Crónicas de la oscuridad:

El Atlas a través del reino de Caronte. (Parte III)

La Europa medieval estaba llena de leyendas sobre la muerte y la posibilidad de la vida eterna a través de rituales arcaicos y el contagio de la antigua maldición del vampirismo. La rápida propagación de la peste pareció no sólo conjugar todos los terrores arcaicos sobre la mortalidad humana, sino además, añadirles un tinte grotesco que ni las más floridas descripciones sobre un cielo cristiano pudo consolar. Para finales del siglo XV, la mitad de la población Europea había muerto por un padecimiento caprichoso y violento, que nadie podía contener y mucho menos comprender. Y fue entonces, cuando la figura del vampiro surgió de las sombras de las leyendas y mitos arcaicos para encarnar de nuevo un tipo de terror muy específico.

Se trató de una rara combinación de folclore y confusos conocimientos científicos. Según la medicina de la época, un cadáver con sangre fresca en la boca o la nariz no estaba realmente muerto — síntoma habitual en la última etapa de la peste bubónica — por lo que la costumbre de desencajar la mandíbula con un pedazo de ladrillo y evitar que el difunto pudiera romper a mordiscos el sudario se propagó con rapidez a través de una Europa aterrorizada por la mortandad. De los cementerios repletos de víctimas de la peste — y en ocasiones, algún que otro agonizante — proceden las primeras descripciones del vampiro que regresa de la muerte abriéndose paso por la tierra recién arrojada a la tumba. Una imagen que aterrorizaba por encarnar un tipo de terror tan antiguo como anónimo: el de la desaparición física. A pesar de los esfuerzos de la Iglesia por prometer la vida eterna a través de la redención, buena parte de los Europeos de la Edad Media estaban convencidos que la muerte era algo más complejo y temible de lo que las Santas Escrituras podían describir.

Claro está, la creencia sobre monstruos eternos o que tenían la capacidad para disputar el espíritu humano a la muerte, es tan antigua como el hombre: con toda seguridad, el mito del vampiro se remonta al antiguo Egipto, en donde se temía a un pájaro bebedor de sangre que vengaba las injusticias. También, la mitología egipcia habla de “Dioses bebedores de sangre” capaces de “mirar en el corazón” de sus creyentes y hacer justicia a través del asesinato, lo cual sugiere un culto a la sangre y a la muerte tan antiguo como la propia cultura.

No obstante, los antropólogos han localizado el origen de los vampiros en las enfermedades con pérdida de sangre, que los antiguos atribuían a seres diabólicos que atacaban durante la noche en busca del alimento que necesitaban para sobrevivir. De hecho, el rastro puede seguirse desde Egipto hasta Mesopotamia, donde padecimientos físicos relacionados con problemas sanguíneos y endémicos causaron estragos en varias poblaciones. Se han encontrado relatos fragmentados de epidemias y muertes sin explicación que fueron atribuidas a criaturas sin nombre, que bebían de la “vitalidad” de su víctima, hasta asesinarlo.

El mito del vampiro — o de la criatura capaz de enfrentar a la muerte y alcanzar la vida eterna — también forma parte de la mitología en lugares tan dispares como el México Maya y la Australia primitiva, repitiendo con pequeñas variantes, la idea de un inmortal que sobrevivía gracias a la destrucción de la identidad humana. Ya fuera bebiendo de su sangre, comiendo su corazón o simplemente, apropiándose de su “alma” ( cualquiera fuera el concepto que tuviera entonces esa palabra ) el vampiro continuó avanzando en las páginas de la historia.

El rastro sobre la mítica figura del bebedor de sangre, puede rastrearse a través de Oriente Medio y las regiones meridionales de Asia. En la tablilla de la diosa Ishtar “Descenso al país inmutable” se describe a un tipo de criatura “capaz de tomar la vida de otros para perpetuar la suya”. En Grecia, hombres y mujeres capaces de beber sangre para conservar la juventud pulularon en todo tipo de leyendas rurales. Se hablaba de espíritus errantes, que consumían la sangre de los vivos para lograr regresar a la carne.

Claro está, el siglo de la Ilustración necesitó también darle sentido práctico a una criatura que encarnaba todo tipo de temores mistéricos sobre la supervivencia del alma y sobre todo, la capacidad del hombre para asumir la muerte como un tránsito sobrenatural. La definición que redactó Collin de Plancy en su Diccionario infernal, publicado en 1803, parecía intentar incluir todo lo que se sabía hasta entonces sobre el vampirismo “Se da el nombre de upiers, upires o vampiros en Occidente; de brucolacos en Medio Oriente; y de katakhanes en Ceilán, a los hombres muertos y sepultados desde hace muchos días que regresan hablando, caminando, infectando los pueblos, maltratando a los hombres y a los animales y, sobre todo, sorbiendo su sangre, debilitándolos y causándoles la muerte. Nadie puede librarse de su peligrosa visita si no es exhumándolos, cortándoles la cabeza y arrancándoles y quemándoles el corazón. Aquellos que mueren por causa del vampiro, se convierten a su vez en vampiros.” La definición abrió la puerta para debates sobre el tema y la figura del Vampiro — hasta entonces una leyenda rural y oral transmitida a través de supersticiones muy específicas — alcanzó una nueva dimensión académica.

La Europa asolada por la peste era un lugar infernal. El creciente número de muertos obligaba a los sepultureros a reabrir las fosas con cierta frecuencia para arrojar nuevos cadáveres. Las tumbas y osarios públicos se creaban en plena emergencia, con frecuencia tan cerca de poblados y caseríos, que la muerte se convertía en una experiencia comunal y con fronteras poco claras. A pesar de las amenazas y admoniciones de la Iglesia y sobre todo, de las advertencias médicas, era frecuente que parientes y amigos de los recién fallecidos acompañaran las tumbas para evitar “sus cadáveres regresaran poseídos por el demonio”. De las largas noches de duelo junto a las fosas comunes de la época, proceden las narraciones sobre cadáveres que “volvían a la vida” y criaturas malditas que surgían de entre la muerte para asolar a los vivos.

Se trata de una anatomía de la muerte mal comprendida. Abrir y cerrar las fosas provocaba que los cadáveres sufrieran procesos de putrefacción a diferente ritmo y sobre todo, bajo aspectos ambientales por completo distintos. Las evidentes diferencias — que podían variar desde el rigor mortis hasta el aspecto físico del cuerpo — dieron lugar a todo tipo de rumores sobre la supervivencia de algunos pocos a los rigores de la muerte. Fue esa percepción distorsionada sobre lo que el proceso de descomposición y putrefacción puede ser, lo que dio origen a una idea del vampiro tan realista que supuso rituales concretos para combatir su existencia. Desde los baños de brea — que consistía en arrojar capas de la sustancia ardiente sobre cuerpos y osamentas — hasta la estaca clavada en el pecho, la transición de las prácticas pseudocientíficas a una percepción religiosa sobre el vampiro abarcó buena parte del medioevo tardío. Para finales del siglo XVI, toda clase de relatos sobre vampiros corrían de boca en boca a través de Europa.

La figura del vampiro ha sido tallada y reconstruida por la historia. El vampiro medieval — nacido de las fosas comunes y sobre todo, de la imaginación aterrorizada del hombre — era muy distinto a la concepción actual sobre el mal en estado puro que se enfrenta a la muerte. Las primeras descripciones sobre vampiros muestra a campesinos, atacados e infectados por un tipo de padecimiento incomprensible, que morían en cuestión de días y que regresaban de la muerte para infectar del mismo mal misterioso a su familia. No se trata de una figura sofisticada ni mucho menos exquisita: las primitivas descripciones sobre vampiros Europeos insisten en la fealdad de la criatura, en su violencia y sobre todo, en su dimensión animal. Y tampoco beben exclusivamente sangre: en la tradición eslava, los vampiros devoran cosechas y las vísceras de animales de granja, para luego vagar por la noche como espectros terroríficos que encarnaban un tipo de horror más relacionado con la superstición que con ideas filosóficas.

El autor británico Dudley Wright fue el primero en establecer la notoria diferencia entre la leyenda del vampiro rural Europeo y su transformación en la figura clásica literaria que nuestra época heredó. En 1914, el autor escribió el clásico sobre el tema “Vampires and Vampirism” en el cual insiste que la leyenda del vampiro es una reminiscencia directa a las figuras que encarnaban el temor a la muerte en culturas tan distantes como la Caldea y Asiria. Wright sostiene que las leyendas griegas están llenas de referencias directas a historias de muertos que se levantan de tumbas y osarios para alimentarse de los vivos y recuperar la juventud. La creencia formó parte de leyendas rurales de Austria, Hungría, Polonia, las islas Británicas, y, por supuesto, el principado rumano de Valaquia. Para buena parte de los países de Europa del Este, el vampiro era una criatura real al que debía combatirse, temerse y en ocasiones muy específicas, adorarse como parte de una longeva tradición mitológica de profundas raíces mistéricas. Como lo era muerte, el misterio, el duelo, la disolución final.

¿Qué es la muerte? Quizás, en esta época aterrorizada, aplastada por la evidencia de la fugacidad, la respuesta sea más incómoda que nunca. ¿Qué ocurre con la conciencia una vez que el cuerpo simplemente claudica a la lucha por la supervivencia? ¿Quienes somos, en mitad de una circunstancia mundial que extendió una nueva forma de significado sobre la fugacidad?

En el 2015, La escritora Piedad Bonett escribió el libro Lo que no tiene nombre para contar el suicidio de su hijo. Una narración durísima y descarnada sobre una pérdida que no se espera y mucho menos puede predecirse. Padres huérfanos, una soledad absoluta que sustituyó a la muerte. Una visión sobre la destrucción de las esperanzas que pareció concebir a la muerte más allá de la melancolía y el dolor. Un vacío realista, abrumador y angustioso. Antes de ella, en el 2005 la periodista estadounidense Joan Didion público El año del pensamiento mágico en el que narraba el luto por viudez. Y como Bonett mira la muerte como algo de todos los días. Como un proceso equivalente a un pequeño cataclismo que puede ocurrir en cualquier momento. De nuevo, habla — aunque no directamente — del tiempo, de esa agonía humana y apabullante que nos deja sin voz y sin forma. Una mirada descarnada a lo que parece ser el núcleo de esa incertidumbre constante: “La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías acaba de repente”. Y es el tiempo y es la muerte. Y es la forma como percibimos ese sufrimiento diario, pequeño y abismal. De todos los días.

Una noción simple de lo que somos y lo que queremos ser. O incluso algo más simple: hacia dónde nos dirigimos en este transitar de ideas que nos permite no enloquecer. Una forma de conservar la esperanza y la fe, a pesar de todo.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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