Crónicas de la Oscuridad:

Todas las respuestas ocultas entre el Cielo y el Infierno (Parte III)

Por supuesto, el tema del Cielo y el Infierno como alegorías sobre la vida del hombre y en especial, sus relaciones con el poder, no es exclusivo de la obra de John Milton. El Paraíso Perdido fue a su vez una reinvención singular sobre varias de las ideas centrales de La Divina Comedia de Dante Alighieri. El poema del autor italiano abarcaba una región profunda y peligrosa sobre la alegoría sobre lo político relacionada con la pérdida de la inocencia: En la Florencia de Alighieri, la concepción sobre el bien y el mal son transiciones en mitad de la disputa por el alma colectiva. Más allá de eso, la perversión de las líneas de lo intelectual asociada a la religión, le permitió meditar sobre su época desde una dolorosa concepción de lo irracional. Los estratos de lo divino y lo infernal, eran capas y dimensiones por completo nuevas sobre la concepción del hombre y su entorno social. El experimento narrativo brindó al poeta la oportunidad de comprender el poder del señalamiento y la crítica, a la vez que allanó el camino para la obra de Milton, trescientos años después.

Lo mismo haría la obra del inglés por la portentosa visión sobre el divino, lo sagrado, lo profano y lo misterioso de William Blake, el poeta y pintor de finales del siglo XVIII y principios del XIX, que reflexionó de manera elocuente sobre la naturaleza del hombre y su relación con la incertidumbre. No obstante, a diferencia de Aligheri — que utilizó la potencia primordial de la fe para mostrar los pecados de la ciudad y el mundo en que vivió — y de Milton — precursor de lo alegórico como arma política — Blake era más parecido a un místico, convencido que a través de la escritura y la pintura, podría encontrar a Dios. Blake meditó sobre temas muy parecidos a los de Milton y Aligheri, pero no por la necesidad de expresar la inconformidad o la angustia existencial hacia el sistema de creencias que sostenía la política y la cultura, sino por una real búsqueda de lo sagrado. Como el poeta persa Rumi, Blake estaba convencido que la poesía era un vehículo sagrado hacia la búsqueda de abstracciones intocadas y sin nombre, por encima humano y que además, le permitiría ser el interlocutor de algo más profundo, relacionado con el espíritu de Dios que creía habitaba en cada hombre y mujer del mundo.

Por supuesto, Blake es un artista que resulta complicado de clasificar de origen. Era un místico que habría sido más comprensible tres o cuatro siglos atrás y el hecho que lo fuera en mitad del racionalismo, hacia más curioso su convencimiento sobre la cualidad sagrada de lo invisible. También era defensor de la libertad personal, que apoyó de forma pública y elocuente las revoluciones estadounidenses y francesas. Por si eso no fuera suficiente, en su natal Inglaterra desplegó todo su considerable talento para la oratoria y el debate, para defender la naciente industrialización, a pesar que esa percepción sobre las relaciones de poder entre el hombre y un nuevo tipo de construcción de la sociedad, podía socavar varias de sus creencias más profundas. Blake estaba convencido de lo divino, en la misma medida en que aspiraba comprender la estructura social en la que vivía, lo que provocó que durante buena parte de su vida, estuviera en medio de una ciénaga poco clara sobre sus preceptos y conceptos sobre la vida como ente. Para los últimos años de su vida, fue un hombre olvidado, que insistió en cada oportunidad posible acerca del poder y la belleza de Dios en cada hecho que ocurría a su alrededor.

El poeta y pintor pasó buena de su vida en un intento sostenido de entablar una relación entre su obra y sus singulares vivencias. Desde muy niño Blake insistió era capaz de “percibir” otro estrato de la realidad, que era visitado por ángeles, demonios y otras presencias, además de tener la convicción que cada una sus creaciones artísticas pertenecían a un ámbito oculto. Con todo, su obra tiene una mayor relación con la disconformidad de Blake acerca de cómo era percibido por quienes le rodeaban, que con una intencionada convicción mística. Buena parte de su trabajo podría ser considerado autobiográfico: con sus ángeles de alas enormes, que abandonan estratos de fuego, Adán y Eva envueltos en belleza y en la ternura de la carne apoteósica, la condición del bien y del mal que se entrelazaban entre sí, para sostener un lenguaje mucho más elaborados sobre la condición humana. En su momento de mayor reconocimiento, Blake fue llamado demente y también, tuvo momentos muy bajos en lo que él mismo creyó tocar los límites de la cordura. Una de las tantas anotaciones de su diario, insiste en el hecho que el mismo artista se hacia preguntas acerca de sus convicciones y el hecho básico de la fe, como arista de un problema intelectual sin resolución real. “Martes. 20 de enero de 1807, entre las dos y las siete de la tarde: desesperación” escribiría, para luego caer en una postración nerviosa que sufriría durante meses.

William Blake luchó contra la oscuridad. Tanto y a través de tantos medios, que su obra parece un recorrido extraordinario y temible a través de las sombras en su mente. Para el artista el dolor, el miedo y la ausencia, eran temas recurrentes que a los que se enfrentó a través de todos tipo de fascinantes símbolos. Una visión tenebrosa sobre la existencia, la noción de la identidad y algo mucho más complejo que parecía no sólo dotar de una rara vitalidad a cada una de sus obras sino también, de una suprema belleza oscura. Blake logró elaborar un código privado que metaforizó la oscuridad — lo tenebroso e inquietante en cada uno de nosotros — en algo mucho más hermoso y críptico.

Desde la niñez, Blake estuvo obsesionado con lo siniestro pero también, con la capacidad del hombre de vencer la incertidumbre existencial a través de la alegoría. A los diez años, Blake comenzó a tomar lecciones de dibujo y sus primeras imágenes fueron criaturas tenebrosas basadas en narraciones bíblicas y otros textos de origen mistérico. El joven Blake no sólo deseaba construir un mundo imaginario a su medida — y lo hizo, a través de una temprana serie de dibujos sobre ángeles y demonios que a la distancia, asombra por su complejidad — sino además, plantear cuestionamientos espirituales que le superaban en edad. El futuro artista necesitaba elaborar una presunción acerca del futuro — uno de sus mayores temores — y lo hizo, dibujando a placer un mundo imaginativo, rico y enrevesado que sería el preludio de su trabajo posterior. Ese primer gran boceto general se convertiría después en un mapa de ruta a través de los rudimentos de sus obsesiones. Una visión siniestra que le acompañaría durante buena parte de su vida y que sería el reflejo de su insólita visión sobre lo sagrado y lo oculto, lo temible y también, lo profundamente conmovedor.

Para Blake, el arte siempre fue un reflejo de su complejo mundo espiritual, lleno de todo tipo de referencias históricas y religiosas pero además, un profundo inconformismo. Para el artista, la noción sobre la realidad parecía sostenerse sobre una reflexión persistente sobre las raíces del ser y de las aspiraciones del espíritu humano como obra incidental y divina. No es casual que toda la obra de Blake esté llena de alegorías a descubrimientos místicos, a tránsitos de la memoria y el espíritu, la correlación de fuerzas físicas e intelectuales en la búsqueda de una iluminación secreta que nunca llega a ser completa ni tampoco todo lo diáfana para el artista. Entre esa rebeldía esencial — la subversión al dogma cristiano que Blake conocía desde su hogar — y un sentido fatalista de la existencia, creó algo tan novedoso que aún asombra por su extraña capacidad para conmover. Más que una visión artística, la obra de Blake es una meditada compresión sobre los espacios y las oscuridades del espíritu humano. Una insistente búsqueda de significado — del Todo como un complejo mecanismo de ideas y símbolos — y de sentido sobre la individualidad vinculada una aproximación colosal sobre la existencia.

Claro está, lo místico formaba parte indivisible de la forma en cómo Blake comprendía el mundo. De niño, aseguraba ver “árboles llenos de ángeles” y “estrellas que se prendían en los lugares más altos y silenciosos” de la vieja casa en la que vivía junto a su familia. De acuerdo al biógrafo Alexander Gilchrist, Blake estaba obsesionado desde la niñez por presencias invisibles y sus revelaciones, que le sumían en profundos trances de angustia y maravilla. Para el futuro artista, la necesidad de crear estaba firmemente vinculada a la necesidad inmediata de asumir esa presencia en su vida de lo maravilloso y lo inexplicable.

Tal vez por ese motivo, sus dibujos tienen un aire colosal que sin duda le brindó su admiración por Miguel Ángel — las largas y robustas líneas, los rostros tensos de angustia y dolor, los pequeños gestos que brindan cierta coherencia vivencial a sus escenas — y su insistencia en asumir la vida como una forma de enigma. A los dieciséis años, Blake había esbozado la mayor parte del trabajo que después desarrollaría en una profusa colección de todo tipo de grabados, ilustraciones y poemas. Una filosofía mística y personal que tenía cierto aire delirante — una crítica que se repetiría varias veces a lo largo de su vida — pero más allá de eso, apuntaba a una búsqueda espiritual insólita por su profundidad. Con el mismo talante iluminado y levemente intuitivo de un profeta histórico, Blake plasmó en sus obras un Universo desconocido que se extendía desde sus primeras percepciones sobre la vida — el Adán y Eva bíblicos reconvertidos en símbolos de deseo y belleza — hasta el recorrido por la oscuridad, el cielo y el infierno como pasos de conciencia alterada. Un mundo invisible y sensorial en el que la realidad era una expresión incompleta y siempre insatisfactoria de todo tipo de misterios apenas sugeridos. El Blake adolescente no sólo pintó su propio sistema de creencias — en acuarela, jamás en óleo — sino que además, avanzó hacia la construcción del miedo y la fascinación como una forma de expresión tan válida como cualquier otra. “Creo el miedo, también lo derroto” diría en medio de uno de sus habituales extravíos emocionales. “La vida es sólo la apariencia de la realidad. Lo que tememos y aspiramos se esconde bajo su significado más profundo”.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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