Crónicas de la Oscuridad:

Los Monstruos nos miran desde el espejo: diez años de terror.

El monstruo al acecho, el nacimiento del horror.

En el 2017, Andrés Muschietti logró llevar a la pantalla grande a la novela fundacional de Stephen King “It” y lo hizo, bajo la premisa de crear una adaptación fidedigna. Pero hizo algo más que eso: otorgó ritmo y consistencia a la cualidad del monstruo moderno. Su Pennywise — a diferencia del intepretado por Tim Curry a principios de los noventa — es mucho más una presencia inevitable, un avatar del horror que un monstruo independiente a la idea de la maldad como parte del hombre. De hecho, el Derry imaginado por King (y que Muschietti lleva a la pantalla como una combinación artificial de colores chillones y de aspecto prefabricado), es tan maligna, peligrosa y tenebrosa como el pueblo que le habita. Un lugar lleno de matones sin redención, capaces de clavar cuchillos en el vientre de niños indefensos y golpear a hombres para arrojarlos en el río, al alcance de la criatura que medra en sus entrañas. Tanto en la novela como en el libro, el pueblo es una expresión formal del mal en estado puro, de cuya magma peligrosa y convertida pura amenaza, bebe un parásito inexplicable con rostro de payaso.

Los monstruos inevitables, la belleza del olvido.

Luego que The Walking Dead meditara sobre los zombies como un mal menor en una sociedad enajenada y post apocalíptica, “Cargo” (2017) de Yolanda Ramke y Ben Howling puede parecer simple e incluso dolorosamente delicada, con sus paisajes interminables y sus escenas fuera de foco de muertes violentas. Pero en realidad, el dúo de directores analizan la inmortalidad desde la percepción de lo grotesco, es una noción sobre la trascendencia más relacionada con lo repugnante — los zombies de la película tiene algo de ave carroñera de una crueldad inusitada — y que además, sostienen un discurso muy específico sobre la sociedad: somos el monstruo que aguarda en la oscuridad, el que va de un lado a otro de los temores, en medio de una mirada temible hacia el absurdo.

El fino velo entre nuestro mundo y la búsqueda de lo desconocido.

Cuando el marido del personaje que interpreta Natalie Portman en Aniquilación de Alex Garland, regresa de una travesía inexplicable desde un lugar desconocido, ella no le reconoce. El hombre anónimo (interpretado por Oscar Isaac) se queda en pie en mitad del pequeño salón de la casa que comparten y mira todo a su alrededor con aire estupefacto, casi soñador. Después cae enfermo para no recuperarse, lo que empuja al personaje de Portman (también sin nombre), a buscar una respuesta por su cuenta. El resto, es una extraña travesía hacia lo desconocido, lo temible y lo angustioso, en clave de una aventura científica sin objetivo, propósito o mucho menos, verdadero sentido.

La violencia, el color de la sangre y el silencio de los bosques diminutos.

La película Mandy (2018) de Panos Cosmatos te golpea desde sus primeras escenas: sangrienta, violenta a niveles desconcertantes hasta la capacidad de la película para volver al origen del mal cinematográfico — aquello que habita en el exceso — fue una de las grandes sorpresas de la década pero también, una percepción dolorosa sobre el horror que devolvió el brillo a la sangre derramada y las escenas excesivas, una concepción casi desconcertante sobre el hecho de la violencia como un subproducto de un tipo de mal análogo a la naturaleza humana. Sin apenas diálogos, la película es capaz de entablar un vinculo emocional y abrumador con algo más duro de comprender: la noción sobre la maldad convertida en una expresión instintiva. En una muestra de la violencia como un monstruo aciago carente de rostro y sentido real.

Todos los monstruos danzan en la oscuridad.

Cuando Peter (Alex Wolff) se tiende en la cama luego de haber asesinado de forma involuntaria a su hermana Charlie (Milly Shapiro), mira a la pantalla con una expresión en la que podría reflejarse todas las emociones primarias del ser humano. Desde el miedo a un dolor tan profundo como insoldable, el largo primer plano al rostro del personaje — que además, elabora una singular versión sobre el paso del tiempo — no solamente abrió las puertas hacia otro tipo de terror hasta entonces por completo desconocido en la pantalla grande. Hereditary de Ari Aster es un experimento osado que además, elaboró su propia medida del absurdo y lo terrorífico, sin tocar de inmediato la incertidumbre de lo inexplicable: No se trata sólo del hecho que Peter asesinara a un miembro de su familia — sin que lo sobrenatural interviniera en apariencia en un accidente de asombrosa crueldad — sino también, que por primera vez en años, una secuencia es capaz de transmitir la idea de lo terrorífico sin recurrir a otra cosa que un accidente que podría atribuirse al azar. Juntas, ambas cosas crean una atmósfera insoportable que brinda a la película un lugar privilegiado en el nuevo discurso del cine del terror, sino que además, crea una concepción sobre lo temible con múltiples aristas enlazadas entre sí. ¿De qué se trata en realidad el argumento de Hereditary? ¿Es una búsqueda acertada sobre el luto, el duelo y el agobio del sufrimiento emocional como puerta hacia lo oculto? ¿O es algo más inquietante, relacionado con la raíz misma de lo que resulta inquietante y macabro?

La belleza de la oscuridad y otras puertas cerradas a lo desconocido.

Aunque no se trata de una película de terror y el resultado en conjunto tiende a lo decepcionante, el remake de Luca Guadagnino de Suspiria — de una de las obras emblemáticas de Dario Argento — tiene una poderosa perspectiva sobre el miedo que convierte a varias de sus escenas en espléndidas imágenes sobre el terror. Guadagnino tiene un innegable respeto por el ya clásico referente y no lo disimula: La compañía de Danza Alemana en el remake, toma los mejores elementos de la Escuela de Ballet de Argento y los sublima, convirtiendo la noción de la rivalidad, dolor, sospecha y misterio en algo más intangible y por tanto, enigmático. El horror oculto persiste pero para Guadagnino, tiene mucho más relación con el conjunto de los hechos que rodean a la compañía — y a cada uno de sus personajes — , que con una fuerza indirecta y sobrenatural que pesa sobre el grupo como un péndulo que oscila entre la provocación y el peligro. Además, Guadagnino toma algunas decisiones inteligentes para hacer más inquietante la sensación del peligro al acecho, que Argento recreó con una mirada claustrofóbica sobre la realidad. La danza Moderna — con todo su componente espiritual y visceral — crea una percepción de la fuerza y lo terrorífico, que además, está directamente relacionada con el desenfreno físico y la pasión. La película anuda la percepción del deseo — recurrente e impenitente — al terror que se esconde entre las sombras y de pronto, los bellas y magníficamente coreografías, tienen más semejanza con rituales paganos que con meras puestas en escenas. El movimiento sensual y preciso de cada personaje sobre el escenario, tiene un evidente sentido iniciático y no es difícil, comprender la forma en que se compenetra con el misterio al fondo de la trama. El baile en “Suspiria” es fuerza bruta, es una conexión con la tierra y lo invisible, e una necesidad irremediable de belleza emparentado con un elemento oscuro. Puro deseo intacto y fulgurante, que reluce en una película tenebrosa y cuyo poder de seducción está dirigido a una sombría tentación.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta