Crónicas de la oscuridad.

Diosas, brujas, sacerdotisas, rebeldes, escritoras, espíritus libres: todo lo que debes saber sobre lo femenino transgresor (parte II)

Las brujas de Francisco Goya.

Durante la década de los sesenta, buena parte de las feministas comenzaron a explorar la literatura, costumbres y el folclore mundial, en busca de figuras femeninas poderosas, a través de las cuales, pudieran comprender la importancia del poder de la mujer en situaciones en las que la ley, la cultura y la tradición, las limitaban a un poder secundario. Se trató de una revuelta cultural, muy semejante a la política que se llevaba a cabo en las calles y que permitió a toda una generación de mujeres, hacerse preguntas sobre la mujer que habitaba detrás del estereotipo de la sumisa, amable y complaciente que el imaginario histórico de todas las épocas había sostenido como canon cultural. El Dr. Ronald Hutton, autor de Pagan Religions Of The British Isles, analizó el fenómeno y llegó a la conclusión, que la serie de investigaciones que llevaron a cabo un nuevo tipo de mujer, educadas bajo la concepción de la síntesis del conocimiento histórico y social, creó una manera nueva de comprender el sentido sobre la femenino como sagrado, poderoso y en especial significativo. Además, el experto encontró que la mayoría de los hallazgos antropológicos llevados a cabo por mujeres investigadores en varios ámbitos de conocimiento, concibió un reverso misterioso sobre la historia de la magia, el poder y la trascendencia del conocimiento oral, que hasta entonces, había pasado desapercibido. “La mayoría de las estructuras de aquelarres genuinos, tal y como antropólogas e historiadoras han reconstruido como hallazgos históricos recientes, comparten los principios básicos de la adoración a la diosa, la creencia de que la naturaleza es sagrada y el honor de entidades, como la noche, la luz de la luna y lo femenino. En este sentido, es una contrarreligión que venera lo que ha sido degradado por nuestra cultura ” apuntó el escritor en su libro. “Se trata de un reconocimiento al poder de la mujer y en espacial, a la forma como la voluntad, la cualidad intelectual y la preeminencia de ideas basadas en el ideario relacionado con lo femenino, tiene una renovada importancia en la cultura de masas.

No hay antecedentes precisos sobre la primera mujer que se llamó a sí misma, bruja. Pero sí de que Dios, el eterno patriarca de los valles celestiales, antes de ser un célebre soltero tuvo una divina consorte. Al menos en eso insiste la investigadora de la Universidad de Exeter Francesca Stavrakopoulou, quien señala que antiguamente, las religiones que derivaron en las grandes religiones monoteístas contemporáneas adoraban a la diosa Asherah, La Gran Madre. ¿Y quiénes eran sus hijas si no la mujer poderosa, la sabia, la curandera, la que era capaz de crear vida, la eterna desobediente?

Durante el medievo, el continente europeo se cubrió de piras de castigo. Las llamas quemaron a brujas y a inocentes, a librepensadoras, a putas, a sospechosas de crear. La mujer se convirtió en mártir de su género, en una prisionera de una iglesia tan despótica como cruel. Pero la bruja, la verdadera, la que recorrió Europa como carta de tarot, como escoba detrás de la puerta, como los pequeños ritos del jardín, como las pequeñas costumbres y supersticiones de una época remota, era indomable. Y sobrevivió a pesar de las sentencias. La imagen de la mujer fuerte por encima de la casta. Durante años, los romances medievales cantaron odas de amor a la mujer misteriosa, velada. Un imagen sobre un tipo de mujer poderosa que parecía provenir de varias fuentes distintas, pero que al final, era parte de la imaginación colectiva como figura mágica y símbolo de lo enigmático.

Eran tiempos convulsos en los que la Iglesia Católica todavía enfrentaba la influencia de las diferentes religiones agrarias a lo largo y largo de Europa. A pesar de los esfuerzos de unificación y mezcla de la figura de la Diosa sin nombre del bosque con la Virgen María, Roma no había logrado que buena parte de las tradiciones agrícolas abandonaran sus prácticas para celebrar el sagrado femenino, de manera muy distinta a la de la Madre de Jesucristo, doncella y figura bienhechora en los altares de buena parte del continente. Al contraste, la Diosa de los campos Europeos, era cruel, poderosa y a la vez, benefactora, una combinación de atributos que le permitían sostener una creencia informal que incluía ritos de cosecha y paso en la mayor parte de Europa del Este y en algunas regiones del sur.

Para la Iglesia, era imprescindible unificar la fe a través de una única figura que pudiera monopolizar lo sagrado, por lo que comenzó a tomar medidas políticas y sociales para erradicar la percepción de lo femenino sagrado. La figura de la Inquisición nació del miedo y del odio a la diferencia y en especial, a las creencias basadas en figuras femeninas de poder, que contradecían la idea del Dios omnipotente que Roma sostenía como centro de todas las admoniciones religiosas con fuerzas de ley alrededor del continente. Hasta entonces, la Iglesia había tolerado — con renuencia y bastante esfuerzo — otras formas de creencias y opiniones que pudieran contradecir su poder absoluto. No obstante, a medida que su influencia y poder aumentó, la Iglesia instituyó diversos mecanismos para atacar y finalmente destruir la disidencia. Para una Institución que se alimentaba aún de fuertes raíces paganas y en la mayoría de los casos de las visiones judaícas sobre aspectos de la creencia y la construcción del mito dogmático, la “Herejía” fue una contradicción. Aún así, se utilizó como la primera formula concreta para atacar la independencia intelectual, la necesaria divergencia de ideas y la libertad espiritual. Por siglos, se utilizó como una manera de asegurar que la Iglesia controlara los estamos y escaños del poder y sobre todo, infundir terror entre el pueblo recién convertido. No obstante, la Inquisición Episcopal — primera fórmula de la Inquisición Medieval propiamente dicha, establecida en 1184 por la Bula del Papa Lucio III — dio origen a la tortura y la muerte como formas de castigo para los culpables. Eso y a pesar que el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico II Hohenstaufen, se había opuesto anteriormente al castigo físico por considerarlo poco “divino”. No obstante, para Lucio III la necesidad de erradicar — de raíz y de ser necesario, con violencia — cualquier tipo de Herejía, tuvo mucho más peso que cualquier visión divina. Para la Iglesia, el castigo ejemplarizante tenía una cualidad inmediata nada desdeñable: la tortura y la muerte como demostraciones del poder material de la Santa Madre Iglesia y sus agentes en la Tierra, bendecidos por Dios — y encomendados por el Mismo Padre eterno — para asaltar con fuego y sangre cualquier tipo de disidencia y manifestación de pensamiento independiente.

El Malleus Maleficarum es quizás uno de los libros más cargados de simbología y, sobre todo, inquietantes de la literatura universal. Fue publicado en Alemania, alrededor el año de 1487, y es un exhaustivo tratado sobre la brujería, el satanismo y la naturaleza de la tentación encarnada por la mujer. Este libro incluye todo lo que La Santa Inquisición utilizó como excusa para usar sus herramientas de tortura y asesinar mujeres durante siglos. No obstante, el Malleus Maleficarum no fue únicamente un compendio de superstición medieval, sino también un escalofriante documento sobre el desprecio hacia la mujer que entonces era moneda común. Se trata de un libro que no sólo muestra hasta qué punto lo femenino era temido y minimizado por una sociedad represiva, sino también de una noción de la mujer directamente maligna, junto a todo lo relacionado con su visión emocional e intelectual. La máxima insistencia del Malleus Maleficarum era castigar al pecado que reside en la mujer tentadora, lo que el Vaticano consideró una transgresión deliberada, violenta y directa contra el propósito de la Santa Inquisición para proteger a la humanidad de las fuerzas demoníacas, a la que consideraba una amenaza perenne sobre la rectitud y la búsqueda de la redención de buena parte del mundo occidental.

El Papa Inocencio VIII concedió una bula para que los frailes dominicos Heinrich Kramer y Jakob Sprenger pudieran escribir un libro que pudiera resumir los preceptos de la iglesia contra la mujer que contravenía sus rígidas adminiciones de comportamiento y moral. Ambos dedicaron una buena cantidad de tiempo y esfuerzo a terminar un compendio de motivos por los cuales la mujer debía ser castigada. La causa primaria era, así de simple, su naturaleza. Eso bastaba para que todo el catolicismo sospechara: la mujer era pecadora por naturaleza.

En el Malleus Maleficarum se resumieron los elementos que permitían ver que lo femenino era, sin lugar a dudas, el motivo de buena parte de las tragedias de un mundo signado por el dolor, la ignorancia, la enfermedad y el temor a lo divino. Pero el mayor pecado de la mujer, su peor debilidad, era su propensión a pensar. Pensar era intentar parecerse al hombre, una herejía para el severo Dios del Antiguo Testamento, que había dejado establecido en el Edén su ambigüedad y concupiscencia. Todas las lógicas discriminatorias tienen lugar cuando las personas pactan con los prejuicios que impone: la época y la sociedad que recibió el Malleus Maleficarum lo hizo de manera jubilosa y lo convirtió en el libro más leído de su época. En la Edad Media el pensamiento femenino era inaceptable, una rareza venenosa a envilecer la obra divina. ¿Pero quién es esa mujer sabia que la cultura ha condenado tantas veces? ¿Es la pionera, la audaz, la rebelde? ¿O es aquella que reivindica su identidad a través de lo que crea?

Las acusaciones de brujería eran cuando menos desconcertantes: Nunca se habló de delitos concretos, sino de interpretaciones y acusaciones que no se sostenían bajo ningún argumento. A las brujas se les acusaba de arruinar las cosechas, de provocar enfermedades y muerte en los animales de granja. Incluso, las acusaciones llegaban a señalar que la “Bruja” era culpable de asesinatos, canibalismo, beber sangre y desenterrar cadáveres Argumentos basados en su mayoría en la superstición que en hechos reales. Obviamente, es muy complicado deducir que hubo de cierto en cualquiera de tales acusaciones: los testimonios que la historia recoge son de sus perseguidores, y las declaraciones de las supuestas brujas, fueron obtenidas a través de torturas. De manera que la versión que conocemos es la del victimario y no la de la victima. Un hecho inaudito dentro de los anales de la historia como se hereda, y tal vez como se cuenta.

La Iglesia creó una estructura de tortura y destrucción de todo lo que consideró distinto, de todo lo que podía ofender el sentido estricto de sus creencias y peor aún, contradecirlas. La Iglesia del Medioevo era una institución política antes que religiosa: de hecho, el Papa intervenía en las confrontaciones militares y el Vaticano decidía quién podía llevar la corona en las sucesiones monárquicas De hecho, su intervención en el juego político era definitiva, cuando no decididamente intervencionista. Todo lo anterior, explica el hecho que algo tan absurdo como la cacería de brujas, tuviera el alcance que tuvo. Porque hablamos de millones de mujeres juzgadas y asesinadas en todo el continente Europeo sin otra prueba en su contra que aseveraciones y declaraciones tomadas desde la óptica del Inquisidor . Desde luego, Todo invita a pensar que hubo una campaña de desprestigio perfectamente orquestada en la que se jugó con los impulsos más inmediatos y viscerales del pueblo, dirigiéndolos contra estos contestatarios que se rebelaban contra el orden establecido. Sin duda, la Iglesia utilizó su poder para exterminar las nuevas corrientes del pensamiento, la inquisición uso a las brujas como víctimas.

En el libro Oedipus And The Devil, la escritora Lyndal Roper, analiza las acusaciones de brujería desde la óptica del psicoanálisis y además, a través de la percepción de la mujer poderosa como parte de una transgresión considerable a la norma cultural vigente de la época. Según sus investigaciones — basadas en su mayoría en la caza de brujas en la Alemania del siglo XVI — concluyó que el fenómeno de las delaciones y de las acusaciones, era además de un cuadro de violencia sistémica, era también un reflejo de profunda rivalidad femenina, lo que conjeturó tenía relación con l la envidia sobre el poder — intelectual o moral — que detentaban algunas mujeres y en especial, la forma en que la sociedad podía interpretar semejante cualidad, en un proceso histórico en que de hecho, se negaba a lo femenino toda posibilidad de preeminencia.“Aunque los hombres llevaron a cabo los juicios, la mayoría de las acusaciones fueron hechas primero por mujeres contra otras mujeres que se creía causaban daño, generalmente a un niño. Estas mujeres acusadas a menudo se mostraban frías y despiadadas ante la muerte de otras mujeres. Hubo muchas emociones negativas” puntualiza la autora, que insiste en que los juicios de la inquisición fueron un patrón de odio social que repercutió de manera directa y dolorosa, sobre la forma en que se comprendía la figura de la mujer más allá del auspicio o su relación con lo masculino.

Roper está convencida que las acusaciones de brujería, tenían una relación inmediata con sentimientos colectivos no resueltos y que apuntaban directamente, a percepciones envidiosas y hostiles que rodeaban a la maternidad como símbolo de estatus. En Alemania, la escritora descubrió que las parteras eran perseguidas y acusadas en la medida que su respetabilidad opacaba de una manera u otra a la de la madre. Roper también descubrió algo semejante en Inglaterra, en donde las acusaciones incluían abuelas sin familia, mujeres sin hijos y, en particular, mujeres con conocimientos médicos que prestaban ayuda y que conservaban conocimientos por línea matrilineal sobre los misterios de la concepción, el embarazo y el parto. La sabiduría sobre el cuerpo de la mujer y los procesos de concepción — estudios empíricos y basados en la observación acumulados y heredados de generación en generación — comenzó a ser considerada parte de las ideas más elaboradas y siniestras sobre la brujería, por lo que las tradiciones orales terminaron por convertirse en un motivo para la acusación y al final, el juicio de las mujeres que conservaban semejante conocimiento.

También se consideraba al deseo sexual de la mujer como un una pulsión relacionada con el mal, en especial luego que la Iglesia insistiera que la sexualidad matrimonial tenía como único objetivo la concepción y por tanto, el placer de las mujeres sólo era una forma de tentación peligrosa para el alma masculina. En la actualidad, es muy conocida la historia que recoge Mary E. Giles en su libro Mujeres en la inquisición sobre la beata Marina de San Miguel (1596) una mujer ”poseída” por los demonios de la carne. Marina tomó los votos a los 16 años pero eso no evitó que el “diablo” en persona la obsesionara con “llamas infernales”. Sufría (SIC) “una tentación sensual de la carne desde hacía quince años la cual la obligaba a esos contactos deshonestos hechos con sus propias manos en las partes vergoncossas venia en polucion diciendo palabras deshonestas probocativas a lujuria”. Cuando se encontraba con su amiga: “de hordinario cuando se vian se besaban y abracavan y esta… le metia las manos en los pechos, y vino esta en polucion diez o doze veces las dos dellas en la Iglesia”.

Se trató sin duda, de una reformulación del hecho del poder sexual de la mujer — que por siglos, había sido determinante en cortes y en espacios de poder exclusivamente masculinos — en una idea relacionada con el mal y el pecado. Para la Iglesia Católica, el sexo y sobre todo, la sexualidad femenina estaba emparentado con el mal. Una idea que no sólo se popularizó en la Edad Media gracias a los grandes autos de fe a lo largo y ancho de Europa, sino también por la mera certeza que la mujer, era para la descendiente directa de la mítica Eva, centro de todos los males del mundo y origen de la noción sobre lo pecaminoso. Para la Cúpula Eclesiástica medieval, fue muy sencillo trasladar la carga de la culpa de la Eva bíblica para arrasar por completo con todo tipo de creencias anteriores al catolicismo, en especial las que celebraban al sexo como parte de una concepción mística sobre el mundo. Como dogma e institución, el catolicismo necesitaba capitalizar y nuclear la connotación sobre la “salvación” espiritual a una idea ritualista, por lo cual la concepción individual de lo místico quedó desechada y poco después, prohibida. Claro está, eso también incluyó la capacidad de la mujer para concebir y el placer femenino como elemento análogo a la concepción.

De inmediato quedó muy claro: para las mujeres del pueblo, el placer era una forma de posesión. En otras palabras, el mero hecho de experimentar la sexualidad las hacia independientes del mandato divino y por tanto, también de la percepción sobre la sumisión que se exigía para las mujeres. Pero ¿qué ocurría cuando el inexplicable “tormento diabólico” fulminaba a una Santa o una Dama? Para ellas, el placer no era pecaminoso, sino divino. Que paradoja la de la mujer aplastada no solo bajo la cultura, sino también por el clasismo. No cabe duda que el placer es democrático y universal, pero la forma de interpretarlo, nunca lo fue. Un buen ejemplo, es la Doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Ávila, que se entregaba sin pudor a “la morada equivalente al cielo”, en una experiencia que describía como “la pérdida de sí y de la unión”. “El alma… no puede ni avanzar ni recular. Diríamos una persona, que sosteniendo en las manos el cirio bendito, está cercana a morir de su muerte deseada”. Lo descrito por Santa Teresa tiene un inquietante parecido con la “Pequeña muerte isabelina” y por supuesto, con cualquier narración actual sobre el placer sexual. Pero a la extraordinaria mujer de la Iglesia — exquisita pensadora y piadosa — el placer la transportaba al Cielo en lugar de al Infierno. El temible Malleus Maleficarum definía a las brujas como la “secta de mujeres que tienen como objetivo dañar a los hombres a través del diablo”. De modo, que mientras la Santa concebía la grandeza de Dios con el cuerpo temblando de placer, las brujas que experimentaban sensaciones parecidas, lo hacían gracias a la intervención diabólica.

Pero viniera de Dios o del diablo, el el poder femenino continuó siendo motivo de debate de pensadores, intelectuales, filósofos y como no, de los doctos hombres de la Iglesia, la mayoría célibes o con relaciones clandestinas que transgredían de manera directa la visión de la iglesia sobre la pureza espiritual. Para todos, el poder se limitaba al ámbito masculino y el femenina — inexistente y contra toda norma — una frontera entre lo correcto y una idea de la maldad vulgar y casi grotesca. Con el transcurrir de los siglos, el debate sobre la capacidad de la mujer para pensar y decidir — y el poder que podía llevar aparejado semejante combinación — se hizo cada vez más elaborado, pertinaz y sobre todo, acusador. Se habló que el hecho que una mujer supiera leer y escribir contravenía la intención de Dios de mantenerla por completo inocente en la ignorancia, lo que condenaba a las incipientes escritoras del medioevo a un peligroso ostracismo que al final, fue una sentencia de muerte. De hecho, el comportamiento femenino se regló y se analizó de manera punitiva de tantas formas, que cada uno de los aspectos de su vida se consideró una tentación peligrosa: que gozara en el lecho matrimonial era una forma de perversión “inconcebible” y como si eso no fuera suficiente, que se trataba de una forma de condena inmediata y violenta. Que pudiera hablar varios idiomas, una señal que el demonio influía en su mente. Que tuviera conocimientos médicos, una abominación imperdonable. El poder intelectual de la mujer era la invitación a un pecado mayor que la Iglesia condenaba directamente: el de la perdida de la Gracia en favor de los humores inferiores de la carne. Por supuesto, el poder intelectual tenía una relación directa con la capacidad de la mujer para intervenir en el mundo de los hombres, por lo que se demonizó hasta considerarsele una herejía. El éxtasis de la mujer se llegó a etiquetar como un hecho contra ordinem naturae: La sola idea de que la mujer — considerada un macho defectuoso, cuyo cuerpo sólo tenía por objeto brindar un refugio seguro y temporario al nacimiento de la vida humana — pudiera disponer de su placer a cuenta propia era escandalosa. Peligrosa. Y siguió siendo durante largos siglos, al amparo del prejuicio y el dogma.

Una y otra vez la Iglesia insistió en que el poder intelectual era la puerta abierta hacia el Infierno y que el sexo sólo debía tener como único objetivo la procreación. De manera era condenado viva voz desde el púlpito, llamadas sin disimulo alguno como obras del demonio, convirtiendo quienes incurrían en su práctica en condenados. De hecho, en un texto de Pablo de Hungría se daban instrucciones sobre cuál debía ser el proceder de un sacerdote hacia los pecados de la carne e indicaba que “cuando alguien vierte el semen fuera del lugar especificado para ello” era una rebelión directa contra Dios.

“Vivir sola […] no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”, escribió Sor Juana Inés de la Cruz en una oportunidad, probablemente abrumada por el peso de la tradición y la cultura que le exigía otra cosa. Pocas mujeres pudieron atravesar la puerta cerrada del conocimiento, frustrando su necesidad de pensar, de crear. La mayoría de quienes pudieron ser las grandes mujeres históricas son sombras, siluetas rotas apartadas de su verdadera capacidad.

Sin duda, luego de un ataque del poder semejante y a tal nivel de crueldad, la figura de la mujer poderosa, prácticamente desapareció de la historia. Poco a poco, las religiones basadas en la mujer y en la especial, en el sagrado femenino, desaparecieron en una lenta transformación hacia una idea inquietante sobre la percepción del bien y el mal, basado en el pecado que se proyectaba sobre la mujer. En su libro Religión y el declive de la magia, Keith Thomas, insiste en que la hostilidad medieval contra la bruja y la magia, se sostenía sobre una Europa que había sido expoliada de creencias y en la que la Iglesia Católica instauró un régimen de terror, que terminó por convertir a las mujeres en las víctimas propiciatorias del odio colectivo. La imagen de la mujer que poseía conocimientos que no debía haber adquirido, se convirtió en síntoma de pactos con fuerzas superiores y usualmente malignas. Para los pueblos alrededor de Europa, sometidos al miedo de la presión de la nobleza — cuyo poder carecía de límites y se sostenía sobre el trabajo de los campesinos — y en especial, del rechazo de la Iglesia sobre sus creencias más antiguas, la mujer fue el chivo expiatorio natural para señalar los supuestos horrores que se escondían en la oscuridad y que era el síntoma de una transgresión misteriosa, que podía explicar todo tipo de dolores, violencia y tragedias.

La década de los sesenta, con todas sus reivindicaciones sociales y culturales dirigidas a rescatar y revalorizar la figura de la mujer, encontró en el redescubrimiento de la bruja, la metáfora perfecta para comprender a un tipo de figura femenina que debió enfrentar al poder desde el conocimiento intelectual y la voluntad de crear, refinadas a través de procesos de sabiduría orales considerados mágicos. En 1978, el movimiento Witch (Women Inspired To Commit Herstory) llegó a concluir que el miedo a las brujas y a la brujería durante el medioevo y siglos posteriores, se debió a que la mujer con poder — ya fuera intelectual, sexual o económico — estaba fuera del ámbito de análisis de lo que la cultura concebía como femenino. Mientras las Diosas de panteones antiguos representaban el poder en estado puro, las sacerdotisas eran además, un reflejo de la capacidad evolutiva de la mujer como parte de sociedades dinámicas en las que desempeñaban un papel específico. Pero una vez que la Iglesia logró destruir y demonizar buena parte de las religiones agrícolas Europeas, la percepción de la mujer se transformó en la de una criatura débil, cuya mera existencia intelectual se encontraba en debate — todavía forma parte de la historia vergonzosa de la iglesia los debates sobre el alma de la mujer — que además, manifestó de forma clara, la forma en que la religión menospreció y sepultó a las mujeres bajo el peso de la tradición.

Por supuesto, los descubrimientos feministas, no eran novedosos y la mayoría estaban basados en las investigaciones de la egiptologa Margaret Murray, que en 1920 analizó a la brujería como fenómeno histórico, desde un estándar que poder que subvertía el mandato de la cultura sobre la orfandad y el papel secundario de la mujer. Y aunque buena parte de sus investigaciones se basaban en especulaciones que llegaron a ser criticadas por su falta de rigurosidad, su planteamiento fue retomado por otros investigadores sobre la brujería como fenómeno social y después, por escritores como Aleister Crowley y Gerald Gardner.

A la distancia, Murray podría ser considerada una feminista de primera ola, académica y dedicada a la vida intelectual, en una época en la que en que buena parte de las Universidades Europeas rechazaban a las mujeres dentro del ámbito de la enseñanza y la investigación. Nacida en 1863, la investigadora dedicó buena parte de su vida profesional a la investigación de las brujas y la brujería como un fenómeno antropológico, basado en el hecho que las mujeres que formaban parte de religiones agrícolas, relacionadas directamente con la sacralización de lo femenino, habían sido un hecho comprobable durante buena parte de la historia previa al medioevo. Su investigación llegó a ser tan profunda y de considerable interés, que la escritora fue citada durante cuarenta años por la Enciclopedia Británica en el apartado de brujería, lo que supone uno de los logros más curiosos en la larga y extraña vida de Murray.

De hecho, Murray tiene el extraño honor de haber escrito el primer libro que reverdeció la figura de la bruja como algo más que una curiosidad histórica o, en el peor de los casos, un símbolo del mal. En 1921, su investigación The Witch-Cult in Western Europe fue publicado por el Oxford University Press. En el momento de su publicación, se insistió que el libro tenía más de buenas intenciones que de método científico y se le criticó, por sus conclusiones que no parecían coincidir del todo con la percepción de la mujer mágica que de hecho, había sido parte de una buena parte de investigaciones previas. Pero Murray sentó un precedente importante que ya comenzaba a formar parte de la noción sobre la magia relacionada con lo femenino desde el libro de Charles Leland de 1899, Aradia, o el Evangelio de las brujas. Tanto el libro de Murray como obras posteriores, como La diosa blanca de Robert Graves, de 1948, rescatan la idea de la bruja como símbolo del poder de la mujer y en especial, como un recorrido poderoso sobre la forma como la magia fue asociada directamente con la figura femenina como fuente de conocimiento.

Por supuesto, fue Robert Graves el que brindó una mayor profundidad a los planteamientos de Murray y quien sin duda, analizó el hecho de la Diosa como algo más que una curiosidad histórica y a las brujas, como símbolos de poder, lo que incluía enfrentar la concepción histórica de la brujería como sostén de las cualidades de las mujeres poderosas relacionadas con la magia a través de la historia. Graves, que dedicó buena parte de su investigación formal sobre el simbolismo poético a rastrear la figura de la bruja, la magia y la Diosa a través de la literatura, comenzó a plantearse preguntas que englobaban la idea de la mujer con poder en la historia como algo más que una anécdota excepcional dentro de ciclos mitológicos e incluso, políticos diversos. “¿Quién es la Diosa Blanca y qué tiene que ver con las brujas?” se preguntó Graves en más de uno de sus textos. Es “una mujer bellísima, delgada, con nariz aguileña, el rostro de una palidez mortal, los labios rojos como serbas salvajes, los ojos de un azul increíble y largos cabellos rubios; se transformará de repente en cerda, yegua, perra, asna, comadreja, serpiente, lechuza, loba, tigresa, sirena u horrible arpía”. Para el escritor, la pagana Diosa Madre, la Reina del Cielo, conocida también con el nombre de Ísis por los egipcios, Ishtar por los asirios, Inanna por los sumerios Astarte por los fenicios, tiene una inmediata relación con una idea consistente sobre el hecho de la mujer con poder, relevancia y sostén político a lo largo de la historia. Por supuesto, el rastro puede seguirse también a través de Venus/Afrodita, que era, en los tiempos antiguos, más que una simple diosa del amor, una poderosa creadora de vida y de muerte. Graves, encontró correspondencias comprobables sobre el hecho que la diosa, la magia, las brujas y el conocimiento oral, formaron parte de algo mucho más elaborado y poderoso que la simple idea de campesinas y curanderas, que la inquisición asesinó en medio de largos y complicados ciclos de violencia. De la misma forma que Murray, Graves encontró evidencia — al menos circunstancial — que tanto las mujeres que pertenecían a creencias antiguas relacionadas con la figura del divinidad femenina, también estaban emparentadas con la noción sobre el poder, el conocimiento y en especial, la raíz de la individualidad femenina, en tiempos en que algo semejante era considerado, cuando menos un riesgo real de cara al ley y la religión.

Para Graves, toda la verdadera poesía es en realidad una evocación a la antigua diosa adorada en el Cercano Oriente y en Europa. La noción sobre el culto primigenio a una Diosa sin nombre sobrevive en el lenguaje de la poesía, aunque parezca haber desaparecido de todo documento escrito desde hace siglos. Lo singular es que sin duda, la percepción sobre la mujer Sagrada — la amante, la hermosa que todos los verdaderos poetas la honoran, consciente o inconscientemente — es el hecho que engloba un lenguaje mítico usado por los poetas de forma reiterada y construida a través de todo tipo de ideas que parecen superponerse entre sí. Se trata de una idea fascinante: ¿Hay un tipo de simbología oculta, elaborada convertida en un discurso proverbial y constructivo a partir de esa sombra de una divinidad desconocida que sin embargo parece formar parte de la noción colectiva sobre lo sagrado. Lo más sorprendente, es que la idea de Graves — esa presencia absolutamente misteriosa de una mujer poderosa y deseada por el hecho mismo de su poder — parece de pronto encontrarse en todas partes. “¿Es a ella a la que se brinda culto y elegía en La Belle Dame Sans Merci de Keats, por ejemplo? ¿la encantadora que representa el amor, la muerte y la inspiración poética, la moderna encarnación del tríplice aspecto de la diosa? ¿Se encuentra en los textos de Shakespeare a Spencer, a Donne, a John Clare, a Coleridge, a Keats, a Yeats y otros?” insiste Graves en varios de sus textos.

La teoría de Graves es innegablemente sugestiva y poderosa. No se trata por cierto de una idea feminista o de homenaje a la mujer (a pesar de su apasionada fidelidad a la musa) sino de un análisis de la idea sobre lo femenino (divinizado, sacramental) elaborada. Hay una percepción extravagante en su forma de concebir a la inspiración creativa: la elabora y la condiciona relación entre la musa y el poeta en sentido sexual (un erotismo de la mente) que asume y se asemeja a esa versión de YO sustantivo que se crea a partir de la idea de la escritura como un acto personalísimo. De modo que para Graves, la diosa y bruja, bruja y poetisa, son creaciones del mismo punto de vista, la creación absoluta enmarcada dentro de una percepción elaborada sobre el bien y el mal, la belleza y lo profundamente significativo.

Sin duda, ni Margaret Murray o Robert Graves descubrieron un culto de brujas secreto, pero si lograron reivindicar la figura de la bruja hasta lograr devolverle de una forma u otra, su brillo, preponderancia y también su misterio en la percepción de lo femenino como objeto de culto y la mujer, como vehículo de lo sagrado. Un recorrido a través del tiempo, del conocimiento de la figura símbolica de diosas y sacerdotisas, el poder de la palabra y la concepción de lo intelectual como algo más que una versión del bien y del mal. De las diosas extraordinarias de los panteones primigenios, las desdichadas brujas medievales, a la solitaria Ophelia el poder de la mujer intelectualmente independiente continúa siendo un enigma. Uno destinado a prevalecer a pesar del prejuicio en contra de la ancestral figura de lo femenino como fuente de sabiduría.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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