Crónicas de la sobreviviente:

Lo que me enseñó este año, aunque no lo supiera.

Formo parte de una familia de inmigrantes, por lo que las navidades son lo bastante extrañas para resultar dignas de mención. O al menos lo eran, antes que la mayoría de mis parientes hicieran el viaje de regreso — así le llamamos al singular proceso de emigrar, otra vez, al continente de los abuelos y bisabuelos — y las celebraciones se convirtieran en una pequeña colección de recuerdos. Ni bueno ni malos, sólo recuerdos. La sensación es dura, curiosamente dolorosa, pero no del todo amarga. Como mirar fotografías de un álbum de fotografías muy manoseado, roto pero que aún así, se atesora con enorme cuidado.

— A todo le pones el toque romántico.
— No es romántico, así lo veo.
— En algún punto te volviste cursi, eso es culpa de tu madre.
— De todas las culpas que puedes achacarle, esa es una que merece.

Mi tía suelta una carcajada. Es una gran cínica, esta mujer de casi sesenta años que vio partir a sus hijas, morir al marido y al final, tomó la decisión de continuar en un país que naufraga un poco todos los días. Levanto la copa de ponche de huevo casero para celebrar su desencanto por las fechas.

— No está mal ponerle algo de amor a todo esto — le digo — al menos estamos juntos. Somos pocos pero…

Quisiera decir algo elocuente, conmovedor. Adornar el hecho que la celebración navideña de este año apenas llena una mesa de cinco lugares. Pero al final, no encuentro las palabras. Podría decirlas, en todo caso, pero creo que en esta ocasión, prefiero el silencio. Saborear el tradicional — y célebre — ponche casero familiar, dar un mordisco al panettone preparado con un cariño y esmero particular. La ciudad, casi veinte pisos más abajo, brilla como un diorama muy detallado. Tan radiante, esta Caracas arrasada y abandonada. Tan engañosa, tan singular en ese reflejo de las cosas que promete sin cumplir.

— No ha sido un año malo — digo al final.
— Pudo ser peor — concuerda tía.
— Entonces no es así de malo, terrible, insoportable — bromeo — ¿o sí?

Me mira. Las mujeres en mi casa tienen los ojos verdes, menos yo, que por alguna peripecia genética me parezco mucho más a la rama de la familia napolitana, con el cabello grueso, crespo y abundante, la piel pálida y los ojos oscuros. Pero tanto mi madre, como mis tías y primas, tienen esa belleza frágil y un poco mundana que suelo asociar con algunas pinturas renacentistas. El cabello castaño claro, suave y liso, algunas veces escasos. Los ojos rasgados y verdes. Las facciones pequeñas. Uno podría leer la historia familiar a través de la combinación de rasgos en la mesa, pienso y apunto en mi mente el tema, para algún futuro artículo, ensayo, texto. Palabras, todo en mi mundo se traduce en palabras, menos esta tristeza enorme de las pequeñas ausencias. En la mesa, en el salón, en el pasillo decorado con fotografías enmarcadas. Otro sorbo de Ponche, me quedo callada mirando la ciudad que cuelga bajo el balcón. Uno podría decir que todo es normal. Que hay una belleza casi frágil en la colección de calles iluminadas. Pero es Caracas, es una amenaza, es peligrosa, es mi casa. Y yo estoy aquí, me digo, como última pieza de un mecanismo roto.

— Ahora si lo sientes.
— ¿El qué?

Tía suspira, se aparta el flequillo de la cara. Me encojo de hombros.

— Hace veinte años, hubo una ocasión en que tu tío compró mucho vino, una oferta en algún supermercado. Una porquería barata, casi agria. Pero era vino y el viejo no podía dejar la oferta — me cuenta — y todos pasamos la noche bebiendo. Tu estabas pequeña y creo que habías ido a celebrar con tus primas. Pero bebimos, los adultos. Como niños. A medianoche, había risas, chistes. Bailamos en grupo. Una alegría de esas tan simples.

No sé qué responder. No recuerdo la ocasión, aunque si la fecha: veinte años atrás no me encontraba en el país. Había hecho el último viaje antes que Venezuela se convirtiera en otra cosa. El viaje en que extrañé la navidad con buena temperatura, las hallacas en la mesa, el olor de pernil que flota como sedoso entre el resto de los aromas de la cocina. Fue la última vez en que viajé, antes que Venezuela se convirtiera en una cárcel gigantesca, en una prisión extraña y los venezolanos en rehenes. Un pensamiento extraño: veinte años. ¿Tanto tiempo? Tanto. Tanto, sin duda.

— Ya las cosas son distintas — murmura tía y termina su copa de Ponche — para bien o para mal, son distintas.

Se levanta con dificultad, esta mujer ingobernable que ya comienza a tener dolores en las articulaciones, insomnios de puro agotamiento y una vejez intranquila en un país en que ser un anciano es un riesgo. La miro alejarse y me quedo un poco aturdida, sin saber muy bien qué decir. El tiempo transcurre tan rápido, de una manera tan extraña. A pequeños fragmentos de imágenes a medio recordar.

Recuerdo a mi tía cuando comienzo a escribir este pequeño artículo. En realidad, pensaba escribir sobre otra cosa. Hablar sobre el portento astrofísico de las enanas blancas — mi más reciente obsesión — o contar la vida de Jane Austen, pionera de la vida del escritor en mitad de un mundo que se toma a chiste la vocación por la palabra. O incluso, relatar un poco la historia de Louise May Alcott y como su Jo March, fue el punto de partida para muchas escritoras de mi generación. Pero en realidad, pensé en mi tía. Pensé en esos veinte años que de pronto, pesan tanto. Una sensación agotadora, ambigua, angustiosa. Dos décadas. Miro mi fotografía por la fecha. Frente al mar azul del Adriático, tímida, con las manos cruzadas sobre un jean que me venía muy grande. El cabello suelto y despeinado. Una niña. El rostro redondo, los ojos asombrados. Otro mundo, me digo con un sobresalto. Otra mujer.

Hace un año escribí lo siguiente en un trozo de papel “Cada año es un aprendizaje lento, doloroso pero fructífero. Aprendes por el mero deseo de aprender. Así que también es una forma de perseverancia”. Lo doblé y lo guardé entre las páginas de uno de mis libros favoritos. Y olvidé que estaba allí. Hace unos días lo encontré y leí mis palabras con una cierta sensación de sorpresa. No sé exactamente que me hizo escribirlas y tampoco, a que me refería. Pero la pequeña reflexión parece resumir el año que está a punto de culminar, un recorrido extraordinario y doloroso por una serie de experiencias que no sólo me permitieron madurar sino aprender que el conocimiento es sabiduría, audacia y un poco de inocencia. Un trayecto que me obsequió una nueva percepción del mundo — o quizás sólo me hizo apreciar un poco más la mía — y asumir que cada paso, cada decisión y cada mirada hacia el futuro es una pieza de ese mecanismo y misterioso que llamamos esperanza.

Podría decir entonces, que este año me obsequió no sólo una perspectiva renovada de mi misma sino del mundo. Pequeñas lecciones que aprendí con toda sencillez, casi con sutileza. Y quizás por ese motivo las considero enormemente valiosas. ¿Cómo podría resumir ese aprendizaje silencioso y discreto que hoy agradezco? probablemente de la siguiente manera:

A llorar cuando lo necesite:

Soy de lágrima fácil, no lo niego. Me conmueven las cosas más pequeñas e incluso las más intrascendentes. En realidad no tengo muy claro que puede despertar mi emotividad, pero cuando lo hace, la sensación es espléndida: porque llorar no es sólo derramar lágrimas, sino también expresar sentimientos y opiniones profundamente sensibles a través de un gesto sincero. No obstante, por mucho tiempo, esa llamémosle “cualidad” mía de llorar, me avergonzó. Me pareció más una debilidad que cualquier otra cosa. Y ¿Quien desea ser vulnerable? ¿Quién necesita realmente mostrar esa franja tan privada como dolorosa que nos hace tan frágiles? Durante buena parte de mi vida, llorar fue algo que creí que debía reprimir e incluso ocultar de la mejor manera que pudiera.

Este año descubrí que llorar no es solo un consuelo, sino una forma de admitir el poder de un sentimiento. Que las lágrimas, más allá de la poesía y el romanticismo, es una expresión pura y dura de nuestra capacidad para comprendernos como seres emocionales. Un alivio sincero no sólo al dolor, sino a todo lo que logra conmovernos, producirnos un tipo de sentimiento tan inabarcable que sólo puede expresarse a través de un gesto casi infantil en su delicadeza. Así que me alegré de poder de llorar, de disfrutar de mis lágrimas y sobre todo, de apreciar su valor.

A reír a todo pulmón:

Una vez leí que llorar es como reír, casi tan sincero como consolador. Y es verdad. Solía pensar que siendo una adulta, reír es un asunto discreto, de cubrirme los labios con una mano, de intentar contener las carcajadas. Sobre todo las mías, tan ruidosas, tan nasales, tan estruendosas. Este año descubrí que necesito reír, a todo pulmón, hasta quedarme sin aliento, doblada por la cintura, intentando respirar y aún así, sin querer contener el torrente de risas. Porque así es que hay que reír, como los niños que no se contienen, que siguen riendo incluso cuando produce su sorpresa su risa. Y es que reír, como llorar, es una forma de crear.

A celebrar mis triunfos:

Uno de mis amigos dice que soy “Aglaia siendo Aglaia” con mucha frecuencia, lo que equivale a dedicar un considerable esfuerzo a restar importancia a mis logros. Lo hago porque en algún punto de mi vida, me convencí que lo que hago para vivir — y amo apasionadamente — no es realidad tan importante. ¿Suena extraño? Hablamos de trabajo vocacional, de la noción de vivir de tu talento. De modo que vivo para y de escribir y también, fotografiar. Lo cual me pone en la curiosa — y muy incómoda situación — de tener que asumir mis pasiones — los mecanismos que me sostienen cuerda, digamos — como parte de esa fría región de la que los adultos dependemos para sobrevivir. Es una circunstancia curiosa y a menudo dolorosa: trabajar en lo que amas no hace que “no trabajes un sólo día de tu vida”, como proclama esa frase blandengue y romanticona, sino que en realidad, sea más difícil separar la rutina cotidiana de ese momento de enigmática belleza que sostiene cualquier acto creativo.

De modo que, ya sea por humildad, vergüenza, miedo o cual sea la combinación de sentimientos que me embargan en ocasiones, soy hipercrítica, violentamente dura con lo que hago y sobre todo, lo bastante cínica como para saber que monetizo una parte de mi vida que en cualquier otra circunstancia, resultaría invaluable. Pero lo hago, porque el privilegio y peso de vivir de tu talento te obliga a hacerlo. No hablemos ya del síndrome del Impostor, que te empuja a lugares muy incómodos de tu mente, en la que todas las voces detractoras, criticonas y machaconas, te recuerdan que tus habilidades quizás nunca serán suficientes, satisfactorias, todo lo depuradas que necesitas y desean sean. Se trata de una batalla a brazo partido contra ti misma, tus peores temores y lugares oscuros. Un evento inquietante que lastima la forma en que analizas lo que haces y la forma en que lo valoras.

Paso mucho tiempo restando mérito a lo que hago. O lo pasaba. Diciendo cosas como “Ah, bueno, si yo lo hice, cualquiera puede hacerlo”. O “la verdad, pudo ser mejor”. Lo hice tantas veces, que terminé sofocada por la inseguridad, la sensación de competir con partes de mi historia y de mi vida, en que todo era más sencillo y menos doloroso. Al final, me encontré agotada, apesadumbrada y aterrorizada. ¿Soy buena en lo que hago?

Sí, lo soy. Me llevó esfuerzos aceptarlo, asumir que he trabajado el tiempo suficiente y con un considerable esfuerzo, para serlo. Que tengo la pasión — las agallas, le llama mi terapeuta — para seguir en los lugares en los que otros se detienen. Que trabajo duro, a diario, todos los días. Que mi vida emocional, profesional y artística, son una sola cosa. Así que, ahora me permito celebrar mis triunfos. Hacerlo a lo grande, con la sensación de alcanzar metas invisibles que ni siquiera sabían estaban allí. A comprender que no sólo mi decidido y en ocasiones agotador esfuerzo, está rindiendo frutos, sino que llegué a un momento de mi vida, en que es necesario recuerde el valor de todo lo que soy y lo que me hace marchar a mi mundo en la dirección correcta. Así que celebro, con una sonrisa — avergonzada aún — y con la sensación que valió la pena el agotamiento, vencer el miedo, continuar cuando creí no podría hacerlo.

A no preocuparme demasiado. O intentarlo, al menos:

Soy neurótica, no lo niego. Me preocupa y quiero controlar cada aspecto de mi vida, de mi trabajo, de mi mundo emocional. No siempre lo logro — casi nunca, he decir — y por mucho tiempo, eso me atormentó. Me abrumó, me irritó. Me esforcé entonces aún más por controlar cada cosa en mi mundo, por hacerla perfecta, cada vez más obsesionada con detalles y minuciosos análisis. Para solo descubrir que aún tenía mucho por controlar, que todavía había cientos de aspectos espontáneos que debía restringir. El pensamiento me lastimó, me encolerizó.

Entonces, lo dejé escapar.

Fue una decisión por completo racional. No surgió de la noche a la mañana, tampoco fue un proceso. Un día descubrí que sencillamente, el control es una ilusión. Que es con toda seguridad el espejismo más frágil y rudimentario de una cultura acostumbrada a mirarse así misma a través de limitaciones. Y decidí que deseaba un poco de alivio, de paz y de libertad. No fue algo sencillo. No fue en absoluto fácil abrir las manos y dejar escapar las cientos de decisiones que me atormentan a diario — aún lo hacen, de vez en cuando — y creer que cada pieza de mi vida tiene un sentido o incluso podría no tenerlo, pero que no puedo evitar estén allí, cumpliendo un tipo de función específica. Me permití no sólo relajarme — una palabra que por mucho tiempo me aterró — sino que asumí que más allá de mi misma, el mundo es un lugar extraordinario, caótico y siempre en eterna transformación que debo descubrir. E intento hacerlo. Sorprendiéndome. Asumiendo que me equivocaré. Disfrutando de hacerlo.

A pedir ayuda:

Sufro de un trastorno de ansiedad que este año llegó a límites sofocantes. Rutinas, preocupaciones, una abrumadora sensación de encontrarme encerrada en mi mente. Pero no me atreví a pedir ayuda hasta que simplemente no pude hacer otra cosa. Me hacía sentir humillada la simple posibilidad de hacerlo, de admitir mi debilidad, mi cansancio y mi miedo. Pero hacerlo fue una experiencia asombrosa que de alguna forma allanó el camino — lo construyó — hacia un alivio espiritual que muy pocas veces he sentido en mi vida adulta. Hablarles a otros sobre mi trastorno, escuchar sus consejos, admitir mis errores, buscar ayuda sin reticencias nos sólo me hizo madurar sino lograr un tipo de equilibrio que hasta entonces, no creí podría lograr. Pero lo hice, y es probablemente la mejor decisión que he tomado en un año de pruebas muy duras que he logrado superar extendiendo la mano para tomar la que sujeta la mía con cariño y firmeza.

A despertar bien temprano y disfrutarlo:

Sufro de un insomnio pertinaz desde que era una niña pequeña. Un trastorno que inevitablemente transformó mis hábitos cotidianos y que durante toda mi vida, me ha brindado una perspectiva inusual no sólo de la manera cómo administro mi tiempo, sino la forma cómo percibo mi relación con mi cuerpo y mi mente. Usualmente, mi mente está mucho más despierta durante la noche — por razones obvias — y mis mañanas son difíciles, incómodas y lentas. Este año, por iniciativa propia y sin ningún motivo específico, decidí comenzar a despertar más temprano que de costumbre. No importa a que hora me había ido a la cama o que tan agotada me sentía, comencé a despertar unos pocos minutos después del amanecer para disfrutar de ese primer rayo del sol matutino, de ese aire recién nacido que tiene una cualidad luminosa. ¿El resultado? Una asombrosa sensación de renovación, de energía y equilibrio. Además, despertar muy temprano ha logrado que ponga mucho más atención a la manera cómo distribuyo mi tiempo y como disfruto de espacio cronológico personal. Todo un logro para alguien como yo que se vanagloriaba de un extraño ciclo circadiano, sin asumir realmente sus singulares alcances.

Asumir mi cuerpo, mi temperamento, mis defectos y virtudes:

Por buena parte de mi vida me esforcé por ser una buena persona. Lo que sea que signifique eso, en realidad. En mi caso, se trató de decir “sí” muchas veces, cuando quería decir que “no”, trabajar más de la cuenta, esforzarme hasta límites dolorosos, exigirme calzar en un esquema de normalidad que jamás me satisfizo y que probablemente, no lo haga jamás. Este año y quizás debido a que transito mis treinta años de edad, comencé a preguntarme hasta que punto esa irrealizable idea de “bondad”, había lastimado mis aspiraciones, saboteado mi libertad personal e incluso, mis opiniones más privadas. Porque esa percepción sobre el deber ser, la mayoría de las veces implica una imagen personal muy específica que no siempre será satisfactoria.

Al menos en mi caso no lo es. Y descubrirlo, me permitió mirarme desde una perspectiva mucho más amable y menos dura de como suelo hacerlo.
Así que me miré con una sinceridad sencilla: desde mi mal carácter, mi impaciencia, mi relativa condescendencia hacia mis errores hasta mis capacidad para soñar, crear y tener esperanza. Me miré en el espejo de mi mente, y me asumí como una mujer adulta en constante y plena transformación, con la maravillosa oportunidad de transformar mi voz interior y mi opinión sobre el mundo todas las veces que lo necesite y lo deseé. Esa progresiva aceptación de mi misma como un ser integral y no parte de un rol cultural, también me brindó la oportunidad de mirarme — a la mujer real, de carne y hueso — con mucha mayor amabilidad de lo que hasta entonces había hecho. Sonreí ante la imagen de mis kilos de más, mis rodillas nudosas, mi cabello indómito o mi piel blanca y pecosa. Y lo acepté como parte del mundo que construyo a diario, de lo que deseo aspirar. Un triunfo personal.

A ponerme muy incómoda:

Y cuando hablo de incomodidad, me refiero a sacarme de mis casillas, que se me cierre la garganta con un nudo de angustia, tener tanto miedo que el único pensamiento que tenga es retroceder y huir. Porque el verdadero triunfo es resistir ese impulso de puro terror, esa angustia de los límites personales y avanzar. A pasos. Quizás de manera muy torpe, pero hacerlo. Lograrlo y continuar, pesar de todo. Durante este año, me paralizó miedo muchas veces y otras tantas — aunque quizás, no tanta como hubiera querido — lo vencí.

A hablar muy claro:

Por mucho tiempo fui fiel creyente de la diplomacia. O mejor dicho, de evitar enfrentamientos y roces con quienes conozco. Lo hice con la mejor de las intenciones pero no siempre con los mejores resultados. Reprimí los deseos de decir lo que realmente pensaba en beneficio de sólo expresar lo que creía conveniente. Un hábito que se volvió pernicioso e incluso doloroso. Este año asumí la responsabilidad por cada palabra que digo, por todo lo que decido y por todo lo que pienso. Me obligué a hablar en lugar de callar, a avergonzarme en lugar de disimular, a sentirme fuera de lugar en vez de muy cómoda y resignada. ¿En conclusión? Descubrí el placer de desafiarme a mi misma, de empujarme a abandonar ese límite muy concreto que en ocasiones tracé para sentirme segura y sobre todo, protegida. Nunca he sido más vulnerable y aún así, tampoco más fuerte.

A disgustarme:

Y no sólo un disgusto silencioso, discreto, de dientes apretados. Sino uno muy sonoro, de groserías, de lenguaje corporal desordenado y casi violento. De aprender a perdonarme mis arrebatos de malcriadez y asumir que son una forma de expresión de mi mente, tan válida como cualquier otra. De disfrutar de las mejillas ardientes, de esa furia redentora que parece sustituir cualquier pensamiento consciente. A concebir la rabia como liberadora. Me disgusto, lo disfruto. Y lo dejo muy claro.

A no decir “bien”:

Una vez, mi abuela se disgustó muchísimo conmigo porque cada vez que me preguntaba cómo me encontraba, solía responder con un escueto, rápido y vacío “bien”. Me explicó que la palabra es un don del espíritu y que cada vez que reprimimos las que pueden describirnos con mayor propiedad, perdemos la valiosa oportunidad de comprendernos mejor. Pero no le hice mucho caso. Continúe respondiendo con el “Bien” de costumbre, incluso cuando me sentía profundamente herida, dolorida, angustiada, agobiada. El “Bien” que parecía describir una cierta indiferencia, una noción muy superficial sobre mis sentimientos y pensamientos. Nunca creí que fuera suficiente, pero tampoco pensé que podría decir otra cosa o que necesitara hacerlo, después de todo.
Este año descubrí que la palabra “bien” nunca será suficiente para describirme. Que tengo todo el derecho de sentirme cansada, triste, lastimada. Como también de sentirme profundamente feliz, agradecida, asombrada. Y que describirlo, en voz alta, de expresarlo con propiedad y seguridad, me permitirá conocerme mejor, mirarme mejor y sobre todo, perdonarme y celebrar mis pequeñas locuras y singularidades. Porque más allá del “bien” hay toda una idea mucho más compleja de mi misma. Y me gusta aceptarla.

De manera que sí, este año fue de aprendizajes, de celebrar un nuevo paso para mirarme de una forma distinta. Para crecer. No sé que ocurrirá en el año entrante, si la frase misteriosa que ahora llevo a todas partes describirá lo que viviré, aprenderé, descubriré. Pero aún así, el pequeño papel con su críptico mensaje me recuerda que el mundo se construye a diario y que nuestra vida, es un cúmulo interminable de esa larga experiencia que con tanta inocencia llamamos crecer.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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