Crónicas de las hijas de Afrodita:

El poder de la dama vestida de blanco: la búsqueda de la libertad de Emily Dickinson. (Parte I)

Virginia Woolf estaba “loca”. Susan Sontag era “difícil”. Emily Brontë padecía de un carácter “frágil”. Doris Lessing fue “dura” e Iris Murdoch “desagradable”. Al parecer es muy sencillo definir a varias de las grandes mujeres del mundo de la literatura a una palabra. Una, además, que englobe de modo despectivo sus cualidades y puedan resumirse en una versión de la realidad lo bastante simple, como para que sea sorprendente cualquier otro discurso sobre ellas.

No se trata de algo poco frecuente: las mujeres suelen ser invisibilizadas por el mundo del arte a través de la emoción. Como si su estatura histórica y talento, dependieran de un modo u otro, de la forma en que rompieron o no con los límites establecidos para definir — a medias — sus capacidades, entre lo que por supuesto se incluye, esa percepción del sentimiento como una debilidad. En el mejor de los casos, las historias de la mayoría de las autoras se encuentran deformadas por una narrativa que las transforma en una moraleja, un ejemplo o al final, un símbolo de algo más duro de analizar acerca de la mujer en la época en que vivió.

El impacto de su obra se suele minimizar a través de una descripción sucinta y a menudo injusta de su carácter. De modo que mientras se exige que a los grandes escritores se les analice más allá de su comportamiento, a sus contrapartes femeninos se les mira desde la fuerza de su carácter o en el mejor de los casos, sus triunfos de voluntad. Un matiz doloroso que sin duda, crea una versión sobre la vida y obra de grandes nombres del mundo literario tan complejo como difícil de analizar a primera vista.

Emily Dickinson es uno de esos casos. Más allá de su formidable voz poética, se suele debatir sobre su poderosa personalidad, en una época en que la mayor exigencia — y virtud — para una mujer era la sumisión. La poeta era una mujer fuerte, que la mayoría de sus contemporáneos no dudó en tildar como “fría” y que en más de una ocasión, tuvo que soportar el estigma de su soltería, pulcro intelecto e independencia, en medio de una sociedad en la que lo femenino era un elemento secundario y en especial, muy lejos de la relevancia intelectual a la que aspiraba y que nunca logró durante su vida. Una decisión que la poeta tomó, quizás consciente del ámbito en que vivía y todos los obstáculos que debería enfrentar para lograrlo.

Como mujer reservada que era, hay pocos indicios de la forma en que tomó la decisión de no publicar. O en realidad, la forma en que tomó la resolución de mantener su talento — y poemas — en el más estricto ámbito privado. Quizás se debió a la época en que vivió: Dickinson nació antes del gran conflicto civil que dividiría a EEUU en dos frentes antagónicos. A décadas de distancia de lo que sería uno de los peores momentos de una nación fracturada por enfrentamientos violentos y en especial, por una durísima visión sobre las consecuencias inmediatas de un enfrentamiento doméstico por el poder. Pero aún así, creció en mitad de las grandes discusiones ideológicas y políticas que condujeron al conflicto. Tal vez, esa percepción sobre la tragedia en puertas que se hacía cada vez más notoria década con década — la fractura que terminaría por convertirse en una cicatriz en el rostro histórico de su país — hizo que Dickinson asumiera que su labor poética fuera de carácter privado. Una narración inconclusa de algo más poderoso, que quizás jamás llegó a terminar del todo.

La poeta jamás publicó en vida pero tampoco, dejó escribir. El contraste entre ambas cosas, fue una lucha tensa entre el ámbito privado de su vida — que cuidó con celo — y lo que ocurría a la periferia, en esa incomodidad vital que Dickinson llevó como estandarte gran parte de su vida. El mito la describe como una mujer fría y distante, pero en realidad, sólo era pragmática, con una inusual franqueza que debió desconcertar a un período histórico en que la discreción era una exigencia social implacable. Pero Dickinson no sólo no obedeció jamás el juego de modales y medias verdades que se le exigía, sino que desde muy joven, demostró que tenía el impulso imperioso de mostrarse en toda su potente personalidad.

De hecho, se dice que fue la propia Emily la que escribió los primeros párrafos del mito que le rodea. A los 23 años, rechazó la invitación de un amigo para asistir a un almuerzo de considerable importancia social entre sus contemporáneos. Lo hizo, además, de manera pública y sin olvidar dejar claro que podría haber asistido de desearlo. “Soy tan anticuada, querido, que todos tus amigos se quedarían mirando”. El rumor corrió por su natal Amherst (Massachusetts)y muy pronto, su fama de inquietante, extraña, excéntrica se afianzó entre los vecinos, que le habían visto crecer, siempre llevando ropa blanca, el cabello rostro tirante a la nuca, sentada junto a la ventana, inclinada en labores misteriosas que despertaron cuchicheos de curiosidad entre sus conocidos.

A primera vista, Dickinson parece una caricatura de la poeta condenada al ostracismo por su rareza, un epíteto que utilizó para definirse en más de una ocasión y que disfrutó por el mero hecho de ser incómodo. Pero era realidad, era atípica en todas las formas en que puede serlo una escritora decidida a vivir para la palabra pero mantener esa pasión, en un proverbial silencio que sorprendió a parientes y amigos al momento de su muerte. Dickinson era volcánica, una palabra que utilizó con frecuencia para definir su sentido de la urgencia al escribir, el talento que no comprendía del todo pero que prosperaba con rapidez en soledad. Fuego puro, que palpitaba bajo una plácida y fría superficie.

Pero más allá del estereotipo, era también una mujer consciente del mundo que debía enfrentar, de las puertas cerradas y abiertas que debía atravesar. Escogió con cuidado sus batallas, enfrentamientos y momentos de lucidez y al final, decidió que la poesía sería el puente que uniría la sensación de tránsito en el mundo en que vivía y la transitoriedad de lo que consideraba significativo. Dickinson estaba obsesionada con su capacidad para controlar su vida, en un siglo en que era quizás, el único bien que podía poseer una mujer, no importara su posición social, cultural o el dinero del que podía disponer.

De modo, que se esforzó en la rareza, en lo atípico y lo inexplicable. Disfrutó del lujo de ser singular, cuando la exigencia era la pertenencia o al menos, la igualdad. Hubo momentos de impotencia — su hermana narró en más de una oportunidad su ira, sus llanto silencioso, los portazos abrumados cuando se le llevaba la contraria — pero en general, Dickinson logró soportar bien el recibir órdenes de sus padres, la progresiva exclusión que provocó su negativa a contraer matrimonio y al final, el hecho que no tenía otra cosa que un puñado de poemas que podían o no ser su forma de expresar el miedo y el poder que habitaban en su interior.

Dickinson escribía para obtener poder sobre su vida, pero no se atrevía a dar el paso definitivo que haría que ese poder fuera algo más que simbólico. Como si fuera incapaz de atravesar el espacio entre la mujer formidable que creía ser y la que podría ser, vivió y murió en un espacio gris sin nombre ni definición real. “Podría no existir, pero existo y que gran paradoja, ser fuego que está destinado a no quemar” escribió en una nota apresurada a una de sus hermanas, semanas antes de morir. Toda una declaración de intenciones sobre sus esperanzas, inquietudes y dolores, en toda una vida de enfrentar a la sociedad a ciegas, a solas y en silencio.

Un pájaro herido, el ala rota. El mar como un cielo vacío.

Dickinson era pálida, con el cabello rojizo, los ojos muy separados y una apariencia frágil, que ocultaba esa cualidad insólita que a los 17 años y como estudiante de Mount Holyoke en 1848, ya sorprendía a quienes le rodeaban. A pesar que buena parte de las estudiantes del exclusivo colegio le tenían por muy “hermosa”, Dickinson estaba más interesada en dedicar buena parte de su tiempo y esfuerzo en aprender, cuando la exigencia era establecer lazos sociales que permitieran a la futura debutante, abrirse un lugar en el complicado mundo social de Amherst. La buena educación se deba por descontado, pero la mayoría de los padres que enviaban a su hija al colegio creado por la estricta Mary Mason Lyon, sólo estaban interesados en establecer las relaciones necesarias para asegurar que las futuras debutantes, formarán parte de un círculo social exclusivo.

Pero la futura poeta tenía ideas muy claras sobre lo que quería hacer en el futuro y los planes no incluían, al menos de momento, otra cosa que leer, hacer preguntas y por supuesto, cultivar ese fuego latente que ya desde entonces, era uno de los elementos que definían su personalidad. Era una adolescente impetuosa que no tenía deseos — ni tampoco la intención — de hacer otra cosa que leer, de ir de un lado a otro con profesores y adultos, para plantear preguntas que poco a poco, desconcertaron a quienes le rodeaban y que le ganaron fama de “incómoda e implacable”. Dickinson no se consideraba rebelde, sino en realidad “más bien inconforme”. Pero en realidad, se trataba de una necesidad incontenible de construir una visión personalísima sobre realidad que le rodeaba.

Por supuesto, alrededor de Emily — en el mundo de Emily — estaban ocurriendo muchas cosas a la vez. Las tensiones de clases e ideología política eran cada vez más duras en una Norteamérica que batallaba por una identidad definida, a la vez que las discusiones sobre el hecho de la necesidad de una evolución del país como contexto, se hicieron más urgentes. La poeta vivió en un país sometido a tensiones internas cada vez más graves, en medio de un crítico debate sobre las relaciones de poder. Pero todo ocurría en medio de elegantes reuniones, en discusiones en voz baja, entre los poderosos y quienes sostenían el poder central a través de dinero y las influencias. En 1948 James K. Polk, era un hombre fuerte que mantuvo al país unido a través de negociaciones a media voz y la posibilidad de su figura como símbolo. No obstante, cada vez era más evidente, que el territorio estadounidense se acercaba a los límites de fractura interna de considerable envergadura.

También en 1948, el primer manifiesto de un movimiento de mujeres tomó posición política, lo que vino a sacudir de una forma por completo nueva a la cultura norteamericana. El manifiesto de Seneca Falls creado por Lucretia Mott y Elizabeth Cady Stanton fue la primera denuncia sobre las restricciones políticas a las que estaban sometidas las mujeres, que por entonces no podían votar, ser elegibles para elecciones u ocupar puestos públicos. Fue un mazazo a la vieja sociedad, a la percepción inquieta sobre la cultura y en especial, al papel de la mujer en un universo reducido de posibilidades.

Mientras lo todo lo anterior ocurría, una adolescente Emily Dickinson decidió tomar su decisión frente al mundo. La anécdota de cómo se enfrentó cara a cara con Mary Mason Lyon, ya es famosa. Para entonces, un renacimiento religioso con aires oscurantistas extendía por Massachusetts y pronto llegó al colegio, en el que se debatió el hecho de restringir el conocimiento de la ciencia en favor de la religión. La jovencísima Emily, que por entonces escribía y dedicaba buena parte del tiempo a una privada investigación científica que después formaría parte importante de su vida, se negó a doblegarse. Sus contemporáneas describen el clima de histeria dogmática que corrió por el ya tradicional colegio y la presión que recibieron de los maestros, incluso los dedicados a asignaturas en que se enseñaban ciertos rudimentos científicos. Hubo bautizos públicos y multitudinarios, castigos para expiaciones y finalmente, grandes debates sobre el futuro del alma en medio de lo que se consideraba “el apogeo” de las fuerzas “del mal” amparadas en la educación. Hay narraciones enteras de cómo las alumnas eran atadas a sus camas hasta aceptar el bautismo o los largos castigos que incluían, memorizar pasajes enteros de la Biblia antes de recibir alimentos. Todo en beneficio de un bien mayor, insistió más de una vez Mary Mason Lyon. Una forma de “redención”.

Pero Emily no sólo no se doblegó, sino que resistió con un singular estoicismo los sermones, los insultos y al final, los juegos de degradación y humillación que incluía rebajar su estatus en el colegio a la de un grupo marginado que se consideraba “lejos de la salvación”. Aun así, la adolescente se negó a aceptar por las buenas doctrinas religiosas. Por supuesto, se trataba de una férrea disciplina mental que Emily había adquirido a su paso por la Academia de Amherst, en la que 1840, tuvo una solida educación que incluyó literatura, religión, historia, matemáticas, geología y biología. Emily, para quien las creencias religiosas eran una forma de evasión, se negó a creer “sin otro fundamento que la alegría” y al final, la directora dejó de insistir. La alumna díscola fue liberada de su castigo y pudo volver a clases, casi tres semanas después de una lucha de voluntad en contra de la directora de la institución.

Emily se convirtió en una chica popular, conocida por la proeza de no aceptar la fe y además, de seguir lo que parecía ser un plan elaborado e íntimo, para convertir su imaginación en una fuente de diversión y emancipación. Incluso sus amigas más cercanas , se asombraron de fuerza de voluntad y esa pragmática capacidad para asumir el riesgo de contravenir lo que se consideraba imprescindible. Además, soñaba con escribir para vivir, una aspiración impensable — e incomprensible — para las mujeres de su época. “Emily siempre estaba rodeada en los recreos por un grupo de niñas ansiosas de escuchar sus relatos extraños y enormemente divertidos, siempre inventados en el momento” contó su sobrina Martha Dickinson Bianchi en su libro Emily Dickinson Face to Face: Unpublished Letters with Notes and Reminiscences. “Todos quienes le recuerdan, insisten en su magnifica necesidad de narrar, en los lugares y monstruos que podía crear con una libertad que aun todavía, les parece encantadora e inaudita. Emily estaba convencida que el triunfo contra el pensamiento “mágico” era la puerta abierta hacia conocimientos “y una sabiduría portentosa” sobre su carácter y la posibilidad de ejercer poder sobre su cuerpo y mente. “La libertad de poder hablar y negar, es quizás la mayor que he conocido” escribió en una carta a su hermana. “Hay poder en decir que no, en dar un paso atrás, en abrir un espacio nuevo sobre esa negativa”.

Dickinson tenía grandes planes. Hablaba de acudir a la universidad “en alguna ciudad lejana”, de viajar a la lejana Europa. La adolescente bullía en energía y en deseos de descubrir el mundo que le rodeaba. “La promesa del mundo no es en modo alguno vacía: hay tantos deseos esperando por mí” escribió a su madre. ¿El comienzo de ese largo recorrido? el final de su instrucción en el colegio Mount Holyoke. Pero la futura poeta no lo lograría: un año después, estaría de regreso a la “casa de su padre” de dónde no saldría de nuevo. “Soy un ave herida, con un ala rota” escribiría, en medio de dolores y fiebres inexplicables “El mar es un cielo vacío”.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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