Crónicas de la sobreviviente:

Lo que me enseñó este año, aunque no lo supiera.

A llorar cuando lo necesite:

Soy de lágrima fácil, no lo niego. Me conmueven las cosas más pequeñas e incluso las más intrascendentes. En realidad no tengo muy claro que puede despertar mi emotividad, pero cuando lo hace, la sensación es espléndida: porque llorar no es sólo derramar lágrimas, sino también expresar sentimientos y opiniones profundamente sensibles a través de un gesto sincero. No obstante, por mucho tiempo, esa llamémosle “cualidad” mía de llorar, me avergonzó. Me pareció más una debilidad que cualquier otra cosa. Y ¿Quien desea ser vulnerable? ¿Quién necesita realmente mostrar esa franja tan privada como dolorosa que nos hace tan frágiles? Durante buena parte de mi vida, llorar fue algo que creí que debía reprimir e incluso ocultar de la mejor manera que pudiera.

A reír a todo pulmón:

Una vez leí que llorar es como reír, casi tan sincero como consolador. Y es verdad. Solía pensar que siendo una adulta, reír es un asunto discreto, de cubrirme los labios con una mano, de intentar contener las carcajadas. Sobre todo las mías, tan ruidosas, tan nasales, tan estruendosas. Este año descubrí que necesito reír, a todo pulmón, hasta quedarme sin aliento, doblada por la cintura, intentando respirar y aún así, sin querer contener el torrente de risas. Porque así es que hay que reír, como los niños que no se contienen, que siguen riendo incluso cuando produce su sorpresa su risa. Y es que reír, como llorar, es una forma de crear.

A celebrar mis triunfos:

Uno de mis amigos dice que soy “Aglaia siendo Aglaia” con mucha frecuencia, lo que equivale a dedicar un considerable esfuerzo a restar importancia a mis logros. Lo hago porque en algún punto de mi vida, me convencí que lo que hago para vivir — y amo apasionadamente — no es realidad tan importante. ¿Suena extraño? Hablamos de trabajo vocacional, de la noción de vivir de tu talento. De modo que vivo para y de escribir y también, fotografiar. Lo cual me pone en la curiosa — y muy incómoda situación — de tener que asumir mis pasiones — los mecanismos que me sostienen cuerda, digamos — como parte de esa fría región de la que los adultos dependemos para sobrevivir. Es una circunstancia curiosa y a menudo dolorosa: trabajar en lo que amas no hace que “no trabajes un sólo día de tu vida”, como proclama esa frase blandengue y romanticona, sino que en realidad, sea más difícil separar la rutina cotidiana de ese momento de enigmática belleza que sostiene cualquier acto creativo.

A no preocuparme demasiado. O intentarlo, al menos:

Soy neurótica, no lo niego. Me preocupa y quiero controlar cada aspecto de mi vida, de mi trabajo, de mi mundo emocional. No siempre lo logro — casi nunca, he decir — y por mucho tiempo, eso me atormentó. Me abrumó, me irritó. Me esforcé entonces aún más por controlar cada cosa en mi mundo, por hacerla perfecta, cada vez más obsesionada con detalles y minuciosos análisis. Para solo descubrir que aún tenía mucho por controlar, que todavía había cientos de aspectos espontáneos que debía restringir. El pensamiento me lastimó, me encolerizó.

A pedir ayuda:

Sufro de un trastorno de ansiedad que este año llegó a límites sofocantes. Rutinas, preocupaciones, una abrumadora sensación de encontrarme encerrada en mi mente. Pero no me atreví a pedir ayuda hasta que simplemente no pude hacer otra cosa. Me hacía sentir humillada la simple posibilidad de hacerlo, de admitir mi debilidad, mi cansancio y mi miedo. Pero hacerlo fue una experiencia asombrosa que de alguna forma allanó el camino — lo construyó — hacia un alivio espiritual que muy pocas veces he sentido en mi vida adulta. Hablarles a otros sobre mi trastorno, escuchar sus consejos, admitir mis errores, buscar ayuda sin reticencias nos sólo me hizo madurar sino lograr un tipo de equilibrio que hasta entonces, no creí podría lograr. Pero lo hice, y es probablemente la mejor decisión que he tomado en un año de pruebas muy duras que he logrado superar extendiendo la mano para tomar la que sujeta la mía con cariño y firmeza.

A despertar bien temprano y disfrutarlo:

Sufro de un insomnio pertinaz desde que era una niña pequeña. Un trastorno que inevitablemente transformó mis hábitos cotidianos y que durante toda mi vida, me ha brindado una perspectiva inusual no sólo de la manera cómo administro mi tiempo, sino la forma cómo percibo mi relación con mi cuerpo y mi mente. Usualmente, mi mente está mucho más despierta durante la noche — por razones obvias — y mis mañanas son difíciles, incómodas y lentas. Este año, por iniciativa propia y sin ningún motivo específico, decidí comenzar a despertar más temprano que de costumbre. No importa a que hora me había ido a la cama o que tan agotada me sentía, comencé a despertar unos pocos minutos después del amanecer para disfrutar de ese primer rayo del sol matutino, de ese aire recién nacido que tiene una cualidad luminosa. ¿El resultado? Una asombrosa sensación de renovación, de energía y equilibrio. Además, despertar muy temprano ha logrado que ponga mucho más atención a la manera cómo distribuyo mi tiempo y como disfruto de espacio cronológico personal. Todo un logro para alguien como yo que se vanagloriaba de un extraño ciclo circadiano, sin asumir realmente sus singulares alcances.

Asumir mi cuerpo, mi temperamento, mis defectos y virtudes:

Por buena parte de mi vida me esforcé por ser una buena persona. Lo que sea que signifique eso, en realidad. En mi caso, se trató de decir “sí” muchas veces, cuando quería decir que “no”, trabajar más de la cuenta, esforzarme hasta límites dolorosos, exigirme calzar en un esquema de normalidad que jamás me satisfizo y que probablemente, no lo haga jamás. Este año y quizás debido a que transito mis treinta años de edad, comencé a preguntarme hasta que punto esa irrealizable idea de “bondad”, había lastimado mis aspiraciones, saboteado mi libertad personal e incluso, mis opiniones más privadas. Porque esa percepción sobre el deber ser, la mayoría de las veces implica una imagen personal muy específica que no siempre será satisfactoria.

A ponerme muy incómoda:

Y cuando hablo de incomodidad, me refiero a sacarme de mis casillas, que se me cierre la garganta con un nudo de angustia, tener tanto miedo que el único pensamiento que tenga es retroceder y huir. Porque el verdadero triunfo es resistir ese impulso de puro terror, esa angustia de los límites personales y avanzar. A pasos. Quizás de manera muy torpe, pero hacerlo. Lograrlo y continuar, pesar de todo. Durante este año, me paralizó miedo muchas veces y otras tantas — aunque quizás, no tanta como hubiera querido — lo vencí.

A hablar muy claro:

Por mucho tiempo fui fiel creyente de la diplomacia. O mejor dicho, de evitar enfrentamientos y roces con quienes conozco. Lo hice con la mejor de las intenciones pero no siempre con los mejores resultados. Reprimí los deseos de decir lo que realmente pensaba en beneficio de sólo expresar lo que creía conveniente. Un hábito que se volvió pernicioso e incluso doloroso. Este año asumí la responsabilidad por cada palabra que digo, por todo lo que decido y por todo lo que pienso. Me obligué a hablar en lugar de callar, a avergonzarme en lugar de disimular, a sentirme fuera de lugar en vez de muy cómoda y resignada. ¿En conclusión? Descubrí el placer de desafiarme a mi misma, de empujarme a abandonar ese límite muy concreto que en ocasiones tracé para sentirme segura y sobre todo, protegida. Nunca he sido más vulnerable y aún así, tampoco más fuerte.

A disgustarme:

Y no sólo un disgusto silencioso, discreto, de dientes apretados. Sino uno muy sonoro, de groserías, de lenguaje corporal desordenado y casi violento. De aprender a perdonarme mis arrebatos de malcriadez y asumir que son una forma de expresión de mi mente, tan válida como cualquier otra. De disfrutar de las mejillas ardientes, de esa furia redentora que parece sustituir cualquier pensamiento consciente. A concebir la rabia como liberadora. Me disgusto, lo disfruto. Y lo dejo muy claro.

A no decir “bien”:

Una vez, mi abuela se disgustó muchísimo conmigo porque cada vez que me preguntaba cómo me encontraba, solía responder con un escueto, rápido y vacío “bien”. Me explicó que la palabra es un don del espíritu y que cada vez que reprimimos las que pueden describirnos con mayor propiedad, perdemos la valiosa oportunidad de comprendernos mejor. Pero no le hice mucho caso. Continúe respondiendo con el “Bien” de costumbre, incluso cuando me sentía profundamente herida, dolorida, angustiada, agobiada. El “Bien” que parecía describir una cierta indiferencia, una noción muy superficial sobre mis sentimientos y pensamientos. Nunca creí que fuera suficiente, pero tampoco pensé que podría decir otra cosa o que necesitara hacerlo, después de todo.
Este año descubrí que la palabra “bien” nunca será suficiente para describirme. Que tengo todo el derecho de sentirme cansada, triste, lastimada. Como también de sentirme profundamente feliz, agradecida, asombrada. Y que describirlo, en voz alta, de expresarlo con propiedad y seguridad, me permitirá conocerme mejor, mirarme mejor y sobre todo, perdonarme y celebrar mis pequeñas locuras y singularidades. Porque más allá del “bien” hay toda una idea mucho más compleja de mi misma. Y me gusta aceptarla.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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