Crónicas de las hijas de Afrodita:

La extraña hija de las sombras. (Parte I)

En 1927, la actriz Louise Brooks escribió un concienzudo análisis sobre la novela El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, que después se publicaría de forma anónima en varias revistas literarias. Brooks profundizó no sólo en el argumento, sino que además, hizo una predicción para la historia: “esta novela — y escritor — serán un clásico” sentenció. “A diferencia de otros tantos, Fitzgerald captó el espíritu de la época”.

Hubo un moderado revuelo en el mundo académico estadounidense por la crítica, que además incluía algunas brillantes pero duras aseveraciones contra otros grandes autores norteamericanos como Ernest Hemingway, que Brooks consideraba poco menos que “sobrevalorado”. Incluso, llegó a decirse que el mismo Fitzgerald había maniobrado entre sus contactos en medios especializados para lograr una revisión que de una u otra forma, le convertía en el símbolo de un tránsito histórico de considerable interés. Algunos periodistas presionaron a sus fuentes, otros investigaron por su cuenta. Por último, la identidad del comentarista salió a luz. Louise Brooks pasó de ser uno de los tantos rostros exquisitos que poblaban la pantalla grande, para ser un pequeño misterio. Después de todo, no era común que una mujer y mucho menos, una actriz, pudiera entrar en profundidades literarias a la manera en que Brooks lo había hecho.

Las habladurías alrededor de la crítica y ahora, sobre quien la había escrito, aumentaron de manera exponencial. Hubo rumores burlones acerca de la incapacidad de la actriz para escribir un texto semejante — “una erudita de bello peinado” se llegó a escribir en alguna columna — , insinuaciones acerca que se trataba de una burda maniobra de publicidad y hasta, un directo señalamiento que Brooks, trataba de llamar la atención de uno de los escritores más respetados del Olimpo norteamericano en busca de mayor relevancia. Por supuesto, el comportamiento del escritor también dio a pie al incómodo debate. Era un hecho conocido por varias de las voces más indiscretas del mundo del espectáculo, que Fitzgerald estaba enamorado de Lois Moran, que incluso se rumoreaba era la inspiración para varios de los personajes del escritor. De hecho, buena parte de la prensa chismosa de Hollywood daba por sentado que Fitzgerald había tenido una buena cantidad de romances con diversas figuras más reconocidas del cine mudo, por lo que se presumió que el análisis de Brooks provenía del amor, la seducción o al menos, de algún tipo de interés personal con respecto al escritor que por entonces, era una figura central en el debate de la literatura norteamericana.

No obstante, Brooks y Fitzgerald apenas se conocían. Con toda probabilidad y según las exhaustivas investigaciones alrededor del tema de varios tabloides del mundo del espectáculo, apenas habían coincidido en un par de fiestas y ninguno, parecía especialmente interesado por el otro. A diferencia de la actriz Colleen Moore, por la que el escritor sentía una innegable y nada disimulada atracción, su relación con Brooks era inexistente y no había nada que les vinculara, más allá del hecho del interés literario que ella profesaba por la obra de Fitzgerald. Lo más enigmático del asunto, es que el desinterés del Brooks por el escritor — a diferencia de su admiración por su obra — parecía contrastar con el hecho que era la viva imagen de las heroínas del escritor, la flapper liberal, de frenética vida interior y casi trágica en su belleza que poblaban las páginas de Fitzgerald. De hecho, Brooks había interpretado en pantalla al menos dos encarnaciones del mismo estereotipo: primero en Just Another Blonde (1926) y después Love Em and Leave Em (1926). Y aunque los personajes de Brooks no era en realidad las delicadas criaturas funestas descritas por el autor en cualquiera de sus obras, la actriz si representaba el espíritu salvaje y despreocupado que sus libros intentaban captar.

Pero el misterio de Brooks y su cualidad intelectual no llegó a resolverse. Como otras tantas cosas que rodean a la figura de la actriz, hay un silencio enigmático que parece rodear su obra y trascendencia, a pesar que en la época de su mayor esplendor, fue considerada la figura más representativa de un nuevo tipo de mujer e incluso, uno de los rostros “imprescindibles” para comprender el tránsito del Hollywood pudibundo y rudimentario a su versión más sofisticada. Por extraño que parezca, la actriz podría estar describiéndose en el texto que escribió para Fitzgerald y que se supone, fue el uno de tantos que escribió sin firma para diversas publicaciones. De la misma manera que el autor que admiraba, Brooks definiría el Hollywood de los años ’20, sus extraños momentos de luz y sombra, pero en especial, el espíritu de una década que fructificó en medio de un nuevo concepto de rebeldía.

En un momento histórico en que las actrices eran meros productos manufacturados construidos a la medida de los estudios, Brooks era una mujer culta, vital y de una prodigiosa independencia, cualidades que la convirtieron en la encarnación de un tipo de opulencia muy específica. Si Fitzgerald había narrado la Norteamérica decadente, al borde del abismo y muy cercana a su propia destrucción que era incapaz de notar, deslumbrada por la belleza y la riqueza efímera, Brooks era el brillo de una engañosa juventud eterna. La impronta de la meca del cine, en el rostro de una figura que de alguna u otra forma, podía representar todos los matices de un nuevo tipo de ideario femenino que rompía con cada uno de los estereotipos establecidos hasta entonces. Con el único peso de su talento, imagen y en especial, brillante inteligencia, Louise Brooks encarnaba la ruptura del primitivo Hollywood que nacía de entre las cenizas de una economía de guerra y un conflicto bélico que devastó la inocencia de principios de siglo. La actriz era el rostro de un renacimiento cínico, una vocación por un tipo de belleza delicada y temible que parecía abarcarlo todo.

Resulta extraño que casi cien años después de su nacimiento, el nombre de la actriz no ocupe un lugar de mayor relevancia en la historia del cine. En especial, cuando buena parte de su obra e imagen, siguen siendo de una singular importancia al momento de analizar la figura femenina de Hollywood y en especial, su evolución en el mundo del espectáculo. Brooks apenas rodó 20 películas y luego de su voluntario retiro, su nombre fue opacado por el de una nueva generación de mujeres tan majestuosas como formidables, que hicieron parecer su figura una versión aniñada de las Divas del séptimo arte. Brooks no podía compararse con Marlene Dietrich, Greta Garbo o más adelante, la salvaje belleza de Ava Gadner, pero su impronta es de un tenor muy distinto que todavía permanece, que sigue siendo parte de la percepción del cine como misterio y como emblema de poder intelectual. Brooks tuvo un breve, radiante y diminuto reinado de purísimo esplendor que acabó muy pronto y fue olvidado con una rapidez lamentable. Louise Brooks fue muchas cosas a la vez y quizás, ese olvido selectivo se deba al hecho que es prácticamente imposible mirar su trascendencia desde un único punto de vista. Fue el primer rostro moderno en un Hollywood prefabricado y obsesionado con una perfección prístina. Fue fuerte, independiente y con una poderosa personalidad, en un momento histórico que propugnaba por aniquilar la figura femenina en un ideal cristalino. Brooks fue la puerta abierta hacia las futuras actrices, quienes le deben la posibilidad de ser estrellas cuando la meca del cine exigía productos. Todo eso, gracias a un puñado de películas, unas cuantas portadas de revista y su misterio. Como el de un texto brillante que muy pocos biógrafos conocen en la actualidad pero sigue siendo, quizás la mejor descripción de su obra. “Una mujer que asombraba, desconcertaba y deslumbraba. Y eso, sólo a través de miradas y gestos, mucho antes que pudiera hacerlo con su encanto más relevante: su mente” insiste Kenneth Tynan, que ha escrito varios artículos sobre la actriz, incluyendo el pequeño homenaje The Girl in the Black Helmet en el periódico New Yorker. Un poder que quizás no podía expresar más allá de textos anónimos y encanto personal, pero que le permitió convertirse en un emblema de un tiempo perdido que aun se recuerda con una rara mezcla de asombro y amargura.

Una niña inquieta.

Durante la década de los ’20, Hollywood rebosaba de una renovada energía. Una nueva generación de actrices sustituyó a los severos y trágicos rostros del cine mudo. Eran radiantes, anónimas y se consumían muy rápido: estas nuevas estrellas eran la parte más visible de un cambio generacional que empujó a lo femenino desde la discreta reserva de la década anterior a una brillante explosión de entusiasmo. Una violenta sacudida a todo nivel, que se extendió desde lo moral hasta lo intelectual. Y Hollywood lo reflejó en toda su opulencia: la pantalla se llenó de mujeres que bailaban entre carcajadas, con trajes ceñidos al cuerpo y la mítica melena corta sacudida al viento.

Se trató de un momento de ruptura que sostuvo de una forma u otra, cómo se comprendería el cine décadas más tarde. Las transformaciones fueron de tal magnitud que hubo incluso debates públicos, sobre el mundo “irreconocible” que se transformaba a medida que los meses transcurrían y los viejos modos y costumbres se pulverizaban. Los corset se desecharon para siempre, las faldas se acortaron, los zapatos se hicieron puntiagudos, cómodos y destinados para largas noches de juerga. Del otro lado del óceano, Coco Chanel desterró por completo la elegancia de los crespones y los encajes, por tejidos suaves, prácticos y de una rara elegancia, al mismo tiempo, que los escritores se afanaban por narrar el mundo que cambiaba casi a diario a su alrededor. La guerra llegó y arrasó la buena voluntad y la inocencia, el cinismo lo llenó todo y de pronto, Virginia Woolf destrozaba con sus ensayos el mundo pulcro y engañoso de la década que le precedió. Fitzgerald contaba las historias de una Norteamérica rota, mientras Hemingway narraba los estragos de un mundo en tránsito hacia algo más oscuro. Como siempre, el cine reflejó a medias todo el movimiento telúrico que recorría lo contemporáneo, pero también se rebeló contra el pesimismo. El resultado, fue una nueva generación de estrellas, historias, formas de narrar el mundo y en especial, una despreocupada versión sobre el mundo que cambió el rostro del espectáculo para siempre.

En medio de un panorama semejante, Louise Brooks era una rareza. No era la más bella o la más provocativa de las actrices, pero sí, una mujer con una asombrosa inteligencia que deslumbraba allí a dónde llegaba. Además, era una mujer libre, tal y como se concebía por entonces: tenía un considerable apetito sexual, bebía sin disimular su enorme gusto por la ginebra y era una invitada frecuente en las gloriosas y decadentes fiestas hasta el amanecer de un Hollywood que derrochaba riquezas. Brooks era temible en su desparpajo, inteligencia, independencia. Actuaba mejor que la mayoría de sus contemporáneas, bebía más que cualquiera de ellas y como si eso no fuera suficiente, era brillante en momentos en que la inteligencia de una mujer no era considerado un atributo. La combinación la convirtió en una rara mezcla de salvaje encanto y algo más amargo que incluso después de su desaparición del mundo del cine, siguió intrigando y desconcertando a partes iguales.

Pero además de todo lo anterior, Brooks era fuerte. Un tipo de cualidad que sus pares — frágiles, destinadas a consumirse en el fuego de una fama transitoria con especial rapidez — jamás podrían comprender en toda su importancia. Era una actriz intuitiva, que además, tenía la capacidad para enfrentarse a imposiciones, batallar contra la presión de cierto aspecto del mundo de Hollywood y a veces, triunfar. Sabía lo suficiente de literatura como brindar opiniones profundas sobre guiones e historias. También tenía un exquisito gusto intuitivo que le permitió crear un estilo propio que de inmediato hizo furor. Mientras el resto de la constelación de flappers bailarinas y risueñas desconcertaban a buena parte de la sociedad y se adecuaban a una imagen ideal, Brooks se dejó llevar por sus propias corrientes internas hasta el extremo contrario del espectro. Era sin duda, la típica mujer de la década, salvaje, sin restricciones y peligrosamente cerca del abismo. Pero también tenía una poderoso instinto de supervivencia que la mantuvo a flote en medio de situaciones, que arrojaron a la gran mayoría del resto de sus pares a una larga lista de adicciones, escándalos e incluso a la muerte. Brooks sabía como encontrar un punto medio en medio del escándalo, la ostentación y la promesa del exceso y también, de un genuino talento para fascinar. Y eso, la convirtió en la más imprevisible de las estrellas.

“Quien diría que la niña inquieta de Cherryvale podría beber champagne de una copa de oro” escribió a su hermano en una oportunidad “y hacerlo como para que resultara interesante entre un grupo de mujeres que hacían lo mismo”. Louise Brooks sabía el impacto que causaba pero también, lo imprevisible de su lugar en Hollwyood. Y nunca lo olvidó.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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