Crónicas de la oscuridad.

Diosas, brujas, sacerdotisas, rebeldes, escritoras, espíritus libres: todo lo que debes saber sobre lo femenino transgresor (parte I)

Aspacia de Mileto

La historia está escrita por hombres y desde la óptica masculina. Lo cual, por supuesto, es un fenómeno lógico en una sociedad y cultura que se sostiene sobre un orden específico: el hombre es el centro del interés social, mientras que la mujer suele ser percibida en el mejor de los casos como su compañera, complemento o una parte esencial de su vida, aunque no determinante en su comportamiento o mucho menos, en la trascendencia de sus decisiones. La vieja creencia de una mujer fuerte detrás del éxito del hombre, resume de manera muy clara la concepción sobre el hecho que la influencia femenina, sólo es determinante si se oculta detrás de una figura masculina, a la que puede manipular en forma benigna y que puede impulsar, a través de los tradicionales atributos de su la inteligencia intuitiva y emocional que suele adjudicarse a las mujeres. Pero durante buena parte de la historia, la mujer no tuvo un lugar individual. O de tenerlo, tuvo que soportar un tipo de ostracismo y rechazo que le convirtió en paria: de los principios generales de la historia, la cultura en la que nació y lo tradicional como límite para comprender de su figura más allá del hombre.

En la literatura, se suele llamar a esta figura femenina rebelde e imposible de clasificar de manera sencilla la mujer solitaria, una combinación entre las cualidades de la figura femenina con autoridad, el poder personal que puede haber adquirido — y que la define de una manera u otra — y en especial, la capacidad de lo femenino — como concepto abstracto — para construir su propio destino. Por supuesto, también la concepción tiene una considerable influencia en el comportamiento casi arquetípico de la mujer que desafía las tradiciones en busca de sentido a su existencia. Más allá de la mujer libre — toda una singularidad desconcertante en buena parte de la historia — y de la que podía decidir sobre su cuerpo, su mente e incluso, su lugar en la sociedad en la que nació, la mujer poderosa tenía una relación directa con lo sobrenatural, como si sus cualidades no fueran fruto del carácter, inteligencia o la voluntad, sino un atributo misterioso que adquiría a medida que se hacía más influyente y notoria.

Se trata, claro, de un concepto, que emparenta con algo más elaborado sobre la cualidad femenina para expresar su peso cultural, en independencia de la figura del hombre. A la mujer con poder y sabiduría, se le consideraba desconcertante, cuando no por completo inexplicable. De allí, las imágenes griegas y romanas, de mujeres sin compañía masculina que debían enfrentar el escrutinio público y legal, que de origen las excluía de la sociedad y las convertía en parías. Desde la prostituta — una figura común para acceder al poder en las sociedades antiguas — a las sacerdotisas, mujeres sabias y brujas, lo femenino definido a través de la independencia fue una figura ambivalente y en especial, desconcertante que evolucionó con lentitud hasta adquirir las cualidades de una criatura inexplicable. Como si el hecho que mujer pudiera disponer de su libertad personal no pudiera ser analizado bajo parámetros de lo normal en diversas sociedades y culturas, la mujer con poder o que aspiraba tenerlo, fue por siglos, un misterio que debió ser desentrañado a partir de la cualidad de sus capacidades como sobrenaturales. De allí, que las primeras imágenes de las brujas y sacerdotisas, estuvieran relacionadas con la exclusión, el claustro y el aislamiento, antes que con su carácter religioso. En realidad, las mujeres que podían disponer de su cuerpo y decidir sobre su comportamiento, eran tan poco habituales como para ser analizadas fuera del estrato del ciudadano común.

De allí, que casi todas las mujeres poderosas antes del medievo y más allá del renacimiento tardío, fueran cortesanas o al menos, utilizaran el sexo como una forma de poder. Muy probablemente, la combinación de la cortesana intrépida y poderosa, nació en la Grecia clásica, donde las hetairas o cortesanas, no sólo se dedicaban al comercio sexual — donde eran consideradas consumadas expertas — sino también a la oratoria y al debate, lo que las hacía figuras desconcertantes para una sociedad tan misógina como la griega. El altísimo nivel intelectual de las hetairas, las convertía no sólo compañeras sexuales de quienes pudieran pagar por su compañía — generalmente hombres de enorme relevancia en la sociedad griega — sino además, portados de secretos de estados, consejeras discretas e incluso verdaderas figuras de poder, como lo fue Aspacia, como amante del político ateniense Pericles y que influyó de manera decisiva en la vida común de la ciudad. Su casa — en donde recibía con frecuencia no sólo a sus amantes sino a personalidades públicas que deseaban escuchar su consejo — se convirtió en un círculo intelectual de Atenas, refugio de escritores y pensadores, entre los que se incluía el mismismo Platón. Según algunos historiadores, el filosofo quedó tan impresionado por las capacidades intelectuales de Aspacia que se basó en ella para crear su personaje Diotima, la mujer sabía por excelencia para el autor.

Para Aspacia, el sexo era un herramienta para entrar en los grandes círculos de poder, como también descubrió muy pronto la célebre Lais de Corinto, a quien se le consideró la mujer más hermosa de su época. Amante de Eubotas — un campeón olímpico — y el filósofo Arístipo, que la homenajeó escribiendo dos obras en su honor, Lais fue el prototipo de la mujer con poder que además, poseía una relevancia considerable por sus atributos intelectuales y una considerable sagacidad al comprender la forma en que podía utilizar su lugar dentro de la sociedad griega, como un arma sofisticada para influir sobre la cultura y la política de su época. Independiente, fuerte y sobre todo, intelectualmente intrigante, Lais de Corintio fue una figura prominente de su época, algo impensable para el resto de sus contemporáneas. Tenía un profundo conocimiento filosófico que la hizo famosa de inmediato en Atenas. Quizás no tan desconcertante como Aspacia, Lais de Corintio creó el mito de la mujer fatal, de la beldad extraordinaria que además ocultaba una poderosa mirada intelectual.

Con el correr de los siglos, la combinación de sexo y poder fructificó. Teodora de Bizancio, la mujer más poderosa del siglo IV, fue una meretriz de reconocida belleza, que luego de contraer matrimonio con Justiniano — sobrino y heredero del emperador Justino I — y atravesar una tortuoso paisaje de intrigas y sinsabores palaciegos, se convirtió en Emperatriz romana el 4 de abril del 527, día de pascua. Teodoro se convirtió así, en el epítome de un tipo de mujer poderosa que no dependía de su linaje hereditario para llegar al poder de una forma total. No sólo fue un firme apoyo político para Justiniano en una época levantisca, sino que además, gracias a su inteligencia, brindó una súbita estabilidad a Constantinopla. Un esplendor hasta entonces desconocido en una ciudad azotada por la guerra y las batallas internas.

La emperatriz Teodora tenía influencia absoluta sobre su esposo y gracias a su insistencia, Justiniano I abolió la ley que negaba a las mujeres el derecho a tener propiedades y heredar bienes o sumas de dinero. Mejoró la situación de las divorciadas — estigmatizadas por el conservadurismo eclesiástico -, estableció la pena de muerte para los violadores. En suma, la inteligencia de la Emperatriz no sólo contribuyó a construir un nuevo panorama del poder en el Imperio de la Roma oriental sino que además, a crear un proto sistema legal que protegiera a sus congéneres del puño opresor masculino. Y lo hizo, a la manera sutil y definitiva del poder detrás del trono: ese poder amparado en el placer.

Otra mujer poderosa, que utilizó su atractivo físico y fuerza de voluntad para llegar a los lugares más altos del poder, fue Leonor de Guzmán, la sevillana del siglo XIV que por más de viente años, fue la amante del Rey Alfonso XI de Castilla. Su prolongado amorío desató una guerra entre Portugal, sus sabios consejos políticos — fruto de un cerebro analítico y un juicio sólido que sorprendió en secreto a sus principales adversarios de su época — permitieron al Rey lograr una improbable estabilidad en el Reino y por si eso no fuera suficiente, el hijo de ambos, Enrique II, fue el primero de la dinastía Trastámara, de la cual provenía la espléndida Isabel I, la reina Católica. Todo logrado por la paciencia de Leonor, que logró no solo influir notablemente sobre su real amante, sino conseguir que el Reino entero — por entonces caotico y violento — confiara en su palabra. Todo lo anterior, a pesar que el Rey Alfonso XI contrajo matrimonio con la infanta María de Portugal, hija del Rey luso y con quien Alfonso XI sostenía una precaria complicidad. Durante la mayor parte de la vida del Rey, Leonor no fue sólo su confidente, sino también su consejera de mayor confianza. Quizás por ese motivo, a la muerte del Rey y apenas se desataron los demonios de la sucesión, Leonor de Guzmán fue mostrada encadenada y humillada por el triunfante Pedro I, hijo de la viuda del Rey. Un final doloroso pero inevitable para la mujer que por tanto tiempo, sustituyó a la Reina María en la vida del Alfonso XI.

El conocimiento, la independencia y la fuerza de voluntad siempre han sido considerados peligrosos para el poder establecido de quien insiste en poseer la razón absoluta. Desde Hipatia de Alejandría asesinada en plena calle mientras defendía la biblioteca que custodiaba; Juana de Arco vistiendo resplandeciente armadura frente a los ejércitos franceses, acusada de brujería por los mismos hombres y mujeres que había defendido espada en mano; o Mary Wollstonecraft, madre de la escritora Mary Shelley, quien había sufrido durante toda su vida el estigma de ser una mujer diferente e inteligente en un mundo que la rechazó por serlo.

Quizás por ese motivo, ese sea el origen de las brujas, el emblema de la desobediencia. La bruja no obedece, no acepta: la bruja se enfrenta. Y así sobrevivió al martirio y renació, incluso cuando nadie supo cómo. Poco a poco la cultura popular encontró un lugar para recibirla de vuelta, para reír de manera escandalosa, para asumir de nuevo su lugar en la cultura.

La soledad y el tiempo desconocido.

A la mujer solitaria — que es el antecedente inmediato a la figura femenina independiente de la primera mitad del siglo XVIII — no le ha ido bien en la historia de la literatura, sobre todo, porque ha tenido que enfrentarse a la percepción que su libertad de pensamiento como una forma de maldición. De hecho, la Ophelia de Shakespeare (con toda su profunda carga metafórica sobre la pérdida de la razón y las líneas que le unen al miedo) es el primer personaje al que al autor relaciona con la palabra “soledad”. Ophelia está sola no sólo por el hecho de su locura — que podría ser interpretativa — sino también, aislada en medio de un mar de tormentos que la sostienen en mitad de una dolorosa búsqueda de significado. El desarraigo de Ophelia es también una condena que se sostiene sobre la imposibilidad del amor y termina por aplastarle en mitad de una sucesión de desgracias invisibles. La soledad de pronto, es su única puerta abierta, la posibilidad de escape. Ophelia está sola porque nadie puede comprenderla, porque los hilos que le unen a su vida y a la de Hamlet son tan frágiles como apenas sostener su cordura.

Para la investigadora Amelia Worsley, experta en la interpretación de los personajes de la época isabelina, el fenómeno es claro, sobre todo en el hecho que Ophelia es la contraparte /reverso oscuro de Hamlet, quien es el foco de interés, atención y de la acción en la obra. La soledad de Ophelia, está directamente relacionada con su capacidad para argumentar, con la potencia de sus sentimientos pero sobre todo, con el hecho que no parece encajar en ninguna parte y sostenerse bajo ningún medio. Ophelia flota en medio de las intrigas palaciegas, la violenta posibilidad del miedo y también, de Hamlet alrededor de quien gravita en medio de la desesperanza. “Hamlet habla en voz alta, convoca audiencias, discute y sostiene su existencia en la visibilidad” comentó la autora en un análisis reciente, pero en su lugar Ophelia se encuentra “al margen, en el claustro de su poder mental y emocional”. Sin duda, resulta desconcertante la manera en que Ophelia encarna toda la sucesión de mujeres literarias que han debido sostener de una manera u otra la carga de su personalidad. No sólo se trata de la connotación de la soledad de Ophelia — contra la cual intenta luchar incluso en sus momentos más desesperados — sino por la percepción de la forma en la trama asume que se trata de una cualidad solitaria en contraste directo con Hamlet, que batalla contra el sufrimiento pero a viva voz y de manera muy física. Uno y otro son espejos de la concepción de la mujer y el hombre literario, incluso en medio de una connotación dolorosa sobre la búsqueda de la identidad perdida en la oscuridad de la razón. Existe Ophelia en la medida que puede encarnar las sombras del miedo. Existe Ophelia en la posibilidad de ser y construirse como una mujer capaz de experimentar un espectro amplio y violento de emociones. Mientras Hamlet se refugia en su dignidad y búsqueda de respuestas a las grandes preguntas que le agobian, su reverso oscuro se sostiene en el silencio.

Por supuesto, el caso de Ophelia es único porque en cierta manera, aglutina la percepción sobre la soledad de una forma por completo nueva. Para entender su trascendencia, quizás habría que ahondar en el contexto que le rodea y sobre todo, en la manera en que analiza y construye una versión sobre la realidad que sometía a las mujeres en la época en que su autor William Shakespeare, elaboró el primer gran retrato de la mujer mentalmente independiente. Una concepción sobre la soledad y la cualidad solitaria que muestra a lo femenino — hasta entonces supeditado a lo masculino — de una forma por completo distinta.

En la Inglaterra Isabelina, la mujer tenía escasísimos derechos legales, culturales y sociales, la mayoría relacionados con el hombre a su lado: desde su capacidad para heredar hasta la percepción de su mera existencia — una mujer no “existía” hasta que no era presentada ante la ley por su padre, hermano o esposo — la concepción sobre lo femenino de la época era una combinación de restricciones de todo tipo, que convertían a la mujer en una rehén de su género. A la distancia, las condiciones no eran distintas a las de otros tantos países de Europa y por supuesto, el hecho de tener una Reina — además soltera — detentando el poder, podía considerarse una forma de beneficio para las mujeres de la época. Pero en realidad, la cultura inglesa tenía por objetivo la preservación del poder y la identidad: era una época levantística, envuelta en todo tipo de enfrentamientos interinos y en la que se dependía por completo de la sucesión dinástica para salvaguardar derechos de sangre. De modo que la mujer cumplía un involuntario papel protagónico, que se resguardaba bajo todo tipo de deberes y obligaciones. La mujer Isabelina dependía de su padre o esposo para todos los aspectos de su vida y también, para enfrentarse a las restricciones legales que se aseguraban jamás pudiera tomar una decisión sin la anuencia masculina. Atada a una condición secundaria e infantil desde su nacimiento a la muerte, la mujer inglesa de la época de Shakespeare se encontraba a menudo encerrada en el hogar paterno o marital, sin posibilidad de escapar y mucho menos, de acceder a una identidad propia.

La palabra “soledad”, solía aplicarse a la mujer, cualquiera fuera su extracción social, papel en la sociedad o la riqueza de la familia. La mujer en la Inglaterra de Isabel I no sólo estaba sola, sino también, no podía aspirar a la comunión de su existencia con la vida que se desarrollaba más allá de los límites que la necesidad o la idealización masculina imponía. La soledad (tanto en el vocabulario como en la percepción cultural) era una forma de definir a lo femenino, un atributo más o menos abstracto que se sostenía sobre una búsqueda incesante de un lugar social, que nunca llegaba a definirse del todo. La mujer británica debía sostener con su presencia, trabajo y sobre todo, su capacidad física para concebir al hogar, pero a la vez, debía ser lo suficientemente discreta para no resaltar. Debía encontrarse “sola” y a la vez, consumida por los deberes que debía cumplir para ser considerada — al menos en parte — un miembro legítimo de la sociedad.

No obstante, a medida que el gobierno de Isabel I se afianzó en poder y en especial logró algunas reformas de importancia relativa sobre las sucesiones dinásticas, la palabra “soledad” también se transformó bajo el imperativo de ser construida para una connotación de aislamiento en estado puro. Ya no se trataba que la mujer estuviera “sola” (o en soledad) sino que, debido a sus decisiones y comportamiento, pudiera encontrarse en una posición vulnerable lejos de lo socialmente aceptable. De pronto, las madres solteras, las casadas repudiadas, las viudas empobrecidas, encarnaban la palabra “soledad” como una forma de recordar que fuera del círculo de lo cultural como hecho único, había una región inhóspita de la que no se regresaba. Pero además, también comenzó a usarse la palabra “solitaria” para definir a quienes se encontraban “aislados” por su pensamiento, por su incapacidad para aceptar normas y al final, para aferrarse a la idea más amplia de una cultura homogénea.

Para cuando Shakespeare escribió Hamlet, la idea de la soledad era ambigua, además de extrañamente vinculada con tipo de carácter tempestuoso y apasionado, difícil de definir de inmediato. Los solitarios ya no sólo eran mujeres, sino también, cualquiera que tuviera que batallar contra las normas sociales — cada vez más rígidas — para existir, sobrevivir o prosperar. Los solitarios se volvieron una larga sucesión de artistas sin clase, de apóstatas y rebeldes, que además estaban profundamente vinculados a la condición de marginados y al ostracismo social.

¿Quieres eran los solitarios de la época Shakespeariana? Sin duda, ya no eran sólo mujeres, sino también, la herencia directa de los personajes solitarios que formaban parte de las leyendas orales y los romances que recorrían el continente de punta a punta en manos de trovadores. De modo que la mujer solitaria se convirtió en una lenta transición, en la figura de todos los que no acataban reglas y normas, los que luchaban contra los deberes sociales y al final, sostenían una concepción sobre la verdad distintas a la imposición cultural. De hecho, Christopher Marlowe (al que curiosamente se le atribuye la autoría de buena parte de las obras de Shakespeare) llegó a escribir que “La soledad es el máximo tributo a una mente libre, a una búsqueda del camino propio, sin el peso de la corona y la religión sobre los hombros”.

De modo que la soledad se volvió para el idioma inglés, un sinónimo de lucha personalísima en contra de todo lo que imponía un poder omnipresente y una religión cuyo único objetivo, era apuntalarlo. Para lo escritores y poetas de entonces, la soledad era una liberación, de misma forma que ya la había sido para buena cantidad de artistas en siglos anteriores. La “soledad” inglesa, parecía vinculada directamente la griega, cuyos grandes pensadores asumían que el aislamiento y el desarraigo eran fenómenos inevitables a los grandes descubrimientos intelectuales. Más adelante, la noción sobre “la solitaria creación artística” (acuñado en algún punto de 1478 en España), narraba la necesidad del “que crea y vive para crear”. Al final, la noción del poder intelectual y espiritual, relacionado con el aislamiento espiritual y físico, se sostuvo sobre la convicción que en el silencio habitaba cierta sustancia “poderosa, capaz de crear belleza” como escribió Fra Angélico para hablar sobre el recogimiento moral como requisito imprescindible para la noción creativa.

No es casual que Shakespeare tomara la decisión que su Ophelia fuera un personaje solitario. Que a la vez, encarnara la soledad desesperada bajo la sombra de una pasión que le sacudía y le sofocaba. El escritor agregó al personaje no sólo nuevas connotaciones sino que además, sostuvo un discurso novedoso sobre el hecho de la mujer solitaria emparentado con el antiguo concepto de la soledad intelectual. Como elemento primordial, Ophelia está sola porque es incapaz de expresar todo lo que guarda, lleva y sostiene en su interior, pero a la vez, debe lidiar con la concepción de “lo solitario” que le adjudica su mente inquieta, su necesidad de ser comprendida. Shakespeare muestra a Ophelia — escindida por el poder de su mente , envuelta en un manto iniciático de sufrimiento insoportable — como una línea que sostiene y construye algo más elaborado y profundo. Una mirada sustanciosa sobre los silencios — y su significado — que al final sostiene al personaje más allá de sus palabras. Al final Ophelia muere y su silencio se extiende en todas direcciones, la hace desaparecer no sólo de escena sino que muestra un espacio destruido en medio de los terrores que sufrió a solas.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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