la mujer a estadios muy específicos y dimensiones concretas de la creación literaria. Para Dickinson, escribir poesía fue una forma de liberación, pero también un análisis sobre el poder que un escritor ejerce sobre su obra. La forma en que puede vincular el lenguaje a una percepción más profunda y consistente sobre escribir como labor, pero también, como elemento de la personalidad.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta