Crónicas de la oscuridad:

Lo que yace bajo los terrores inconfesables: Daniel Isn’t Real de Adam Egypt Mortimer y su mirada a lo que oculta las penumbras de la identidad.

Según Freud, la imaginación nos protege de la realidad y lo hace, por el método sencillo de modular lo que ocurre más allá de los límites de nuestra razón consciente. Por supuesto, en ocasiones, esa connotación sobre la mente como refugio puede volverse un extraño lugar sin explicación ni análisis real. Algo semejante ocurre en la película Daniel Isn’t Real de Adam Egypt Mortimer, que en apariencia explora la propuesta desde un punto de vista simple: Luke tiene un amigo imaginario desde la niñez llamado Daniel, que a diferencia del de otros niños, tiene rostro humano, un retorcido sentido del humor y promete “revelar grandes secretos”, cuando sea “necesario”. Daniel además, tiene la capacidad inquietante de hacerse mucho más real cuando Luke le necesita y en ocasiones, incluso ser tan tangible como un niño humano, lo que hace que Luke se pregunte si en realidad Daniel es algo más que un producto de su mente.

Por supuesto, a medida que Luke se hace un adulto, la presencia amenazante de Daniel se hace más real y cercana, una especie de espejo retorcido a través de la cual, Daniel intentará comprender sus propios impulsos y dolores privados. Hasta ese punto, la historia del guion de Adam Egypt Mortimer y Brian DeLeeuw parece seguir las pautas y el ritmo de premisas semejantes, hasta que Daniel, se convierte no sólo en una criatura de pesadilla, sino la puerta abierta hacia una colección de horrores implacables. Es entonces, cuando el film se aleja de lo que podría ser sólo otro de los tantos argumentos cuyo eje central gira alrededor de una presencia amenazante e invisible, para construir una idea más profunda: la del mal originario que habita en cada uno de nosotros. Ese sombrío angulo que esconde los espacios más misteriosos y peligrosos de nuestra mente. O quizás, la puerta hacia algo más desconcertante aún.

Daniel Isn’t Real no ofrece respuestas sencillas y quizás, allí basa su efectividad, como un rápido y en ocasiones confuso recorrido por lo sobrenatural en contraposición con la necesidad de la cordura. Por supuesto, también se trata de un retrato despiadado, brutal e incluso un poco deshonesto sobre la salud mental, pero el guion recorre todas sus complicadas aristas con una inteligente capacidad para unir las líneas narrativas en algo más poderoso y complicado que solo analizar su misterio central. En realidad Adam Egypt Mortimer recurre a la idea de la sombra, esa oscuridad interior que vincula la identidad colectiva con algo más tenebroso, como una forma de narrar una historia que podría ser tópica de carecer de un profundo simbolismo relacionado con la maldad, lo temible y lo violento en estado puro. Entre tantos elementos mezclados a la vez, Daniel Isn’t Real es una búsqueda consciente sobre las raíces del miedo, lo asombroso y por supuesto, la posibilidad de lo monstruoso como parte de lo humano.

Desde que Joker de Todd Phillips puso en la palestra pública la discusión sobre la salud mental y sobre todo, la forma en que el cine reflexiona sobre el tema, el tópico parece analizarse bajo un discurso inquietante sobre la naturaleza humana. Pero además, se trata de una mirada original hacia algo mucho más retorcido: ¿es la locura una puerta abierta a una faceta terrorífica e inexplorada de la naturaleza humana? La película de Egypt Mortimer es una reflexión despiadada sobre la individualidad y sobre todo, el origen de la locura, pero a la vez, se cuestiona la naturaleza de la realidad. Entre ambas cosas, la gran pregunta que surge es si la convicción acerca de la forma en que nos comprendemos y asumimos lo que nos rodea, es también una percepción consistente acerca del mundo tal y como lo interpretamos. ¿Se trata de una experiencia sensorial? ¿Una versión de la realidad concebida desde la connotación de la incertidumbre o algo más terrorífico? Daniel Isn’t Real no intenta elucubrar acerca de lo que creemos, percibimos o analizamos, sino la versión de lo real que se enlaza desde lo que nos aterroriza o mejor dicho, todas las pequeñas grietas de la cordura que elaboran una versión del mundo tangible convertida en amenaza.

Claro está, el tema de las condiciones psiquiátricas de los personajes no es el centro del film ni tampoco su director pretende que lo sea. A pesar de eso, el argumento se mueve por el terreno de la especulación acerca de las enfermedades mentales como punto de partida hacia algo más siniestro. A diferencia de Todd Phillips, que tomó la consciente decisión de elaborar un discurso sobre la alineación, exclusión y menosprecio al enfermo mental, Egypt Mortimer recorre el extremo opuesto: para el guión, la locura es una forma de libertad. Una obscena, denigrante, pero también, capaz de destrozar cualquier limitación cultural o social. De modo que la historia del director avanza en medio de un desfile de horrores con cierto acento erótico que sorprende por su efectividad pero en especial, su desinhibida capacidad para la crueldad.

Si a Joker se le acusó de perpetuar estereotipos sobre los pacientes psiquiátricos, a Daniel Isn’t Real podría señalarsele por romantizar y construir una versión sobre los trastornos mentales más cercana a una expiación violenta de todo de tipo de prejuicios. El poco común enfoque — la idea que el alter ego que se convierte en una expresión del Ello freudiano oscuro y violento — es también, una conexión inmediata con otras tantas películas que profundizan en la versión del bien y del mal, basadas en la mente humana como terreno especulativo. Pero además, la película va más allá al explorar la pretensión de comprender qué ocurre bajo la connotación de cierta idea sobre la escisión de la personalidad. El discurso se amplía, poco a poco y de manera muy meditada, la forma en que lo moral es sólo una línea de conducta condicionada por el entorno y lo construye además, bajo el recurso efectivo de una criatura de rostro humano que no lo es en absoluto. Al final, el argumento está más interesado en una idea persistente sobre los horrores inconfesables, que en los evidentes y que se enuncian a través de una concepción entre la individualidad y la disolución absoluta.

¿Es Daniel Isn’t Real una película sobre la locura? En realidad, más allá de eso, el argumento está más interesado en atravesar el terreno resbaladizo de lo que asumimos nos aterroriza y por supuesto, la completa desconexión de la realidad puede ser una de esas cosas. Un misterio insoldable, inquietante y una forma de horror tan sofisticada como elegante. El film retrata con una frialdad austera que después se transforma en exceso barroco, la percepción del miedo como un límite imposible de definir a primera vista. Y mientras Daniel se hace más fuerte y Luke deja de controlarle — si alguna vez pudo o quiso hacerlo — , la concepción sobre las fronteras borrosas entre la libertad, la violencia y lo que habita al otro lado del manido y nunca muy claro concepto sobre la normalidad, se hace más claro. Se trata de una propuesta que por supuesto, se arriesga a enlazar con algo más duro, elemental y primitivo. Lo que habita más allá de los elementos que nos hacen ser humanos o al menos, considerarnos como tales.

La larga travesía por la oscuridad.

En la película Tenemos que hablar de Kevin de la directora Lynne Ramsay, se plantea la complicada cuestión de la maldad, entre la especulación sobre la salud mental y algo mucho más intangible, relacionado con la naturaleza de ciertos horrores intrínsecos e invisibles. Se trata de una mirada insólita sobre el mal pero también, de una interpretación durísima sobre la forma en que el amor — la conexión espiritual y emocional entre madres e hijos — puede ocultar los peores rasgos y secretos. Para la ocasión, Ramsay reflexionó sobre el dolor, el miedo, la ira, pero también, el peso del secreto, el horror ambiguo de la amargura doméstica y algo más tenebroso relacionado directamente con el miedo y la posibilidad de la tragedia inesperada. Al final, Tenemos que hablar de Kevin es un retrato minucioso sobre la maldad ajena a toda interpretación inmediata. De una u otra forma, la película cuestiona la inocencia como elemento innato de la personalidad. Kevin, (interpretado por un magnífico Ezra Miller) es la encarnación de cierto tipo de mal originario, que evade las explicaciones psiquiátricas o de cualquier otra índole.

No es una idea novedosa ni tampoco, una que no se haya explorado en el cine desde cientos de perspectivas distintas. Pero también, el mal como concepto se vincula con elementos más arcaicos y primitivos sobre la interpretación de lo que desconocido, que sostiene la mayoría de las supersticiones, mitologías y creencias acerca de lo que motiva la conducta destructiva, violenta o simplemente, lo inexplicable. Durante buena parte de la historia, el mal ha cuestionado el planteamiento elocuente sobre la condición del bien exiguo o la competencia inquietante, además de contradecir la suposición de la bondad natural o inherente al género. Para buena parte de la historia occidental, el mal de los hombres — esa oscuridad interior que impelía a los peores crímenes, crueldades y comportamientos — tenía una relación directa con un elemento externo y peligroso, tan poderoso como para torcer el espíritu humano hasta hacerlo irreconocible de su aparente conciencia divina.

Pero a medida que el conocimiento sobre la mente humana se hizo más amplio y cínico, la noción sobre la maldad comenzó a vincularse de manera directa con los desordenes mentales. Una evolución tardía que por último, desembocó en la presunción que cualquier comportamiento que transgrediera la norma social, se encontraba relacionado con la locura. De hecho, en el siglo XIX, el tristemente célebre hospital de Bethlehem en Londres, mostraba cada domingo a los dementes más incontrolables. Al denigrante espectáculo se le llamaba “El poder del mal”, un escenario de horrores que parecía revivir en las multitudes que se reunían para mirar, los viejos rumores sobre posesiones demoníacas y otras expresiones del mal, que aún subsistían en el subconsciente colectivo. Se trataba además, de una reafirmación de la percepción cada vez más generalizada que la locura, era el “ejemplar castigo”, por algún pecado de quien la sufría, lo que continuaba emparentando a la demencia con un tipo de origen sobrenatural.

Esa misma idea — que subyace bajo una concepción que emparenta a los trastornos mentales con el misterio — se ha reversionado en multitud de ocasiones en el cine: desde la extravagante y magnífica El gabinete del doctor Caligari de Robert Wiene, en la que la locura construye un mundo alternativo de dimensiones imposibles y la versión inquietante de la realidad como una interpretación irrelevante, Harvey de Henry Koster, en la que la locura es un recorrido más o menos benigno por mundos interiores, hasta el El ángel exterminador de Buñuel, que convierte la convivencia forzosa en una aterradora forma de parasitismo mental y espiritual, lo que subyace dentro de la dimensión de la mente humana siempre ha sido un tópico cinematográfico con cientos de filones distintos. Más allá de lo elocuente — o atrayente — que pueda resultar el hecho de la desconexión de la realidad para contar historias, se encuentra la posibilidad que esa connotación sobre lo imposible sea también, un valle inquietante sobre nuestros horrores y temores, sublimados a una nueva dimensión.

Daniel Isn’t Real bebe de ambas corrientes — la locura como expresión y lo maligno inexorablemente unido a la condición — para crear un espacio aterrador en que los personajes se mueven a ciegas. Luke (Miles Robbins) mantiene una conexión equívoca y por momentos inexplicable con Daniel (Patrick Schwarzenegger), que convierte a ambos en reflejos paralelos de la maldad, el temor y algo inexplicable. Y a diferencia del doble maligno o la personalidad escindida, la película está mucho más enfocada en trasladar el punto de interés a la idea de lo que podría ser (o no) la fuerza que actúa y se manifiesta a través de Daniel. No sólo es una criatura con voluntad propia, una profunda y extraña convicción sobre el hilo que le une a Luke, sino que además es una irracional y potente fuerza de la naturaleza que convierte a las pulsiones y secretos de Luke en algo decididamente maligno y sin explicación.

Si en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, la escisión de la personalidad tenía algo de moral y una relación directa con el temor y los deseos reprimidos de Jekyll, en Daniel Isn’t Real el vinculo entre Luke y Daniel es más complicado, doloroso y sin duda, orgánico. No hay una versión de Luke sublimada o mucho menos, extrapolada hacia una reflexión sobre sus dolores y terrores. Daniel es perverso, sugerente, sexualmente agresivo y como si todo lo anterior no fuera suficiente, también es una criatura autónoma que utiliza el cuerpo de Luke para manifestar su condición y percepción sobre el absurdo y lo anómalo de manera directa. En esencia, la película se plantea cuestiones sobre si la imaginación es la puerta abierta a lo sobrenatural o lo sobrenatural puede manifiestarse de manera directa a través de nuestras pequeñas alegorías privadas. También hay una concepción sobre lo temible, que se conecta lo salvaje, lo incontrolable y al final, un festival de horrores que se vincula con la antigua creencia de lo maligno invisible emparentado con la perdida del control absoluto.

Pero en realidad, Daniel Isn’t Real hace un considerable esfuerzo por evitar cualquier comparación literal con procesos mentales o incluso, la alienación de la perdida de la cordura, para enfocarse en Daniel, como entidad independiente que a partir del segundo tramo de la película, se convierte en una criatura capaz no sólo de dominar a Luke, sino de convertir su cuerpo en un espacio para la creación de una mirada hacia la violencia tan incómoda y grotesca, que resulta evidente que Daniel — sea lo que sea — no sólo no es humano, sino que jamás lo ha sido antes o después.

Hiperestilizada, gótica y repugnante, Daniel Isn’t Real es un recorrido por un subgénero que invita a la percepción de la locura como algo más que una condición física o mental. A diferencia de personajes como Norman Bates (Anthony Perkins) de Psycho o Randle Patrick McMurphy (Jack Nicholson) de One Flew Over the Cuckoo’s Nest, Luke no encuentra en la aparente locura que padece un refugio, una búsqueda irracional de identidad o un recorrido por su propia psiquis. Daniel es un monstruo que habita en su interior y tanto lo es, que cuando su naturaleza se muestra en su plenitud lóbrega, Luke comienza a sucumbir aplastado y destrozado bajo el peso de un enemigo que no puede vencer, que es incapaz de sostener y del que tampoco puede huir. De la misma forma que Shutter Island y Unsane, los ángulos desordenados e irregulares de la cámara, la iluminación que busca el contraste y el juego de colores en diseños, convierten a la experiencia de Luke en una creación visual tan depurada como potente, que hace que la película transite un espacio de impacto visceral que la emparenta con escenas clásicas, como las ensoñaciones del sonámbulo asesino encarnado por Conrad Veidt que pasó a la historia por recrear algo más duro y angustioso que el mero hecho de la pérdida de la razón. La idea que subyace bajo el horror de encontrarte atrapado en tu propia mente o incluso, en medio de una disociación tan violenta como dolorosa de la realidad, que se convierte en una tramposa forma de distorsión de la personalidad.

El otro yo temible:

La figura del alter ego, tampoco es novedosa y mucho menos, cuando es representada como una criatura autónoma, capaz de tomar su propio espacio y crear una percepción sobre su identidad ajena al yo que permanece subyugado bajo el poder que despliega. Paul Leni, a quien le obsesionaba el tema, contó que mientras filmaba The Man Who Laughs (1928) pidió a Conrad Veidt “explorar la oscuridad que yacía al fondo de todas las cosas en su mente”. El resultado es una versión terrorífica sobre lo que habita en las regiones ocultas de la identidad humana pero más allá de eso, de lo que se considera normal.

Claro está, Daniel Isn’t Real no alcanza los niveles de virtuosismo de la obra de Leni, pero Egypt Mortimer elucubra con efectividad acerca de los espacios que carecen de nombre o sustancia sobre la condición de la mente como un lugar desvinculado del mundo tal y como lo conocemos. Con ciertas reminiscencias al Tyler Durden en Fight Club, Daniel observa y construye una vida a expensas — y sobre las cenizas — de la personalidad de Luke, hasta crear algo más aterrador que finalmente cobra vida propia. También hay mucho del personaje de Natalie Portman, cansado y afligido, bajo el peso del Cisne Negro que representa. Luke termina por ser un hilo conductor de dolor y hacia la realidad, que Daniel transita en medio de la crudeza y la violencia de la completa ruptura con la identidad original de la que presumiblemente, proviene.

Al final, Daniel Isn’t Real es una pequeña joya del terror, que basa su efectividad en la posibilidad sobrenatural del cuerpo como cárcel y la mente, como espacio consumido por fuerzas invisibles y anónimas. Más allá de su despliegue efectista por la locura, también hay una cruda mirada a las tinieblas interiores que habitan la mente humana desde un ángulo novedoso que cuestiona y confronta, la posibilidad de la identidad como algo más que un conjunto de elementos psiquiátricos. Una inquietante hipótesis que la película lleva hasta sus últimas consecuencias.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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